CLÁSICO

VIAJANDO POR UNA CARRETERA AMERICANA

John Steinbeck plasmó la depresión norteamericana en su novela Las uvas de la ira.

CRISTINA SÁNCHEZ-ANDRADE

Si le preguntáramos a cualquier lector medio sobre John Steinbek, lo más probable es que lo primero que se le venga a la cabeza es un camión desvencijado cargado de gente y de colchones viejos, viajando por una carretera polvorienta de Estados Unidos, o el rostro de un jovencísimo Henry Fonda en una película, con resonancias bíblicas, dirigida por John Ford en 1940. Cuando John Steinbeck (California, 1902-1968) escribió Las uvas de la ira, para muchos su mejor novela, centrada en la Gran Depresión Económica de Los Estados Unidos, tenía 35 años y seguía casado con su primera esposa. Las fotos de esa época muestran a un hombre atractivo, de ojos claros y piel curtida, con una sonrisa socarrona con la que parece situarse por encima de todos y de todo, un hombre que a pesar de su juventud, parece haber vivido intensamente. Y así fue; de hecho, ese camión desvencijado con los neumáticos parcheados, del que suben y bajan los protagonistas de esta novela llevada al cine, parece constituirse en el símbolo de su trayectoria vital. Steinbeck fue claramente un escritor viajero pero, ¿qué encontró realmente en estos viajes? O dicho de otra manera, ¿qué es lo que buscaba?
Oriundo de Salinas (California) vivió de cerca la difícil situación que atravesaban los trabajadores de estas tierras, llamados despectivamente los “okies”. Con motivo de la publicación en el San Francisco News de una serie de siete artículos sobre el tema (espléndido documento periodístico que constituye el precedente de Las uvas de la ira), hizo cuatro viajes al oeste, se relacionó con la gente de la zona y trabó amistades. Se fijó en cómo hablaban los granjeros, en sus reacciones, y había visto a la gente sufrir y morirse en las cunetas, literalmente de hambre.
Si la familia de los Joads recorre los caminos convencida de que encontraría la Tierra de Leche y Miel de la que habían oído hablar en los sermones de las iglesias, él lo hizo buscando la “capacidad del ser humano para la grandeza de corazón (...)”, como reconoció en su discurso de aceptación del premio Nobel de Literatura, en 1962.
El resto de sus novelas también son fiel reflejo de este empeño. Poco después de obtener el Premio Pulitzer por Las uvas de la Ira, emprendió una travesía en un barco sardinero alrededor del Golfo de California con su amigo el biólogo marino Ed Ricketts, para recoger especímenes biológicos, experiencia de la que surgiría el libro Por el mar de Cortés. Cuando estalló la segunda guerra mundial, Steinbeck fue corresponsal de guerra. Unos años después, hizo amistad con el fotógrafo Robert Capa, con quien recorrió la Unión Soviética. Y en los años 60, todavía tuvo energías para cubrir la guerra de Vietnam, guerra que defendió como “empresa heroica”, granjeándose desde entonces la enemistad de la izquierda que siempre lo había considerado uno de los suyos.
En uno de sus últimos libros, Viajes con Charley reaparece de nuevo la figura del camión que recorre los caminos polvorientos. Se trata de la crónica del viaje que hizo por los Estados Unidos, en 1960, en furgoneta, sin más compañía que su perro Charley. Pero por entonces, las cosas habían cambiado mucho. Obsesionado por la decadencia moral de las gentes, en aquel viaje constató que su país se había vuelto irreconocible. Ocho años después, murió de un ataque al corazón en su casa de Long Island. En su funeral, Henry Fonda, uno de los pocos amigos que le quedaban, leyó el discurso final de Tom Joad en Las uvas de la ira.