NÁPOLES, HÚMEDA Y VISCERAL
Sigue siendo la última ciudad plebeya de la que habló Pasolini, una gran aldea atávica.
IÑAKI ABAD LEGUINA
Si uno llega a Nápoles por mar, le sorprenderá el orden que parece reinar en la ciudad. A medida que el ferry se acerca al puerto, el viajero puede ver desde la cubierta cómo se van revelando edificios, cúpulas, colinas, campanarios y castillos de colores tenues y amables. Ante él, el muelle Beverello, la fortificación del Maschio Angoino, enclave de la Corona de Aragón en la ciudad, y el Palacio Real, construyen un gran decorado de ciudad mediterránea que acaricia con sensualidad nuestra mirada perdida y, al mismo tiempo, reencontrada. Esa armonía visual de Nápoles en la distancia es la medida de su hermosura.
Algo similar sucede si se contempla la ciudad desde la colina de Posillipo, esa vista aprendida y repetida desde hace siglos por viajeros y pintores. Entre el pino piñonero en primer plano, grácil y con una copa horizontal siempre verde, y el Vesubio inofensivo al fondo, se extiende el Golfo de Nápoles abrazado por una ciudad cartesiana, rectilínea, que nos tranquiliza con la arquitectura equilibrada de la señorial Riviera de Chiaia y de Via Partenope, y en medio el parque de la Villa Comunale. En esa imagen todo son calles amplias, bulevares, malecones abiertos a un mar dócil del que emerge con misterio el Castel del’Ovo. Belleza y razón están encerradas en esta instantánea de Nápoles, lejana e inaccesible, que se viene reproduciendo hasta el agotamiento en acuarelas, fotos y postales.
Sin embargo, a nada que rasguemos el velo de esos espejismos románticos, Nápoles estalla en su realidad. Una realidad contradictora y llena de contrastes, en la que los diferentes estratos históricos y sociales conviven en un mismo espacio de un modo pegajoso, casi obsceno. De los majestuosos palacios de Via Toledo nacen, como si fueran venas abiertas, callejuelas oscuras y húmedas, malolientes, que trepan la colina hacia el Castel S. Elmo y la cartuja de San Martino, y van tejiendo los Quartieri Spagnoli: los Barrios Españoles, donde se alojaba la tropa en tiempos de los virreyes. Allí, el corazón de la ciudad, surge otra iconografía: la de la ropa tendida entre edificios, la de la pizza, la de las pistolas y la violencia, la de esa Nápoles vocinglera y caótica, ciudad viva a pesar de las dominaciones y de las guerras, también ciudad de las revoluciones fallidas. Una ciudad en claroscuro, húmeda y visceral, excesiva.
No sé si es una ciudad para pasear, pero sí que es una ciudad que te obliga a hacerlo. Y no puede vivirse de otra forma, salvo que uno no se quede en la habitación del hotel y prefiera la lejanía ordenada y protectora de la postal. Sólo deambulando por esos Barrios Españoles, por el de Montesanto y por el de Forcella, uno entra de lleno en el vientre de Nápoles con Matilde Serao. Sólo caminando por sus plazas y por sus mercados de puestos al aire libre, sólo callejeando por sus aceras estrechas donde se alternan pequeñas y bulliciosas trattorie, tiendas de otros tiempos y bassi, apartamentos diminutos y sofocantes a pie de calle, sentiremos dentro de nosotros esos lugares a los que nunca baña el mar, como dijo Anna Maria Ortese. No importa que tropecemos con otros hombres y mujeres ni que tengamos que evitar las motocicletas y los coches, ni tampoco que las señales de tráfico no se respeten ni que estemos atentos de un modo obsesivo a nuestras pertenencias, porque en ese vagabundeo uno se siente pertenecido a lo que le rodea, y también que está hecho de esa piel fieramente humana, horror y pietas, que narró Curzio Malaparte.
Nada parece haber cambiado desde hace siglos dentro de este magma abigarrado de humanidad. Un magma que se extiende por la ciudad y que viene a demostrar como cierta la definición atribuida a Domenico Scarfoglio, un periodista del siglo XIX, quien afirmaba que Nápoles era la única ciudad oriental que carecía de barrio occidental. Pero creo que más que a un espacio físico, que también, Scarfoglio se refería a un espacio espiritual. Nápoles sigue siendo la última ciudad plebeya de la que habló Pasolini, una gran aldea atávica, donde sus pobladores han decidido con fatalismo ser lo que siempre han sido: hijos de supervivientes que a su vez engendrarán más supervivientes. Sí, han decidido renunciar a la historia, apearse de ella. Su tiempo es el de un presente continuo y picaresco, interminable, el de un flujo permanente de conciencia que sólo se entiende mientras se camina y te pierdes en sus callejuelas.
Nápoles es una ciudad compleja y caleidoscópica en la que cada día se vive al límite, esperando la guerra o el milagro. No existe término medio. Te propone sus máscaras, como cualquier ciudad, pero también te da sus realidades. Ni se oculta ni se avergüenza. Tal vez por eso se la ama y se la odia. Y también porque es una de las pocas ciudades espejo en las que el viajero, cansado al final de la jornada, se refleja, y descubre que vivir es un acto de fe y resistencia.



