ESCRIBIR LO VISTO Y LO IMAGINADO

La devoción galdosiana de Max Aub

SANTOS SANZ VILLANUEVA

En el balance de la diáspora republicana puede formularse ya un diagnóstico bastante seguro: uno al menos de los escritores de la España peregrina figurará en la nómina de nuestros clásicos, Max Aub (1903-1972). Español apasionado, aunque “francés medio alemán” por sus raíces, Aub hizo sus primeras armas dentro de aquella literatura creativa, evanescente y juguetona que encandiló a un sector de la generación del 27. Pronto se vio sacudido por la agitación social de los años republicanos que urgía a la militancia y, sobre todo, por la guerra civil, que fue el gran determinante, el torcedor decisivo, de su escritura.

Horrores de la lucha, penurias del campo de concentración y exilio sin retorno decidieron el rumbo de la oceánica obra aubiana. Nadie sabe qué derroteros habría seguido sin este pie forzado inevitable, y no se trata de una conjetura irrelevante. Es el dilema al que el propio autor tuvo que dar respuesta con una clara conciencia de sacrificar algo muy hondo de su personalidad artística a las exigencias de las dolorosas vicisitudes vividas. Ya poco después de establecerse en México plasmó esta disyuntiva en una frase tan brillante como profunda: “Creo que no tengo derecho, todavía, a callar lo que vi para escribir lo que imagino”.

Entre esos dos extremos osciló el péndulo del escritor. El juego lúdico de anteguerra cedió el paso en el exilio al documento y al alegato. Aquí forjó “el laberinto mágico”, gran ciclo testimonial sobre la contienda y sus consecuencias, y piezas teatrales de primera magnitud. En ambos géneros produjo obras magistrales, Campo de los almendros, impresionante crónica del estertor republicano, y San Juan, el drama de la persecución judía, por ejemplo. Empeñado –o moralmente obligado– en “no callar” lo visto, gran parte de su obra se enfeuda en la necesidad de reflejar los horrores universales de su época y de proclamar su esperanza en el socialismo. A las narraciones de la guerra y el exilio añadió una labor de memorialista pionera de esta escritura de la inmediatez hoy tan celebrada. La gallina ciega, crónica destemplada de un efímero viaje a la España franquista, y unos Diarios son piezas eminentes de ese género que destacan por la irreductible sinceridad del escritor y por su prosa plástica y punzante. La creatividad del estilo es una marca de Aub, quien nunca agarbanzó la expresión, añadiendo un plus de creatividad verbal a su confesa devoción galdosiana. No reincidió, sin embargo, en el deslumbramiento expresivo de sus inicios. Esa otra querencia postergada que le pedía escribir lo imaginado la volcó en relatos de pura invención y en una literatura de tema artístico. Dio vida al imaginario poeta Luis Álvarez Petreña, novela donde el autor llega a encontrarse con su propio personaje, o al apócrifo pintor Jusep Torres Campalans, amigo de Picasso, a quien recrea con exigente aparato académico y cuyos cuadros, debidos, claro, a la mano poco experta del propio Aub, ilustran el texto. Debajo de la broma seria está la crónica crítica y escéptica de nuestro pasado reciente, sin ocultar un gusto por el juego intrínseco que le permitió perpetrar una obra puramente lúdica, la novela-estuche Juego de cartas.

Se quejó Aub con amarga sinceridad de ser “escritor sin lectores” y protestó sin disimulo y poca diplomacia de su marginación. Fue el precio que pagó por culpa ajena, el exilio, y también por la propia, por la “mala leche” que le reprochaba su amigo Buñuel, pero el tiempo le resarcirá con la lectura continuada que asegura la condición de clásico.