FIRMA INVITADA  

MUÑOZ ROJAS, CASI CIEN AÑOS

Semblanza del poeta andaluz que dio testimonio de la vida rural

JULIO NEIRA

Fiel a sus principios, con esa voluntad indesmayable que la mucha edad no había disminuido un ápice, el pasado 28 de septiembre José Antonio Muñoz Rojas evitó llegar a centenario y asistir, aunque fuera en la distancia, a los actos conmemorativos que preparaban las instituciones para el 9 de octubre. Considerándolo signo de soberbia y desaparecidos todos los amigos y allegados de su tiempo, sintió agotadas las razones para mantener una existencia quebrantada por la enfermedad y dejó apagarse su vida con la serena dignidad con que la había mantenido siempre.

Dignidad que no ha de confundirse con altivez, pues era fruto de su convicción de la insignificancia del hombre en el conjunto del Universo, pero también de su extraordinario valor como criatura de ese todo. Abogado, doctorando en Cambridge sobre la poesía espiritualista inglesa, terrateniente y empresario agrícola, treinta años director de la Sociedad de Estudios del Banco Urquijo, Muñoz Rojas ha sido sobre todo un intelectual –¿rezagado horaciano?, ¿pionero defensor del desarrollo sostenible?– que supo valorar la importancia de vivir con sencillez en consonancia con la Naturaleza y rehuir la vanidad de la sociedad literaria, sus envidias, sus zancadillas, sus rencores.

Tal vez por eso la suya ha sido una obra casi secreta, que se justificaba en su propia creación, y que sólo fue en parte fue publicándose gracias a la insistencia de los amigos. Tras el inicial Versos de retorno, impreso en Sur por Prados y Altolaguirre en 1929, y una guerra cruel que en 1936 se cebó en su familia, Sonetos de amor por un poeta indiferente (1942), Abril del alma (1943), Cantos a Rosa (1954), Lugares del corazón, en nueve sonetos que los celebran (1962), fueron dando noticia de una lírica que expresaba en formas clásicas las grandes inquietudes del antequerano: la religiosidad consoladora, el gozoso amor, la pasión por la poesía. “Poesía arraigada”, en palabras de Dámaso Alonso, arraigada en la coherencia de quien vive como siente y piensa. Y quedaron inéditos otros libros que recogió en 1989 Cristóbal Cuevas en Poesía 1929-1980. Volumen que a sus ochenta años pudo parecer unas obras completas, que no lo fueron porque aún demostraría sorprendente vitalidad creadora con noventa en Objetos perdidos (1997) –Premio Nacional de Poesía en 1998–, Entre otros olvidos (2001) y La voz que me llama (2005), donde las promociones más jóvenes encontraron una voz desinhibida que dice la angustia de la vivencia de lo cotidiano y consigna las debilidades de la vejez, siempre consciente de sí misma, siempre digna.

Por encima de sus versos, seguramente es en la prosa donde Muñoz Rojas alcanza mayores niveles de calidad: en sus ensayos (Antequera norte de mi pluma, 1977; Estudios anglo-andaluces, 1996;), en sus memorias (Amigos y maestros, 1992; Historias de familia, 1945; La gran musaraña, 1994; Dejado ir (estancias y viajes), 1995). Pero sobre todo en la poética de Las cosas del campo (1953), testimonio fiel de una vida rural ya desaparecida, y de Las sombras (1976), indagación en la profundidad de la conciencia personal, al nivel del mejor Juan Ramón y de Ocnos de Luis Cernuda. Por sí mismas estas dos obras deberían incluir a Muñoz Rojas en el grupo de escritores cuya lectura traspasa los límites de su tiempo y le convierten en clásico. Por mucho que esa idea perturbaría su sencillez consustancial. “Quita, quita, qué tontería” diría preocupado de tener que soportar tal responsabilidad.