CUANDO LA HISTORIA SE HACE CUENTO
"En una buena novela histórica los fantasmas del pasado son nuestros fantasmas".
JUSTO NAVARRO
Hay novelas que narran lo que alguna vez sucedió de verdad y es digno de memoria. Novelas históricas las llamamos. Mezclan lo verdadero con lo verosímil, lo imaginario, lo puramente inventado. Se parecen a esos cuadros en los que, al retratar una escena de la gran historia del mundo (algo así como el desembarco de Colón en las Indias Occidentales), el pintor incluía, junto a los supremos protagonistas, a sus amigos de taberna, a tipos que el pintor encontraba en su vida diaria. El novelista histórico también hace memorables a individuos de su realidad o su imaginación, que en la ficción superan en protagonismo a los personajes verdaderamente históricos. Es el caso de Los tres mosqueteros, o El Capitán Alatriste.
La novela histórica disuelve los límites entre realidad y fantasía. Como decía Freud a propósito de lo Siniestro, “lo fantástico aparece ante nosotros como real”, y, al revés, lo que considerábamos histórico, real, se transforma en algo fantástico. Y no es siniestra esta transformación de individuos reales en seres imaginarios, sino maravillosa. La novela histórica aviva el aura romántica de los mundos perdidos, Egipto y la Biblia, la antigüedad griega y romana, la Edad Media, la epopeya de los sabios y los conquistadores, las guerras famosas, las hazañas pacíficas y bélicas de los héroes y de las heroínas. Asomarse al pasado legendario es como entrar en un antiquísimo palacio, recién descubierto en lo más oculto de una selva. Carlos García Gual ha explicado ese asombro: “La novela histórica es una máquina para viajes imaginarios en el tiempo”.Admite variantes este género de historias. Los narradores deben optar entre el retrato y el paisaje, el panorama y los primeros planos, la acción trepidante del momento y la contemplación encantada del pasado, las figuras de la historia o de la imaginación. Existen relatos que, por encima de los personajes, privilegian la reconstrucción arqueológica de la época perdida. Pero la fuente primordial sigue siendo la novela de aventuras históricas, los artefactos narrativos de Alejandro Dumas o Walter Scott. A Scott, el inventor del género, no lo atraían las clases medias que compraban sus libros y protagonizaban los de Jane Austen, su contemporánea. Scott quería ser caballero, terrateniente, amo de un castillo, y compulsivamente conquistó un feudo con el dinero que producían sus fábulas caballerescas. Superpuso con ojos de anticuario los magníficos paisajes del pasado y las pasiones de toda la vida, es decir, las que consideraban eternas los compradores de libros en el mundo de Walter Scott.
Pero el novelista de hoy no ve las hazañas de sus héroes con los ojos de sir Walter Scott, sino con vestuario y decorados de Hollywood, entre el gigantismo de los movimientos de masas simulados electrónicamente, como en un videojuego, y la emoción de un primer plano lacrimógeno o feliz. La mejor novela de aventuras históricas es una rama de la novela de aventuras en general, con sus dramas de guerras, amores, crímenes y otras intrigas misteriosas, de acuerdo con la lógica de un guión cinematográfico. Añade un ingrediente: una colección de postales turísticas de escenarios y monumentos prestigiosos: Roma, Versalles, la Torre de Londres, Constantinopla, el Kremlin, la Alhambra. Puede parecerse a los cuadros vivientes que se pusieron de moda a finales del siglo XVIII, en los que la gente imitaba sobre un escenario obras maestras de la pintura, la distribución del color y la luz, el ambiente, las ropas, el gesto de los personajes, las Meninas de Velázquez, por ejemplo.Pero, de pronto, las estatuas humanas hablan, como nosotros en un baile de disfraces, como en una película. Son seres de nuestro tiempo, de ahora mismo. Esto es lo que les sucede a los personajes de las novelas históricas: podrían ser nosotros, aunque representen escenas de la Edad Media. Si Ken Follett inventa la construcción de una catedral medieval, sus criaturas son empresarias intrépidas, mujeres que luchan por su total emancipación, y arquitectos internacionales de moda, y fundamentalistas religiosos ricos en soberbia y codicia. Su Edad Media es nuestro siglo XXI. En una buena novela histórica los fantasmas del pasado son nuestros fantasmas, se ponen a la altura de nuestras costumbres y nuestras ideas. Asumen la representación fantástica de nuestras pasiones y nuestros sentimientos. La sensibilidad de la época pretérita coincide con la sensibilidad de nuestra época. En la simbiosis entre historia y ficción lo dominante es nuestro momento histórico, nuestro presente, el momento en que, leyendo, nos vemos reflejados en las criaturas novelescas como en un bruñido espejo renacentista, o como en un espejo roto en la batalla de Stalingrado.
BIOGRAFÍA Y MEMORIA
Quizá el modelo extremo de novela histórica sean las biografías y autobiografías noveladas, en las que el narrador se atreve a fabular sobre la trayectoria presumiblemente verdadera de un gran personaje, como El joven César, de Rex Warner; o Juliano el apóstata, o Lincoln, de Gore Vidal. Los héroes no han de ser obligatoriamente caudillos. También son científicos, como Kepler, o Copérnico, de John Banville, o escritores, como el Chatterton, de Peter Ackroyd. La novela llega a vampirizar, incluso, la voz del individuo histórico, un prodigio de resurrección que plenamente se cumple en las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, o en las Memorias de Lord Byron, de Robert Nye. La novela histórica permite esta intimidad con sus magnos personajes, una aproximación que capta en primerísimo plano una lágrima en la comisura del ojo, una broma, una frase, una mueca sin importancia, y, más aún, se adentra en el pensamiento del protagonista, en sus sentimientos más hondos, en la intención más secreta, la que el héroe ni se confesó a sí mismo. Como una variante del tipo de biografías y memorias noveladas, aparecen los relatos que tratan de un coro de individuos en movimiento: son las novelas-reportaje de Arturo Pérez-Reverte sobre Trafalgar y el Dos de Mayo de 1808; o la crónica de alguna comunidad perseguida, como los moriscos, que, coincidiendo con el cuarto centenario de su expulsión, protagonizan en 2009 novelas de Ildefonso Falcones, Manuel Cebrián Avellán o Rodrigo de Zayas. La novela histórica tiene vocación de actualidad periodística, aunque sólo mire a la página de las efemérides y las celebraciones oficiales. Tarik Alí debió de publicar su novela premorisca, A la sombra del granado, en 1992, coincidiendo con el quinto centenario de la rendición de Granada a los Reyes Católicos. Propongo un modelo contemporáneo para los relatos sobre persecuciones: El reino de los réprobos, sobre los primeros cristianos, de Anthony Burgess, que no sólo escribió novelas futuristas como La naranja mecánica.Lo que importa en la novela histórica no es tanto la veracidad de los hechos narrados, como la tensión del cuento, el suspense, la emoción del drama sentimental. En la tensión entre lo imaginario y lo histórico, entre historia y mito, este tipo de obra con vocación de best-seller produce hoy efectos similares a los de un antiguo poema épico, en el que lugares, individuos y hechos reales confluían con el mito en una fusión fantástica. Los vivos se divinizaban inmortalmente. Y los dioses, los seres míticos, se transfiguraban en individuos históricos, tal como ha ocurrido con los héroes evangélicos. Así Mary Renault convirtió en novela la mitología griega, como hicieron con la Ilíada y la Odisea Laura Riding y Robert Graves, que también contó la expedición de los argonautas en busca del vellocino de oro, o la historia de Rey Jesús. La novela histórica realiza una operación maravillosa: no es que transforme la historia en un cuento; transforma los cuentos en historia. Conozco a quien cita El código Da Vinci, de Dan Brown, no como una intriga novelesca, dinástico-sexual y político-policiaca, sino como un apéndice de las Sagradas Escrituras y la historia del arte.



