ENSAYO Y POESÍA
César Antonio Molina, James Wood, Abel Hernández, Jordi Pujol, Fernando Savater, Aurora Luque.
LECTURAS ENSAYO
GEOGRAFÍA SENTIMENTAL
MARTA SANZ
Lugares donde se calma el dolor
César Antonio Molina
Destino
Precio: 26 €
Páginas: 800
Lugares donde se calma el dolor es el hermoso título de este volumen de difícil clasificación genérica: libro de viajes, confesión, enciclopedia o extenso epitafio, el autor se desnuda intelectualmente y pide silencio para proponer un modo de mirar que tiene la textura de las revelaciones, es didáctico y contrasta, en su exigencia de esfuerzo y en su desacomplejado elitismo, con la demagogia de un discurso cultural donde prima la asequibilidad lectora y donde lo letraherido se observa desde el prisma de la ciencia-ficción y la ironía posmoderna –Borges o Lem–. Molina no busca la conformidad ni la sonrisa; su palabra es unilateral y habla tan en serio que el lector a veces se siente expulsado, se encoge, mientras que otras disfruta del hipnótico placer del reconocimiento, de la gratificación de una inteligencia que, incluso en sus ataques de egocentrismo, aspira a cierto nivel de hermandad: hasta el carácter ermitaño de los letraheridos más recalcitrantes anhela formas silenciosas de la compañía en la lectura o la contemplación.
El ser humano, como mosaico cultural –¿un golem?– responde a dos impulsos: el deseo de encontrar la verdad y el deseo de escapar de ella. La obsesión culturalista puede interpretarse como esa necesidad de evasión donde se dejan de lado el fin de mes, el salario o la vulgaridad, o como esa brizna del ADN, que nutriéndose de vida y emprendiendo un cómputo de felicidades no rudimentarias, vuelve a ella para apaciguar la certidumbre de la muerte: el libro exhala un aroma fúnebre; detrás de cada frase se adivina el punto y final. Se entronca con la profundidad del tiempo de Zambrano, con la huida como resistencia al escepticismo, con la perduración de la ruina frente a nuestra fugacidad, con el vago asidero de la fama como perpetuación en la que el dolor más cruel sería el fracaso...
Molina descubre las fuentes de las que bebe su escritura trazando una exclusiva geografía sentimental. Naturaleza, paisaje, erosión, ordenada piedra, casa museo, urbanismo se presentan como metáfora del cuerpo y del curso vital, como melancólica constatación de una vida y de una muerte donde sin dolor no existe la felicidad, hay que aprender a convivir con la aflicción y “la existencia es tanto más dichosa cuanto menos la sentimos”: el libro acentúa los aspectos espirituales –es muy instructiva la reflexión sobre el jainismo–, filosóficos y metaliterarios –la concepción rilkeana de la poesía como traducción– de emisores y receptores culturales.
Molina afronta la relación del escritor con la Historia, su posición moral, defendiendo el apoliticismo de Zweig, la ajenidad respecto al judaísmo de Kafka o la neutralidad del poeta López Velarde (“ni villista ni zapatista”); esta visión resulta contradictoria y también un tanto sectaria por las facetas de la barbarie que se iluminan frente a las que se mantienen alejadas del foco. En todo caso, el texto ofrece una magnífica experiencia de conocimiento sobre los lugares que perduran y nos alivian, y sobre sus moradores que sin estar perviven impregnados en cada una de nuestras conmovidas memorias, llenas de gratitud, en nuestras maneras de pasar la vista por las letras o de apretar el lápiz: Virgilio y Nápoles; Lampedusa, Visconti y El Gatopardo; el parque inglés de Blow up; Cinecitá o Bollywood; el Trieste de Svevo y Joyce; la Praga de Kafka; Moscú y la Tsvietáieva; Nueva York, Melville; Zweig que se suicida en Petrópolis con su esposa; y un cuadro de Georges de la Tour que cogía polvo en un cuarto del Palacio de la Trinidad de Madrid...
ANATOMÍA DE LA NOVELA
SANTOS SANZ VILLANUEVA
Los mecanismos de la ficción
James Wood
Gredos
Precio: 23 €
Páginas: 200
Sostiene James Wood en Los mecanismos de la ficción lo siguiente: “Los novelistas deberían dar gracias a Flaubert del mismo modo que los poetas dan gracias a la primavera: todo renace con él”. Copio la cita solo como ejemplo de la coquetería intelectual con que el crítico americano explica Cómo se construye una novela. Su ensayo adolece algo de un gusto por el ingenio y por epatar, pero, pertrechado el autor con sabiduría, inteligencia, ironía y perspicacia, bien pueden disculpársele tales defectillos por la abundancia de proposiciones tan brillantes como exactas. Imposible resumir en menos palabras ni con más gracejo la poética entera del pontífice estructuralista Roland Barthes que atribuirle una “susceptible y asesina hostilidad hacia el realismo”. No se piense, por lo dicho, que Wood nada más ofrece pirotecnia verbal o conceptual. Con la capacidad de sugestión del encantador de serpientes practica la anatomía de la novela a partir de un objetivo muy preciso: él escribe no como un especialista que se dirige a otros especialistas y no espera ser leído ni comprendido por un lector común (y “ni siquiera por uno que se esté entrenando para no ser tan común”, otra malicia contra Barthes). Wood piensa solo en ese lector de a pie ante quien despliega amplio caudal de conocimientos para indagar en las claves que permiten la existencia de este extraño artefacto que ha venido a ocupar el primer lugar del consumo cultural. Wood concibe la novela, aunque no lo diga explícitamente, como un elemento más de la realidad que a su vez produce realidad, o verdad. Esta sería la razón, deducimos de sus sabrosas explicaciones, de que tantos millones de personas gastemos el tiempo en algo tan pueril, si bien se mira, como creernos un mundo imaginado. Aclarar qué sea y cómo se hace una novela ha generado tantas riadas de tinta que parece empeño redundante volver a ello. Lo justifica, sin embargo, acometerlo con un objetivo tan claro como el de Wood. Su meta implica prescindir del envaramiento expositivo, renegar de la sofisticada hermenéutica de los narratólogos y renunciar a la jerga terminológica para iniciados. Y, al contrario, seguir la senda de los clásicos Aspectos de la novela de E.M. Forster aunque superando el diletantismo y superficialidad del novelista británico. Wood habla tan claro como Forster, y con mayor gracia, y además con fundamentación retórica y técnica sólidas.
Un bagaje teórico bien interiorizado aunque no explícito sirve de base para abordar aspectos medulares de la ficción por medio de un coloquio socrático entre el autor y otros comentaristas (teóricos o creadores): el personaje, el tiempo, el punto de vista, el secreto del detalle, las convenciones, la sustancia no realista del realismo o los retos de la modernidad. Aunque Wood sea firme, incluso algo rotundo, en sus opiniones, incita a confrontarlas con las nuestras y casi lo reclama. Las observaciones tienen vuelo especulativo, pero nunca se pierden en la abstracción y siempre parten de apostillas a fragmentos o situaciones de obras concretas (por desgracia no hispanas). Además, su ameno y ágil discurso va plagado de apuntes que, más que dar que pensar, resultan como iluminaciones un tanto provocadoras de aspectos que uno ha intuido o percibido en alguna ocasión y no ha sabido darles cuerpo argumental.
Wood se dirige a quien lee sin prejuicios ni más meta que enriquecer su visión del mundo, pero no excluye a novelistas y profesores, que sacarán buen provecho y disfrutarán. Y, desde luego, el lector de novelas desprevenido perderá la inocencia tras recorrer estas páginas que desvelan las muchas riquezas, sutilezas y exigencias encerradas en una ficción.
EL DESTINO DE LA POLICÍA
VÍCTOR MÁRQUEZ REVERIEGO
Suárez y el Rey
Abel Hernández
Espasa
Precio: 19,90 €
Páginas: 262
En la página 87 de este libro –que, conviene decirlo, se lee de un tirón, lo cual no es cualidad frecuente– cuenta Abel Hernández que en el verano de 1976 el reciente rey y el aún más reciente presidente (Juan Carlos I y Adolfo Suárez) estaban, ambos, muy solos. Por eso, dice, “no era extraño que en aquellas madrugadas sonara el teléfono y Adolfo Suárez escuchara al otro lado la voz amiga del Rey que se interesaba por cómo estaba y por lo que hacía. Los dos hombres y un destino estaban solos ante el peligro, insomnes e incomprendidos. Y se animaban mutuamente.” Los dos –Rey y Presidente– solían ver juntos películas del Oeste y así, aunque en un principio fueran como Paul Newman y Robert Redford, y acaso más como James Stewart y Richard Widmark en “Dos cabalgan juntos” de John Ford, lo cierto es que al cabo de pocos años Suárez sería el Glenn Ford de “Cimarrón”, visto por Anthony Mann. Un político que pronto voló por su cuenta, sin la tutela ya del Rey y de Fernández Miranda, y al que entre todos acabaron cortándole las alas. De Adolfo Suárez dice el autor –página 17– “que parece un personaje sacado de una tragedia griega”. Y es verdad. Porque Adolfo Suárez es un personaje para el que la política era el destino, y tan ganado por su destino estaba que en él se sumergió y en él acabó hundiéndose... Hoy, víctima de un largo deterioro neurológico, quién sabe si bajo el manto piadoso del olvido, no puede asistir a su canonización en vida, como sí tuvo que padecer los ataques generalizados tan faltos de piedad cuando dejó de gozar el favor real.
Abel Hernández nunca participó en esa despiadada cacería. Siempre amigo de Suárez, en la gloria y en el infierno; aunque no siempre tan incondicional en todo y, por eso mismo, bien visto por el político. Revelador acerca de lo dicho es lo contado –páginas 143 y 144– sobre la recepción palaciega del día de San Juan de 1980, cuando Juan Carlos quiere utilizar como mensajero real al periodista (“le indiqué al Rey que no estaba en condiciones de ir con su mensaje a Suárez”). Testimonio personal y de muy primera mano. Como lo es el capítulo 12 –“La dimisión”– con las cuatro interesantísimas páginas iniciales “versión literal de un testigo, el general Sabino Fernández Campo, que fue jefe de la Casa del Rey”. Hay más, y de diverso tipo, revelaciones en el libro. Me paro en una anecdótica, y ajena al eje de lo narrado, pero chocante y extraña. Vamos a la página 19, donde leemos: “Una noche salió a la puerta de su casa y los escoltas le impidieron que repartiera entre los que pasaban billetes de quinientos euros...” Chocante, digo, porque se permitiera manejar tantos dineros a una persona ya hundida en los abismos de la mente. Y extraña; para mí , al menos, que todavía no he visto un billete de quinientos euros... O el de todo un monarca infantilmente escondido en su despacho, el día de la elección como presidente (pág. 81). Ya en la almendra, me asombra la seguridad del hijo de Suárez cuando afirma que “planearon en Segovia y por escrito la estrategia a seguir cuando se cumplieran las previsiones sucesorias”. O sea, algo así como la “Pizarra de Suresnes” de la que presumía Alfonso Guerra... Para mí, la única pizarra habida en la España de otro tiempo es la de don Pedro Escartín, aquel seleccionador nacional de fútbol, blanco de los dardos lanzados por los hinchas de la llamada Furia Española (“¡a mí, Sabino, que los arrollo!”; no era, claro está, el muy templado Sabino Fernández Campos).
SIN COMPLEJOS NI PREJUICIOS
NATIVEL PRECIADOS
Tiempo de construir
Jordi Pujol
Destino
Precio: 23,95 €
Páginas: 380
Comienza Jordi Pujol el segundo tomo de sus memorias expresando su profundo desencanto por el actual desprestigio de la clase política y por la inquietante situación de Cataluña. Desde los tiempos de la transición el progreso había sido tan espectacular que ahora, ante la evidencia de la crisis, Jordi Pujol observa motivos de alarma. Sobre dichos temores se extiende únicamente en el prólogo de Tiempo de construir. Memorias (1980-1993), un libro imprescindible para entender a un personaje crucial en la reciente historia de Cataluña y, por supuesto, de España. Además de algunos detalles inéditos muy sustanciosos, Pujol aporta una visión lúcida de lo que hizo, de por qué lo hizo y qué consecuencias tuvo para la consolidación democrática. Se ve a si mismo con generosidad, sin complejos ni prejuicios, como un precoz hombre de acción que, desde los 16 años, se convierte en “un patriota que trabaja a favor de Cataluña”. Sus primeros recuerdos institucionales están llenos de solemnidad. Confiesa que durante muchos años estuvo pensando su primer discurso como president de la Generalitat. Cuando el 8 de mayo de 1980 toma posesión del cargo de manos de Josep Tarradellas sabe que está cumpliendo una importante misión y le dice a Lluis Prenafeta, secretario general del Gobierno: “Lluis, en estos momentos la Generaltiat somos tu y yo”.
Me detengo en aspectos anecdóticos del libro, donde se refiere una veintena de veces a dos de sus más cercanos colaboradores, Lluis Prenafeta y Macía Alavedra, hoy inculpados judicialmente en el caso Pretoria, amigos a los que sigue defendiendo. O en la alusión al entonces dirigente socialista Enrique Múgica que, según cuenta Pujol, fue a tantearle para saber cómo vería forzar la dimisión de Adolfo Suárez y sustituirlo por un militar al frente de la Presidencia del Gobierno. Cuestión en la que se ha ratificado de viva voz, a pesar del desmentido de Múgica. Pujol tenía una buena opinión de Suárez, quien precisamente le puso en alerta contra el general Armada: “Ahí tenemos un gobernador militar, el de Lérida, del que no debes fiarte”. Le agradeció el gesto de confianza y, sobre todo, su buena disposición hacia Cataluña. Tras el fracaso de la intentona golpista, a la que se refiere con mucho detalle, manifiesta que se sintió dolido con el Rey, cuando recibió en la Zarzuela a Suárez, Calvo-Sotelo, González, Carrillo y Fraga, pero se olvidó del PNV y de CiU. Lo considera una gran descortesía.
No pierde ocasión de juzgar a los socialistas de un modo implacable. Sus propias victorias electorales se las atribuye no sólo al éxito de Convergència i Unio, también a los errores del PSC que, en su opinión, no ha sabido aparecer como un buen defensor de Cataluña. “No han tenido proyecto de país”, les reprocha, y añade que ni lo tuvo Maragall ni lo tiene Montilla. Queda claro que los socialistas son sus principales adversarios, a los que vapulea sin miramientos. Probablemente le traen recuerdos del trago más amargo de su vida política: la querella a la que se enfrentó por el caso Banca Catalana, ante la pasividad e indiferencia del entonces Gobierno socialista de España. Lo sintió como un ataque al catalanismo y, sobre todo, a su persona. Le dejó una herida profunda que no olvidará mientas viva. Queda mucho por contar y habrá quien eche en falta algunas historias de personajes que no figuran en esta obra inacabada, pero no deben preocuparse porque el autor, que goza de una excelente memoria, ya anunciado que irán apareciendo en la próxima entrega.
PREGUNTAS INCÓMODAS
LAURA FREIXAS
Dos vidas (Gertrude y Alice)
Janet Malcolm
Lumen
Precio: 19,90 €
Páginas: 192
Cómo dos mujeres judías consiguieron vivir tranquilamente, durante toda la guerra, en la Francia ocupada por los nazis? Janet Malcolm, cuya especialidad parecen ser las biografías espinosas (en un libro anterior abordó la muy conflictiva de Sylvia Plath), se dedica en Dos vidas a plantear esta y otras preguntas no menos incómodas a propósito de la escritora norteamericana Gertrude Stein y su compañera Alice B. Toklas.
Que Stein haya suscitado el interés de Janet Malcolm no tiene nada de extraño. Como las también escritoras Edith Wharton y Nathalie Clifford Barney o la coleccionista de arte Peggy Guggenheim, Stein, inmensamente rica, había abandonado los Estados Unidos buscando un ambiente bohemio que sólo Europa podía ofrecerle. Se instaló en París, donde fue amiga y mecenas de varios artistas, Picasso y Hemingway entre ellos. Pero si ya este recorrido biográfico habría bastado para hacerla notable, Stein tenía otras dos características aún más singulares: era lesbiana, y estaba convencida de ser un genio. Y en la persona de Alice Toklas encontró lo que todo genio necesita, pero que los genios femeninos heterosexuales casi nunca encuentran: una persona dispuesta a seguirla, admirarla, apoyarla y resolverle la vida cotidiana. Es lo que Sylvia Plath se encontró haciendo para Ted Hughes (“Ted es un genio; yo, su mujer”, escribió en su diario), aunque ella tenía su propia vocación como poeta. La reflexión implícita en torno a qué tipo de pareja puede establecer una mujer artista es uno de los aspectos más interesantes que tienen en común el libro anterior de Janet Malcolm, La mujer en silencio, sobre Plath y Hughes, y Dos vidas. El resultado de la comparación no es muy optimista: Plath se unió a un hombre que artísticamente era su igual, y terminaron autodestruyéndose –sobre todo ella, que murió en la batalla–; Stein en cambio, en vez de intentar crear una relación igualitaria, optó por buscarse una ”esposa” tradicional, y pudo así dedicarse en cuerpo y alma a escribir sus grandes obras: Ser americanos, Autobiografía de Alice B. Toklas, Autobiografía de todo el mundo…El mismo aplomo, el mismo egocentrismo que Stein aplicó a su vida de artista, pueden explicar que sobreviviera a la guerra. Era rica; era brillante, inteligente, seductora; tenía amigos en todos los bandos. Uno sobre todo le fue útil: Bernard Faÿ, un intelectual francés, colaboracionista, pero encantado, como muchos antisemitas –observa Malcolm– de tener amistades judías. Intercediendo personalmente ante el mariscal Pétain, Faÿ consiguió que Stein y Toklas no fueran molestadas. Pasaron la guerra tan cómodamente como su perro, que por ser un animal con pedigree, tenía derecho, bajo el nazismo, a una cartilla de racionamiento bastante aceptable (sic)… Y es que la mejor manera, al parecer, de tener privilegios, incluso en las situaciones más desesperadas, es haberlos tenido siempre y comportarse en consecuencia.Pero aunque ellas se salvaran, ¿tenían noticia Stein y Toklas del destino de otros judíos?... Como ya hiciera en La mujer en silencio, Janet Malcolm nos demuestra en este libro lo difícil que es averiguar la verdad. Los testimonios se contradicen, y lo que parecía una prueba irrefutable se convierte en dudosa en cuanto otro testigo da su versión de los hechos. ¿Lo sabían, no lo sabían…? Con una honestidad que no podemos sino admirar –aunque nos deje frustrados–, Janet Malcolm llega a las últimas páginas de Dos vidas sin cerrar el doloroso interrogante.
FILOSOFÍA PARA JÓVENES
EDUARDO GARCÍA
Historia de la filosofía sin temor ni temblor
Fernando Sabater
Espasa
Precio: 19,90 €
Páginas: 288
Innumerables son los grandes sabios que se revelaron pésimos maestros, incapaces de comunicar ni tan siquiera una porción de su conocimiento a sus discípulos. De inverso signo es el caso de Fernando Savater. Es sabido que a partir de los 90 el filósofo optó –tras las huellas de sus maestros Voltaire o Bertrand Russell– por aproximar el pensamiento a los profanos. A tal giro divulgativo debemos, entre otros muchos ensayos, su ya clásico Ética para Amador (1991) y, tras su estela, la Política para Amador (1992). Su éxito en tales libros, a la hora de generar interés en un público juvenil hacia las cuestiones filosóficas, está a día de hoy fuera de duda. El filósofo lograba abordar los dilemas morales más complejos con una claridad expositiva y un instinto para el ejemplo ilustrativo más que notables. El ensayo que reseñamos contribuye a aportar un jalón más en esa trayectoria.
Nos encontramos ante una Historia de la Filosofía para adolescentes. Se articula en apenas diez capítulos, de los cuales el primero (quizá el que más recuerda a la Ética para Amador) introduce la clase de actividad en que consiste la filosofía, mientras los siguientes abarcan sucesivos periodos cronológicos. Encontramos una vez más un amistoso tono de hermano mayor (lejos de la severidad del padre o tutor): la philía socrática merodea por estas páginas. Intenta facilitar el acceso a los autores situándolos brevemente –apenas unas pinceladas– en su contexto histórico. Pero quizá el didáctico secreto de este libro se encuentre en la introducción de los filósofos a partir de algunos rasgos biográficos. Logra así por momentos otorgar un rostro humano a la filosofía, invitándonos a comprender la raíz humana original de la que brotan las teorías.El juvenil público al que va dirigido marca los límites del ensayo, que requería evitar la excesiva acumulación de ideas. Por otra parte, al proponerse cubrir nada menos que la totalidad del pensamiento occidental –en tan sólo unas 300 páginas– se ve forzado en ocasiones a sobrevolar a toda prisa autores esenciales en apenas dos o tres contundentes párrafos. Constituye una grata sorpresa, en contrapartida, la presencia de numerosos filósofos que por lo común escapan a la brevísima lista de autores que suelen contemplarse en los planes de estudio de Bachillerato. Así, más allá de los evidentes Platón, Aristóteles, Descartes, Kant, Marx… encontramos a Diógenes, Averroes, Pico della Mirandolla, Maquiavelo, Montaigne, Pascal, Vico, Bentham, Emerson, Santayana y muchos más. Un acierto, sin duda, que contribuye a enriquecer el libro.
Y sin embargo su mayor virtud no reside tanto en la tan cercana como relativamente accesible exposición de unas u otras teorías, sino en los valores filosóficos que sugiere al lector. La tolerancia en tanto aspiración irrenunciable, el laicismo respetuoso para con todas las confesiones, la invitación al honesto debate de ideas sin trampas emocionales ni dialécticas (a saludable contracorriente del aberrante debate televisivo), la llamada al continuo preguntarse, a no conformarse jamás con las presuntas verdades heredadas para indagar siempre más allá, son algunas de las omnipresentes actitudes que al trasluz se reivindican.Tanto si cae en manos de un joven avispado, como si lo hace en las de un profano deseoso de aproximarse por primera vez a la filosofía, bien puede esta lectura introductoria servir de estímulo para ponerle en camino. A ambos les aguarda, al pasar la última página, todo un continente a explorar.
LECTURAS POESÍA
EL CIELO DE LAS BOCAS
LORENZO OLIVÁN
La siesta del Epicuro
Aurora Luque
Visor
Precio: 8 €
Páginas: 90
El cóctel filosófico y vital del que bebe Aurora Luque deja ver los licores de alta gradación de los que está hecho desde el arranque mismo de su último libro, La siesta de Epicuro, con una cita de Michel Onfray que nos invita a un doble recorrido: cruzar el mar de la filosofía idealista (platónica, cristiana y alemana), para acabar encontrando una corriente submarina más recóndita, la de un hedonismo sensualista, corporal, epicúreo y ateo. En todo caso, el puerto principal, de salida y de llegada, no es otro que Grecia y el esplendor sensorial del Mediterráneo, con sus dioses humanos, demasiado humanos, enamorados de la belleza terrenal, gozando y sufriendo enredados en ella. La “siesta” aquí reviste más importancia de la aparente, pues marca un territorio y un tiempo: un territorio solar (una “poética solar” reivindica esta poeta en la antología Cambio de siglo), y un tiempo transitorio del que habrá que despertar, quizás como apuesta en un futuro más alto, limpio de “certidumbres añosas”. Pero esa “siesta”, además, puede y debe enlazarse con la indolencia a la que cantaron algunos románticos y sugiere un ámbito en el que los sentidos se embelesan en sí mismos, escapando a los rigores de la razón. Por si un umbral así no da bastantes pistas de lo que nos espera al cruzarlo, el primer poema, “Fruta del día”, constituye una de las mejores poéticas de esta voz, pues ese “Tienes que vivir vidas” reformula lo que en la antología citada ya se proclamaba de manera contundente: “yo soy yo y mis contaminaciones”. Y es que nada más característico de Aurora Luque que tender puentes entre la antigüedad grecolatina y el tiempo actual; nada tan de su estilo como la refundición y refundación permanente de los mitos pasados y modernos, que esa “ménade warholizada” de la cubierta simboliza a la perfección a quien ha escrito sin duda algunos de los mejores poemas de la poesía española contemporánea sobre el tema del deseo. Quien ha sabido conectarlo con la eterna Belleza mezclando la lección griega y romántica con un fresco aire pop, sabe también trazar la caída de todos los Ícaros heridos por el fuego y, sacudida en este libro de manera especial por la muerte, es capaz de trazar también el negativo de Eros en textos tan paradigmáticos como “Vejez”.Pero las sombras de Epicuro, Filodemo, Lucrecio y otras sombras hermanadas en parecida visión del vivir, sirven también para amplificar lo que se rechaza, como en ese esbozo de esperpento del “Senatus Hispanus”, o en la crítica al devenir de España, hecha una vez más en clave de oposición entre la sensualidad mediterránea y la impasibilidad racionalista: “La rosa de azafrán pierde sus pétalos / a golpes de molinos casi zen”. Porque Aurora Luque, incluso cuando se pone a respirar aires orientales, les da su encendido aroma, y hace que la flor del cerezo pierda su castidad, se haga epicúrea: “Llueve de noche. / Y las sábanas huelen / a cuerpo usado”. En una época de tantos misticismos sospechosos, un libro como éste resulta doblemente necesario, pues sirve para reafirmar ante todo la creencia en un cielo a ras de piel: “Mueres porque no sientes / apetito carnal de algo infinito, / ganas de penetrar / con la lengua la pulpa de los mundos”. O para decirlo con otras palabras: no hay infinito, parece casi rezársenos aquí, como aquel que comienza en el cielo de las bocas.
LA GRAVEDAD DE LO VIVIDO
JAVIER LOSTALÉ
Picados suaves sobre el agua
Antonio Luis Ginés
Bartleby Editores
Precio: 9 €
Páginas: 57
Antonio Luis Ginés, nacido en la localidad cordobesa de Iznájar en 1967, pertenece al grupo representativo de una verdadera explosión poética en Córdoba durante lo años noventa y principios de este siglo, que reúne a escritores de distintas edades y poesía también muy diferente, entre los que se encuentran Eduardo García, Lara Cantizani, Vicente Luis Mora, Pablo García Casado, José Luis Rey, Raúl Alonso, Rafael Espejo , Juan Antonio Bernier o Elena Medel. Nombres que, con un ritmo sostenido, han ido alumbrando obras reconocidas por los lectores y la crítica que confirman la energía de su pulso creador. Es el caso de Antonio Luis Ginés que, con su cuarto libro, Picados suaves sobre el agua, publicado por Bartleby, logra con la mayor desnudez y máxima tensión psíquica, transmitirnos estados interiores nunca desligados del paisaje y sucesos cotidianos, una constante a lo largo de su creación en la que ocupa un lugar principal Rutas exteriores, poemario galardonado con el IX Premio Nacional de Poesía Mariano Roldán. Esa inmersión en zonas profundas del ser humano sin aflojar, como dijimos, las lianas con la realidad de Picados suaves sobre el agua, exigía la respiración y la demora narrativa del poema en prosa, convertido en alegoría de la vida, en emanación natural de situaciones, deseos, ausencias, sueños, llamada de lo desconocido, momentos esperanzadores y desesperanzados, huellas, heridas, tinieblas y amaneceres. Todo ello utilizando un lenguaje nada aéreo, sino con la gravedad de lo vivido, donde los espacios tienen memoria y fluye un pensamiento emocional. Los objetos inanimados tienen en este libro el voltaje de las pasiones y el conocimiento humanos: Haberte conocido a través de tu ropa en el tendedero, reza uno de sus versos; o el talgo se transforma en metáfora transparente de la imposibilidad de huir del destino: “Sólo sabe que va hacia una ciudad, sólo sabe que trata de huir de su sombra, pero el tren se detiene en todas las estaciones, todos los pueblos, y no hay nadie, nadie sale a recibirle; y el tiempo que cree ganar con el rugido de la máquina es una dulce trampa que, imparable, le conduce a su destino”. La ciudad tejida por tantas vidas anónimas, con su capacidad de succión, sus lugares para la tentación y la infidelidad o sus recintos marcados por la arritmia del recuerdo; la ciudad de la que los fenómenos atmosféricos son también parte esencial de su cuerpo (atardecer, lluvia, frío, bogar de nubes), adquiere en Picados suaves sobre el agua la temperatura de lo biográfico, y existe desde la propia soledad y necesidad de renacimiento un espíritu de comunión con los demás seres. Otra de las virtudes de este poemario es la capacidad que tiene su autor para dibujar escenas, interiores donde respiran sus personajes, adoptando para ello la actitud de un espectador más. Un buen ejemplo es el texto que abre el libro, “Fresco”, del que transcribo un fragmento: “Abre una puerta y ella está sentada con los brazos cosidos a las rodillas. La cena fría, lo de siempre pero con más cansancio, tanto que no hay palabras: asco, algo parecido. El último cuadro sin colgar todavía, todavía ella saca fuerzas para echar sus ojos sin fondo en los de él, en silencio, en un lenguaje sin signos ni secretos”. Por último, no quisiera dejar de referirme a la basal presencia de los ausentes en este libro, que no cesan de acompañar al autor que nos impulsa a habitarnos por dentro con la verdad y el horizonte de la auténtica poesía.
DIBUJANDO A DIOS DEL NATURAL
JESÚS AGUADO
Ver un mundo en un grano de arena
William Blake
Visor
Precio: 40 €
Páginas: 526
William Blake (1757-1827) vivía y escribía el exceso con naturalidad, seguro de que al el corazón de lo excesivo (Dios y el resto de las mayúsculas) se podía acceder usando herramientas humildes, artesanales, baratas. En esto se diferenciaba de sus contemporáneos los románticos, que por aquel entonces estaban inventándose el concepto de lo sublime para tener un pedestal desde el cual poderle hablar de tú a tú a la Inmensidad, al Yo, al Amor o a la Muerte. En esto, por otra parte, se parecía a la mayoría de los místicos (zapateros, cesteros, eremitas), de los que, sin embargo, también se distinguía en que él, cuando se encontraba cara a cara con Eso (Dios, etc.), no humillaba el rostro en señal de sumisión sino que, en un acto que no hay que calificar de arrogante porque era la inocencia absoluta el que se lo dictaba, lo mantenía bien alto y atento para no perderse detalle. Esa voluntad de no perderse detalle, en virtud de la cual siempre se le ha tenido por un visionario (algo por lo que algunos le ensalzan y bastantes más le vituperan), es lo que mantiene frescos y verosímiles sus grabados, sus aforismos y sus poemas, que no han envejecido como, por ejemplo, los textos de Swedenborg, ese otro visionario rival de William Blake al que éste no perdonara sus coqueteos teológicos con la ciencia y la razón en general. William Blake fue, frente a románticos, místicos, visionarios de la estirpe de Swedenborg o profetas, alguien capaz de escribir desde el centro de las cosas (de escribir con la voz de las cosas), no desde la periferia, por muy incandescente que fuera, de éstas, algo que se nota de manera especial cuando son los seres más humildes los que protagonizan sus poemas: un deshollinador, muchos niños (varios de ellos perdidos), una hormiga, una rosa enferma, un gusano, una mosca (que recuerda y antecede al ángel) o un vagabundo. La moral implícita o explicitada de estos poemas, y para no ser infiel a estas criaturas o conceptos marginales que le inspiraban, no estaba fundada en las instituciones, con las que tuvo problemas, sino en los libros sagrados (la Biblia, Plotino, Böhme) leídos sin prejuicios hermenéuticos, en su práctica de una rotunda e innegociable libertad mental y social (llegó a proponer a su mujer que ambos vivieran desnudos en el jardín trasero de su casa) y en una prodigiosa intuición literaria y existencial. A pesar de las reticencias de muchos, con Eliot a la cabeza y con Chesterton de corneta mayor (ambos le dirigieron, por emplear una afortunada expresión de Jordi Doce, elogios envenenados; del segundo, dicho sea de paso, tomo el título de esta reseña), William Blake es, hoy por hoy, un clásico indiscutible, un poeta de referencia no sólo para los que estén interesados por los asuntos divinos. Es probable que sus aforismos y poemas breves nos lleguen más que sus largas composiciones plagadas de citas y símbolos no siempre fáciles de desentrañar (algunos lectores, como Cristóbal Serra, nos han facilitado la tarea), pero su obra merece ser leída, como propone este volumen, en conjunto, única manera de saber de primera mano el gran poeta contemporáneo que sigue siendo William Blake. Jordi Doce, al que debemos otra extraordinaria versión de este escritor (Los bosques de la noche, Pre-Textos, 2001) ha realizado una edición y una traducción ejemplares y actualizadas críticamente, algo difícil si tenemos en cuenta la complejidad literaria e intelectual del autor y que es muy de agradecer.
UN ESPÍRITU LIBRE
IGNACIO F. GARMENDÍA
Esplendor
Vicente Tortajada
Metropolisiana
Precio: 18 €
Páginas: 144
Amaba los libros, no menos que los viejos discos o la conversación apasionada o el humo amigo del cáñamo. Era un transgresor, pero su genuina heterodoxia no condescendió nunca a las poses vanas, a los lugares comunes, a los caminos trillados. Era también un hombre generoso, erudito en mil saberes, que guardaba un fondo de insospechada ternura –“una ternura antigua e infinita”– tras la máscara de ferocidad libertaria. Escribió un puñado de excelentes artículos y una rara y hermosa novela, Flor de cananas, donde recuperaba la figura del médico anarquista Pedro Vallina. Pero era, sobre todo, poeta, aunque tuvo la suprema elegancia de no prodigarse demasiado. Vicente Tortajada (Sevilla, 1952-2003) escribió poco más de un centenar de poemas, distribuidos en seis breves entregas que publicó entre finales de los setenta y mediados de los noventa, apenas quince años de vida editorial que le bastaron para dejar una impronta indeleble y personalísima en la poesía de su generación. Su nombre no suele figurar en las antologías del periodo, pero los buenos lectores saben o deberían saber que era –es– un poeta verdadero.
Titulado como el último de sus poemarios, este valioso volumen, de impecable factura material, rinde homenaje a la memoria de un poeta casi secreto que merece ser leído, descubierto o revisitado. Dos grandes amigos de Vicente Tortajada, Abelardo Linares y José Daniel M. Serrallé, autores de sendos prólogos que aúnan la crítica certera y el recuerdo emocionado, son los responsables de esta amplia selección de su obra –publicada por una editorial pequeña y exquisita, Metropolisiana– que cubre toda la trayectoria del poeta e incorpora, entre otras composiciones inéditas o no recogidas en libro, una colección de letras flamencas, escritas por encargo hacia el final de su vida.La poesía de Vicente Tortajada empezó caudalosa, desbordante de imágenes visionarias, y acabó encauzándose en una línea más precisa y contenida, pero siempre fue una poesía fuerte, extremosa, apegada a la vida que amó visceral, desesperadamente. Esta última etapa, la que corresponde a Pabellones (1990) y Esplendor (1994), es sin duda la que produjo un mayor número de poemas memorables, pero interesa leer los versos de juventud –“¡Detente, enemigo, / Gustavo Adolfo Bécquer / está conmigo!”– donde encontramos ya algunos de los elementos –el humor, la melancolía, el hábito de servirse de otras voces para expresar las perplejidades propias– que caracterizan la obra del poeta. Hay algo salvaje, en el sentido de no domesticado, pero hay también una extraña delicadeza que combina perfectamente con el lado fiero: “Ya te digo que existen cosas claras: / el mar que se derrama, / los ojos que lo ven y lo contienen. / La miseria, / la muerte y la hermosura de las cosas”.
Algunos de los poemas de Vicente Tortajada pueden ser adscritos a la línea de la experiencia en su versión más desinhibida, pero en muchos otros el autor practicó una forma de culturalismo muy alejada del lujo historicista y los alardes de guardarropía. Cuando el poeta asume las voces de Baroja, Wilde o Pessoa, cuando retrata a Francis Bacon o glosa el Angelus de Millet, no hay en sus versos el más leve asomo de artificio. Ve al hombre y se ve a sí mismo, sin veleidades decorativas. Es una propuesta originalísima que no se parece a ninguna otra, porque la poética de Tortajada –o su mirada, como precisa con razón Linares– era única, resultado de una sensibilidad peculiar que podía dedicar un poema –espléndido– al palio de la Macarena y otro –uno de los mejores que escribió, perteneciente a la serie de monólogos dramáticos– a la “Langueur del conde de Foxá”. Los espíritus libres no saben de consignas.



