GINEBRA
"El misterioso circular del dinero"
JENARO TALENS
Decía Susan Sontag, en un ya lejano y polémico libro, que ella no escribía en un contexto, sino en una habitación. La mía está situada en rue Carouge, donde se mezclan los ruidos de los tranvías con el sonido de las ambulancias que pautan el transcurrir cotidiano del Hospital universitario. Por la parte de atrás del edificio se extiende la explanada de Plainpalais, conocida por los mitómanos por ser el lugar (entonces a las afueras) donde vivía el doctor Victor Frankenstein en el célebre relato de Mary Godwin Shelley. Hoy es un lugar donde alternan los espacios para el skateboarding, el mercado de frutas y hortalizas y el marché aux puces que permite encontrar, y a un precio razonable, tanto una primera edición de Hugo, Rilke o García Lorca (por citar sólo casos vividos en primera persona) como las últimas grabaciones de Naxos, descatalogados vinilos de la CBS o muebles antiguos.
Pocas veces se da en tan reducido espacio físico una alianza de contrarios que permita contradecir el aserto de Sontag: un lugar que es también un contexto en donde la metáfora del miedo a la alteridad y la reivindicación (eso sí, autoritaria) del amor al prójimo coexistan sin dificultad. Porque ésa es quizá una de las cualidades que hacen de Ginebra un lugar tan atractivo y diferente del resto de capitales helvéticas. No se trata sólo de que convivan una ciudad propiamente suiza y la llamada Ginebra internacional, alimentada de forma incesante por los organismos que en ella han ubicado muchos de sus centros más importantes, tanto políticos (ONU, OMS, CRUZ ROJA, ACNUR, etc.) como científicos (CERN), sino del modo en que dicha convivencia, normalizando el mestizaje, ha permeado el imaginario colectivo de sus habitantes.
Ginebra tiene el aire cosmopolita y pluricultural de las grandes urbes contemporáneas sin dejar por ello de ser una ciudad a medida humana que es posible atravesar a pie en un tiempo razonable o en algunos de los tranvías que impiden el agobio y la contaminación que suelen caracterizar a las metrópolis. Pueden encontrarse a primerísima hora de la mañana periódicos impresos en multitud de idiomas y su oferta cultural, en términos de teatro, ópera, música, tanto clásica como popular, cine y, en general, ciclos de conferencias y exposiciones es realmente abundante. También es una ciudad limpia y poco ruidosa (al menos para los estándares mediterráneos). Todo ello parecería ofrecer una imagen demasiado paradisíaca para resultar convincente. Porque, de hecho, la apertura al otro que ha sido característica política y ética de la ciudad y del cantón ha empezado a manifestar en tiempos recientes síntomas de deterioro, si no de forma pública y oficial, sí, al menos, entre los ginebrinos de a pie. No es raro, en efecto, escuchar en los tranvías protestas sotto voce por la creciente suciedad que cubre aceras y jardines; algo que muchos suelen achacar exclusivamente, cómo no, a la inmigración, olvidando el rumbo errático de cierta juventud autóctona entre la que el alcoholismo ha empezado a ser un grave problema social. Sin embargo, en una sociedad en la que la educación para la ciudadanía se enseña e interioriza desde muy pronto (y no precisamente en inglés), la vía elegida para solucionar el problema es la búsqueda del diálogo y no la práctica de la represión.
Hay otra Ginebra, con todo, tan presente como fantasmática: la que no aparece a primera vista pero de cuya existencia nos hablan las leyendas urbanas. En ella el protagonista es el misterioso circular del dinero por edificios de los que entran y salen con regularidad silenciosos ejecutivos bien trajeados con maletines dignos de una película de James Bond. Reconozco no ser un experto en esa otra ciudad. Puedo imaginármela llena de bancos privados a orillas del lago o en las calles señoriales de la vielle ville, a cuya primera planta se accede por una escaleras similares a las que decoraban la casa de Rett Butler en Lo que el viento se llevó. Seguramente tendrán habitaciones sin ventanas, amplios salones decorados con pinturas impresionistas originales, luz tamizada artificial suplantando, tras un cristal opaco, la de una exterioridad fingida.
Una ciudad, sin embargo, donde han vivido, investigado, enseñado o escrito muchas de sus obras nombres tan diferentes como Franz Lizst, Dinu Lipatti, Jean Starobinski, Jean Rousset, José A. Valente, María Zambrano o Mercè Rodoreda tiene, qué duda cabe, algo de especial. No es, por supuesto, ajena a las contradicciones de un capitalismo de cuyo sistema sanguíneo forma parte sustancial, pero intenta, al menos, potenciar, como contrapartida, una actitud cívica responsable en sus habitantes, asumiendo, pese a todo, que son ciudadanos, no simplemente súbditos o consumidores. Que a la altura del número 10 de la Rue des Rois puedan descansar en armonía memorias tan variadas y, a veces, contradictorias como los de Juan Calvino y Jorge Luis Borges, Ernest Ansermet o Alberto Ginastera es un buen síntoma. Aunque a veces sobrevuele el fantasma de Miguel Servet para recordarnos que en este mundo nada es perfecto.



