DUBROVNIK
El adriático inmóvil
MARTA RIVERA DE LA CRUZ
En Dubrovnik, el mar tiene un color distinto, me dijo Katja, y yo tomé su afirmación con una cortés indiferencia, convencida de que aquella era una de tantas frases de folleto turístico con las que se intenta seducir a los posibles visitantes de los lugares de veraneo. Olvidé el comentario de Katja y me dediqué a preparar mis vacaciones como lo que eran: la posibilidad de combinar unos días de descanso con la redacción de una crónica de viajes que serviría para financiarlos. Había pasado un año extremadamente duro, y no estaba en condiciones de imaginar los distintos matices del Adriático: el mar es azul, y punto, me dije. No volví a pensar en semejantes sutilezas hasta que llegué a Dubrovnik y recordé a Katja y sus sabias palabras de viajera experta.
En la antigua Ragusa, el mar tiene el azul imposible de las piedras preciosas y la placidez de las aguas lacustres. Es un mar inmóvil, apenas alborotado por una brisa leve que huele a bosque de pino, melisa y lavanda. El azul intenso y transparente del mar de Dubrovnik multiplica el color blanco de la muralla, que parece hecha de sal, de papel o de nieve, y de los tejados rojizos que a la luz del crepúsculo se vuelven casi ardientes. Dentro de la ciudad, vedada por ley a la perturbación indeseable de los coches, las callejas forman un mapa intrincado felizmente incomprensible para el viajero, que juega a perderse entre recovecos y trampas amistosas intuyendo que la aventura va a tener, en cualquier caso, un final feliz. Entretanto, el visitante descubrirá edificios de factura fabulosa, palacios de inspiración veneciana, iglesias, conventos, una sinagoga o una mezquita, en recordatorio de la feliz convivencia de creencias y culturas. Hasta catorce órdenes religiosas dejaron su recuerdo y su impronta en Dubrovnik. Cada templo, cada abadía, merece una visita tranquila, un momento de reflexión, un paseo por los bosques de columnas, un instante con los ojos cerrados en la paz del claustro, mientras se escucha el ruido secular del agua derramándose en las fuentes de piedra. En la iglesia de los franciscanos permanece abierta una farmacia que ya funcionaba en el siglo XVII. También hay sitio para la sorpresa: la que se siente al descubrir que la hermosa escalinata barroca que hay delante de la iglesia de los jesuitas es una copia exacta de la de la Plaza de España en Roma… sólo que la ragusiana se construyó varios años antes. ¿Quién, pues, imita a quién?
Cuando cae la noche, los colores cambian y las sombras juegan con las luces para hacer más hermosa la ciudad amurallada. El suelo de la calle Placa brilla como si hubiese sido pulido con un líquido milagroso, y el interior de la catedral, iluminado con cientos de velas, permite una visita nocturna que invita a imaginar otros tiempos. Durante el verano, en el patio del Palacio de los Rectores se celebran conciertos nocturnos, y nada hay más hermoso que la música de Schubert perdiéndose entre los muros de piedra de la que fue residencia de los regentes de la República.
La vida nocturna es alegre y moderada. Hay música de jazz en muchos locales, y las terrazas consienten la llegada de los amantes de las cenas tardías. En las calles más estrechas, el aire huele levemente a frituras de pescado fresquísimo y a “bouzara”, uno de los prodigios de la generosa gastronomía dálmata: cigalas guisadas en una espesa salsa de tomate aromatizada con hierbas y especias. El recuerdo de la dominación de Venecia queda patente en los helados de clara inspiración italiana. Por la noche, cientos de jóvenes buscan su sitio en las escalinatas para saborear generosas montañas de crema helada, conscientes quizá de que no se puede concebir nada más grato que llevarse a la boca un cono de chocolate mientras uno divisa una iglesia renacentista, un palacio de ventanas de ojiva o una arcada con capiteles labrados. San Blas, patrón de la ciudad, a la que lleva en su regazo, parece vigilar amistosamente los movimientos de cada uno de los paseantes desde buena parte de los edificios, y esta celestial ubicuidad no parece molestar a nadie. Dicen que el santo evitó una invasión nocturna al despertar a los soldados durmientes, que pudieron gracias a su alerta prepararse para defender a la ciudad de sus agresores. Desde entonces, nadie en Dubrovnik niega a San Blas su condición de ciudadano de honor.
Entre tanta belleza en estado puro, es difícil imaginar la ciudad en ruinas, concebir que Dubrovnik fue víctima de la furia de la naturaleza – un terremoto la destruyó en 1667 – y de la brutalidad de los hombres: en 1991, el ejército serbio devastó a conciencia con sus bombas y su imbecilidad buena parte del casco histórico de la villa, que fue sabia y pacientemente reconstruido. De la barbarie serbia no queda más recuerdo que un puñado de fotos, como prueba irrefutable de la estupidez humana: los croatas prefieren pensar en la guerra como un mal sueño del que ya han acabado de desperezarse, y viven al margen de odios enconados y recuerdos infaustos. Supongo que, cuando surjan, les bastará con mirar al Adriático y perder unos minutos intentando descifrar el color del que me hablaba Katia.



