NARRATIVA
Philip Roth, Juan Carlos Onetti, Sherwood Anderson, Cees Nootebom, García Montalvo, Ludwig Tieck.
LECTURAS NARRATIVAS
HISTORIA DE UNA IMAGINACIÓN
CRISTINA SÁNCHEZ ANDRADE
Engaño
Philip Roth
Seix Barral
Precio: 17 €
Páginas: 187
¿Cuál es el verdadero “engaño” que subyace en la novela Engaño de Philip Roth? ¿El de las relaciones adúlteras? ¿El de la verdad adulterada con la ficción, o viceversa?
Esta novela escrita en 1990 y ya incluida en uno de los volúmenes publicados por la prestigiosa Library of America (gloria máxima que se concede a un escritor en Estados Unidos) es absolutamente parca en recursos. Ni descripciones, ni acción: se trata de un puro trabajo de diálogos (“la eliminación de toda la grasa expositiva”, como dice el protagonista escritor.) Básicamente aparecen dos voces, las de dos adúlteros en una habitación. Él es un escritor de mediana edad que vive en Londres, llamado Philip, es decir, trasunto de Roth. Ella es una mujer inglesa de treinta y tantos años, atrapada en un matrimonio humillante.
Y es en la infidelidad donde estos personajes encuentran y se conceden una libertad que parece haber aniquilado las exigencias posesivas del matrimonio (“una de las injusticias del adulterio, dice ella, cuando comparas al amante con el cónyuge, es que al primero nunca le ves en esas circunstancias tediosas, discutiendo por la verdura, o por la tostada quemada...”)
No es la primera vez que Philip Roth (Nueva Jersey, 1933) utiliza el diálogo en estado puro. Ya lo hizo, por ejemplo, en La Contravida (1986). En esta novela, el protagonista Nathan Zuckerman, su alter ego más asiduo, tenía un problema cardíaco, por lo que no podía hacer el amor a María, la mujer a la que amaba. En su lugar, no paraba de hablar.
Si en Adiós, Columbus (1959, National Book Award) o El lamento de Portnoy (1969), por citar alguna de las obras más conocidas de Roth, la historia, en la que también está presente el tema del antisemitismo, trascurre en ciudades como Nueva Jersey o Nueva Inglaterra, en ésta, el escenario es la habitación de un estudio. Sólo oímos las voces, y a pesar de que el tema de fondo parece ser la imposibilidad de las relaciones de pareja, Roth vuelve a sus inquietudes de siempre, es decir, los problemas de asimilación e identidad de los judíos de Estados Unidos, el deseo sexual y la autocomprensión.
A través de una red de diálogos, con poca o nula conexión entre sí –a veces, resulta difícil saber quién habla o a quién se refieren los protagonistas–, los temas de conversación van desde Israel, los judíos, las madres, la misoginia y la naturaleza del escritor, hasta la dificultad de la vida conyugal. En esta red de diálogos parece querer enhebrar Roth la estructura narrativa, que en todo caso juega con las difusas fronteras entre la verdad y la mentira y la realidad y la ficción.
La amante de Philip descubre un cuaderno de notas en el que éste describe un romance con una mujer polaca. Furiosa por lo que considera una prueba de su infidelidad, le pide explicaciones. Él se defiende diciendo que todas esas conversaciones íntimas que aparecen en el cuaderno no son más que producto de su imaginación (“la historia de una imaginación que ama”). Y en este juego inquietante entre realidad y ficción, al lector le asalta la duda de si todo lo leído, es decir, la propia novela Engaño, no es más que eso, unas meras notas sobre una relación inexistente creada por la imaginación para escapar de un matrimonio.
Ahora bien, sea cierto o no, si él es Philip, ¿quién es ella?, sigue pensando el lector. A esta pregunta, Roth ha dicho en reiteradas ocasiones que el cotilleo sobre esta novela no es más que una visión simplista del tema de fondo. “Escribo ficción y me dicen que es autobiografía... y viceversa, de modo que si soy tan obtuso y ellos tan listos, dejémosles decidir lo que es verdadero o ficticio”, dice el protagonista de Engaño.
LA POÉTICA DE LEER
TONI MONTESINOS
Obras Completas III
Juan Carlos Onetti
Galaxia Gutenberg/Cículo de lectores
Precio: 55 €
Páginas: 1.123
Decía Antonio Muñoz Molina, en su prólogo a los Cuentos completos (1993) de Juan Carlos Onetti, que la obra de éste exige “una lectura fiel”, una “atención apasionada”. Esto, que bien podría resultar obvio frente a todo gran escritor, es especialmente perentorio en los relatos cortos del uruguayo, de una sutileza y densidad –cuando no retorcimiento– excepcionales. En este sentido, el tercer y último tomo de las obras completas onettianas, Cuentos, artículos y miscelánea, a cargo de Hortensia Campanella, no sólo nos ofrece los relatos conocidos de siempre, sino que se añaden seis historias inéditas de distintas épocas, aún más enigmáticas si cabe por cuanto son meros borradores de proyectos inacabados.
Pero en contraste con la compleja voz narrativa de los cuentos –aquella que nos “nos sume en la incertidumbre”, por decirlo con las palabras de Mario Vargas Llosa en El viaje a la ficción (2008) dedicado al creador de Santa María– aparece otro Onetti, mucho menos conocido, vestido de articulista, cuya prosa, clara y directa, está plena de sentido común, humor y sincero criterio. A la busca y ordenación de un material que yacía disperso en muchas publicaciones se ha encargado Pablo Rocca, que proporciona un prólogo en el que habla de este Onetti de distancias cortas, el ficticio y el opinante, en estos términos: “Un inalterado principio de su poética: todo empieza y sigue por la lectura, que debe hacerse por exclusivo mandato del placer. Así se cimienta una obra literaria, y también una ética de la lectura”.
A tal cosa se consagró Onetti en sus artículos publicados desde 1937, primero en la prensa de Montevideo y Buenos Aires bajo seudónimo, y luego en Cuadernos hispanoamericanos, El País y ABC, entre otras publicaciones españolas y americanas, a partir de su exilio en Madrid, en 1975. En estos escritos, bastantes de contenido político e histórico, otros de corte social formulados mediante irónicas cartas al director, se halla el Onetti hedonista, libre en sus juicios, sin pretensiones de crítico literario pero sin temor a señalar una y otra vez la mediocridad imperante a un lado y otro del océano, el “estancamiento” de las letras uruguayas, la falta de artistas, la estafa de los premios literarios. Porque la vara de medir la literatura nueva no puede ser más alta: Joyce, Proust, Faulkner, sus autores favoritos; a ellos vuelve una y otra vez. Nadie ha aportado tanto a la narrativa como el irlandés y el francés, afirma, y en cuanto al estadounidense, qué decir: le llama “padre y maestro mágico”, y fue tal el impacto que le provocó una de sus obras que, abrumado, hasta dejó de escribir durante un tiempo.
Siempre atento a las novedades editoriales de Norteamérica y Francia –aquí presta una especial atención a Céline– en comparación con Uruguay, “un país sin editores”, para Onetti sólo vale el talento, las realizaciones antes que las ideas, no los experimentos sino las convicciones, y distingue muy bien de aquel que tiene ínfulas de escritor del “hombre que nació para escribir, el hombre para el cual el ejercicio de la literatura es una forma de vivir, no menos importante que el ejercicio del amor, de la bondad y del odio” (pág. 473). Ese grado de autenticidad, de lealtad ante la llamada de la creación honesta, define la actitud de Onetti para consigo mismo y para con los demás. Para comprobarlo, basta echar un vistazo a las secciones “Onetti por Onetti”, “Conversaciones”, a las autoentrevistas y a su célebre decálogo, cuyo último aserto reza: “Mentir siempre”.
UN CLÁSICO AMERICANO
RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
Winesburg Ohio
Sherwood Anderson
Acantilado
Precio: 20 €
Páginas: 256
En el esplendor de su reconocimiento, a comienzos de los años 20 del pasado siglo, Sherwood Anderson vivió en el número 708 de Royal Street, epicentro del barrio francés de Nueva Orleans, lugar que definió Gertrude Stein como “el más civilizado que he encontrado en Estados Unidos”. Tras distintos peregrinajes, en el verano de 1924 regresó a la ciudad más eminente del estado de Louisiana con su segunda esposa, Elizabeth Prall, para ocupar un departamento del Edificio Pontalba, cerca de Jackson Square, donde lo visitaba un muchacho aficionado a la bebida, fogoso y un tanto petulante que, entre muchísimas otras cosas, con el transcurrir del tiempo habría de redactar el más conmovedor texto acerca de la figura de Sherwood Anderson que jamás se haya escrito, y que se publicó en junio de 1953 en Atlantic Monthly. Aquel muchacho, a quien Anderson guió en sus primeras lecturas (entre otros autores le descubrió nada menos que a Joyce) y en sus primeros escritos serios, animándole a que luchara por hacer realidad su sueño, se llamaba William Faulkner. Varias décadas más tarde, otro escritor de Mississippi, de nombre Richard Ford, confesó que la chispa que prendió su vocación escritora, a los 19 años de edad, fue la lectura de un cuento titulado “I want to know why”, un relato que debo confesar es el mejor que a propósito del universo de los caballos he leído en mi vida, mejor incluso que los del propio Faulkner. Como se ve, la literatura de Anderson ha inspirado y convocado siempre a los gigantes norteamericanos, por lo cual tanto la reedición en español de Winesburg, Ohio –en magnífica versión de Miguel Temprano García, recientísimo traductor de la impagable tetralogía El final del desfile, de Ford Maddox Ford– como el anuncio de Acantilado de recuperar toda la obra del escritor de Camden, merecen aplauso y gratitud. Confiemos en que el empeño editorial se cumpla.
Hay que reconocer que estas referencias al anecdotario que rodea la figura de Anderson han lastrado, en más de una ocasión, la atención estricta a la relevancia de su escritura, como si Anderson tuviera más importancia como catalizador de talentos ajenos que como creador. Si una vez más incurriéramos en esa lectura haríamos un flaco favor a la literatura, pues, sin duda, Winesburg, Ohio, es un gran libro, un auténtico clásico en el sentido legítimo del término, que leído noventa años después de su publicación logra que permanezcan indemnes su interés, su belleza y su verdad.
Construido al modo de un collage en torno a una pequeña población del Medio Oeste americano y con el joven George Willard, enamoradizo periodista que aspira a convertirse en escritor de fuste como observador de privilegio de los anhelos, miserias y luchas de sus habitantes, Winesburg, Ohio puede ser admirado como un falso libro de relatos o como una falsa novela, pero en ambos casos se revela como un magnífico, deslumbrante y bastante pesimista estudio acerca de las razones del corazón humano. No en vano, como Kate Swift, la maestra de George Willard, le dice al joven plumilla en uno de los más memorables textos de la colección: “Si vas a ser escritor, tendrás que dejar de tontear con las palabras. Será mejor que abandones la idea de escribir hasta que estés mejor preparado. Ahora debes vivir [...] Lo más importante es que aprendas a saber lo que la gente piensa, no lo que dice”. Leyendo a Anderson, quedan muy pocas dudas de que Willard asumió con honra y talento el consejo de su maestra.
LA HABILIDAD DEL ILUSIONISTA
MARTA SANZ
En las montañas de Holanda
Cees Nootebom
Siruela
Precio: 17 €
Páginas: 151
Eta Hoffmann en El hombre de la arena escribe: “No hay nada más maravilloso y genial que la vida real, y (...) lo más que puede el poeta es mostrar su turbio reflejo en un espejo bruñido”. Pero ¿qué sucede cuando lo real es una sombra?, ¿cuando el juego de espejos de la literatura se convierte en el reflejo de un reflejo y lo real se nos escapa porque abarca simultáneamente presente, pasado y futuro, deseos, el salario, amores posibles? Sucede que nos encontramos con un texto que se mira a sí mismo, narcisista, metaliterario: En las montañas de Holanda, un híbrido –la hibridación genérica es sintomática de un estado de incertidumbre– en el que sólo el concepto de la literatura como habilidad del ilusionista y de la tradición cultural como construcción a menudo perfecta –“sus labios eran rojos como las cerezas (...) Quien busque otras palabras para decir lo mismo no está en sus cabales”, escribe Nooteboom–, nos salvan de la muerte. Nooteboom es un optimista lingüístico: no hay palabras erosionadas por el uso, sino palabras, expresiones, obras, cuya perfección transforma las correcciones en un atrevimiento o en una forma de penetración que es precisamente la que él practica. El escritor, o es temerario y “no está del todo en sus cabales”, o no es.
Desde un pupitre escolar, Alfonso Tiburón de Mendoza, ingeniero de caminos zaragozano, da su versión de La reina de las nieves de Andersen, y por el camino de la escritura se producen muchos acontecimientos: se fundan geografías (Holanda del Sur) que implican parábolas morales respecto al Sur como quimera o amenaza; se reflexiona sobre ese axioma de lo literario que tiene que ver con “mentir realidades”, deformar la vida a través de la retórica para devolvérnosla agrandada bajo una lupa; se habla de los universos cerrados de los cuentos de hadas, de su nexo con el horror; de la belleza y de la corrupción de la belleza, de la asimetría como condición de lo bello; del amor como búsqueda, del hermafrodita; de la mitología, de las religiones y de cómo la única diferencia que existe entre ambas es que las segundas son creídas por parte de la comunidad. Nootebom concede a la filosofía un estatus poético, cuestiona la utilidad de la utopía como metarrelato y coloca en un piso de Amsterdam a los personajes de un cuento maravilloso. Discute sobre el estatuto de lo real y lo fantástico con el hermoso imaginario habitual de la literatura posmoderna.
La reina de las nieves comienza con la imagen de un espejo que se rompe: una de las esquirlas entra en el ojo de Kai y comienza el hechizo, la fascinación por la identidad fragmentada, por congelarse y que no se cumpla el ciclo vital: sin reproducción, sin vejez, sin muerte. El espejo que se rompe en el cuento de Andersen refleja al revés el sentido recto. Se presupone un sentido recto que en la prosa de Nootebom ya no es posible: por eso, con una vocación apátrida y a la vez europeísta, un autor holandés imposta su voz en un narrador aragonés que reescribe la historia de un cuentista danés sobre un agreste mapa de Holanda. El escritor y sus impostores comparten un camino que se entiende como soledad y como alejamiento del punto de origen. El escritor y sus impostores dialogan para combatir el acabamiento y mostrarnos que el objetivo más radical de cualquier proyecto literario es entregarnos una verdad a partir de mentiras que ni siquiera sabemos si lo son.
LA NOVELA DE LA CIUDAD
JAVIER GOÑI
El relámpago inmóvil
Pedro García Montalvo
Destino
Precio: 19 €
Páginas: 357
En una colección de artículos, El aire libre (La Veleta, Granada, 2002) Pedro García Montalvo (Murcia, 1951) escribe unas hermosas páginas sobre esa geografía murciana de su infancia, que la tiene apresada en su memoria y que, sin embargo, nunca la ha trasladado a su narrativa: cinco novelas con ésta que nos ocupa ahora –su lectura, bienhechora, nos ha entibiado el inicio del otoño, créanme ya de entrada–, y que confirman lo que muchos lectores suyos sabemos desde hace tiempo, pero no está de más insistir con énfasis cuando se tiene ocasión de hacerlo. García Montalvo es un extraordinario narrador de las sensaciones, de los sentimientos, un explorador de las culpas, propias y ajenas, que enderezan y desequilibran las vidas, propias y ajenas. Lejos de su geografía provincial, de su tierra real, donde vive y trabaja, García Montalvo ha levantado, desde que publicó en 1983 su primera novela, El intermediario, situada en la posguerra, hasta ésta última, contemporánea a la guerra de Irak, un mapa de una ciudad, que no es la suya, y con ella esa gran novela unida por finísimos hilos que la hilvanan que es su obra hasta ahora, estas cinco historias; mapa y novela de una misma ciudad, Madrid. Su segunda novela –llevada al cine por José Luis Cuerda: La viuda del capitán Estrada, comandante en el libro– se titulaba, sencillamente, Una historia madrileña (1988). Y todas lo son. García Montalvo –siempre he ignorado por qué conoce Madrid tan bien o cómo hace para ser tan preciso topógrafo de esta ciudad– no se limita a que las calles de Madrid, sus plazas, sus edificios, sus parques sean el decorado de fondo de las andanzas de sus personajes. Madrid es para estos personajes los límites de sus tragedias, las celdas de sus vidas. En sus novelas, éstos andan mucho, deambulan erráticos, a cuestas con sus problemas, con sus fragilidades emocionales, con sus sentimientos de culpa, y a todos ellos el lector los sigue a simple vista, o con una lente de aumento, y los va entendiendo, se los apropia. Montalvo, libro a libro, consigue hacer cada vez más sutil la relación que el lector tiene con sus personajes.
Veamos El relámpago inmóvil. Un matrimonio feliz vive en la zona de chalés de El Viso con dos niñas. Hasta que un accidente estúpido –todos lo son– se las arrebata. Y esa pareja que lo tenía todo se queda desamparada con su dolor, con su fragilidad, con su inestabilidad. No hay más. O todo: esta extraordinaria novela de sensaciones, de miradas, de sutilezas. Hay que estar muy seguro del terreno que pisa –y García Montalvo lo está: se lo hacemos ver sus lectores, siguiéndole, buscándole– para atreverse a escribir una novela tan hermosa como ésta en que todo está sostenido por algo tan inasible como la voluntad de seguir adelante, de vivir, de agarrarse al amor –ese tejido tan desgastable siempre–, a la confianza, a la honestidad mutua. Y todo esto azuzado por un hecho nimio –una duda, una fotografía, un viejo rencor desdibujado y expresamente poco explicado–, que puede hacer venir abajo todo ese tinglado que es el vivir. Que qué ocurre al final: vean las últimas líneas –cuando lleguen, no antes– de esta novela, en la que García Montalvo se ha acercado sin pudor, con determinación todo el rato, al barranco de las emociones, de los sentimientos, de la generosidad y del riesgo del amor, de la toxicidad de la duda, y en ningún momento –en ninguno– se ha abismado, lo ha echado todo a perder. Gran novela, y atrevida.
EL SUBLIME ENCANTO DE TIECK
LUIS ALBERTO DE CUENCA
Cuentos fantásticos
Ludwig Tieck
Nórdica
Precio: 15 €
Páginas: 152
Es fácil recordar un cuadro de Caspar David Friedrich (1774-1840). Las historias del arte occidental le han dedicado últimamente la atención que merece en su condición de una de las cumbres, acaso la más alta, del romanticismo pictórico europeo. Pues bien, la misma sensación de inquietante extrañeza (ésa es la traducción que prefiero, aunque sea perifrástica, del das Unheimlich freudiano) que produce la contemplación de un paisaje de Friedrich, idéntico temblor ante la mezcla de delirio y de sublime espiritualidad que se dan cita en los lienzos del pintor alemán, experimenta uno al enfrentarse con estos Cuentos fantásticos de su estricto contemporáneo Ludwig Tieck (Berlín, 1773-1853) que Nórdica, con su habitual pulcritud y elegancia editoriales, acaba de situar en los escaparates de las librerías españolas. El motivo de cubierta tenia que ser de Friedrich, concretamente su Paisaje de Riesengebirge, pintado en 1810 y conservado en el Museo Puschkin de Moscú: allí tuve ocasión de verlo cuando anduve por Rusia, allá por septiembre de 1998, porque no he perdido ocasión de ver in situ aquí y allá, en mis viajes por Europa y América, todo lo que he podido de la obra del gran paisajista romántico, uno de mis pintores favoritos.
Con el mismo espíritu con que recorres, querido lector, con ojos asombrados la genial pincelada de Friedrich, debes adentrarte en el sublime encanto de la escritura de Tieck, y en concreto en el que habita en estos tres cuentos, Eckbert el rubio, El monte de las runas y Los elfos, que acaban de ver la luz en castellano, muy bien traducidos por Isabel Hernández, autora asimismo de un excelente Nachwort en el que traza las líneas biográficas y críticas necesarias para que tu excursión por las páginas del libro sea más grata y más fructífera. El prólogo de Hesse es, tal vez, menos refulgente, pero no renuncia a algunas frases de interés en relación con el horóscopo de los escritores. En cualquier caso, yo recomendaría leer primero el epílogo de Isabel Hernández, luego los cuentos de Tieck y, en último lugar, las divagaciones hesseanas: una lectura así no presenta contraindicaciones y ayuda a disfrutar más y mejor del libro, ya de por sí estupendo.
Porque es, en efecto, algo muy parecido al estupor, al síndrome de Stendhal de la belleza apabullante, lo que sentimos al leer a Tieck. El mismo año en que el autor berlinés dio a las prensas Der gestiefelte Kater (o sea, El gato con botas, la divertidísima e irrepresentable comedia satírica con que me estrené como lector de Tieck, en una modestísima edición de Philipp Reclam que mi padre me trajo de Alemania hace cuarenta años), vio la luz Eckbert el rubio (1797), una de sus creaciones más deslumbrantes, como ya defendiera Hermann Hesse. Entre el realismo más estricto, la descripción emocionada y pormenorizada del paisaje y el delirio fantástico circulan por la escena del relato el rubio Eckbert, su esposa Bertha y su amigo Walther, reunidos para escuchar de labios de ella el relato más disparatado y enloquecedor que imaginarse pueda, con viejecita feérica, y bosque misterioso, y pájaro parlante parecido al ave azul de Paul Claudel. Algo similar ocurre en otros cuentos y Novellen de Tieck, en los que un personaje cuenta a otro o a otros su singularísima historia, derivándose funestas consecuencias de esta acción. En lo que atañe a El monte de las runas y a Los elfos, hay que decir que desarrollan, también, un elemento fantástico, de inequívocas raíces folklóricas, dentro de un marco realista, y eso es lo que provoca en el lector tanto la mágica y desasosegante impresión de hallarse en la frontera que separa lo posible de lo imposible y el mundo real de la ficción, como la percepción simultánea del sueño y la vigilia, la terrible y gozosa armonía de los contrarios.
EL FLÂNEUR DE VENECIA
EVA DÍAZ PÉREZ
Venecia
Henry Regnier
Cabaret Voltaire
Precio: 18,95 €
Páginas: 320
Para Henri de Regnier, Venecia fue algo más que una ciudad-refugio o el escenario hermoso y decadente ideal para ser contado por un dandy del fin de siècle. La Venecia de Regnier es la ciudad ya archinarrada por haber sido atrapada en lienzos, partituras, fotografías postales y páginas. Es la ciudad que, perdida ya su gloria tras la decadencia del siglo XVIII, entra en el XIX para convertirse en ciudad cantada y contada. Regnier llega a finales de siglo con desconfianza, con la sospecha de viajar a un lugar donde ya no es posible tener una mirada virgen.
Sin embargo, Venecia no decepcionó al escritor. Cuentos venecianos (1927) y Esbozos venecianos (1906) –reunidos ahora por la editorial Cabaret Voltaire en el volumen titulado Venecia– conforman una excepcional topografía literaria, unos paseos venecianos que aún guardan el misterio, la posibilidad de recorrer la parte de atrás de la postal. Regnier es un ejemplo perfecto del paseante, el flanêur y divagador perdido en ese misterio veneciano: “Me metí en uno de esos rami sin salida y que desembocan en un rio ante el que es obligado desandar lo andado”. Esos son los caminos venecianos propuestos por este autor que se confesó “venecianizado”.
Henri de Regnier (Honfleur, 1864-París, 1936) cuenta con una placa en Venecia que recuerda su paso por la ciudad, en la Ca’Dario: “In questa casa antica dei dario / henri de régnier / poeta di francia / venezianamente visse e scrisse / anni 1899 e 1901”. Porque la Venecia de Regnier –entre el apunte descriptivo y la literaturización del pasado– es la ciudad de los palacios que se alquilan por partes como remiendos de una gloria pasada. Son esas viejas mansiones con salitre en las paredes, escalones gastados por el roce traidor de las aguas y salones de ajados terciopelos rojos y ambarinos con irregulares pavimentos de mosaicos, los estucos ennegrecidos y espejos velados por las sombras del pasado.
Esta Venecia de bella ruina es el escenario ideal para el modernismo decadente de Regnier, un escritor criado en las fiebres del simbolismo, discípulo de Mallarmé y asiduo de su tertulia de los martes en la Rue de Rome con Jean Moreás, Francis Vielé-Griffin y René Ghil.
Regnier, hijo de la brumosa Normandía, pasea por las nieblas venecianas de la Casa deglo Spiriti, en la parte de la laguna que llaman muerta, y reside en uno de los palacios de los Altinengo, el que está frente al Campo dei Carmini, y donde sucede la inquietante historia de El aparecido.
Esta edición de Cabaret Voltaire, que cuenta con la traducción de Juan José Delgado Gelabert –buen conocedor de los autores franceses que quedaron fascinados con Venecia–, aporta numerosas fotografías actuales y de la época de Henri Regnier. Los documentos visuales permiten que el lector reconozca los escenarios descritos por el autor y también evocan el espíritu de los libros de Regnier, que solían aparecer ilustrados. Sin duda, un libro que puede servir como curiosa guía literaria de Venecia.
Regnier se detiene ante los espejos venecianos y cuenta sus historias, pasea por los viejos jardines, se pierde para toparse con la Venecia de Longhi o de Canaletto o se sienta en el Café Florian “con sus salas pintadas y sus banquetas de terciopelo” y pide, como gran dandy, un ponche de alquermes. Ese sabor de canela, y musgo de la laguna, de sombras que no se han ido del todo es el que deja la lectura de estos relatos y esbozos de Regnier quien parece despedirse como lo hace el espectro de uno de sus relatos: “Que nuestra Venecia os sea dulce”.
AJUSTES DE CUENTAS
JUAN JOSÉ TÉLLEZ
El centro de la Tierra
Andrés Pérez Domínguez
Paréntesis
Precio: 13 €
Páginas: 172
Antes de hacerse este año con el LXI Premio Ateneo de Novela de Sevilla, por su novela El pianista de Mauthausen, Andrés Pérez Domínguez publicó en la flamante editorial Paréntesis una colección de diez relatos titulada El centro de la tierra: un ajuste de cuentas de sus protagonistas consigo mismos. Un ladrón vestido de Papá Noel y otro convertido en fantasma, un portero con más miedo a la conciencia que a los penalties, un alcohólico con una imposible voluntad por rehabilitarse o un infame torturador al que su víctima encuentra en la tierra de nadie de un autobús urbano. El propio Pérez Domínguez ha identificado a sus personajes como “gente que está al borde del abismo”. Y el desenlace de cada historia depende de hacia donde dirigen sus pasos en semejante trance. De hecho, esta no es su primera recopilación de narraciones breves, ya que ocho años atrás publicó otra bajo el título de Estado provisional. Pérez Domínguez es un autor de oficio al que le gana el talento: tan realista como mágico, sin incurrir en la síntesis de ambos extremos literarios, aprovecha los elementos cotidianos –a menudo su propia memoria– para referir acontecimientos tan sutiles como extraordinarios. Preciso como es, no deja nada al azar ni a la improvisación, por lo que no extraña en absoluto que habiendo escrito estos textos en distintas épocas de su vida, aliente en todos ellos una misma atmósfera, la de la derrota. Y un mismo denominador común, esa calidad sin artificios del buen contador de historias que defiende que el mejor protagonista para su obra siempre será el lenguaje.
LO BELLO Y LO TRISTE
FÉLIX ROMEO
Autorretrato
Édouard Levé
451 Editores
Precio: 14,50 €
Páginas: 126
Descubrí a Édouard Levé (París, 1965-2007) en la columna de Frédéric Beigbeder de la revista Lire de diciembre de 2007: se lamentaba por su suicidio. Estábamos en Toulouse y en el centro de arte contemporáneo de Les Abattoirs, donde Levé había expuesto sus fotografías sólo un mes atrás, compré dos de sus libros: uno, Angoisse / Reconstitutions, que en realidad son dos, porque se abre por delante y por detrás, recoge dos series de sus fotografías, y Autorretrato, que me fascinó. En enero de 2008 apareció Suicidio, que Levé había entregado a su editor tres días antes de matarse, y donde relataba el suicidio de un amigo de la infancia veinte años atrás.Dos cosas me llamaron la atención del texto de Beigbeder: el suicidio y la relación de su escritura con la de Georges Perec. No descubría nada Beigbeder porque relacionar a Levé con Perec es sencillo. En la primera frase de su desolador Autorretrato ya lo lleva consigo: “De adolescente creía que La vida, instrucciones de uso me ayudaría a vivir, y Suicidio, instrucciones de uso, a morir”. Pero no es La vida, instrucciones de uso (Anagrama) el libro de Perec que más interesaba a Levé, sino Yo me acuerdo (Berenice), del que también conocía su fuente originaria, los Me acuerdo (Sexto Piso) del pintor Joe Brainard. De hecho, Autorretrato es una suerte de versión de Yo me acuerdo, elaborado con frases cortas, pura información, que construyen un maravilloso y subyugador esqueleto, al que a la memoria se le añaden los “me gustan” (Diane Arbus, Dominique A...), “no me gustan” (el papel pintado, ni la fantasía ni la palabra fantasía), “uso” (camisas negras, pantalones vaqueros) , “miro” (el cielo a través de una botella de agua), “no hago” (predicciones), “he hecho” (el amor con dos mujeres), “tengo” (un callo de escribir en el dedo corazón)... Una forma que permitía a Levé soñar que estaba escribiendo un libro “en una lengua que no pueda alterar ni la traducción ni el paso del tiempo”.
Aunque Levé no siga, ni mucho menos, un orden cronológico, y haya etapas sobre las que apenas arroja luz, en Autorretrato se puede ir hilvanando el rastro de su vida. Pero no es, al menos para mí, lo más interesante: prefiero su exploración patológica. Levé se observa desde dentro pero como si estuviera fuera: es el enfermo y trata de ser al mismo tiempo el médico. Le interesa el psicoanálisis, y ha visitado a varios psicoanalistas, pero desconfía de ese método.
Levé utiliza la escritura como paliativo contra los miedos que le acechan, que le atormentan. No cita a Italo Svevo entre sus escritores preferidos (donde sí están Gracián, que le hace más “inteligente”, Raymond Roussel, Gherasim Luca...), pero La conciencia de Zeno tiene muchos puntos de contacto con Autorretrato: un libro para curar, aunque la tradición literaria (Quijote, la Marquesa de Merteuil, Madame Bovary, entre otros) enseña que, lejos de curar, los libros, que él prefería por encima de la pintura o de la fotografía, pueden llevarnos a la locura.
Produce una gran melancolía leer cómo fue incapaz de cumplir algunos de sus pronósticos: “Preveo que moriré a los ochenta y cinco años”. Y saber que sus añagazas no le sirvieron: “En mis épocas de depresión me hago la imagen mental del entierro que sigue a mi suicidio, hay muchos amigos, tristeza y belleza, el acontecimiento es tan conmovedor que me entran ganas de vivirlo y, por ende, de vivir”.Autorretrato, un libro muy bello y muy triste, Levé lo cierra con una frase lapidaria: “El mejor día de mi vida quizá ya haya pasado”.



