EL CUENTO LATINOAMERICANO
"Todos los miembros del boom se estrenaron como escritores publicando un libro de relatos"
FERNANDO IWASAKI
A diferencia de España, en América Latina numerosos autores le deben lo mejor de su prestigio literario al cuento, hasta el punto de que Jorge Luis Borges –el gran clásico de la lengua española después de Cervantes– nunca jamás en su vida cometió una novela. Sin embargo, dejando a Borges y Cervantes aparte, trataré de hacer una breve genealogía del relato latinoamericano para extenderme al final en mis contemporáneos nacidos después de 1960. No creo que sea posible proponer una poética común y unitaria para el cuento latinoamericano, más allá de la pertenencia al realismo mágico de muchos de ellos, pues incluso dentro de un mismo país hay escritores que no guardan ninguna relación temática o estética entre sí. Desde el punto de vista académico la literatura latinoamericana es concebida como una unidad, pero semejantes persuasiones dependen más del atlas que de la literatura, como quedó demostrado tras la polémica entre el argentino Julio Cortázar y el peruano José María Arguedas. Así, el célebre «decálogo sobre el cuento» de Horacio Quiroga podría servirle a un escritor rumano y la impronta de los cuentos de Borges, con su manera de contemplar la realidad como si fuese un extraño junto con su obsesión por el tiempo y por la identidad, cada día es más obvia en la literatura japonesa. De la misma forma que el «realismo mágico» ha influido en la narrativa de la India y los jóvenes escritores norteamericanos aprenden de los relatos de Bolaño publicados en New Yorker.
DEL XIX AL BOOM
A finales de 1800, Ricardo Palma en Perú y Joaquim Machado de Assis en Brasil, escribieron maravillosos relatos al mismo tiempo que Chéjov, Clarín, Zolá y Eça de Queirós escribían los suyos en Europa. Ellos fueron los fundadores de la narrativa breve en América Latina y los ancestros literarios del mexicano Julio Torri, del argentino Macedonio Fernández, del uruguayo Horacio Quiroga, hacedor de historias sobre la fuerza de la naturaleza salvaje y también de terror por la marcada influencia de Kipling y de Poe, y del chileno José Santos González Vera, acaso los cuentistas más representativos del novecientos americano. ¿Quién ha leído en España los microrrelatos de Julio Torri, tan sencillos y directos? ¿O las risueñas historias de González Vera? Doy fe que ambos son extraordinarios. La siguiente generación de cuentistas es la más conocida y mejor estudiada, porque se trata de la generación (tómese este concepto con holgura) de los argentinos Roberto Arlt, cultivador de una curiosa fantasía irónica, y Adolfo Bioy Casares, un impecable constructor de relatos de índole policial y en torno a la muerte y el tiempo; de los mexicanos Juan Rulfo y Juan José Arreola, del chileno Juan Emar, del guatemalteco Augusto Monterroso, maestro de la minificción y poseedor de una provocadora visión del mundo, del uruguayo Felisberto Hernández, cuyo tratamiento del absurdo y el surrealismo convierte a los lectores en interlocutores sorprendidos, del brasileño Jorge Amado e incluso de Julio Cortázar, tan dado a abordar en sus libros esa inquietante extrañeza ante las cosas que no son lo que aparentan ser. En realidad, todos los miembros del «Boom», se estrenaron como escritores publicando un libro de cuentos. A saber, Julio Cortázar con La otra orilla (1945), Gabriel García Márquez con Ojos de perro azul (1950), Carlos Fuentes con Los días enmascarados (1954), Mario Vargas Llosa con Los jefes (1959) y Guillermo Cabrera Infante con Así en la paz como en la guerra (1960), por no hablar de los estupendos libros de relatos de Alejo Carpentier y Juan Carlos Onetti, grandes novelistas y excelentes cuentistas. ¿Cómo no considerar obras maestras de la narrativa breve Viaje a la semilla de Carpentier o El infierno tan temido de Onetti?
El cuento jamás perdió poder consagratorio en la literatura latinoamericana, como lo demuestra la cantidad de escritores de las generaciones siguientes que han destacado como autores de relatos memorables. Así, entre los nacidos en la década del 40 tenemos al nicaragüense Sergio Ramírez, al peruano Fernando Ampuero, al mexicano Guillermo Samperio, defensor de la intensidad del cuento y de su manera de cuestionar lo cotidiano; al venezolano Ednodio Quintero, al uruguayo Mario Levrero y especialmente a los argentinos Fogwill, célebre por sus provocativas parodias y críticas, Ricardo Piglia, para el que lo autobiográfico es una forma de construir la voz narrativa, Elvio Gandolfo y Oswaldo Lamborghini. El inventario no es menos prestigioso para los años 50, donde encontramos autores como Alonso Cueto (Perú), Juan Villoro (México), poseedor de una narrativa cinematográfica e interesado en los límites de las pasiones; Rafael Courtoisie (Uruguay), Pedro Juan Gutiérrez (Cuba), Rodrigo Rey Rosa (Guatemala), Roberto Bolaño (Chile), Alan Pauls y Ana María Shua (Argentina). Hasta aquí el inventario de los cuentistas latinoamericanos que considero imprescindibles, a los que añadir los nombres más recientes de Jorge Eduardo Benavides, Marcelo Birmajer, Guillermo Fadanelli, Eduardo Berti, Ignacio Padilla, Gabriela Alemán, Juan Carlos Méndez Guédez, Juan Gabriel Vásquez y Karla Suárez entre otros. Al hacer esta cartografía literaria del cuento latinoamericano contemporáneo, me gustaría recordar también dos antologías dedicadas a escritores nacidos a partir de 1960. La primera sería McOndo (Mondadori, 1996), donde los narradores chilenos Alberto Fuguet y Sergio Gómez seleccionaron a 14 escritores latinoamericanos y 4 españoles. La segunda antología es Líneas Aéreas (Lengua de Trapo, 1998), donde el filólogo Eduardo Becerra compiló relatos de 70 narradores latinoamericanos.
EL CUENTO SEGÚN CORTÁZAR
Nadie puede pretender que los cuentos sólo deban escribirse luego de conocer sus leyes. En primer lugar, no hay tales leyes.
Un cuento es malo cuando se escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas. Y así podemos adelantar ya que las nociones de significación, de intensidad y de tensión han de permitirnos acercarnos mejor a la estructura misma del cuento.
El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo, al punto que un vulgar episodio doméstico se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana.
A veces el cuentista escoge, y otras veces siente como si el tema se le impusiera irresistiblemente, lo empujara a escribirlo.
¿Por qué perduran en la memoria los buenos cuentos? Porque son aglutinantes de una realidad infinitamente más vasta que la de su mera anécdota.
Lo que llamo intensidad en un cuento consiste en la eliminación de todas las ideas o situaciones intermedias, de todos los rellenos o fases de transición que la novela permite e incluso exige.
De la conferencia "Algunos aspectos del cuento", publicada originalmente en la revista Casa de las Américas, La Habana, julio de 1970.



