ENSAYO Y POESÍA

 

Antonio Fernández Ferrer, Harold Bloom, Medardo Fraile, Leonard Woolf, Ángel Crepo, Ruiz Noguera, Isabel Bono

LECTURAS ENSAYO

 

EL ARQUITECTO EN SU LABERINTO

SALVADOR GUTIÉRREZ SOLÍS

Ficciones de Borges. En las galerías del laberinto
Antonio Fernández Ferrer
Cátedra
Precio: 20 €
Páginas: 526
Con su permiso, una breve incursión taurina. Dicen que hasta la aparición de Juan Belmonte nadie toreó como él: sentó las bases de una nueva Tauromaquia. Pero tras Belmonte, curiosamente, nadie ha toreado como él. Sólo hubo y ha habido un Juan Belmonte. Bien podría adaptarse esta idea a Jorge Luis Borges. Borges sienta las bases de una nueva manera de articular la prosa, la narrativa, la Literatura, que nadie ha sido capaz de continuar, posteriormente. Probablemente, Borges es uno de los autores que ha generado una mayor producción bibliográfica; analizado mil veces, cada poco llega a las librerías un nuevo título. Después de todo lo escrito, de tantas reflexiones, estudios, congresos; después de tantas interpretaciones, valoraciones, tesis y homenajes, ¿qué más se puede decir sobre Borges? Su obra nos muestra a un autor inabarcable e insaciable, un creador en constante movimiento, una voz que se renueva en cada línea. Un arquitecto atrapado en su propio laberinto, que en multitud de ocasiones crece sobre otros laberintos, sobre subterráneos, sobre pasadizos. El Profesor Antonio Fernández Ferrer se adentra en las profundidades del genio argentino en Ficciones de Borges, en las galerías del laberinto, un texto que no es sólo una disección detallada de esta obra. Es una inmersión en las alcantarillas del propio Borges, demostrando que en la mayoría de las ocasiones obra y vida no se encuentran en planos tan diferentes. La una vive de la otra y viceversa. El creador no vive ajeno a la realidad que le rodea, y no entremos a analizar si esa “realidad” es breve, nimia, inmensa, real o inventada. Es, en cualquier caso, la “realidad” que envuelve al hombre y que le proporciona los registros, emociones y nociones que aplica a su proceso creativo. Cualquier autor, más allá de su “yo” o junto a su “yo”, aplica a sus personajes y situaciones su experiencia personal o el presentimiento que su intuición fabrica. Contamos a través del recuerdo, de la percepción o del vaticinio de una percepción. Antonio Fernández Ferrer nos demuestra en esta obra que un café compartido, un viaje, el nombre de un hotel, el artículo de un sociólogo, una cita enciclopédica, una lectura reciente o el eco de un tango pueden ser las materias primas empleadas por Borges para construir sus laberintos. Laberintos que se bifurcan.Ficciones de Borges, en las galerías del laberinto, cuenta con una gran virtud que, desgraciadamente, no es frecuente en obras que podríamos calificar o clasificar como similares: es asequible. El autor combina con gran acierto la reflexión con las vivencias, el análisis exhaustivo con la descripción humana de Borges. Una descripción que alcanza las capas más profundas de la intimidad, mostrándonos al hombre, en sus relaciones, en sus fobias, en sus encrucijadas. Mostrándonos al arquitecto dentro de su descomunal laberinto.

También es este texto un catálogo de personalidades, muchas de ellas grandes voces de la Literatura del Siglo XX, indispensables para conocer a Jorge Luis Borges y su obra. En gran medida, es el resultado de sus encuentros y desencuentros, de los momentos compartidos. Cada uno de ellos y ellas es una galería del laberinto. ¿Después de todo lo escrito, de tantas reflexiones, estudios, congresos; después de tantas interpretaciones, valoraciones, tesis y homenajes, qué más se puede decir sobre Borges? Sí, se puede decir más sobre Borges. Este título, Ficciones de Borges, en las galerías del laberinto, de Antonio Fernández Ferrer es un magnífico ejemplo.

 

EL FESTÍN DEL CUENTO

PEDRO M. DOMENE

Cuentos y cuentistas. El canon del cuento
Harold Bloom
Páginas de Espuma
Precio: 19 €
Páginas: 322
Aldous Huxley escribió que la cultura no deriva de la lectura de libros, sino de la exhaustiva e intensa actitud con que nos acerquemos a un buen texto y del provecho que hagamos del mismo. De un título tan efectista como equívoco, Cuentos y cuentistas. El canon del cuento (2009), Harold Bloom (Nueva York, 1930), un autor tan arbitrario como abrumador y culto, inspirador del afortunado término hace unas décadas, establece con esta recopilación, dos de las tradiciones en que se basan la mayoría de los autores convocados en este libro, la chejoviana y su búsqueda de esa verdad total en lo humano, o la kafkiana cuya capacidad de invención y originalidad se traduce en objetivo de vida. A partir de estas premisas, la lista no deja de resultar tan efectista como sorprendente: treinta y nueve ejemplos, cuya literatura breve se relaciona como si de un auténtico milagro se tratara. No obstante, para Bloom la ambigüedad del género es algo tan obvio que, tal vez, ya nunca se resuelva, sobre todo cuando se emplea el término canon, referido exclusivamente a cuestiones literarias. En los 90 nos legó El canon de la literatura occidental (1994), una ambiciosa obra que abarca siete siglos de literatura, desde Dante (1265-1321) hasta Samuel Beckett (1906-1989), donde inicialmente explica el significado de «canon» y cómo se construye. Pero el papel que Bloom concede a la estética en el terreno literario es muy superior al de la búsqueda del compromiso social, hasta el punto de llegar a una afirmación que suscita, siempre, cierta polémica, «el estudio de la literatura no salvará a nadie». La sombra de Shakespeare, a quien el crítico ha dedicado parte de su vida y considera la cúspide en toda la historia de la literatura, sigue planeando sobre una obra como El canon del cuento, un libro que, según el editor del volumen, forma parte de la Bloom’s Literary Criticism, la monumental colección de crítica literaria en seis volúmenes, reunida tras veinte años de trabajo, y referencia inequívoca de la interpretación literaria contemporánea. Como en ocasiones anteriores se ordenan, una vez más, los mejores cuentistas de la historia, propósito que para nada acercará unos nombres a los gustos de la mayoría de los lectores del género, entre otras cosas porque cualquier enumeración puede resultar equívoca y en el caso de Cuentos y cuentistas ocurre, porque se analizan y critican, en un aventurado recorrido cronológico, doscientos años de obras y autores, desde el ruso Alexander Pushkin (1799-1837) al norteamericano Raymond Carver (1938-1988), y entre ambos algunos ejemplos no exentos de polémica: Lewis Carroll, Thomas Mann, James Joyce o Shirley Jackson.

La cuota en español la sustentan Borges y Cortázar, la alemana Kafka, la francesa Maupassant, Calvino la italiana, proliferan los rusos, Pushkin, Turgeniev, Gogol, Babel, y Chejov y abundan los de habla inglesa, Poe, Melville, Twain, Faulkner, Hemingway, Cheever, Ozick Updike, Carver; otras lenguas están representadas por Hans Christian Andersen, cuya visión original proviene, según Bloom, del folclore porque desde su juventud sostuvo la máxima nietzscheniana de separar origen y objetivo en la vida, algo que no le produjo muchas satisfacciones, pero sí una extraordinaria calidad literaria. Del danés destaca «La sirenita», «Los cisnes salvajes», «La reina de las nieves», «Los zapatos rojos», «La sombra» y «Tía Dolor de Muelas». Cuentos y cuentistas, no deja ser un libro curioso, útil fragmentariamente, aunque bibliográficamente escaso en referencias y traducciones al castellano de muchos de los convocados al festín del cuento.

 

...ESTE CUENTO AÚN NO SE HA ACABADO

JESÚS MARTÍNEZ GÓMEZ

El cuento de siempre acabar
Medardo Fraile
Pre-Textos
Precio: 28 €
Páginas: 616
Que Medardo Fraile tenga cosas que decir no es noticia, lo es que las escriba en un libro de memorias, porque a este maestro del relato breve ha tardado en hacérsele justicia y está bien que ahora que concita, al fin, el reconocimiento de todos, puedan adentrarse en su memoria personal quienes ven en él al genio de técnica depurada que logra acercarse a la perfección en cada relato. Y es que si hay alguien que haya apostado todo por el cuento, ése es quien siempre ignoró esa regla no escrita por la cual el mejor de los relatos no iba más allá de un amago de novela posterior, un fallido y hermoso ejercicio hasta dar el salto al profesionalismo novelesco. Lo ha hecho como entiende y siente la literatura, como una necesidad vital y moral, libre de ataduras y compromisos espurios. Porque Fraile es el cuento puesto en pie, la palabra justa, la sencillez, el fondo y las formas, la cadencia, el maestro de nuevas generaciones de cuentistas que –ellos sí– lo consideran clave en la revitalización del género. Por ello, El cuento de siempre acabar (2009) es una oportunidad única para responder a muchos interrogantes que, en lo personal y en lo literario, asaltaban a tantos seguidores de Fraile y amantes del género. En él, con su valentía y libertad habitual, repasa su vida desde su nacimiento, en 1925, hasta su llegada a Southamptom en 1964. Más tarde, recalaría la universidad escocesa de Strathclyde donde impartiría clases como catedrático de español hasta dejar la docencia. Pues bien, en el volumen se distinguen tres partes. La primera recoge su infancia en el Madrid de finales de los 20, las temporadas en Úbeda, la temprana muerte de su madre, la figura de su padre y la influencia de mujeres como la abuela Carmen, sus tías Isabel y Pepa o doña Lola Vázquez. Un universo que Fraile había reflejado ya en Autobiografía (1986), la espléndida y única novela que escribió, más por contentar a su padre que por convicción personal hacia un género que nunca le interesó en exceso. La segunda, se detiene en sus primeros escarceos literarios en torno al grupo de teatro experimental “Arte Nuevo”, formado por Fraile, Gordon, Alfonso Sastre y Alfonso Paso. Una experiencia que pretendía y logró ser un revulsivo de la adormecida escena teatral, contribuyendo Fraile de manera decisiva a que se abrieran nuevas vías de exploración en nuestro teatro posterior con obras como El hermano (1948). Tampoco en este campo se ha reseñado como merecía su papel, quizá por el pronto abandono de la práctica del género. Y, por último, la tercera parte acomete la publicación de sus primeros libros de relatos, la relación con sus compañeros de generación, la de los 50, Aldecoa, Sánchez Ferlosio, Martín Gaite o Fernández Santos, mientras desfila gran parte del mundillo literario de esos años. A todos tratará desde el coraje y la sinceridad de quien ve la literatura y la vida como prolongación de la verdad que estriba en los corazones de los más decentes y reconoce que “el juguete más apasionante para mí ha sido la gente que me rodeaba”

Por ello, estas memorias, lejos de ser un ajuste de cuentas, no son sino un delicioso, acerado y acertada aproximación a una España de verdad, vivida y observada en primera persona, y acercada al lector con la complicidad del que ha sabido resistir y vencer al tiempo, que es quien pone a cada uno en su sitio. Mucha salud, maestro, y larga vida, que como usted dice “el cuento acaba cuando acaba el hombre” y este cuento aún no se ha acabado...

 

AUTORRETRATO EN NEGRO

JUAN CARLOS PALMA

Las vírgenes sabias
Leonard Woolf
Impedimenta
Precio: 22 €
Páginas: 317
En la historia de la literatura, Leonard Woolf sería uno de esos personajes devorados por las circunstancias, en su caso la de estar casado con Virginia Woolf. Al contrario que ella, nunca encontró su “habitación propia”, su lugar en la narrativa inglesa del siglo XX. Amén de ser conocido por “bautizar” a su esposa –de soltera Adeline Virginia Stephen–, Leonard prefirió moverse en el extrarradio literario aglutinando en su entorno al famoso círculo de Bloomsbury, creando la editorial Hogarth Press –bajo cuyo sello aparecieron las más importantes obras de Virginia, La tierra baldía de T.S.Eliot, o traducciones de Rilke, Freud o Dostoievsky–, o sembrando los cimientos de la futura Sociedad de Naciones.Su vena literaria explotó sobre todo el ensayo político y la autobiografía. Su narrativa se reduce a un puñado de cuentos, a la novela Una villa en la jungla, y a la presente Las vírgenes sabias, editada ahora por primera vez en nuestro país. Quizá fuera la dura acogida que tuvo ésta en su círculo más íntimo la que hizo a Leonard dejar de lado la ficción e inclinarse por la austera certeza del ensayo. Porque, aún tratándose de una novela, no podía dejar que asomara el realismo más feroz. El autor se autorretrata a sí mismo como Harry Davis, un joven judío inconformista, crítico y desinhibido que no ceja en burlarse de la remilgada y aburrida clase social en la que está instalado, feliz por no hacer nada dejando que la vida discurra átona y gris. La única vía de escape parecen ofrecerla las hermanas Katharine y Camilla –trasunto evidente de Virginia y su hermana Vanessa Bell–, las vírgenes sabias del título por su autoconciencia y la superioridad de elegir su destino. Sin embargo, el ambiente opresivo de tradiciones y ritos hará claudicar al protagonista, desembocando en esa otra vida que habría llevado Leonard de no elegir el camino de Virginia.

Narrada con un gusto exquisito por el detalle y una aguda captación de la psicología de los personajes, que a veces alcanza los ribetes caricaturescos de los lienzos de Daumier o Ensor, Leonard satiriza con gran elegancia dramática en Las vírgenes sabias el círculo social en el que se desenvolvía provocando con su publicación una fuerte depresión en Virginia, y que su familia dejara de hablarle –de hecho, su hermana Bella, Ketty en la ficción, le pidió nada más leerla que la enterrara–. La lectura de esta novela, que por su apacible linealidad puede parecer en principio tan anodina como la sociedad que le sirve de andamiaje, nos proporciona no sólo el sano morbo de conocer un poco más de los entresijos de una relación y un período literario apasionantes, sino también la oportunidad de comprobar que Leonard Woolf disponía del talento y recursos necesarios para dejar de ser el “hermano pobre” de una generación irrepetible.

 

 

LECTURAS POESÍA

 

MISTERIOSA PRESENCIA DE LO ABSOLUTO

JAVIER LOSTALÉ

Antología poética (1949-1995)
Ángel Crespo
Cátedra
Precio: 12,50 €
Páginas: 164

La poesía esencial, la que está signada por la experiencia de lo inefable, posee una semilla que acaba creciendo por mucho granizo de olvido que caiga sobre ella, y por muchos cánones literarios que intentemos establecer. Es lo que está empezando a suceder con Ángel Crespo, fallecido en 1995, y uno de los poetas imprescindibles de la segunda mitad del siglo XX que, por motivos inexplicables, no ha figurado hasta este año en la colección Letras Hispánicas de la editorial Cátedra, albergadora de tantos clásicos contemporáneos. Ausencia magníficamente salvada por la Fundación Jorge Guillén, responsable de la edición de su Poesía Completa. Los poemas ahora reunidos en la edición de 2009 preparada por José Francisco Ruiz Casanova para Cátedra, bajo el título de Antología poética (1949-1995), representan muy bien el proceso creativo de Ángel Crespo, dirigido a revelar la entraña más secreta de la realidad mediante la incursión en el misterio y la búsqueda de lo absoluto, siempre a través de un lenguaje con gran tensión simbólica y con la incorporación de otras artes, como la pintura (indisolublemente ligada a la luz y a su cara opuesta, la sombra) y la música (alumbradora de sentido y de lenguaje), a la textura de una obra caracterizada por su aspiración a la totalidad que asume lo mejor de la tradición occidental, sin olvidarse de oriente; que aúna clasicismo y vanguardismo, razón e instinto; que participa de lo cívico y lo político (subordinado a lo estético) e integra en su corriente sanguínea su importante trabajo, igualmente creación, como traductor, en el que son cimas la Divina comedia, de Dante, y todo Pessoa, y ensayista.

De este modo la poesía de Ángel Crespo es una manifestación de vida en plenitud: accesible racionalmente o revelada por vía intuitiva. Un espacio poblado de seres mitológicos (“dioses y animales mágicos”, señala Ángel Crespo) alentadores de lo permanente y de lo indescifrable, en el que la Naturaleza, a través de sus cuatro elementos, el agua, la tierra, el aire y el fuego, posee un doble poder de gestación: el derivado de su propia fuerza y el procedente de su carga simbólica. De esos cuatro elementos, dos adquieren una especial relevancia en la obra del poeta: el aire y el fuego. El aire que, según Antonio Gamoneda, “crea en el poema una especie de ingravidez y transparencia del imaginario activo”: “quién no ha visto /recortarse más claro contra el aire / un pájaro –que vuela/y parece parado/sobre los alhelíes–; quién/no ha escuchado más altas/las notas del arroyo-más notas,/más armónicas, menos/murmullo un solo instante”. Y el fuego que –parafraseo al poeta– es “una fuente de transformación interior, el desvelamiento último de lo oculto en la realidad: “Sólo el fuego desvela la belleza/secreta de las cosas,/les desnuda el espíritu”.

La claridad expositiva de los lazos entre la vida y la obra de Ángel Crespo es una de las virtudes de esta Antología poética; la otra no menor es la inclusión como epílogo de las Poéticas y las Notas acerca de su Poesía escritas por el autor. En el prólogo José Francisco Ruiz Casanova describe con precisión vital más que académica, las distintas etapas de su obra: la del “realismo mágico”, la del “compromiso desde un humanismo con profundas raíces culturales” y la de “relación con lo trascendente”, en las que destacan los libros que forman parte de En medio del camino, y El bosque transparente, El ave en su aire, La ocupación del fuego o Iniciación a la sombra. Una obra unitaria, creadora de hondos “impulsos”, cuyo único hermetismo consiste en ayudarnos a “ver en la oscuridad”.

 

LA FELICIDAD DOMÉSTICA

MARTA SANZ

La felicidad doméstica
Francisco Ruiz Noguera
Visor
Precio: 8 €
Páginas: 66

Arquitectura efímera es una construcción de cinco habitaciones; las cuatro primeras están rematadas por una máxima del catecismo pagano del Ars Vivendi. Pero tanto los catecismos, como los edificios poéticos y las ortodoxias vitales o literarias son volátiles y siempre parecen a punto de caer. El poeta plantea un problema para el que ningún sabio encontró solución: hacer del tiempo un lugar, un espacio que pierde su condición estática y, en su movilidad y finitud, genera convencionalmente angustia al ser que lo habita... Náusea o aceptación, curiosidad, esperanza. Frente a “los crespones del Barroco”, Ruiz Noguera esgrime la serenidad e imaginación del pensamiento clásico con una mirada agnóstica que se proyecta en la limpidez estilística de unos versos que, como apunta Vicente Luis Mora, parecen “haber renunciado (...) a los hermetismos inescrutables y a la claridad mal entendida”. Es imposible producir un discurso crítico oscuro, una lectura retorcida o tenebrosa, a partir de este poemario. Haciendo un nuevo homenaje a la cultura clásica, se busca ese punto medio en el que se encuentra la virtud y, de ahí, la ausencia de histerismos, la pulcritud, el orden. La casa de Ruiz Noguera es una casa limpia, bien adecentada. De fondo, la precisión métrica, el cómputo, suena como el inexorable tic tac del reloj.

En la segunda habitación, el tono meditativo se vuelca sobre una identidad, pendiente del paso del tiempo y del diálogo con los otros o con el otro que a veces somos machadianamente nosotros mismos: la voz poética se dirige hacia un tú impersonal que es a la vez marca de hiperpersonalización en su desdoblamiento del yo, en el ejercicio acrobático de contemplar al ser desde dentro y desde fuera, desde cada perspectiva, en visión aérea y circundante. La tercera habitación es la de la grieta, la usura, la fragilidad de la alegría: la de la necesidad de lucha. En la cuarta habitación, el poeta aligera la pesantez cultural de morir sin apelar a ese consuelo religioso que suaviza el miedo a la muerte penalizando la avidez y el regodeo de vivir; ya en la primera habitación –una de luz– se anuncia la llegada de los heraldos negros tras la que solo queda la fama de la ceniza: la ironía materialista y descreída se rebela ante el dictum de las Coplas manriqueñas donde, junto al poder igualatorio de la muerte, brilla una Fama con mayúsculas que solo los mejores son capaces de ganar. Para el poeta, la Fama no vale frente al vitalismo de ese “agarrarse a la vida” que funciona como leitmotiv.

En este poemario se corrige la ética cristiana del miedo, pero también la ingenuidad clásica de un carpe diem imposible en la medida en que los sentidos están impregnados de memoria, los momentos de alegría sólo se alcanzan en contraposición a la tristeza y no hemos desarrollado un músculo para percibir el presente. En “Arquitectura efímera” un hombre sensato se ha puesto las gafas de cerca y, desde la moderación, coloca en su justo lugar algunos tópicos de la filosofía, la moral y la poesía como maneras de acercarse a la realidad y de configurar lo real. Frente a la grandilocuencia de los que miran al cielo, se propone la grandeza de mirar hacia abajo, hacia el lugar donde se encuentran las verdades (“Arriba y abajo”); frente al carácter tanático del héroe (“El héroe inmortal”) que habita en su torre de marfil, Ruiz Noguera se toma en serio las vidas corrientes para encontrar la felicidad en lo común. Su brillo doméstico. Lo único que de verdad nos queda.

 

RIMANDO ERIZOS CON PIEDRAS

HÉCTOR MÁRQUEZ

Poemas reunidos Geyper. La música de la esferas
Isabel Bono
Editorial Eppur
Precio: 8 €
Páginas: 106
Isabel Bono (Málaga, 1964) es una poeta sottovoce, de decir breve y quedo, amante de piedras sueltas de las playas en las que encuentra un signo distintivo. Adoradora de la precisión genial y excentricidad de escritores como Vonnegut y Beckett, su obra posee más profundidad zen en su aparente ingenuidad y concisión, que mucha poesía que se postula trascendente desde el primer hemistiquio. Poco dada a los focos, la escritora malagueña ha ido labrando una obra delicada y de pocas cacofonías. Una obra que, en su aparente liviandad, goza de la exactitud orfebre de esos artistas a los que una coma fuera de lugar puede producirle taquicardias. A pesar de haber publicado ya varios breves poemarios en los últimos 25 años, aún Bono es secreto para iniciados. Eso sí, los que gustan de ella no pueden prescindir de sus poemas como instantáneas. Esta antología –editada con mimo como segundo número de la colección La música de las esferas, de la joven editorial malagueña Eppur, dirigida por otro más que estimable poeta, Antonio Muñoz Quintana, penúltimo representante de la fertilísima tradición poético-impresora malagueña que señorea desde los tiempos de Emilio Prados y Manuel Altolaguirre con aquellos Litorales que acogieron la obra de la Generación del 27–, este libro, decía, rememora desde su título una suerte de añoranza pop. Los juegos reunidos Geyper, para cualquiera con más de 40 años, rememora tardes y más tardes de infancia frente a una caja de juegos de mesa y cachivaches de colorines con los que, más que jugar, que a veces no había nadie al otro lado del tablero, uno construía distracciones imaginarias, ordenaba objetos mínimos por formas, tamaños y colores. Pero más allá de referencias explícitas a la infancia en mentón, que las hay, es más reseñable la atmósfera de sus poemas, la continua melancolía suave con la que tiñe cada palabra, cada cita, cada tema. Ese amar al sujeto de su corazón, como “aquel niño que eras”, alguien que “bajaba por la cuesta sin mirarme”.

Guarda en sus breves páginas Poemas reunidos Geyper, piezas de publicaciones antiguas editadas en bellas pero efímeras ediciones, plaquettes, voladizos o cuadernos. Sería, haciendo un símil musical, una antología de oldies & rarities. Así guarda los versos de El intruso, Contra todo pronóstico, Mensajes, Hombre lento y Ni héroe ni insecto. Libros decía, casi inencontrables dentro de su obra editada. Su lectura refuerza la imagen de poeta de instantáneas, una impresión que se ve corroborada en sus últimos blogs: http://laespumadelasnoches.blogspot.com/, dedicado a sus alucinantes sueños diarios y http://hojassecasmojadas.blogspot.com, donde practica la tan contemporánea fusión entre microtexto e imagen cotidiana. A veces, muchas veces, parece una veterana hacedora de haikus: “por este amor/ no voy a perder la vida/ la necesito más que nunca/ para saltar/ y estrellarme contra su pecho”. Otras, va conformando una narración del deseo como en una novela cuyos capítulos son fogonazos de antiguo fotógrafo de parque. Coleccionista de piedras, erizos de juguete, fotos raras, miradas robadas y viejas chucherías de kiosco esta Ameliè de los sesenta que es Isabel Bono es una poeta a la que hay que tener mucho en cuenta. Los que le siguen saben que no pueden pasar sin ella. Y ella seguirá delante mostrándonos su lata de juegos reunidos, confiesa, sólo mientras disfrute con ello. Por suerte, no parece que vaya a dejar de hacerlo.