EL MAESTRO DE LA OBJETIVIDAD

Chéjov fue el primer narrador que prescindió de la trama, de las historias con principios y finales nítidos.

CLARA USÓN

Chéjov es el pope indiscutible del cuento moderno. Su narrativa se caracteriza por un sabio uso de la elipsis y de la sugerencia y, según Nabokov, “un humor tranquilo y sutil que impregna la grisura de las vidas que va creando”, así como por “la selección cuidadosa y la distribución atenta de algunos rasgos mínimos pero significativos, con un absoluto desdén de la descripción sostenida”. Estética que Chéjov defiende en su amonestación a Gorki: “Usted tiene tanta acción que el lector difícilmente puede ordenar los hechos y se fatiga. Cuando yo escribo ‘el hombre se sentó en la hierba’, el lector lo entiende porque está claro. Por el contrario es difícil de entender y pesado para la mente si escribo: ‘un hombre alto, estrecho de pecho, de mediana estatura, con perilla pelirroja, se sentó en un verde y arrugado sendero, se sentó silenciosa, tímidamente y con cierto temor miró a su alrededor”.

Chéjov fue el primer narrador que se atrevió a prescindir de la trama, de las historias con principios y finales nítidos, imitando así la indefinición y la vaguedad de la propia vida. Pero para mí el rasgo que mejor sintetiza la absoluta modernidad del ruso es su aversión a tomar partido, a moralizar. Escribe a su editor Suvorin: “Me echa en cara la objetividad, llamándola indiferencia en relación al bien y al mal. Usted quiere que al representar ladrones de caballos yo diga: ‘robar caballos está mal’. Pero eso ya se sabe desde hace tiempo, no hace falta que yo lo diga. Dejemos que los jurados les juzguen. Mi función sólo consiste en mostrar cómo son.”

El adulterio fue el tema por excelencia de la novela europea en la segunda mitad del siglo XIX; basta con mencionar Madame Bovary, Ana Karénina, La Regenta Chéjov también abordó ese asunto en su célebre cuento “La dama del perrito”. En las grandes novelas que acabo de citar, los adúlteros terminan mal; la narrativa del XIX, tan innovadora y transgresora en muchos aspectos, estaba fuertemente impregnada de la moralidad victoriana y del fatalismo romántico: Ana Karénina se tira debajo de un tren; Madame Bovary se envenena… Los adúlteros de Chéjov, el burgués Gúrov y Ana Segueievna, no resuelven su conflicto de forma tan trágica y novelesca para el lector convencional; ellos padecen la angustia de su situación, pero no saben cómo solucionarla y Chéjov abandona al lector en la incertidumbre: “durante largo rato estuvieron pensando en voz alta, hablando de cómo librarse de la necesidad de esconderse, mentir, vivir en ciudades distintas, no verse en tanto tiempo”. En esa magnífica historia de menos de treinta páginas, hay un párrafo muchas veces citado, que define en pocas líneas el misterio y la complejidad de toda existencia humana. Hablando de su protagonista, Gurov, el casado adúltero, dice Chéjov: “Llevaba dos vidas: una que se desarrollaba a la luz del día, que veían y conocían aquellos a quienes les incumbía, llena de verdades y mentiras convencionales, y otra que fluía en secreto. Por un extraño cúmulo de circunstancias, quizá fortuito, todo aquello en lo que se mostraba sincero y no se engañaba, aquello que constituía la esencia misma de su vida, transcurría a espaldas de los otros, mientras todo lo que era mentira, como su actividad en el banco, sus discusiones en el casino, su asistencia a los aniversarios en compañía de su mujer, todo eso estaba a la vista. Juzgando a los otros a partir de su propia experiencia, desconfiaba de lo que veía y sospechaba que todo el mundo disimulaba bajo el velo del secreto, como bajo el de la noche, su verdadera vida, aquella que presentaba mayor interés”.

Y se me ocurre que mostrar o sugerir eso, la vida que transcurre bajo el velo del secreto de todo ser humano, o, al menos, intentarlo, es la esencia misma del afán narrativo, la tarea principal del escritor.