QUIM MONZÓ
"El cuento está a un paso del poema, hay que cerrarlo todo muy bien"
GUILLERMO BUSUTIL Y RICARDO MARTÍN
Quim Monzó (Barcelona, 1952), escritor y traductor, está considerado uno de los mejores autores de relatos del panorama nacional e internacional. Desde la publicación de su primer volumen de cuentos en 1978, Monzó ha plasmado su visión irónica y escéptica de las emociones y de la sociedad contemporánea en numerosos libros de relatos como La magnitud de la tragedia, El porqué de las cosas, El mejor de los mundos y Mil cretinos entre otros.
¿El relato, al que en España no terminan de apoyar las editoriales ni muchos de los lectores, es un género para lectores iniciados?
El cuento es un grandísimo género literario, tan grande como la novela, que cuenta con poco apoyo editorial porque el consumo de libros va muy ligado a una actitud de darse postín. Puestos a que nadie va a leer el libro, la gente se compra uno bien gordo porque luce más. Yo creo que el aprecio por la medida breve está vinculado a personas que realmente les gusta la literatura, que les gusta leer, pero como esto no es habitual la gran masa que se compra uno o tres libros al año prefiere la novela.
¿Cree usted que el relato, en estos tiempos de rapidez, de falta de tiempo, es el género de este siglo XXI?
El relato es perfecto para este siglo pero también lo era para el siglo XX. Toda la tradición sudamericana y norteamericana está basada en el cuento. Había una costumbre de leer cuentos que se publicaban en revistas y que después se convertían en libros. Hay que tener en cuenta también que la televisión, como antes la radio y el cine, ha tenido una influencia brutal para las técnicas narrativas. Ahora no te puedes tirar cincuenta páginas, como en el XIX, explicando al detalle el hall de un hotel. Ahora hay muchos más estímulos y no se puede pasar tanto tiempo leyendo. Hay que ir al grano, a lo importante, como hace el cuento.
Una de las características de su obra es la utilización de la parodia y de lo autobiográfico para mostrar con escepticismo las entrañas de la sociedad. ¿Tiene también la intención de provocar una reflexión moral como ocurre con algunos de sus cuentos acerca del Alzheimer y la eutanasia?
No tengo un plan preconcebido al escribir pensando en si voy a proponer o no una reflexión moral. Mi ideal sería ser como un fotógrafo que capta una imagen, por ejemplo una pareja besándose, y a partir de ahí imaginar por qué se besan, por qué están en esa situación. Me gusta reflejar las incongruencias, la incertidumbre de la vida, los aspectos incómodos de la sociedad y los repliegues que hay detrás de la percepción de las cosas, de los hechos. En esa mirada es verdad que está mi escepticismo, el convencimiento de que el mundo no va a mejorar y que casi nada tiene explicación. Quizá por eso los lectores encuentren esa densidad moral a la que se refiere y que está en esos relatos de Mil Cretinos que forman parte del calvario que pasé con la decadencia, con la vejez de mis padres. Cuando miro hacia atrás soy consciente de que mis libros explican lo que estaba viviendo en esos momentos.
En las parodias que hace ¿está detrás la tradición bufonesca de tratar la verdad más cruel desde el humor o es una influencia del cómic que tanto le gusta?
Yo fui un gran lector del cómic de Crumb y de Mariscal antes de que se convirtiese en diseñador, aunque no es una influencia central en mis libros. Me interesa más la forma bufonesca que está muy presente y de manera muy brillante en Kafka cuando se burla del tipo de chaqueta de los inspectores que van a detener a Josep K. Esa visión bufonesca también se encuentra en Boris Vian, en Queneau o en Robert Coover. El sentido bufonesco del humor es una manera más seria de entender la vida y, en mi caso, también la literatura.
También la impostura de la sociedad actual está muy presente en sus cuentos.
Este es un tema antiguo, aunque ahora abunda más. Cuando descubro en alguien la impostura me desmoralizo. Me parece absurdo aparentar algo que no se es, buscar una pose personal. En el mundo de la literatura hay personas que hacen esto. Gente a la que no le gusta escribir pero que quiere ser escritor, que han soñado ser un escritor maldito, ahora con sida, bohemio, que muere pensando que alguien lo descubrirá dentro de treinta años. También hay otros que quieren ser ese tipo de escritor que se mueve en el mundo de los políticos, con un gran despacho, etc. Esta gente sueña con la imagen del escritor pero nunca escribe.
La recreación de los cuentos clásicos desde una perspectiva moderna es otro de los temas que lleva a sus libros.
Cuando mi hijo era pequeño yo me inventaba historias sobre los semáforos y los convertía en una familia que llevaba cosas a cabo según sus colores. Es decir, inventaba cuentos a partir de elementos contemporáneos y un día pensé que los cuentos clásicos transmitían una ideología y que si habían permanecido tanto tiempo es porque encierran ideas muy buenas, que son historias potentes que han perdido vivacidad. Me planteé entonces darles un giro, reconstruirlos, cambiando o deformando sus estereotipos desde una visión posmoderna. Es algo muy divertido.
¿El lenguaje, con la precisión de las palabras y el juego de las onomatopeyas y de las marcas, es lo más definitorio de su estilo?
En la escritura no debe haber juegos gratuitos. Es necesaria una exigencia en la elaboración de las palabras, en el detalle, en la tensión narrativa. Esto me interesa mucho. La precisión es muy importante en el cuento. Montanelli decía que una novela son ochenta líneas de texto y tres metros cúbicos de aire. Yo quito esos tres metros cúbicos de aire que representan las digresiones, que dan pistas falsas y responden a las ganas de lucimiento del escritor. El escritor lo que debe hacer es explicar la historia y ya está. En el cuento si haces trampa se nota mucho. Si haces aparecer un revólver debe servir para algo. Las onomatopeyas forman parte de mi forma de hablar. Cuando veía los monólogos de Pepe Rubiales me identificaba con él y me dí cuenta de que todos hablamos así, con onomatopeyas. Puede que sea influencia del cómic y de la radio. Y con las marcas pasa igual, son parte de la realidad que nos rodea. Las marcas han terminando sustituyendo el nombre de las cosas como sucede con celo o con kleenex al hablar de la cinta adhesiva o de los pañuelos desechables.
Esta relación con el lenguaje está vinculada también a que escribe en castellano y en catalán y a que incluso se tradujo a usted mismo en El mejor de los mundos.
Escribo los artículos de prensa en castellano y los cuentos en catalán. He tenido buenos traductores como Marcelo Cohen y Javier Cercas entre otros. Con El mejor de los mundos quise hacer la prueba y casi me vuelvo loco porque me obligó a replantearme el libro original. Yo he traducido a Capote, a Salinger, pero hacerlo conmigo mismo me provocó una esquizofrenia porque uno se convierte en el traidor y en el traicionado al mismo tiempo.
Los finales de sus relatos son como bombas de relojería que estallan. ¿Tan importante es el final en el cuento?
Sí. Mientras que en las novelas no hace falta un final rotundo, en el relato los cabos sueltos deben estar bien atados porque si no, no es un cuento, es una narración. El cuento está a un paso del poema, hay que cerrarlo bien todo. Otra cosa es que al hacerlo consigas un efecto sorpresa en el lector. Pero esto es algo que no sabes mientras escribes y que te hace disfrutar cuando llegas al final y descubres que has conseguido ese quiebro, esa sorpresa.
Usted destaca también por su faceta de columnista. ¿Es en este género donde se divierte más, dónde siente más mordaz al escribir sobre temas de actualidad?
Yo tengo un amor muy grande que es la escritura y que tiene dos vertientes, la narrativa y el articulismo. No me gustaría tener que elegir entre el cuento y el columnismo. El artículo es un género apasionante para un observador perplejo como soy yo y en el que también es importante saber contar. Me divierte mucho desmontar los trucos de la realidad, meterme cada día con las incongruencias de los mitos populares como ahora sucede con Michael Jackson, que representa la glorificación de la estupidez. Ese día a día es un goce, no se si por la adrenalina pero me encanta.



