WINDOWS ON MANHATTAN
El Nueva York de Muñoz Molina
ANTONIO GARRIDO MORAGA
El edificio de los cursos de postgrado de la Universidad pública de Nueva York (CUNY) fue la sede de unos grandes almacenes –el adjetivo es aplicable a todo lo que se refiere a la ciudad “que nunca duerme”– que fueron famosos cuando por estas tierras andábamos aún con la tienda de ultramarinos y coloniales. Está enfrente del Empire State y es difícil encontrar algo parecido en el mundo universitario. En este edificio Muñoz Molina y yo tenemos muy buenos amigos, citaré a Isaías y a Lía, eminentes hispanistas de la mejor estirpe. Allí, en un marco tan especial, presenté Sefarad, un placer, recuerdo que la cena posterior con Antonio fue muy agradable. Las novelas son mundos con registros muy diversos en los que el lector bucea y elige aquellos que más le interesan. Cuando escribí la crítica del libro destaqué uno de los espacios más importantes de la cultura hispánica, un ámbito del que afirmaba Blasco Ibáñez que si un maremoto destruía la península, quedaba la Hispanic Society. En esta institución trabaja desde hace muchos años un personaje entrañable, tanto como Anita, voluntaria de la biblioteca del Instituto Cervantes y esposa de un exiliado de la Guerra Civil aunque no tuvieran nada que ver la monja a la fuerza y la entrañable Anita; pero yo, en la verdad del sueño, les encuentro semejanzas en lo más íntimo, en lo más hermoso de sus personalidades.
Muñoz Molina se ha demorado en horas de lento paseo por estas salas; desde la visión de España de Sorolla que decora el gran salón y que se ha paseado con tanto éxito en los últimos meses por varias ciudades de este lado del Atlántico, hasta los sepulcros medievales, quién dijera a estos caballeros de la dura Castilla que acabarían en la calle 155 del Oeste de la isla, tan cerca del río y tan cerca de los bailes de los dominicanos de esta parte de Harlem y de las tiendas de ropa deportiva. En Nueva York todo es posible porque como dicen los verdaderos neoyorquinos, las aceras vibran con el ritmo de las láminas de acero.
Quizás el contraste del bullicio, de las luces, de la Vida con mayúsculas, con el silencio recatado de la Hispanic, con los ficheros de la biblioteca, tan anacrónicos y tan bellos, con la atmósfera de tiempo detenido en cada espacio, con la mirada de la niña velazqueña, pura y maravillosa lección de rozar el lienzo con delicadeza amorosa; este contraste es una de las claves de la ciudad y del escritor que a ella se asoma desde las ventanas del Flatiron o del Chrysler, que siempre dudo cuál de los dos es más bello.
En Ventanas de Manhattan se puede leer parte del Nueva York del escritor de Úbeda, tan lejana y tan distinta, puro equilibrio renacentista frente a tanta desmesura, a tanta exageración barroca porque en Nueva York hasta los edificios neogóticos se salen de la vertical para hacerse curva difusa en la altura. No voy a entrar en el tema de la definición genérica del libro. Creo que Muñoz Molina va y viene entre la memoria y la crónica, entre la ciudad literaria, cinematográfica, hecha cultura y sentimiento desde una butaca de cine de su ciudad, y la metrópolis de los puestos de flores y de frutas que están abiertos hasta las tantas y donde las naranjas hay que comprarlas por unidades.
Nueva York conquista y maravilla; por un lado, te relaja, por otro, te excita. ¿Qué Gran Manzana es la del escritor? La real y la inventada; mejor dicho, la que nace de ambas, la que no tiene límites precisos a fuerza de ser tan directa, como un golpe de boxeo que te tambalea y, al mismo tiempo, tan soñada como la escenografía de Tosca en la Ópera Metropolitana. Creo que para un conocedor sensible y culto Nueva York es un sueño de metal que te puede herir en cualquier momento y es una realidad que se hace templo del libro en la Morgan y también es la enorme serpiente de manchas amarillas que los turistas se ponen alrededor del cuello en Battery Park.Ochenta y siete secuencias forman el libro, son a modo de mimbres que hacen un cesto que es el Nueva York de Muñoz Molina; un cesto repleto de sueños, de autobiografía, de nostalgia, de recuerdos, de música, de arte, de mercadillos, de locos maravillosos como la anciana vestida completamente de rosa, con un perrito al brazo con un trajecito rosa, con una sombrilla rosa, que pasea, sube y baja, creo que eternamente, por la Quinta. Ventanas que nos permiten entrar en la intimidad del autor, conocer sus reacciones ante “Manhattan, ese gran bazar del mundo entero”.Cambios de estación en los colores de las hojas de Central Park, cambios del alma ante el horror de las torres ardiendo en la mañana, ante el insoportable olor a carne quemada, tantas cosas, tantas, tantos meses y años, Nueva York y, por supuesto, ese despacho en el 211E, de la 49th St que ocupó Muñoz Molina dos años y que amueblé con tanto amor, el mismo con el que levanté la sede del Instituto Cervantes.



