RAFAEL ALBERTI

EL MAR EN EL PUERTO

EDUARDO MENDICUTTI

Cuando yo empecé a escribir, tuve mi momento Juan Ramón Jiménez y mi momento Rafael Alberti. En realidad, el momento Alberti –aunque de un modo todavía indirecto y vacilante– fue primero que el momento Juan Ramón, pero por una razón puramente callejera. La familia de mi padre y la familia de mi madre son de Sanlúcar de Barrameda de toda la vida, pero cuando mi madre y mi padre se casaron se fueron a vivir a El Puerto de Santa María, donde trabajaba mi padre como químico en la fábrica de vidrio que había cerca de la playa de La Puntilla. El caso es que, cuando yo tenía ocho años, vivíamos en el principal del número 12 de la calle Pagador, en El Puerto, y en el bajo vivían tío Ignacio Valdés y tía María Merello con sus hijos, que por entonces eran ya tres o cuatro. Los hijos de tío Ignacio Valdés y tía María Merello no eran mis primos, por la sencilla razón de que sus padres no eran tíos nuestros, aunque nosotros los llamábamos así, tío Ignacio y tía María, por puro cariño. Tía María Merello era prima hermana de Rafael Alberti por parte de madre, lo mismo, claro, que su hermana Isabel Merello, viuda de Terry, y a ella –a tía María, no a su madre ni a la viuda de Terry– le debe la Literatura Española la tremenda suerte de que a mí me diera por escribir. Gracias a tía María Merello yo empecé a escribir con ocho añitos, pero esa es otra historia que ahora no viene muy a cuento. Lo que sí viene a cuento es esa especie de parentesco putativo que, gracias a tía María Merello, yo tengo con Rafael Alberti –tan guapetón, tan simpático, tan comunista; nos parecemos, ¿no?– y que, pese a tratarse de un vínculo familiar tan nebuloso, en algo se tenía que notar.

La verdad es que tardó un poco en notarse claramente. El momento Juan Ramón Jiménez –que no me tocaba nada, ni siquiera de manera nebulosa– se adelantó y brotó en mi incipiente obra sin ningún tipo de miramiento; típico de Juan Ramón. Una de mis hermanas, Lucía, nació cuando yo tenía diez años, creo, y yo, en un cuaderno de tapas rojas de hule que mi madre todavía conserva, escribí unas páginas en prosa poética sobre ella. Empezaba así: “Lucía es pequeña, morena, suave”. No puse “peluda” porque pensé que a mi madre no le gustaría un pelo. La obra se titula, claro, Lucía y yo y, de mano en mano, se convirtió en la familia en un best seller.

Menos mal que el momento Alberti vino a poner las cosas en su sitio. Yo tenía catorce años y estaba en quinto de bachillerato. El colegio estaba en Madrid, tan lejos entonces; en realidad, tan lejos todavía. El hermano Gerardo, que nos daba Literatura, nos pidió un día que escribiéramos un poema. Yo escribí uno cuyos dos primeros versos eran: “El mar. La mar / El mar. ¡Sólo la mar!”. El hermano Gerardo se quedó transido de admiración, me hizo escribir el poema con tinta china y grandes letras en un enorme lienzo de papel blanco y clavarlo en la pared de la clase, y se puso a decirle a todo el mundo que yo terminaría siendo un Pemán.

Años después, cuando leí cierto poema de Rafael Alberti, no di crédito. Durante algún tiempo, le tuve bastante tirria a Rafael. Y renuncié para siempre a la poesía. Había, hay un poeta que evocaba, que evoca maravillosamente por mí y para mí, a despecho del orden de los años, el tiempo de mi infancia en El Puerto de Santa María: el mar, la mar, las dunas de La Puntilla, los pinares perdidos, la calle Pagador, la fábrica de vidrio, el vapor de Cádiz, el rumor y la luz del Atlántico colgados en las azoteas, metidos entre las sábanas, posados en los labios, alojados en el corazón…