SUSANA FORTES

"La vida es la leyenda que uno se forja"

Guillermo Busutil / Ricardo Martín

Entrevista de GUILLERMO BUSUTIL

En enero de 2008 fue encontrada en México una maleta, perdida durante setenta años, con más de tres mil fotografías inéditas de Robert Capa, David Seymour y Gerda Taro. Entre ellas estaba la imagen en blanco y negro de la joven fotógrafo desmadejada en sueños, en una estrecha cama y con el pijama de Capa. Susana Fortes (Pontevedra 1959) supo enseguida que esa instantánea de la memoria era uno de esos misteriosos fogonazos espontáneos que inspiran una novela, Esperando a Robert Capa, ganadora del Premio Fernando Lara 2009 y publicada por Planeta. Una historia con estilo periodístico a la que preceden otros títulos de la autora como Querido Corto Maltés (Premio Nuevos Narradores 1994), Fronteras de Arena (Finalista del Primavera 2001), El amante albanés (Finalista del Premio Planeta 2003) y Quattrocento (2007).

Su novela es la recreación de la vida de Gerda Taro y de su relación con Robert Capa, a raíz de esa fotografía.


Las buenas historias nunca se inventan, son el hallazgo de algo que siempre ha estado ahí. En mi caso siempre hay una imagen que me incita a escribir una novela, es mi marca del zorro. Yo quería, a partir de la foto suya con el pijama de Capa, dormida y tan vulnerable, escribir una historia emocional, mirar una época, hacerle un homenaje al periodismo, con tan mala prensa actualmente, y en especial a Gerda Taro. Ella fue una pionera en un campo de batalla de hombres, la primera mujer reportera muerta en una guerra. Con esta novela pretendo que su existencia resulte próxima, que su vida no pase como si no hubiese existido. Gerda Taro y Capa crearon un molde de mito romántico y de cinismo filosófico que luego siguieron muchos fotógrafos de guerra. Los dos vivieron la existencia que habían elegido y son el ejemplo de que la vida es la leyenda que uno se forja.

Taro inventó a Capa y amó a André Friedman. ¿Fue ella víctima de ambos?


La verdad es que no sé quién sería la víctima de los dos. Ella, que era un lince para los números, tuvo la idea de crear el sello de Capa para darle una identidad a Friedman y para ganar más dinero. Al principio, en el París de 1935, los dos publicaron sus fotografías con esa firma pero poco a poco Capa, más vehemente y vanidoso, se creyó demasiado la figura inventada por ella y esto provocó que se distanciasen. Es en España donde Taro se siente ninguneada, a pesar de que él está muy colgado de ella y sigue viendo la vida a través de sus ojos, y busca su propio espacio. No quiere dejarse comer por Capa porque es una mujer que no cede en el amor, en la fotografía ni en la guerra, y que quiere ser reconocida. Esto, junto al riesgo del conflicto que cubren y a la juventud de los dos, hace que su relación se tense, que sea más moderna y más trágica, que sea más rica y distinta a cualquier historia de amor que podamos imaginar.

En la novela cita otras parejas que fueron competitivas en su mismo oficio: Man Ray y Lee Miller, Hemingway y Marta Gelhorn. ¿Cree que ellas no fueron reconocidas hasta que ellos murieron?


Esos años del París de las vanguardias fueron el comienzo de una época nueva y estas mujeres estaban rompiendo moldes al buscar su propio territorio, su propia manera de expresar su talento y de participar en las vanguardias. Gerda Taro tenía la sensación de que el mundo era un torbellino que la empujaba a tomar las cosas como le venían, como los nuevos aires del arte, de la liberación social, de la fotografía que le enseñó Capa. En ella convivían dos mujeres, la dura y la valiente junto con la frívola y seductora a la que le gustaba el champán, imitar a Greta Garbo y jugar con los nombres. Esa dualidad la hacía más fascinante, pese a no ser una mujer guapa. Ella decía que la manera de mirar, de enfocar, era la manera de pensar. Sus fotos eran distintas a las de Capa, amarraba mucho más el encuadre, la composición, la técnica, mientras que él era más espontáneo, casi veía venir las imágenes por el aire. Gerda Taro hubiese sido tan reconocida como Capa si le hubiese dado tiempo y no hubiese muerto al principio de su carrera, con veinte años tan sólo.

Los dos acudieron a luchar a favor de la República. Una guerra que fue el final de la juventud de Europa y la primera en ser contada en 35 milímetros.


Ella lo cuenta en su diario. Después de los años festivos y de creatividad de la orilla izquierda del Sena, muchos de aquellos intelectuales y artistas vienen a defender y a tomar partido por un país que interiorizan. España es para ellos un estado de ánimo y la guerra civil es la última guerra romántica que por vez primera se fotografió a diario. Como dijo Capa “una causa sin imágenes es una causa perdida”. Por eso Gerda Taro y Capa, que ya conocía el país por el que sentía una especial predilección, se implicaron tanto. Ella, que hizo una gran amistad con Maria Teresa León y Alberti, era capaz de coger un fusil Mauser y asumir por instinto y con coraje el mando de una guarnición militar para evitar una desbandada y de estar en la primera línea con su cámara.

En la novela habla de las fotografía del miliciano abatido en Cerro Muriano, de la niña vietnamita que corre quemada por el napalm, de la ejecución del prisionero del Vietcong. Fotografías que persiguen a sus autores como fantasmas.


El fotógrafo dispara y punto, no sabe que esa foto va a inmortalizarlo. Todos tienen una foto maldita que les da la fama y que también los destruye. En la famosa fotografía del miliciano abatido por un disparo, creo que hubo una puesta en escena, sabiendo como era Capa, aunque también es verdad que dos minutos antes esa escena era real. Es verdad que no es una fotografía como las desenfocadas que el tomó del desembarco de Normandía, pero también se sabe que muchos fotógrafos, como Agustín Centelles que también estuvo en el frente, solían componer sus fotografías. Hasta que no aparezcan los negativos continuará la polémica, pero lo importante es que esa foto acabó siendo verdad y no deja de ser un símbolo. Puede que todo esto le generase a Capa una mala onda con esa imagen.

Al morir Gerda Taro, su familia culpabilizó a un Capa que también se sentía responsable.


Esto lo cuenta muy bien Cartier-Bre­sson. La familia de Gerda estaba muy unida, sus hermanos la adoraban y todos pensaban que él, que le había enseñado fotografía, la dejó tirada. Esto no es verdad. Gerda iba a macharse al día siguiente, tenía comprada una botella de champán para la despedida y había quedado en reunirse con Capa en París. A él, cuando se entera de la muerte, se le hunde el mundo, se le hace de noche. A esa edad, los dos eran muy jóvenes e inconscientes, se piensa que la muerte no te toca, que es algo que sólo le pasa a los demás. Por esa razón él se dejó culpabilizar por la familia y nunca se repuso de la pérdida de Gerda.

En una parte de la novela define a la protagonista como una chica que imagina ser hija de un pirata, lectora de Dumas y de John Reed. Ingredientes que suele citar cuando habla de su infancia, de su usted misma.


Es cierto que existen paralelismos. Ella era de la Galicia oriental y yo soy gallega, su familia era judía y en la mía hay ascendentes judíos. Ella era una lectora compulsiva y se sentía fascinada por la aventura y por personajes rebeldes, al igual que yo. Esta empatía me resultó muy provechosa para crearle una personalidad al personaje.

FOTÓGRAFOS DE INFANTERÍA

Susana Fortes se mueve a la perfección en el género de aventuras. Le gusta fabular y lo hace con maestría los avatares, las hazañas y dramas de esos personajes –reales o ficticios– cuyas vidas fueron un permanente desafío del peligro y un canto a la libertad. Debutó en la novela con Corto Maltés y en su último libro rescata el mito de Robert Capa.

El Fotógrafo inventado por su pareja, Gerda Taro. Dos jóvenes judíos que huyeron del nazismo, que se inventaron a sí mismos a pie de la rive gauche del Paris bohemio y a pie de la guerra de España donde entablaron relación con Alberti, con María Teresa León. Susana Fortes conoce bien al personaje del pionero del fotoperiodismo pero le atrae más la figura poliédrica de Gerda Taro por su audacia, por su modernidad, por sus contradicciones y por su muerte. Ella es la auténtica protagonista de esta historia envolvente que reconstruye con pulso de crónica periodística y de documental narrativo, aderezada por el tono épico de los relatos de aventuras. La autora valenciana utiliza estos recursos limpiamente, sin trucos, obviando el lastre sentimental, para centrarse en la recreación de la intimidad emocional, psicológica y humana de la pareja que simbolizó el heroísmo romántico de una época, una manera de entender la identidad, el compromiso, el drama.


La novela, en la que también sobresale la capacidad de Fortes para dotar de credibilidad la atmósfera sus historias, bastante cinematográfica en este caso, no busca endiosar a sus personajes, sino que los muestra en su vulnerabilidad haciéndolos más reales, más cercanos, con sus sombras, sus cicatrices, su aportación al mundo y a la labor de esos fotógrafos de infantería que narraron en imágenes la acción de la guerra y el descanso de la batalla, compitiendo por retratar el drama y con sus propios demonios interiores.