EL HISPANISMO HISTORIOGRÁFICO

"La aportación de los hispanistas anglosajones y franceses supuso un soplo de aire fresco para los historiadores españoles".

CARLOS MARTÍNEZ SHAW*

Según el Diccionario de la Real Academia Española, el hispanismo es la afición al estudio de la lengua y literatura españolas y de las cosas de España. Aquí vamos a ceñirnos a este último apartado para tratar de los estudiosos de “las cosas de España”, y más en concreto de las cosas ocurridas en España, es decir de la Historia. Hay que empezar señalando que la historiografía española (particularmente desde el segundo tercio del siglo XX) no se puede explicar sin hablar del papel protagonista que han desempeñado muchos investigadores extranjeros. La aportación de los hispanistas significó para la historiografía española no sólo la posibilidad de disponer de nuevos estudios sobre temáticas poco o nada tratadas por los especialistas españoles, sino sobre todo la llegada de las corrientes más modernas que se desarrollaban en los medios académicos desde la revolución historiográfica alumbrada en el periodo de entreguerras. Así entraron sobre todo las enseñanzas de la escuela de los Annales, pero también la metodología de la nueva historia cuantitativa e incluso algunas influencias de la teoría marxista de la historia. Frente al mundo cerrado de la investigación oficial, estas aportaciones –que basaron sus investigaciones en los buenos archivos que existían en España– fueron un soplo de aire fresco que sirvió de inspiración a algunos de los mejores profesionales españoles y de motivación para la renovación de los estudios históricos en nuestro país. La labor de los numerosos hispanistas, que también han contribuido al mantenimiento de la idea de España como Estado y como nación, está representada por un amplio listado de nombres conocidos, tanto si nos referimos a la arqueología, a la historia del arte o a la historia en general de los distintos periodos: la edad antigua, medieval, moderna y contemporánea, tanto en el propio territorio de España como en el de la América española o incluso en el más extenso de las Indias para incluir las Filipinas y las exploraciones del Pacífico, a las que tantos investigadores han dedicado su vida intelectual.

Si nos centramos en la Historia de España y, más concretamente, en una época en que su presencia se hace igualmente masiva: la Edad Moderna, los siglos del XVI al XVIII, los siglos de Oro y de las Luces, es conveniente recordar la existencia de un volumen colectivo que rinde homenaje al hispanismo anglosajón sin restricción de temáticas (José Manuel de Bernardo Ares: El hispanismo anglo-norteamericano: Aportaciones, problemas y perspectivas sobre Historia, Arte y Literatura españolas, siglos XVI-XVIII, 2001) y otro, aún más reciente, referido a los hispanistas franceses de origen español (Ricardo García Cárcel y Eliseo Serrano Martín: Exilio, memoria personal y memoria histórica. El hispanismo francés de raíz española en el siglo XX, 2009).Intentando pergeñar un cierto orden, que combine lo cronológico con lo temático, quizás debamos empezar por reseñar el trabajo de Marcel Bataillon que, procedente del campo de la filología, supo revelar un mundo poco conocido en su celebrado libro sobre Erasmo y España, donde hacía su aparición toda una generación de seguidores del gran humanista holandés que serían los inspiradores de muchas de las corrientes espirituales de tiempos de Carlos V. Por los mismos años, preparaba su tesis Jean Sarrailh sobre la España ilustrada de la segunda mitad del siglo XVIII, una época descalificada por una parte del pensamiento español de la época (desde Menéndez Pelayo a Ortega y Gasset) y ahora revalorizada por el hispanista francés y, más tarde, por el estadounidense Richard Herr, con una obra de referencia sobre España y la revolución del siglo XVIII. En la difusión de las Luces en tiempos de Carlos III y su crisis bajo el reinado de Carlos IV, hay que tener también en cuenta a otros historiadores como Marcelin Defourneaux o François López. Entre todos procedieron al rescate de algunas temáticas relegadas por su desvío respecto al mainstream interpretativo de la historia de España imperante en el siglo XX.

Sin embargo, era el momento del despegue de la historia económica, que encontró algunos cultivadores de gran relieve, como el estadounidense Earl Jefferson Hamilton, autor de un volumen fundacional sobre el tráfico de la Carrera de Indias, sobre el tesoro americano y la revolución de los precios en España durante el siglo XVI, en cuyo surco se situó la magna obra que el francés recientemente desaparecido Pierre Chaunu compuso (junto con su esposa Huguette) sobre Sevilla y el Atlántico durante las mismas fechas. Ambas han constituido el esqueleto sobre el que han descansado o al que han completado otros numerosos investigadores. Siempre dentro de la historia social y económica, puesta en primera línea por los fundadores de la escuela de los “Annales”, hay que hablar del libro pionero de Noël Salomon sobre Castilla la Nueva, pero, sobre todo hay que reservar un espacio aparte a la obra de Fernand Braudel. El gran historiador francés (aunque no pueda ser considerado un hispanista stricto sensu por la discontinuidad de su interés hacia nuestro país), pondría a España en el centro de su opus maius sobre el Mediterráneo y el mundo mediterráneo en tiempos de Felipe II, todo un cosmos donde surgirían conceptos tan significativos como el de “geohistoria” o el de “larga duración”. En su órbita se escribirían otros libros fundamentales como el de Bartolomé Bennassar sobre Valladolid y su entorno en el Siglo de Oro. Para Cataluña, la obra cumbre sería la de Pierre Vilar, quien cumpliría además un papel de primer orden en la reformulación de una nueva teoría de la historia de raíz marxista, llamada a tener una influencia decisiva en la formación de los historiadores españoles de toda una generación.

La historia política se renovó en España desde muchos ángulos, pero también aquí fue considerable la aportación de los hispanistas. Quizás haya que poner en primer plano la obra del profesor inglés John Elliott, que publicó una serie de libros decisivos sobre Cataluña y la revuelta de 1640, sobre el Conde Duque de Olivares y sobre las relaciones entre España y su Imperio, además de una síntesis de extraordinaria difusión como fue La España Imperial, 1469-1716. La nómina no sólo no agota las excepcionales contribuciones (cuantitativa y cualitativamente hablando) de los hispanistas, sino que al menos hemos de hacer justicia a otras personalidades, como Joseph Pérez (autor, entre otros muchos libros sobre España y la América española, de una de las más elaboradas investigaciones sobre la revuelta de las Comunidades de Castilla), Didier Ozanam (reconocido maestro en cuestiones diplomáticas), David Ringrose (autor de diversas obras sobre el crecimiento económico español en los siglos XVIII y XIX), Bernard Vincent (uno de los máximos conocedores del reino de Granada y de la historia de los moriscos), Henry Kamen (autor de un verdadero best-seller, su síntesis sobre la Inquisición española) y un largo etcétera.

En conclusión, la historiografía española ha debido buena parte de su progreso (especialmente durante el largo desierto intelectual del franquismo) a la labor de este selecto elenco de aplicados hispanistas, amantes de España y curiosos de su pasado, con los que siempre tendremos una deuda de gratitud. Ahora alguno de ellos ha proclamado el fin de su función en razón del espléndido presente de la investigación histórica hispana, pero no sólo no debemos olvidar su contribución a hacer posible esta realidad, sino que por el contrario debemos seguir conservando esta extraordinaria red, renovada sin cesar, que es una red de intercambios al mismo tiempo científicos y afectivos. 

(*) Miembro de la Real Academia de la Historia.