NARRATIVA
Judith Herrin, Joseph Pérez, Javier Reverte, Manuel Vázquez Montalbán, Elizabeth Smart, Thomas Hardy, Adolfo García Ortega
LECTURAS NARRATIVAS
REESCRIBIENDO BIZANCIO
LUIS ALBERTO DE CUENCA
Bizancio
Judith Herrin
Debate
Precio: 27,90 €
Páginas: 544
De Judith Herrin, historiadora británica nacida en 1942, puede decirse que es una profesional brillante e innovadora, poco amiga de los convencionalismos heredados. Escribe bien, se documenta mucho, ha trabajado como arqueóloga en Atenas y Estambul –lo que le presta un aire, siempre positivo y audaz, de Indiana Jones femenino– y está dispuesta a redactar, ahora que disfruta de una recién estrenada y merecidísima iubilatio, esas síntesis que sólo pueden acometerse cuando uno tiene tiempo para poner en orden sus ideas, gestadas a lo largo de muchas décadas de trabajo. Por ejemplo: esta admirable monografía dedicada a Bizancio. Los bizantinófilos nos hemos pasado la vida imaginando un imperio bizantino atestado de eunucos, princesas expertas en teología y en caricias, mercenarios varegos de estatura descomunal y cara de pocos amigos, hinchas desmesurados de Azules o de Verdes en el Hipódromo de Constantinopla, señoritas de vida licenciosa especializadas en tableaux vivants pornográficos (como la futura emperatriz Teodora), envenenadores profesionales, maquiavélicos emperadores que invitan a comer a Roger de Flor y compañía para asesinarlos, gente por un estilo a los citados en esa retahíla. Recuerdo un bellísimo libro de Charles Diehl, el gran bizantinista francés, titulado Figures byzantines (1906), que, junto a otro del alemán Karl Dieterich (traducido en 1927 al castellano con ese mismo título, Figuras bizantinas, por iniciativa de Ortega, en Revista de Occidente), fijó en nuestro imaginario los arquetipos bizantinos de forma bastante indeleble, por lo menos para los miembros (y miembras) de mi generación). Pues no, señor, los tópicos no siempre reflejan la verdad. Bizancio, cómo no, evoca esplendor y exotismo: esa corte imperial acribillada de formalismos y ceremoniales abrumadores, la locura arquitectónica de Santa Sofía (“Salomón, te he vencido”: Justiniano dixit), los maravillosos mosaicos de San Vital de Rávena, la portentosa creatividad de orfebres y de artesanos del marfil… Pero Bizancio es, también, durante los mil años que separan la fundación de Constantinopla de la caída de la Polis por antonomasia en poder de los turcos, un imperio excepcional y único que hizo posible que la Europa occidental alcanzara la modernidad gracias a una sociedad basada en el concepto de resistencia a machamartillo. De esa resistencia venimos. Y deberíamos reconocerlo, como hace Judith Herrin en su libro, que acaba de una vez por todas con los estereotipos y caricaturas acerca de la supuesta pasividad y pretendida decadencia del imperio bizantino. La fascinante obra de Herrin prescinde del tradicional enfoque cronológico stricto sensu, consagrando cada uno de los capítulos de que constan las cuatro partes del volumen (ordenadas, ellas sí, de forma diacrónica: “Los fundamentos de Bizancio”, “La transición de lo antiguo a lo medieval”, “Bizancio se convierte en un estado medieval” y “Nuevas formas de Bizancio”) a temas concretos e independientes, como la construcción de Santa Sofía, esa arma de destrucción masiva que llamamos “fuego griego”, la iconoclastia (prefiero ese término al iconoclasia utilizado por el traductor), el papel primordial de los eunucos en palacio, el tenedor (ese símbolo de las buenas maneras en la mesa), Ana Comnena (la inmortal autora de la Alexíada), la toma de Constantinopla por los cruzados en 1204, el monte Athos o el asedio otomano de 1453. El resultado son cerca de 500 páginas que, enriquecidas por una cuarentena de ilustraciones, una bibliografía, una lista de emperadores, una cronología y unos mapas, se leen con la fruición y el aprovechamiento con que leímos, en su momento, el tomo rotulado Bizancio de la inefable Historia Universal Asimov, pero con mucho más –con muchísimo más– fundamento científico.
LA REPUTACIÓN DE ESPAÑA
JAVIER ORS
La leyenda negra
Joseph Pérez
Gadir
Precio: 22 €
Páginas: 266
La historia ha dejado una imagen triste de España. El retrato de una nación atrasada, pobre, ignorante, fanática y religiosa hasta la superstición. Una sociedad “incapaz de figurar entre los pueblos cultos” y permanecer a la misma altura de las potencias desarrolladas del norte. Una tradición que, paradójicamente, nació en los siglos de mayor esplendor, en los del viejo imperio, y que se ha repetido en las centurias posteriores, perpetuándose en el inconsciente de Europa y perviviendo con fortuna en el espíritu de los propios españoles, hasta comienzos del primer decenio del siglo XX, cuando, precisamente, surgió la expresión “leyenda negra”. El hispanista francés Joseph Pérez intenta corregir ahora ese pasado de falsificaciones, inexactitudes y tergiversaciones intencionadas en una monografía breve, pero profusa: La leyenda negra (Gadir).
El historiador encuentra el origen de la mala reputación de la nación española en la expansión de la Corona de Aragón por el Mediterráneo y su asentamiento en Italia. Es la primera contribución del libro. El comportamiento de los soldados, el polémico ascenso de los Borja –cuya campaña de denigración él atribuye al recelo de los italianos hacia la familia valenciana más que a la excepcionalidad de sus excesos– y el saqueo de Roma por las tropas de Carlos V en 1527 prendieron una mecha que ya nadie podría apagar. Pero será, y este es el punto al que dedica más atención el autor, la llegada de los Habsburgo la que propició el punto de inflexión. Las potencias europeas miraron con desconfianza la ambición de unos monarcas que reunían cada vez más posesiones, asediando los territorios de alrededor con su poder. La leyenda negra no estaba dirigida contra España, afirma el hispanista, sino contra la Casa de Austria. “El emperador y el Rey Católico (Felipe II) –dice– no defendían los intereses de España, sino los intereses patrimoniales de los Habsburgo. Los primeros en comprenderlo fueron los comuneros que en 1520 y 1521 se levantaron porque reprochaban a Carlos V que sacrificara el bien común del Reino de Castilla a preocupaciones dinásticas”. Contra estos reyes se dirigen los ataques de Guillermo de Orange, cabeza política en los Países Bajos y uno de los instigadores de esa leyenda. Joseph Pérez analiza los mitos de la inquisición, la crueldad en América y el comportamiento de los tercios, y repasa con atención los libelos, grabados y autores que contribuyeron a la formación de esa leyenda que, como explica, debido al franquismo, que manipuló la historia sin reparo, se ha extendido hasta hoy (algunos sectores de la izquierda, argumenta el historiador, rechazan todavía a los Reyes Católicos cuando los liberales del siglo XIX los aceptaban sin problema). En la lista de escritores que ayudaron a difundir esa historia interesada sobresalen también dos españoles: Antonio Pérez, secretario de Felipe II, y Bartolomé de las Casas, cuya relación de las Indias fue descontextualizada para subrayar la brutalidad de los conquistadores en el continente americano.Uno de los aspectos más interesantes es el que dedica a la influencia, durante el siglo XIX, de la bibliografía anglosajona en la consolidación de esas historias extendidas. La ironía, según Joseph Pérez, es que ahora los hispanistas ingleses son los que más están contribuyendo a restaurar el prestigio de la historia de España y los remarcan una y otra vez que no existe ninguna excepcionalidad española (Julián Casanova y Carlos Gil Andrés, en Historia de España en el siglo XX, que acaba de aparecer en la editorial Ariel, también insisten en este punto: España no es diferente). Lo curioso, según Pérez, es que ahora son los españoles los que se resisten a aceptar que Felipe II fue uno “de los personajes más europeos de la historia”.
LA ÚLTIMA FRONTERA
JESÚS MARTÍNEZ GÓMEZ
El río de la luz
Javier Reverte
Plaza & Janés
Precio: 22,90 €
Páginas: 544
Es verdad que no ha sido nuestra literatura muy pródiga en un género, el de viajes, que tanto cultivo ha tenido en otras como la anglosajona. Toda una paradoja si tenemos en cuenta el espíritu conquistador y aventurero que ha jalonado la toponimia de medio mundo con gentilicios y nombres españoles. De ahí que sea tan grato reseñar a Javier Reverte (Madrid, 1944), periodista, corresponsal, guionista y autor de novelas como La noche detenida (2000) o Venga a nosotros tu reino (2008), poemarios como El volcán herido (1985), y libros de viajes como El río de la desolación (2004), Corazón de Ulises (2006) o la envidiable Trilogía de África: El sueño de África (1998), Vagabundo en África (2000) y Los caminos perdidos de África (2002), títulos, estos últimos, que son ya una referencia ineludible del género en nuestra narrativa.
Pues bien, este viajero incansable, que responde cuando se le pregunta cuál ha sido su mejor viaje que “el próximo”, nos presenta su “penúltima” aventura, El río de la luz (2009). Una obra que es un encendido homenaje a una de las geografías más salvajes y agrestes que pueda pisar el hombre, y una celebración del heroísmo y la grandeza –también de la codicia y la estupidez– que suelen presidir ciertas empresas como la de “la fiebre del oro”, ocurrida a finales del XIX entre los territorios de Alaska y Canadá, en la llamada última frontera.
Nada nuevo, si no fuera porque aquella estampida sorprendente e irracional, aquella locura colectiva de saldo cruento y ruinoso para la mayoría expedicionaria, tuvo esta vez a Jack London por escriba. Éste no encontraría oro, pero sí sembraría en varias generaciones de lectores la magia y la emoción de una quimera que forma parte desde entonces de la memoria colectiva. Un sueño imposible que Reverte, como buen utópico, siempre deseó cumplir. Por ello, El río de la luz es también la crónica de ese sueño, el tránsito, a sus sesenta y dos años, y más de un siglo después, de esa ruta mítica que ya recorrieran London y tantos otros. Y en especial los más de setecientos kilómetros en canoa surcados por el mítico río Yukón desde Skagway hasta Dawson City y el Klondike, afluente de aquél, destino final de ese sueño al alcance sólo de unos pocos que lograrían arrancarle a las entrañas del río el tesoro escondido entre sus aguas.
Un viaje de casi tres meses que concluirá con la vuelta a Europa en un carguero después de haber recobrado la ilusión y muchas otras cosas al navegar aquel río mágico durante trece largas jornadas, al pernoctar agotado en sus riberas y con el temor a la presencia de los osos grizzlies, el peligroso avance por rápidos como los Five Fingers, el miedo a lo desconocido y el orgullo de llegar sano y salvo, junto a sus cinco compañeros de travesía.Antes y después, dificultades, descubrimientos, el contacto con la gente, la lucha por conseguir un buen alojamiento o una comida decente, la relación de lugares y figuras legendarias como las del bandido Jeff “Soapy” Smith o el “honrado” Frank Reid, protagonistas de un duelo épico que se saldaría con la muerte de ambos; los dominios del sheriff Wyatt Earp; la casa donde Malcon Lowry escribiría Bajo el volcán; la cabaña de London. Y, sobre todo, la sensación de rejuvenecer, de volver a recobrar pulsos antiguos que la prosa cercana y eficaz de Reverte consigue hacer sentir al lector como propios, mientras lo lleva pegado a él por los rincones de un viaje que arranca mucho antes del punto de partida y no termina de finalizar nunca, pues los ecos del mismo suelen alojarse para siempre en la memoria y en el corazón del viajero.
Javier Reverte lo sabe y sabe también cómo lograr que nos sintamos compañeros únicos y cómplices de cada uno de sus libros y de cada uno de sus viajes.
EL PARAÍSO DE LOS ESCÉPTICOS
JAVIER GOÑI
Los mares del Sur
Manuel Vázquez Montalbán
Planeta
Precio: 21 €
Páginas: 319
En el introito (sic) de Autobiografía del general Franco (Planeta, 1992), el escritor que narra la novela hace un somero repaso a algunos críticos literarios del momento (allá por el jurásico), y le cabe el honor al arriba firmante –“En cambio el joven Goñi me obsequió en Cambio 16 con una crítica dicharachera, fluida, espirituosa, veinte líneas suficientes para resumir la solapa del libro y añadir algún chiste distanciador pero cariñoso en el fondo”– de haber tenido un breve cameo, junto a Conte y García Posada. MVM, maestro de periodistas para muchos plumillas, que lo tuvimos de referente moral y lo leímos con gusto siempre, en este caso se equivoca en una cosa: nunca he resumido la solapa de un libro, y le traté lo suficiente como para decírselo varias veces. Leí en su momento, hace 30 años –ya, ¡ay!–, Los mares del Sur, el premio planeta de Carvalho que MVM obtuvo en octubre de 1979. Con este motivo, sale ahora una hermosa edición conmemorativa, con una valiosa entrevista de Quim Aranda y un conjunto de fotos. Y, querido MVM –siempre lo fuiste–, allá donde estés (sin duda tiene que haber una suerte de paraíso para los lúcidos escépticos: qué novela hubiera escrito con los trajes de Camps o con ese Millet, el del Palau, que cobró, presuntamente, la mitad del bodorrio de su hija a sus consuegros y lo pagó todo, presuntamente, la Fundación Orfeó Català: lo leo en la prensa en el momento de enviar estas líneas); allá donde estés, quiero que sepas que he leído de nuevo, con verdadero placer, de cabo a rabo (apenas he reparado en la solapa), esta entrega tan barcelonesa –véase el epílogo del propio Aranda a la edición de los 25 años de Carvalho, Planeta, 1997– y la he disfrutado, si cabe, aun más. Acaso de forma diferente, tantos años después, y con lo que ha cambiado este país, este paisaje –lo inmobiliario de tu ciudad siempre lo supiste ver; está en esta novela–, y este paisanaje. Tus carvalhos siempre nos los dabas con olor a tinta de imprenta, siempre envueltos en papel de periódico, y aquí, sí –vísperas de las primeras elecciones municipales democráticas, meses después de los Pactos de la Moncloa, Ferrer Salat en la Patronal, Abril Martorell en Moncloa, Solé Tura en el PSUC, y en el horizonte ya un cierto desencanto, aquella palabra, ya en 1979–; y aquí, sí, hay numerosas referencias a la actualidad periodística de entonces, pero eso hoy, en una nueva lectura, con otros ojos, otras referencias, tal vez sea lo que menos importa. Me parece, MVM, no sé ti te lo dije –o te lo dijimos alguno, entonces: en la entrevista te revuelves incómodo al tratar sobre la aceptación de tu obra entre los críticos y, desde luego, sobre el lugar que ocupaba o debía ocupar tu obra literaria en el contexto de la narrativa española; ahora, me ha interesado más la mirada de Carvalho, su humanidad, que lo que come o bebe, me ha conmovido la terrible soledad del muerto que deseó huir a los mares del Sur sin conseguirlo, esa necesidad de algunos ya entonces de escapar; me han divertido los guiños metaliterarios que hacías, no sólo los libros que mandabas al escrutinio de tu chimenea, también la presencia en la ficción del profesor Sergio Beser, ese clarinista de pro, y mucho antes de que Marías sacara a Francisco Rico como personaje literario (fuiste pionero en muchas cosas). En fin, querido maestro, he disfrutado mucho con esta novela revisitada: aunque suene a tópico es cierto: aguanta muy bien, resiste estupendamente.
LLAMADLO AMOR
RICARDO M. DALMÓN
En Grand Central Station me senté y lloré
Elizabeth Smart
Periférica
Precio: 17,50 €
Páginas: 155
En un artículo aparecido en agosto del año 2006 en The Observer, Christopher Barker, uno de los cuatro hijos que Elizabeth Smart tuvo durante su larga y compleja relación con el poeta George Barker, confiesa no haber entendido nunca la devoción amorosa que su madre experimentó hacia su padre, hombre de notable sensualidad (tuvo quince hijos reconocidos con tres mujeres distintas y no le hizo ascos a las relaciones homosexuales), bebedor compulsivo (según puede colegirse tras leer The chameleon poet: a life of George Barker, impagable biografía que Robert Fraser le dedicó) y aplaudido escritor (fue patrocinado nada menos que por el conspicuo T. S. Eliot en la década de los años 30 del pasado siglo). En su artículo para The Observer, Christopher contaba cómo su madre se enamoró del artista antes que del hombre, pues fue la lectura de los versos de Barker lo que hizo que Smart quedara fascinada por alguien a quien jamás había visto. Con estos mimbres, que parecen sacados de la imaginación calenturienta de algún prosélito del Sturm und Drang, no es de extrañar el tono arrebatado, de una intensidad en ocasiones impactante, que la prosa de Smart alcanza en su celebrado En Grand Central Station me senté y lloré, libro que ya desde su título, paráfrasis del bellísimo salmo 137 (ese que empieza: “Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos a llorar acordándonos de Sión”), nos sitúa sobre la pista del tipo de escritura que en él encontraremos, una prosa de raíz veterotestamentaria y sabor elegiaco.
El texto de la autora canadiense, en magnífica versión de Laura Freixas, constituye una recreación alucinada y desgarradora –y en ocasiones irritante: sabido es que el exceso, en literatura, siempre acaba por agotar al lector– de los itinerarios que la pasión de Smart por Barker recorrió. Como en un viacrucis profano, se suceden así, entre el Nuevo y el Viejo Mundo, las estaciones del fulgor, el éxtasis, la culpa, la vergüenza, la exaltación, el egoísmo, la caída, la redención, el odio, la agonía, el desencanto, el remordimiento y la soledad, pero en todas ellas sobrevive la presencia innegociable del amor, una fuerza poderosa que todo lo regala y que todo lo arrebata. Smart, y con ella sus lectores, deambula así entre “el semen frío de la tristeza” y un “pleno delirio de poder, de invulnerabilidad”. De ese movimiento pendular, hecho literatura, no es sencillo salir indemne. Como no es sencillo, del mismo modo, transitar por este breve libro sin envidiar y, a la vez, sin apiadarse de la experiencia vivida por la autora. Imagino que alguien capaz de escribir, como en la octava parte del texto, una frase como “¿Por qué el dolor del mundo, incluso diez siglos de desagracias, tendría que empequeñecer el hecho de que amo?”, es digna de admiración y, al tiempo, de conmiseración. No en vano, la misma Smart reconoce que, en un mundo en guerra (buena parte de la narración transcurre mientras millones de personas son devoradas por el holocausto de la Segunda Guerra Mundial), su angustiosa tribulación de mujer enamorada y egoísta posee algo de insultante, aunque también resulte sublime. Una sublimidad encerrada, casi siempre, en el espejo de la naturaleza, en el cual Smart se mira cuando la felicidad o la desgracia la cercan, y, por descontado, en el tesoro de la literatura, representada en estas páginas por algunos de los mayores escrutadores (el ignorado autor del Cantar de los cantares, Shakespeare o Milton) de ese prodigio inquietante llamado amor.
PUERTAS CERRADAS, PUERTAS ABIERTAS
ALEJANDRO LUQUE
El estatus
Alberto Olmos
Lengua de Trapo
Precio: 15,95 €
Páginas: 176
Media docena de personajes y el espacio cerrado de un bloque de viviendas son los elementos con los que Alberto Olmos (Segovia, 1975) ha elaborado El estatus, una de esas contadas novelas llamadas a destacar en el panorama narrativo hispano por su curioso planteamiento y hábil desarrollo. Las protagonistas, Clara y Clarita, madre e hija, dejan el campo para mudarse a un piso en la gran urbe, a la espera de noticias del padre de familia, un Godot que ya se demora más de la cuenta. A su alrededor van dándose a conocer figuras como la criada Patricia, el portero mudo Jesualdo o el asistente Ichvolz. El clima pacífico, más bien anodino de la casa, ira enturbiándose paulatinamente, a medida que pasan los días enclaustrados, van tensándose las relaciones entre unos y otros, y se ponen de manifiesto los secretos y medias verdades que casi todos manejan. La narración cobra no poca intensidad con la entrada de inquietantes sospechas, invisibles amenazas y ruidos de procedencia indefinida, que vienen a sumarse a la sorda lucha por conquistar posiciones ventajosas que libran los habitantes de la casa. La vuelta de tuerca que se guarda Alberto Olmos, y tal vez el principal hallazgo de esta obra, son los diálogos de madre e hija intercalados en la historia, como si estuvieran viéndose a sí mismas, repasando y comentando su propia peripecia desde algún ignoto tiempo y lugar. “Esas somos nosotras”, se reconocen al inicio de la novela, y así logra el autor dinamizar el relato, matizarlo, completarlo y al fin redondearlo de un modo muy plausible.
UNA SOLEDAD DEMASIADO RUIDOSA
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA
Conciudadanos
Thomas Hardy
Belvedere
Precio: 11,50 €
Páginas: 120
La vida transcurre apaciblemente en la ciudad de Port Bredy hasta que de pronto la desgracia trunca la armonía familiar del abogado Downe. Un encuentro fortuito con su amigo Barnet desata una serie de acontecimientos que acabarán marcando para siempre el futuro de ambos y también el de Lucy Savile, la mujer que aman. En torno a estos tres personajes, Thomas Hardy nos ofrece su visión fatalista del mundo. La vida depende de un hilo que hilvana el destino. Conciudadanos es, sobre todo, un relato de amor. El amor que Downe profesa primero a su mujer y después a Lucy Savile. El amor que Barnet siente también por Lucy y que lo aleja de su mujer. El amor que Lucy dedica a Downe y quizás, finalmente, a Barnet. El autor convierte a los lectores en sus cómplices. Les devela los secretos de un triángulo amoroso que los propios protagonistas desconocen y que ellos mismos irán descubriendo a medida que avanza el relato. El silencio adquiere una importancia fundamental. Un silencio plagado de pasiones contenidas. El silencio de los sentimientos. Una soledad demasiado ruidosa. ¿Acaso no depende todo de nuestra manera de interpretar el silencio que nos rodea? Thomas Hardy construye, en apenas cien páginas, un relato hermoso y conmovedor. La historia de una novela es la historia de una obsesión y sus consecuencias. Y la obsesión principal de Thomas Hardy es la fuerza del destino. Un destino que a veces se manifiesta de manera cruel y otras veces caprichoso. Los personajes se entregan sumisos a ese poder invisible e implacable que guía las vidas de los protagonistas al margen de su voluntad. La extrema prudencia, la contención que he mencionado antes, impide en ocasiones la realización de los deseos. La vida es un accidente rodeado de pequeñas colisiones, casi invisibles.
La escritura de Thomas Hardy, como la conducta de los personajes del relato, es pura y contenida. El lector comprende que los protagonistas de Conciudadanos se pueden implicar en la vida de los otros, pero siempre de una manera respetuosa, sin hacer ruido. Da la sensación de que luchan inútilmente contra sus pasiones y circunstancias externas, aunque les duela. No es fácil interpretar y manifestar los sentimientos, ni siquiera los propios sentimientos, y cuando por fin se logra suele ser ya demasiado tarde. Thomas Hardy implica al lector en el relato. El lector querría agarrar a Barnet y abrirle los ojos, decirle que reaccione, que no se vuelva a ir de Port Bredy, que insista con Lucy, que deje de ser tan prudente y pesimista. El lector se lo querría decir a Barnet y también a Lucy Savile. Las buenas novelas consiguen que nos enamoremos de los personajes que el escritor se enamora. El lector se enamora de Lucy Savile, la heroína de Thomas Hardy, y comparte con ella su inmensa soledad en una casa repleta de fantasmas. La casa que mandó edificar Barnet para él y su mujer y que luego la habitarían su amigo Downe con la mujer que Barnet siempre amó. Thomas Hardy crea en Conciudadanos una metáfora del amor. Una parábola de la vida. El abogado Downe desea construir una sepultura a su mujer. Ese gran amor truncado por el destino. Pero al irrumpir Lucy en su vida, el espectacular proyecto de la sepultura se va tornando cada vez más sencillo; hasta convertirse en una simple lápida. La desgracia ha dado paso a felicidad y la felicidad nos vuelve egoístas. El olvido es pasto del tiempo. La vida y el amor, como el destino, son también así de crueles y caprichosos.“Thomas Hardy convierte en sus cómplices a los lectores de esta parábola de la vida en torno a un gran amor truncado por el destino”.
LA FUERZA DEL SINO
JUAN GAITÁN
El mapa de la vida
Adolfo García Ortega
Seix Barral
Precio: 20 €
Páginas: 544
No me gustan demasiado las novelas complacientes. En realidad, las detesto. No soporto esos productos literarios que tienen como objetivo caer bien al lector desprevenido y envolverlo en una trama más o menos ingeniosa pero, eso sí, en un tono benévolo, conciliador, paternalista. En cambio, aprecio el esfuerzo del escritor que asume el riesgo de entrar en asuntos delicados, espinosos, incómodos. Es, para mí, una prueba de raza literaria. Por eso es estimable el esfuerzo de Adolfo García Ortega de atreverse con una novela cuyo trasfondo es ni más ni menos que los atentados más terribles de nuestra historia, los ocurridos el 11 de marzo de 2004.El comienzo de la novela es opresivo, asfixiante, angustioso. Muchas vidas se cruzan en un solo punto. Habríamos de decir, para ser más exactos, el fin de muchas vidas. De muchas, pero no de todas. Algunas de las víctimas consiguen salir vivos de aquellos trenes convertidos en el infierno, pero no indemnes. Hay heridas de todo tipo, físicas y anímicas, quizás las peores, las más terribles. Porque nunca cicatrizan del todo.En ese grupo entran los dos personajes centrales de El mapa de la vida, Gabriel y Ada. Adolfo García Ortega se muestra ambicioso. Construye una novela en la que caben varios de los grandes temas que la literatura ha abordado a lo largo de la historia. El mapa de la vida se convierte así en una novela de actualidad (los atentados, el integrismo) sobre el azar (lo que puede cambiar nuestra vida en sólo una décima de segundo dependiendo de qué decisión tomemos, de si damos un rodeo, de si nos sorprende la lluvia…), y sobre el amor y el desamor. Adolfo García Ortega demuestra un profundo conocimiento del desgaste del amor en las parejas maduras, en el deterioro que sucede, casi inevitablemente, después de muchos años de convivencia, y de cómo, tras media vida con una persona, hay que empezar a buscar de nuevo lo perdido. El atentado sirve al autor como vehículo para hacer una reflexión sobre la vida. García Ortega utiliza la tragedia permitiendo que los personajes de la novela abran la puerta de los demonios interiores, para que expongan a la luz todo lo oscuro que cada cual tiene en su interior, en su alma. Una indagación emocional y psicológica en la que entremezcla con habilidad la ciudad como personaje, como gran escenario vivo siempre cambiante donde interactúan varios estratos que, a veces, se ignoran unos a otros. La ciudad vista con otros ojos, los ojos que ven lo que importa cuando ya nada importa, cuando tienes la sensación de estar viviendo un tiempo extra, los minutos del descuento.
EL INFIERNO DE LA CULPA
TOMÁS VAL
El animal piadoso
Luis Mateo Díez
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Precio: 18,50 €
Páginas: 353
Si Luis Mateo Díez se estrena en el género negro, esta inauguración es una incursión preludiada en su obra más significativa. Si se acerca al formato policiaco, lo hace con toda la complejidad y la certeza de que los elementos más presentes en su narrativa encajan como a la medida en el traje de la novela negra: un viaje sin destino de antemano, un protagonista en busca de respuestas, unos encuentros casuales que conducen el relato a través de una profunda reflexión sobre los enigmas del ser humano y el sentido de la vida con un desenlace que resuelve pero no ofrece respuesta definitiva y la curiosidad como motor de la historia. Esta absoluta coherencia narrativa con Las estaciones provinciales, La fuente de la edad, El expediente del náufrago, La mirada del alma, Fantasmas del invierno... nos hace descartar la idea de un Luis Mateo Díez probando a ser otro o buscando fórmulas más comerciales. El antecedente más cercano lo hallamos en Los frutos de la niebla, primera novela corta del volumen del mismo título cuya publicación precedió a El animal piadoso y donde, embrionariamente, se halla su planteamiento esencial: ya en ella, el escorzo de un policía de provincias, perseguidor perseguido por sus propios tormentos del alma, en un deambular que tiene más de huida sin rumbo que de trayectoria, anunciaba a Samuel Mol, comisario de policía jubilado de la ciudad de Armenta, obsesionado por un crimen que en su momento no logró o declinó esclarecer. Regresamos a la personal geografía del autor –Armenta, Ordial, Celama, Odesa...– y asistimos a un viaje dantesco a los infiernos de la culpa, con parada en las callejuelas de arrabales, en decadentes bares de estación o casas de comida trasnochadas, en edificios suburbiales con escaleras que mueren en puertas entornadas, en el que Samuel Mol trata de expiar una profunda culpa por antiguas negligencias u omisiones cometidas en su vida en activo que permitieron la impunidad de algunos delincuentes de poca monta y el carpetazo de un doble crimen, el de un matrimonio que apareció asesinado en su propia casa. Esta suerte de perdón de las faltas ajenas que se transforma en pecado propio, en angustia que trata de aliviar en los confesionarios de las iglesias de la ciudad, concita la aparición de presencias fantasmales: en unos casos, auténticos espectros, como el de Carmelo Cadmo, inspector de la misma comisaría que vuelve del más allá en busca de alguna compañía y que habrá de proporcionar algunas pistas a Mol en su investigación; en otros, se trata de apariciones desmayadas de personajes reales que provienen del pasado, como Danza, prostituta que comparte con el comisario esa querencia involuntaria, animal, de volver a lo que se fue, o los delincuentes absueltos que vagan como almas en pena en busca de un castigo y un perdón imposible. Todos ellos se materializan en ambientes brumosos, también muy propios del autor, conseguidos a través de estados semiconscientes de fiebre, enfermedad, alcohol, niebla, que dejan traslucir la existencia de otra realidad.
La gran metáfora del extravío moral se fragua en el periplo errático del protagonista que tiene tanto de búsqueda como de fuga de sí mismo para Samuel Mol, un Dante provincial, atormentado, recorriendo los círculos de un camino hacia un pasado donde no encontrará consuelo para su infortunio. Sí se reconfortará profundamente el lector con el disfrute, una vez más, de la hondura intelectual y el preciosismo estético de Luis Mateo Díez.



