LOS ZIGZAG DE LA HISTORIA DEL CUENTO ESPAÑOL

"Su mala salud de hierro, su crisis permanente, lo han convertido en un territorio de libertad y experimentación"

FERNANDO VALLS*

Es probable que el cuento español que hoy tenemos en la memoria arranque con Ignacio Aldecoa y llegue hasta el joven Andrés Neuman. Son cuatro o cinco las hornadas de narradores que se han venido desarrollando entre los extremos del realismo y lo fantástico, en torno a Poe y Cortázar, Chéjov y Carver, sin olvidar a los autores norteamericanos de la generación perdida, o a escritores tan significativos como Isak Dinnesen, Joyce, Dorothy Parker, Cheever, Borges, Rulfo y Mercè Rodoreda, por citar sólo unas pocas referencias imprescindibles; mientras que si nos atenemos al presente más rabioso, las referencias indiscutibles pasan por Alice Munro, Quim Monzó o Lorrie Moore.

El caso es que en España el auge del cuento empezó con el grupo del 50, encabezado por el citado Aldecoa (El corazón y otros frutos amargos, 1959, me sigue pareciendo su mejor libro) así como también por Rafael Sánchez Ferlosio (“Dientes, pólvora, febrero”, no debe faltar en ninguna antología del género), Jesús Fernández Santos (Cabeza rapada, 1958), Medardo Fraile (A la luz cambian las cosas, 1959), Carmen Martín Gaite (Las ataduras, 1960), Ana María Matute (Historias de la Artámila, 1961) y Daniel Sueiro (Los conspiradores, 1963). Predominaba entonces el realismo, descarnado o lírico, irónico o kafkiano, y los maestros más frecuentados solían ser Hemingway, Faulkner, Carson McCullers y Truman Capote.

En medio de la constante defensa del género, la participación en concursos y la búsqueda –no siempre sencilla– de una editorial que apoyara sus obras narrativas breves, surgió una recopilación significativa e influyente, acogida por una casa editorial académica, Gredos, la de Francisco García Pavón, Antología de cuentistas españoles contemporáneos (1959), que obtuvo un par de ediciones más, en 1966 y 1976, aun cuando su excesiva benevolencia en la elección de los autores impidiera una cierta jerarquización de nombres y obras. El mismo García Pavón, director de la editorial Taurus, le encargó por aquel entonces a Aldecoa una colección de Narraciones (1961-1968), tal fue su título, en la que aparecieron algunos de los volúmenes que pronto recordaremos, u otros no menos singulares de Carlos Clarimón, Juan Antonio Gaya Nuño y Carlos Edmundo de Ory. Respecto a los premios, entre mediados de los sesenta y de los setenta, surge el Leopoldo Alas (1955-1969), cuya primera convocatoria ganó en juvenil Vargas Llosa, el Sésamo (1955-1967) y un par que todavía hoy siguen fallándose: el Gabriel Miró (1960) y la Hucha de Oro (1966). Pero visto con la perspectiva que nos proporciona el tiempo, los premios apenas han descubierto a nuevos autores, y sólo parecen haber servido para que surja esa curiosa especie que son “los fabricantes de cuentos para concursos”, a quienes parodia con ingenio Fernando Iwasaki, en el reciente España, aparta de mi estos premios (2009). Y, sin embargo, el libro más sorprendente y novedoso, a pesar de sus innecesarias oscuridades, sigue pareciéndome el de Juan Benet, Nunca llegarás a nada (1961), aunque en aquel momento apenas nadie lo apreciara. El cuento vivía entonces, en perpetua crisis, como ha sido siempre, en la que los autores se lamentaban de la escasa atención que les prestaba la crítica y el poco aprecio que mostraban los editores por el género. Pero todo ello no impidió que narradores de otras hornadas sacaran a la luz volúmenes de gran calidad, tanto en el interior como en el exilio: La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco y otros cuentos (1960), de Max Aub; Cuentos republicanos (1961), de Francisco García Pavón; el ciclo de cuentos de Miguel Delibes, Viejas historias de Castilla la Vieja (1964), a los que habría que añadir los nombres de Carmen Laforet, Jorge Campos, Alonso Zamora Vicente, Arturo del Hoyo, Fernando Quiñones, Juan García Hortelano y Antonio Pereira. Y, desde luego, los excelentes cuentistas del exilio republicano, cuya obra, en el mejor de los casos, recibimos siempre con un cierto retraso. Me refiero a Ramón J. Sender, Rosa Chacel, Manuel Chaves Nogales (A sangre y fuego, 1937), Rafael Dieste (Historias e invenciones de Félix Muriel, 1943), Francisco Ayala (Los usurpadores, 1949), Álvaro Fernández Suárez (Se abre una puerta..., 1953) y Manuel Andújar. Puede consultarse, al respecto, la cuidada antología de Javier Quiñones, Sólo una larga espera. Cuentos del exilio republicano español (2006). El denominado boom latinoamericano, junto con la llamada de atención sobre sus antecedentes, cambió radicalmente el panorama, no sólo por el prestigio de la obra de Borges, Juan Rulfo y Cortázar, sino también porque otros escritores, como Alejo Carpentier, García Márquez, Vargas Llosa o Carlos Fuentes, habían cultivado el género con notable fortuna. En primer lugar, el cuento era para ellos un género prestigioso, algunos se habían consagrado como narradores de proyección internacional, así Borges o Cortázar, con sus relatos, un concepto que reivindicó el autor de Rayuela, frente al de cuento o narraciones que solían utilizar los españoles, contagiados de realismo. En segundo lugar, el relato fantástico nos proporcionaba una visión más sutil y compleja de la realidad. Y, por último, el relato ofrecía una distancia perfecta para la experimentación, aunque esto se acentuó con los años, cuando la novela, en las postrimerías del XX, se hizo más conservadora.

Así las cosas, entre mediados de los sesenta y setenta hubo unos años de un cierto decaimiento en el género, que empezó a recuperarse en 1980, con la aparición de tres libros importantes pertenecientes a Juan Eduardo Zúñiga (Largo noviembre de Madrid, 1980), Cristina Fernández Cubas (Mi hermana Elba, 1980) y Esther Tusquets (Siete miradas en un mismo paisaje, 1981). Este grupo de autores se consolidaría durante la década de los ochenta, junto a otros nombres y libros, como los de Álvaro Pombo (Relatos sobre la falta de sustancia, 1977), Luis Mateo Díez (Brasas de agosto, 1989), José María Merino (El viajero perdido, 1990; y Cuentos del Barrio del Refugio, 1994), Enrique Vila-Matas (Suicidios ejemplares, 1991; e Hijos sin hijos, 1993), Ana María Navales (Cuentos de Bloomsbury, 1991), Javier Marías (Mientras ellas duermen, 1990; y Cuando fui mortal, 1996) y Juan José Millás (Primavera de luto y otros cuentos, 1992). Todos estos nombres aparecen recogidos en Son cuentos. Antología del relato breve español, 1975-1993 (1993). A los citados narradores habría que sumar el nombre de Juan Marsé, cuyo Teniente bravo (1987) tiene al menos un par de piezas, la que da título al conjunto e “Historia de detectives”, que podrían figurar en las antologías más exigentes.

En estas dos últimas décadas, el cuento español ha pasado por diversos avatares, viniendo a cuajar en un puñado de nombres nuevos que ya a finales del XX y comienzos del XXI apuntan excelentes maneras. Se trata de Agustín Cerezales (Perros verdes, 1989), Antonio Soler (Extranjeros en la noche, 1992), Mercedes Abad (Amigos y fantasmas, 2004), Eloy Tizón (Velocidad de los jardines, 1992; Parpadeos, 2006), Carlos Castán (Frío de vivir, 1997), Juan Bonilla, Gonzalo Calcedo (Temporada de huracanes, 2007), casi todos ellos recogidos en la antología Los cuentos que cuentan (1998).

Por fin, de entre las más recientes antologías del cuento español, destacaría la de Andrés Neuman, Pequeñas resistencias. Antología del nuevo cuento español (2002), avalada por un prólogo de José María Merino. Los nuevos nombres, ya en el siglo XXI, con sus libros más significativos, podrían ser los siguientes: Javier Sáez de Ibarra (Mirar el agua, 2009); Pablo Andrés Escapa (Las elipsis del cronista, 2003), Ángel Olgoso (Astrolabio, 2007), Ricardo Menéndez Salmón (Gritar, 2007), Hipólito G. Navarro (El pez volador, 2008), Óscar Esquivias (La marca de Creta, 2008) y Andrés Neuman (El último minuto, 2007). Pero, además, de entre los libros más logrados, los que parecen haberse convertido ya en referencia en lo que llevamos de nuevo siglo, figuran Capital de la gloria (2003), de Juan Eduardo Zúñiga; Los girasoles ciegos (2004), de Alberto Méndez, con más de 250.000 ejemplares vendidos; Los peces de la amargura (2006), de Fernando Aramburu, y la recopilación de Todos los cuentos (2008), de Cristina Fernández Cubas. El fenómeno más novedoso y significativo quizá sea el papel que viene desempeñando internet, a través de las bitácoras y páginas web (véase el blog del escritor de cuentos Miguel Ángel Muñoz, http://elsindromechejov.blogspot.com/), un formato ideal para la difusión de las formas literarias breves, en la propuesta y defensa de nuevos nombres, mediante críticas y entrevistas. Tampoco debería olvidarse la apuesta por el relato de algunas pequeñas editoriales, como Páginas de Espuma, de Madrid, y Menoscuarto, de Palencia, consagradas casi en exclusiva al género, como apenas nunca había ocurrido antes.

Sea como fuere y a pesar de todos los lamentos y pesares, en este último medio siglo, el cuento ha dado en España excelentes frutos; buena prueba de ello son los autores y libros citados, en los diversos matices que van del realismo más estricto a los distintos ribetes que ofrece lo simbólico o lo fantástico, y sus innumerables hibridaciones. Su mala salud de hierro, su crisis permanente, lo ha convertido en un territorio, ante todo, de libertad y experimentación. A la vista de los numerosos autores jóvenes que lo cultivan, así como de la calidad y ambición de sus primeras propuestas, el panorama futuro se me revela muy esperanzador.

 

(*) Autor de Son cuentos. Antología del relato breve español (1993) y de Los cuentos que cuentan (1998).