CARMEN IGLESIAS
"En España se ha creado un falso sentimiento de pertenencia aldeanista".
"Debemos tenerle miedo a la simplificación de la realidad".
Entrevista de EDUARDO MOYANO
Es un viejo edificio en un barrio de jóvenes. La Real Academia de la Historia está situada en la calle León, esquina a Huertas, una de las zonas de la movida madrileña, y su sede, que en tiempos fue Casa del Nuevo Rezado, era despacho de libros de rezo perteneciente a la comunidad jerónima de El Escorial. Lo construyó, como el monasterio, Juan de Villanueva. Es aquí donde estamos citados con Carmen Iglesias, académica de la Historia y de la Lengua, catedrática de Historia de las Ideas y Formas Políticas en las universidades Complutense y Rey Juan Carlos y autora de innumerables trabajos. Desde 2007 ocupa la presidencia del grupo de comunicación, Unidad Editorial.
Su última publicación responde al título de No siempre lo peor es cierto (Galaxia Gutenberg) en que recoge una serie de monografías, ensayos y conferencias que abarcan desde el siglo XVI al XXI, y que ha ido realizando desde finales de los ochenta hasta nuestros días. No siempre lo peor es cierto, es el título de una comedia de Calderón y como comenta la propia Carmen Iglesias “es un título que responde tanto a un carácter didáctico como irónico, porque los españoles debemos dejar de ser victimistas. Yo pertenezco a una franja generacional que ha vivido la dictadura franquista y se nos decía tanto desde la derecha como desde la izquierda que en España, vivíamos siempre lo peor. El hispanista John Elliot siempre nos ha reprochado ese sentimiento porque si esperamos lo peor, desde luego, acaba ocurriendo”.¿Ha querido explicarles a los españoles, con este libro, que no tenemos que ser tan negativos con nuestra propia historia?
Hemos interiorizado como propio lo más negativo que nos transmitían desde fuera. Los españoles tenemos una carga con la leyenda negra, consecuencia de nuestra hegemonía durante los siglos XVI y XVII, pero las potencias que nos sucedieron, Francia e Inglaterra, no han interiorizado las críticas que se les hicieron desde el exterior. En el libro, intento acercarme a la historia con el mayor rigor posible y también con lo que yo siempre he llamado la piedad clásica, la compasión hacia nosotros mismos y hacia otros seres humanos. Se trata de comprender por qué en determinadas circunstancias históricas los hombres y mujeres que vivieron ese momento reaccionaron de una manera determinada y no como nosotros, desde nuestro punto de vista, con nuestros valores, creemos que debería haberse actuado.
Cuando se refiere a piedad, se remonta a los griegos, que eran complacientes con los vencidos, pero en España no hemos tenido esa piedad.
En España se ha sido muy tajante. Uno de los capítulos está dedicado a la Generación del 98, llena de grandes escritores y pensadores, pero su literatura nos ha lastrado mucho porque durante el franquismo, ha sido la más leída y la más investigada. En su literatura falta piedad, ese sentido profundo, no porque ellos no quisieran, sino porque falta ese intento de comprender a los otros en su espacio y en su contexto.
¿El maniqueísmo sigue dándose en la sociedad española? ¿Hay una España de rojos o azules; de buenos o malos, o de nacionalistas o no nacionalistas?
Desgraciadamente, aunque se da más en círculos políticos muy ideologizados que en la sociedad en general. Con la transición fuimos conscientes que con la guerra civil, todos habíamos perdido. Ahora, más recientemente, se ha vuelto a ese sentido maniqueo que es muy preocupante y que considero que en muchas ocasiones está hostigado desde el poder político, con el agravante que está muy fragmentado en función de los caciques locales de las autonomías. Pero creo que es algo que no está en la esencia de los españoles.
A su juicio, ¿cree que la llamada memoria histórica está creando nuevamente diferencias entre distintos sectores de nuestra sociedad?
Sí, en vez de intentar integrar. Naturalmente las familias de las víctimas tienen derecho a saber que fue de lo suyos, pero se están diciendo muchas cosas sin sentido. Una de las falacias que se han dicho es que la Guerra Civil y la posguerra habían estado absolutamente sepultadas. No es verdad, sólo hay que echar una ojeada a la enorme bibliografía que hay o acudir a las hemerotecas para comprobar la cantidad de artículos que existen firmados por historiadores de toda condición o ideología. Lo que ocurre es que no había sido un tema mediático manipulado por los políticos, y esa ha sido la gran diferencia. Por otra parte la memoria es individual y, como todos sabemos, es también emocional No existiríamos sin recordar. En cambio la historia supone un distanciamiento que no tiene nada que ver con ese planteamiento emocional de los míos, los suyos, los vuestros que se plantea con ese concepto.
Es lo que estamos comentando, porque en vez de recordar lo que nos une se busca la tergiversación. Tenemos una clase política muy maniquea y en algún caso muy ignorante que contribuye a esa desunión. Creo que uno de los fracasos de nuestra joven democracia es la educación. Se ha fragmentado y se ha creado además un falso sentimiento de pertenencia aldeanista. Desde el Estado tenían que haber velado para que, dentro de la singularidad y la diversidad del país se mantuviera un cierto tronco común y la función educativa fuera eficaz, y fueran respetados los derechos de los niños y de los padres, por ejemplo, en la cuestión lingüística dónde se está llegando a una situación en que se está vulnerando, creo sinceramente, los derechos individuales de ciudadanos españoles y además destruyendo la enseñanza pública.
Si hablamos de diferentes países dentro de España, ¿cómo se nos ve actualmente desde el exterior?
Creo que desde fuera, no hay duda, nos siguen viendo como un conjunto, como españoles y pertenecientes a una de las naciones, en el sentido moderno, más precoces de Europa. Se habla de españoles y no de catalanes, castellanos o andaluces
¿Considera que esa libertad que nació durante la transición, se puede ver amenazada con determinadas actitudes de nuestros políticos?
Desde mi punto de vista si puede verse amenazada porque creo que el péndulo antifranquista sigue incorporando elementos de autoritarismo, a veces, muy elevados. El que un alcalde pretenda hurgar en nuestras basuras para ver si reciclamos bien y si no lo hacemos bien poner una multa a una comunidad de vecinos, es algo absolutamente autoritario. Ha costado siglos conseguir que las penas no sean colectivas y que sea cada uno, quién responda individualmente. Es llamativo que se ocupen de estas cuestiones y no, por ejemplo, de la falta de medios de la justicia que deja a delincuentes en libertad porque ni siquiera tiene ordenadores.
El historiador francés Georges Duby, como usted recuerda, hablaba de un catálogo de miedos. En 2010, ¿a qué tenemos que tenerle miedo los españoles?
Pues al intervencionismo, a la pérdida de libertad, al maniqueísmo, a la simplificación de la realidad. Una realidad que construimos, a veces, con palabras. En las hemerotecas no aparece la palabra terrorismo en los discursos oficiales, desde la democracia hasta finales de los ochenta. Se habla de violencia en lugar de reconocer a los asesinos como asesinos. El terrorismo ha sido el gran cáncer de nuestra democracia. Los nacionalismos no hubiesen sido tan excluyentes si no hubiese existido ETA.



