FIRMA INVITADA

INVENCIÓN Y REALIDAD

El proceso de gestación de El manuscrito de piedra.

LUIS GARCÍA JAMBRINA

Con frecuencia, los lectores me preguntan que qué parte de mi novela histórica El manuscrito de piedra es invención y qué parte, realidad. Por lo general, yo respondo con evasivas para no comprometerme demasiado, pero en ocasiones no me queda más remedio que intentar contestar. En tales casos, suelo recurrir a una regla que yo mismo he acuñado para mi propio gobierno, y que dice así: “Si quieres inventar, documéntate”. Naturalmente, esto no quiere decir que, en mi novela, todo esté documentado ni que los hechos narrados en ella se ajusten totalmente a la realidad, pero sí que guardan la debida coherencia con los datos históricos que poseemos, en cuanto a la época, el escenario y los personajes; de tal manera que cualquier manipulación de los mismos hecha en función de la trama narrativa está siempre limitada por la verosimilitud.

Dicho esto, no conviene desestimar el importante papel que, en el proceso de gestación de una novela, puede desempeñar el azar. Son muchos, por ejemplo, los lectores que se interesan por lo que de verdad hay en las cuevas que aparecen en la última parte de mi novela. A todos ellos les respondo con esta anécdota. Cuando hace unos meses fui a presentar El manuscrito de piedra a La Puebla de Montalbán, lugar de nacimiento del protagonista, Fernando de Rojas, descubrí, sorprendido y maravillado, que todo ese mundo subterráneo que yo había inventado en mi libro, todo ese laberinto de galerías y de cuevas que yo creía haber creado a partir de la leyenda de la Cueva de Salamanca, estaba ya en ese pueblo de la provincia de Toledo, y, más concretamente, bajo las casas de la antigua aljama judía.

Precisamente, en el coloquio que siguió a la presentación en el Museo de La Celestina, uno de los asistentes tuvo a bien comentar: “Según parece, usted da por supuesto que Fernando de Rojas se inspira en ciertos lugares de Salamanca para escribir La Celestina. Nosotros, sin embargo, creemos que el autor se inspiró aquí en La Puebla, como lo prueban algunos testimonios que hemos encontrado. ¿Qué opina usted de esto?” A lo que yo enseguida contesté: “Yo no sé con certeza si Rojas se inspiró en Salamanca o en La Puebla de Montalbán o en ambos lugares para escribir La Celestina, pero cualquiera que lea mi novela podría pensar que yo me he inspirado en las cuevas que hay debajo de las casas de la antigua judería para escribir El manuscrito de piedra, a pesar de que, hasta ahora, yo no había oído hablar de las mismas ni había puesto nunca los pies en este pueblo”.

Poco después, una vez terminado el acto, se acercó una mujer y me dijo: “Quiero contarle una cosa que le va a hacer gracia. Cuando usted describe a Fernando de Rojas en su novela, sin saberlo está usted describiendo a mi marido”. “¡¿Qué me dice!?”, exclamé yo con sorpresa. “Como se lo cuento –confirmó ella, para añadir a continuación–. Mi marido, por cierto, es el que hace de Rojas en las representaciones teatrales que todos los años tienen lugar en La Puebla de Montalbán, dentro del Festival de La Celestina”. El caso es que, para el retrato de este gran personaje histórico –del que, sin embargo, apenas sabemos nada–, yo me había basado en las conclusiones del examen antropológico de los presuntos restos óseos que de él se conservan en Talavera de la Reina. Sin duda, el hecho de partir de los huesos para hacer la descripción podría considerarse como una forma simbólica de devolverlo a la vida por obra y gracia de la literatura. Pero lo más interesante es comprobar cómo la invención, cuando está documentada, siempre acaba encontrando su correlato en la realidad.