FIRMA INVITADA
BUDA BLUES
La violencia de las ciudades donde prolifera lo enfermo y lo monstruoso.
MARIO MENDOZA
Siempre me ha fascinado la relación entre el cuerpo y la ciudad, entre los cinco sentidos y ese vértigo y esa desmesura de nuestras gigantescas megalópolis. Cuando deambulamos por la ciudad con las manos entre los bolsillos no nos damos cuenta de la cantidad de estímulos a los que somos sometidos permanentemente durante una breve caminata: los pitos de los autos, las voces de los transeúntes, las luces de los semáforos, los avisos publicitarios, los olores de las comidas callejeras y los restaurantes, el roce con los otros cuerpos mientras cruzamos una esquina, el atropellado encuentro con centenares de indigentes y desharrapados que pasan a nuestro lado sin vernos.
El problema es que en estas grandes megalópolis llamadas “ciudades fantasmas”, en estos monstruos urbanos donde nuestros cuerpos están sometidos una y otra vez a estímulos impredecibles, está proliferando el odio de manera vertiginosa. Odio a los demás y odio a nosotros mismos.
Existe un primer mundo de cafés elegantes, almacenes de ropa a la moda, restaurantes de comida internacional y bares muy refinados, donde las clases privilegiadas se sienten cómodas, a gusto, como si estuvieran en el paraíso. Existe también un tercer mundo de obreros y de trabajadores que intenta sobrevivir como puede con sueldos miserables que escasamente alcanzan para comer y pagar un arriendo en un inquilinato. Y en el último tiempo ha surgido ya un cuarto mundo, una masa de individuos que ni siquiera tiene empleo, que anda por las calles con los pantalones y los zapatos rotos, que se queda largas horas por ahí, vagabundeando, sin hacer nada, y que contempla incluso a los del tercer mundo con cierta envidia. Esa masa recibe sobre sus hombros todo el peso de una sociedad que la desprecia y que a veces ha llegado a eliminarla por medio de grupos de exterminio bien entrenados.
Estamos viviendo en ciudades-cáncer donde prolifera lo enfermo y lo monstruoso, ciudades-máquina que eliminan desechos humanos como si se tratara de basura maloliente. Ese es el futuro: un capitalismo depredador que crea nuevos desechos: seres humanos.
No progresamos, no estamos construyendo un mundo mejor. El futuro significa grandes condensaciones de riqueza en una franja mínima de la población, y multiplicación de la pobreza para la gran mayoría. Por ley de probabilidad, los hijos de los hijos de nuestros hijos serán indigentes.
Esta es la violencia transpolítica de las nuevas “ciudades fantasmas”. Ya no una violencia que viene de fuera del sistema, como la de las mafias del narcotráfico, sino una violencia que viene desde adentro, psíquica, que viene desde las entrañas mismas de una sociedad que ha entrado en catástrofe y que empieza el proceso de su autodestrucción.
Desde esta perspectiva, ser un escritor es un enorme privilegio y al mismo tiempo un castigo, porque se trataría de descubrir estas fuerzas, sintonizar con ellas, y después narrarlas para comprender de qué manera nos hemos caído en un agujero negro que aún continúa asfixiándonos y devorándonos. Este ha sido el propósito de mi última novela, Buda Blues: rastrear las fuerzas centrípetas y centrífugas que nos están conduciendo a la autodestrucción.
Quizás todas las ciudades, Bogotá, Ciudad de México, Madrid o Calcuta, son la suma de estas fuerzas a las que están sometidos sus ciudadanos, quizás cuando caminamos por ellas no sabemos a qué nos estamos exponiendo realmente. Creemos que no va a pasar nada y de pronto un día seremos lanzados por fuera del sistema. E intentaremos regresar y no lo lograremos. Jamás.



