VERTICALIDAD DE CABALLERO
"Caballero Bonald apuesta por nuevas búsquedas, tanto morales como estilísticas en su poética ascendente".
FELIPE BENÍTEZ REYES
En cierta ocasión, Caballero Bonald elogió con asombro sincero la verticalidad de Ángel González al andar, a pesar de que, dadas las circunstancias, lo lógico era que el poeta ovetense se tambalease un poco. Sabía desde luego lo que elogiaba, porque Caballero Bonald luce la verticalidad propia de los emperadores, de los bailarines y de los trasnochadores veteranos que convierten el andar derechos en una cuestión de dignidad no sé si básica o extrema: quien no sepa mantenerse derecho a partir de ciertas hora?, que no ande por ahí.A esas alturas de la noche que van provocando deserciones desesperadas o espantadas prudentes, Caballero Bonald se muestra más vertical que nunca, como si acabara de levantarse, aunque la cama es su último recurso, igual que el ataúd para el conde Drácula: un sitio al que se va cuando no queda más remedio. Lo observa uno y se pregunta "¿De qué estará hecho Pepe?". Y la respuesta la da el propio interesado: "Esto, camarero… Aquí haría falta otra botella". Y la botella llega, y la verticalidad se acentúa, y ?as horas se estiran como una materia mágica.
Mientras haya noche, en fin, hay Pepe Caballero.
Pero no se piense en el patrón del noctámbulo alborotador y enfático, en el noctívago tormentoso y de boca fácil, más fuera de sí que inmerso en nada, sino en todo lo contrario: Caballero Bonald, a medida que la madrugada avanza hacia ninguna parte, no sólo va ganando en verticalidad, sino también en mesura y en prudencia, quizá porque la larga experiencia en los escenarios con luna le ha enseñado que el papel estelar de la noche no corresponde a nadie en concreto, sino en cualquier caso al coro, que ni si?uiera precisa de director. Si el coro armoniza, bien. Si el coro desafina, retirada.
Sea la hora que sea, sea cual sea el número de botellas que haya pasado por la mesa, nadie le oirá a Caballero Bonald, a nuestro tío Pepe, una palabra más alta que la otra, ni un comentario delirante, ni una frase a medio terminar. Nadie le verá dar un traspiés. Porque parece que el alcohol le pone sobrio, que le conduce a una especie de estado zen, así ande él por un güichi bullicioso de la playa de Montijo, que puede ser lo menos zen que se despacha por esta zona del mundo.
Creo que estarán ustedes de acuerdo conmigo en que son muy pocas las trayectorias poéticas ascendentes. Casi todos los poetas, los grandes incluidos, disfrutan de una época de plenitud –de esplendor en los casos afortunados– y caen luego en una honrosa rutina tanto expresiva como temática que, sin desmerecer de lo antecedente, añade poco o nada a sus logros mayores: el eco de algo. Hay, no obstante, algunos poetas privilegiados que mantienen la excelencia a lo largo de toda su obra, sostenida en una indaga?ión indesmayable en los recursos retóricos y las variaciones temáticas esenciales. Entre esos poetas privilegiados se cuenta José Manuel Caballero Bonald, el maestro de la verticalidad nocturna.
Sus nuevos libros de poemas tienen el ímpetu creativo propio de un autor joven: esa compulsión por atestiguar desde una posición de rebeldía ante las convenciones sospechosas, ese inconformismo de fondo ante la vida por puras ansias de más vida… Se trata además de libros que manifiestan una fe inquebrantable en el poder de la poesía como testimonio de una conciencia alerta ante sus propios vaivenes y espirales: la voz que logra explicar lo que de antemano no tenía explicación, la indicación de un espacio e? el que las palabras y los conceptos se alían no para revelarnos una verdad, sino para ofrecernos algo más importante tal vez que la improbable verdad misma: la comprensión de nuestras dudas esenciales. La nebulosa, en suma, modelada.
A unas alturas de vida en que muchos consideran haber dicho cuanto querían decir o se limitan a ensayar variaciones sobre lo ya dicho, Caballero Bonald apuesta por nuevas búsquedas, tanto morales como estilísticas: que las palabras no sólo digan más de lo que dicen, sino que también sepan callar para fortalecer su enigma, para estimular en el lector la exploración de esa zona de sombra que existe siempre al fondo de todo buen poema, ya que en todo buen poema suele producirse un equilibrio portentoso y difí?il entre la evidencia y la sugerencia, entre lo explícito y lo inefable. Y, por otro lado, el afantasmamiento progresivo de la identidad al diluirse en el tiempo: la identidad como recuerdo impreciso, como una especie de leyenda privada que acaba perdiendo credibilidad y ganando imprecisión a medida que pasan los años.
Tanto en sus novelas como en sus poemas, tanto en sus artículos como en sus prosas memorialísticas, Caballero Bonald sólo hay uno: no se trata de un escritor escindido en unos géneros, sino de un escritor que aplica una moral estética insobornable a géneros diversos: el lenguaje literario como ejercicio de intensidad. Esa es la premisa, la convicción: jamás un lenguaje rutinario y previsible. Siempre la artesanía sobre lo insólito, siempre la búsqueda del giro inesperado, del adjetivo que no renuncia a la ?recisión pero tampoco a una leve anomalía, para provocar así un leve desplazamiento de sentido. Siempre el verso rotundo, siempre la prosa con resonancia, siempre tensada la expresión. Cada palabra medida, en fin, y potenciada a la vez. Pero no se trata de la búsqueda de ornamentos, porque la finalidad es de intención muy distinta: el ofrecimiento de una meditación articulada a través de un discurso coherente y esplendoroso que a su vez ofrezca un sugestivo clima de caos de conciencia, de extrañeza del poe?a ante sí mismo, de aturdimiento ante el milagro y la rareza del vivir.
A cualquier hora del día o de la noche, Caballero Bonald mantiene una verticalidad irrenunciable. En verano, con sus mocasines blancos y sus envidiables guayaberas bordadas (¿dónde las comprará?), tiene aspecto de haberse bajado de un barco recién venido de Estambul o de por ahí lejos. En invierno, con su mascotilla de tweed, parece el propietario melancólico de un caserón con fantasmas, entre mastines y potros angloárabes.
Siempre en sí mismo, en fin, ni la eternidad lo cambia.



