TOLSTOI: EL CONDE DEMEDIADO
El Tolstoi ético, evangelista y sacerdotal sentí vergüenza del Tolstoi vividor.
LUIS MANUEL RUIZ
Todos los hombres felices, o que creen serlo, se parecen; los desdichados lo son cada uno a su modo. La desdicha del conde Liev Nicoláievich Tolstoi (1828-1910) consistió en una duplicación: escindido en dos mitades de hombre que vagaban por el mundo a la pata coja, trató durante toda su vida de convertirse en un individuo íntegro y en bloque, que cupiese de cuerpo entero en los espejos, y en esa lucha con la soldadora y la aguja de sutura consumió sus insomnios. Porque Tolstoi, como muchos otros que pueblan los manicomios y lo que está fuera de ellos, era dos. El primero es el que prefieren los retratos, las ediciones de vitela, los lectores que llenos de gratitud reconocen al príncipe Volkonski o a Anna Karénina como miembros de su círculo íntimo, como esos amigos en cuyas almas se reflejan sus cuitas, emociones y pensamientos más solapados. Es el Tolstoi visible: el que sintió la llamada de la literatura durante su adolescencia en Yásnaia Poliana, el que era capaz de registrar hasta el mínimo matiz de color que decoraba los álamos de las riberas del Volga e, inversamente, podría retratar las vetas más huidizas del sentimiento o la inquietud humanos. Este Tolstoi hizo vaticinar a Turguéniev que aquel oficialillo recién licenciado en Sebastopol reduciría pronto al resto de escritores rusos a la estatura de pigmeos. Y uno no tiene más remedio que asentir al dictamen: las cumbres que la literatura corona con Anna Karénina (1877), el soberbio relato breve La muerte de Iván Ilich (1886) y, sobre todo, Guerra y paz (1867), una novela histórica en ambos sentidos del término, tanto porque describe la Historia como porque la hace, no han vuelto a ser holladas con facilidad por muchos otros autores, de dentro o fuera de las estepas.
Pero, por desgracia para los amantes de la pura literatura, hay un segundo Tolstoi. Una anécdota que tiene como protagonista a Gustave Flaubert resume mejor que ninguna otra imagen esa fractura. Cuando, instigado por Turguéniev, Flaubert leyó la primera mitad de Guerra y paz, tuvo que alzarse enloquecido del sillón de orejas y gritar a voz en cuello: “¡Es Shakespeare! ¡Es Shakespeare!” La conclusión de la epopeya le sumió sin embargo en una mezcla de perplejidad y cólera. Escribió a Turgueniev sobre el rosario de moralinas finales: “Se ve aquí al buen señor, al autor y al ruso, mientras que hasta aquí sólo se veían la Naturaleza y la Humanidad”. El segundo Tolstoi, avergonzado del color de su sangre, consagró su existencia a mejorar la vida de los siervos de su hacienda; tuvo una revelación y anunció haber inaugurado una nueva religión que podía competir, y debía hacerlo, con la de Jesucristo; redactó cuentos insufribles contaminados de consejos parroquiales y la plúmbea Resurrección (1899), que pasa por uno de sus grandes trabajos; renunció a todo cuanto había escrito hasta la fecha, motejándolo de frívolo y banal, igual que a la gran mayoría de sus contemporáneos, y declaró, sin sonrojarse, que el mayor ejemplo de literatura de su tiempo era La cabaña del tío Tom; pergeñó un Abecedario para analfabetos luego de cuyo punto final afirmó poder morir tranquilo; y murió tranquilo: de una pulmonía en una estación de pueblo mientras se dirigía a un monasterio. El Tolstoi ético, evangelista, sacerdotal sentía vergüenza del Tolstoi vividor, curioso y ávido de conocer con el que convivía. Uno desearía que sólo uno de ellos hubiera tenido derecho a tomar la pluma y a existir, pero su inmensa literatura está llena de ambos.



