ÁNGELES CASO

"Reivindico mi derecho de tener mi propia mirada de mujer"

GUILLERMO BUSUTIL Y RICARDO MARTÍN

Ángeles Caso (Gijón 1959), escritora y periodista ha publicado trece libros entre los que destacan Elizabeth, emperatriz de Austria-Hungría, El Peso de las sombras, Las Olvidadas y Un largo silencio, Premio Fernando Lara. Con su novela Contra el viento ha obtenido el Premio Planeta.

Contra el viento es una novela sobre la violencia de género y la fortaleza de una víctima por recuperar a su hijo.

Sí, creo que es una novela que trata de muchas cosas, pero sobre todo de la fuerza extraordinaria que tienen las mujeres inmigrantes, que hacen que las europeas a su lado parezcamos mucho más débiles. He intentado prestarles mi voz de alguna manera a esas mujeres extraordinarias y muy invisibles en nuestra sociedad.

Usted dice que le ha prestado su voz a estas mujeres, igual que hizo en Las Olvidadas y en Un largo silencio con las perdedoras de la guerra civil y las artistas del XVII.

A mí la vida me ha otorgado muchos privilegios, como haber sido educada en una familia muy activa intelectualmente y soy consciente de lo extraordinario que es poseer una voz propia que es escuchada por los demás. Creo que tengo que devolver a los demás ese privilegio y por esa razón tengo el compromiso ético de dar mi voz a esas personas a las que no les dejan contar su historia. Posiblemente esas historias las cuenten la segunda generación de estas mujeres, sus hijas que nacen aquí, igual que hizo la escritora Najat El Hachmi en su novela El último Patriarca. En el caso de Sao tendrá que ser su hija quién la cuente.

La historia la aborda desde la perspectiva de São, una mujer que sale de Cabo Verde hacia Lisboa para trabajar. Un reciente estudio afirma que el 45% de las víctimas en España son inmigrantes y que esto se debe a la especial vulnerabilidad que produce el desarraigo.

Cualquier mujer maltratada está en principio sola con su tragedia. Los maltratadores se ocupan antes de nada de aislarlas de su entorno familiar y de sus amigos. Pero si además estás sola en el país, si no tienes papeles o tienes miedo a que te los quiten, etc., esa soledad se multiplica por mil, y por lo tanto también la vulnerabilidad de las mujeres. Y además está el tema cultural: en muchas culturas, la pretendida inferioridad de la mujer sigue siendo una realidad a todos los niveles, y por lo tanto el maltrato es algo común.

Ese desarraigo de la mujer inmigrante es lo que motiva la solidaridad que existe entre ellas, como usted muestra en esta novela coral. Pero también hay personajes femeninos en la novela que explotan a São, como hace su propia madre y el personaje de Jovita.

La explotación no sólo la ejercemos las mujeres europeas para las que trabajan estas mujeres. Efectivamente también hay mujeres de su país, que no participan de esa cultura solidaria que es tan africana. El caso de la madre de São demuestra que el sentido de la maternidad no es algo tan universal. Incluso en la cultura asiática es muy dada a esa explotación de los hijos. Y Jovita también lucha consigo mismo entre los sentimientos hacia São y su necesidad de tener una vejez digna con el dinero que le exige a ella. Esa parte mala de su persona la cristaliza a través de los fantasmas que la visitan.

La relación entre ella y su marido Bigador, muestra la tendencia de las víctimas a no querer ver los primeros síntomas del carácter irascible y posesivo de los potenciales agresores.

Es lógico. Estás enamorada. Le quieres. Ese hombre te ha prometido el paraíso. Incluso te ha hecho feliz durante un tiempo, mientras te mantuvo engañada. Así que, cuando empiezan los primeros síntomas de maltrato, intentas ser comprensiva, buscar justificaciones, decirte que es que está estresado y que todo pasará. Ese esquema se repite una y otra vez en el caso de las víctimas. Supongo que tiene que ver con un cierto concepto del amor, probablemente equivocado, que hace que las mujeres a veces demos demasiadas oportunidades a quienes no se las merecen. Hasta que logra destrozarte de tal manera, que llegas a pensar que la culpable eres tú.

El realismo con el que cuenta la epopeya de São convierte su libro en una novela documental. ¿Este tono viene de su experiencia en el periodismo?

No lo había pensado pero es verdad que tiene ese tono documental. Pero se debe más bien a que todo lo que narro es verídico. Es el resultado de la historia que me contó ella y otras mujeres caboverdianas. No hay nada inventado. es el testimonio de la vida que llevan millones de mujeres.

En ese aprendizaje hay una parte muy emotiva cuando ella considera que las heroínas de los cuentos clásicos demuestran que con sacrificio y trabajo se cumplen los sueños. Pero estos cuentos también promueven estereotipos dañinos para la mujer.

Sí, es un pequeño homenaje a las muchas cosas que aprendemos, a veces sin darnos cuenta, a través de las lecturas infantiles. Yo, por ejemplo, como muchas mujeres y muchas escritoras, entre otras Simone de Beauvoir, le debo mucho a Jo March, la protagonista de Mujercitas de Louisa May Alcott. Pero también es verdad que esos cuentos han transmitido y consolidado lo que la mujer debe esperar de la vida y que el sentido de la misma es ser deseada por un hombre y procrear. Desde Aristóteles los teólogos han justificado que Dios crease a un ser tan imperfecto como la mujer para que procrease.

Usted aborda también la inmigración contando cómo vive la gente en casas-patera como la de María Sábado en Lisboa y el descubrimiento del racismo sobre el que no hablan los que regresan de Europa.

En 1982, recién terminada la carrera, me fui a vivir a Rio de Janeiro. En un bar miserable y maloliente que había al lado de mi casa, había siempre un hombre mayor, desaliñado, con muy mal aspecto. Un día se puso a hablar conmigo. Era un gallego que había emigrado a Brasil hacía 50 años y al que las cosas le habían ido mal. Nunca había podido volver a España. Los que vuelven son aquéllos a los que les ha ido bien, y sólo hablan de lo bueno. Pero lo malo también existe, y en grandes cantidades. Las casas-patera son una realidad, como lo es el racismo. Aunque nos cueste mucho reconocerlo. De hecho, la escena de racismo que vive São en el Algarve la vivió otra amiga mía caboverdiana en Madrid hace seis meses.

En el desenlace de la novela, Sao recurrirá a dos tipos de justicia: la europea ante la que se siente desvalida y la tribal que trata con más contundencia a los agresores. ¿Quiere decir esto que la justicia tiene también un componente cultural determinante?

Por supuesto. Un componente cultural inevitable y un montón de prejuicios. Puede que no estén en las leyes, pero muy a menudo están en quienes deben aplicarlas. Conozco varios casos de mujeres inmigrantes a las que la justicia no ha prestado la menor atención cuando han sufrido malos tratos y agresiones. En el caso de São, hablamos de la justicia portuguesa, pero he visto situaciones indignantes en España con otras amigas mías. Ésa es la verdad.

¿Cree que en nuestra sociedad se ha normalizado la mirada femenina, que usted defiende, en la cultura, en la política…?

No estoy tan segura. De hecho el tema de la literatura femenina todavía suscita mucha suspicacia. Arrastramos muchos siglos de civilización dominada por los principios éticos y estéticos varoniles e incluso las propias mujeres nos hemos dejado enredar en la trampa de lo androcéntrico. En la misma literatura los escritores nos ven como un club de hermanas menores. El ejemplo es la Academia y el Premio Cervantes con escasa representación de mujeres. Se nos sigue viendo como personas destinadas a espacios concretos, como la cocina, con la ironía de que cuando la cocina pasa a ser algo prestigioso son los hombres los que aparecen. Por todo esto reivindico mi derecho a tener mi propia mirada de mujer.