LAS HUELLAS DE UN PASADO
"Se puede contar una historia con la disciplina ceñida de los historiadores o con la inspirada y libre de los novelistas".
JUSTO SERNA*
EL PORVENIR ES LARGO
EL futuro dura, se prolonga en un más allá incierto y quizá prometedor, un tiempo dilatado en el que aún caben todos los hechos. L’avenir dure longtemps es el título de la autobiografía de Louis Althusser. En sus páginas, el filósofo francés hablaba del pasado, de ese tiempo pretérito en el que todo aún era posible: de joven, el autor habita un presente eventual, con cincuenta, con sesenta, con setenta años por vivir; dueño de un futuro que todavía no se ha consumado o malogrado.
El porvenir exalta y angustia, sumidos como estamos en un caos de señales vagas, bajo el peso de lo vencido y el azar de lo imprevisible. ¿Cómo nos aliviamos? Fijando una base, dando orden a lo que ocurre ahora, enhebrando un hilo, narrando lo disperso, como indicaba Jorge Luis Borges. En principio, la vida es un barullo de hechos innumerables y simultáneos, pura desorientación, un determinismo fatal. Para evitar lo incierto, ponemos en relación las cosas rastreando su origen, buscando un significado que las amarre, alguna congruencia entre lo que hay y lo que hubo. O, como dijo Heródoto en Los nueve libros de la Historia, rememoramos con sentido “para que no se desvanezcan con el tiempo los hechos de los hombres, y para que no queden sin gloria grandes y maravillosa obras”. Para que no se pierdan en el futuro.
De ese porvenir esquivo nace nuestro interés por el pasado: los antecesores emprendieron actos, realizaron gestas, cometieron crímenes, concibieron cosmogonías. Regresemos al pasado: eso es lo que, por ejemplo, hace el historiador Carlo Ginzburg cuando de los archivos de la Inquisición exhuma a un molinero lector, imaginativo y parlanchín. Leemos su suerte y las palabras que de él se tomaron en El queso y los gusanos. Gracias a esas exhumaciones podremos contrastarnos con los antepasados: ver qué hicieron en circunstancias semejantes o en contextos distintos.
Pero el pasado no existe, no ocurre ahora. Es, por definición, algo inerte, estanco, perdido: es un presente que se disipó, un presente nuestro o de nuestros predecesores. De ese tiempo más o menos remoto sólo permanecen restos escasos, vestigios siempre insuficientes: documentos materiales o inmateriales que contienen unas pocas informaciones. Propiamente, no podemos regresar al pasado. El único acceso es siempre indirecto, parcial, vicario, como nos recordaba el historiador Robert Darnton: ingresamos en otro mundo al consultar el archivo, al observar dichos restos o al leer, por ejemplo, lo que otros ahora reproducen o recrean a partir de documentos. Con disciplina e imaginación. Archivo, restos, reproducciones y recreaciones: todo eso contiene noticias o datos referidos a hechos, a actos humanos. Pero hay que saber mirar las huellas abundantes del pasado para darles sentido, para trazar entre ellas una conexión, un relato. Hay que saber seleccionar.
HISTORIADORES Y NOVELISTAS
La historia es una disciplina académica que se ocupa de ello. Pero también la novela histórica. Los historiadores y los novelistas operan a partir de trazas siempre exiguas que miran y seleccionan y con ellas reproducen o recrean. En el caso de la historia, quien relata tiene vedada la invención: es decir, ha de someterse a los hechos documentados, a esos tiempos pretéritos que conoce gracias a las fuentes históricas que consulta y que puede reproducir. En el caso de la novela, quien narra tiene prohibida la inverosimilitud: esto es, ha de ceñirse creíblemente a un pasado del que se ha informado más o menos y que ahora puede recrear. Un ejemplo notable es el de Arturo Pérez-Reverte, cuyas consultas históricas son abundantes y enciclopédicas.
No hay un modo único ni definitivo de contar la historia: se puede hacer con la disciplina ceñida y académica de los historiadores o con la disciplina inspirada y libre de los novelistas. Lo que les separa no es –o no debería ser– la calidad de su prosa o la cantidad de sus documentos, el rigor de sus informaciones o el esmero de su sintaxis, las reglas que respetan o las licencias que se conceden. Lo que les distancia es la ficción, la fabulación, la libertad que tienen o no para reproducir o recrear ese pasado inerte que observan y al que ahora nos hacen regresar. El novelista concibe personajes irreales haciéndolos convivir con otros que sí existieron; puede suponer diálogos que él no escuchó pero que bien pudieron haberse dado: con ello ha de trasmitir información documentada presentando a sus tipos, a sus caracteres, en un marco históricamente reconocible. Fantasea, sí, pero sólo hasta un cierto punto. Cuando Isabel Barceló recrea convincentemente la relación de Eneas con Dido en su novela Dido. Reina de Cartago, reescribe La Eneida, un documento del pasado que ya era, a la vez, una invención poética.En cambio, el historiador no inventa, se atiene a los hechos documentados. Historia procede del vocablo griego historía –en su dialecto jónico— y significa vista y saber, nos recuerda Émile Benveniste en su Vocabulario de las instituciones indoeuropeas. El histor clásico es el que ve, el que sabe porque ve. Pero el historiador también investiga lo que no sabe: también indaga a partir de vestigios aquello que ignora. ¿Tiene prohibida la imaginación?
El historiador debe decir la verdad del pasado, lo que realmente ocurrió –que señalaba Leopold von Ranke—, aunque también lo que no sucedió y fue pensado o imaginado por los antecesores. Pero a la vez debe persuadir y conmover a sus lectores, cosa que no siempre hacen los académicos cuando se valen de una prosa neutra, transparente y apodíctica. El historiador emplea métodos para ser riguroso, para distinguir lo verdadero de lo falso, pero sobre todo debe hacer gala de su probidad y de su deontología: no fantasea. Su escritura es resultado de una investigación, aunque su prosa es también retórica, una rama de la elocuencia. Ha de narrar ordenadamente hechos concretos y ha de contar situaciones particulares, interpretando lo que los sujetos históricos hicieron o comprendieron y explicando lo que los antepasados no supieron o no pudieron ver. Hay que observar…
COLOFÓN
A lomos de sus respectivos mulos, dos hombres trepan por los repliegues de una montaña. Van camino de una abadía. “Era una hermosa mañana de finales de noviembre. Durante la noche había nevado un poco, pero la fresca capa que cubría el suelo no superaba los tres dedos de espesor”. Tienen un futuro por delante, una pesquisa que no saben lo que durará; y tienen un pasado que investigar, unos hechos de los que sólo hay testimonios contradictorios. Observan. Uno de ellos adelanta las condiciones del cenobio que encontrarán, incluso el camino por el que deben seguir. Poco después, todo lo aventurado se confirma. “Y ahora decidme –pregunté sin poderme contener–. ¿Cómo habéis podido saber?”. Quien conjetura responde: “Mi querido Adso –dijo el maestro–, durante todo el viaje he estado enseñándote a reconocer las huellas por las que el mundo nos habla como por medio de un gran libro”. Quien nos dice esto, quien nos enseña a mirar lo pasado y sus huellas, no es un historiador: es un personaje de ficción, Guillermo de Baskerville, inventado por Umberto Eco para El nombre de la rosa.
Qué gran lección. Qué paradoja.



