FERNANDO TRUEBA

“Hago películas al margen de su origen. Las historias me las encuentro”.

Eduardo Moyano / Ricardo Martín

Entrevista de EDUARDO MOYANO

Una puerta casi escondida, un pasillo, hasta desembocar en un patio ajardinado. Cuando llegamos a casa de Fernando Trueba interrumpimos una reunión familiar en la que vislumbramos a sus hermanos David, cineasta y flamante Premio Nacional de la Crítica por su novela Saber perder, y Javier, director de innumerables producciones científicas y divulgativas. Son tres de los ocho hermanos de una familia madrileña que, sin hacer mucho ruido, ocupa un lugar destacado en la cultura de este país.
No vemos el oscar que consiguió por Belle époque, que seguro estará en algún lugar destacado de una casa que adquirió hace más de veinte años, cuando estrenó El año de las luces. Ahora, Fernando está próximo a estrenar su última película como director, El baile de la victoria, basada en la novela del mismo titulo de Antonio Skármeta. Ambos se conocieron hace unos años en el Festival de San Sebastián y descubrieron que compartían gustos cinematográficos como Truffaut, o musicales como el jazz. Después nació la película.

El baile de la victoria, que ganó el premio Planeta en 2003, cuenta la historia de dos hombres, un joven imaginativo y un irónico y conocido ladrón que acaban de salir de la cárcel. Mientras preparan un gran golpe, conocen a una joven bailarina que se une a ellos en Santiago de Chile. Le atrajo tanto la historia que enseguida quiso trasladarla a la pantalla.


Sí. Cuando la leí se me llenó la cabeza de cine. Yo soy muy lector, me gusta mucho la literatura pero nunca leo buscando historias para películas. He hecho de todo, guiones originales y adaptaciones pero nunca he buscado una historia ni en la vida ni en la literatura. Las historias me las encuentro. Cuando leí El baile de la victoria, me sentí atraído por los personajes, el clima y los cambios de tono que había en la novela. Se pasaba del humor al drama, y hay momentos de un cierto romanticismo y de una marcada sensualidad. Todos estos elementos me sugirieron un tipo de película que es la que he intentado trasladar a la pantalla.

Volviendo a El baile de la victoria, ¿cómo ha sido su trabajo con Skármeta, se ha sentido presionado por el autor de la obra literaria?


No, en absoluto. Antonio trabajó en una de las etapas del guión. Jonás, mi hijo, que es el coguionista, y yo elaboramos varios libretos. Posteriormente viajé a Chile y le di una vuelta con Antonio para evitar modismos castellanos o madrileños, y conseguir que los diálogos tuvieran sabor chileno. Después otra vez en Madrid, Jonás y yo lo reescribimos definitivamente. Tenía ganas de escribir con mi hijo y creo que la diferencia de edad de los dos personajes principales era una buena manera de iniciarnos, de contrastar nuestros pareceres.

Le hacía esta pregunta porque Skármeta, además de novelista, ha sido guionista y director de varias películas, entre ellas Ardiente paciencia que es la antesala de El cartero…, y pensaba que quizá podía haber estado muy encima de la adaptación.


No, al contrario. La película es en cierta manera muy fiel a la novela, sobre todo con los dos personajes masculinos. Yo veo al personaje maduro, Vergara Grey, que interpreta Ricardo Darín, como un personaje de película negra, más a la europea que a la americana. Un poco como esos papeles que hacía Lino Ventura en películas como Classe tous risques. En cuanto al personaje de Angel Santiago, tengo que decir que Abel Ayala, el actor chileno que lo interpreta, ha sido uno de los grandes hallazgos de la película. Dota al personaje de verdad y de poesía, y al mismo tiempo consigue darle dimensión trágica. Y Miranda Bodenhofer, que interpreta a Victoria, representa uno de los grandes cambios del guión respecto a la novela. Victoria, que en el libro de Skármeta habla por los codos, en la película es muda. Es un personaje casi de Dickens, en el Chile de hace unos años, de la vuelta a la democracia. La película no es que tenga fecha, pero si hay algo que identifica el tiempo en que transcurre es la presencia de una hija de desaparecidos, o el momento en que Pinochet regresa a Santiago desde Londres después de ser retenido por la policía británica tras el auto de procesamiento interpuesto por el juez Garzón en 2000.

Hay otro elemento en El baile de la victoria, que juega un papel protagónico: Santiago de Chile, la capital chilena.


Sí. Es muy curioso que siendo una novela muy poco realista, está llena de referencias a calles, esquinas o bares de la ciudad. Entonces yo quise mantener esa fábula pero que estaba en una geografía identificada y real. Me ofrecieron rodar en otros lugares más desarrollados cinematográficamente pero quise ser fiel al espíritu del libro, y por ese motivo rodé en Santiago. Además, Santiago era un aliciente para mí porque es un territorio menos conocido cinematográficamente que otras ciudades.

En su filmografía también hay comedias, documentales, musicales, o thrillers como El sueño del mono loco.


Yo soy responsable de todas las películas que he hecho para bien o para mal. Suelo decir que soy tan vago que soy incapaz de embarcarme en una película que vaya a suponer mínimo, un año de trabajo, si no es que estoy absolutamente apasionado por la historia. Si he hecho una u otra película es porque estaba convencido de la historia que quería contar.

¿Y cuando trabajaba con Rafael Azcona, a quién considera uno de los más grandes escritores españoles del siglo XX?


Trabajar con Rafael Azcona era gloria bendita. Por la cara de felicidad que me veían al salir de casa siempre sabían que me iba a trabajar o a comer con Rafael. Y le considero un grande de la literatura porque para mí el cine es un género literario al mismo nivel que el teatro, la poesía, la narrativa o el ensayo.

De cualquier manera no ha habido siempre una buena comunión entre cine y narrativa…


Es verdad que el cine ha rebajado obras literarias y las ha convertido en algo más pequeño pero también ha adaptado literatura menor y la ha convertido en gran arte. Muchas de las novelas de hoy que reciben grandes críticas yo las pondría al lado de las buenas novelas del género negro y no resisten la comparación. Hay mejor literatura, más talento narrativo, más conocimiento de la naturaleza humana en muchas de esas novelas negras que en alguna falsa literatura actual.
Hay algunos prestigios literarios actuales que no me los creo ni me los creeré.

Si cualquiera de las personas que estén leyendo esta entrevista cogiera ahora mismo su diccionario de cine, sabría quienes son los cineastas que admira y las películas que de alguna manera han marcado su vida. Entre ellos estaba Billy Wilder, grandísimo guionista y grandísimo director, que tampoco tuvo problemas en adaptar algunas obras como La tentación vive arriba, pieza teatral de George Axelrod. Éste, el día que se iniciaba el rodaje llegó con su obra diciendo: “Mira la he traído por si sirve para algo, y Billy Wider, dijo “si trae que nos sirve para calzar la puerta”.


Bueno aquello fue una anécdota. Billy Wilder era muy considerado, no maltrataba a la gente, al contrario, y George Axelrod contó que aprendió escribiendo con él, más que nunca en su vida. Curiosamente es una de las películas más flojas de Billy Wilder, lo que pasa es que tenemos en la memoria colectiva algunas escenas como aquella de Marilyn con la falda revoloteando. De hecho es una de las películas que no le importaría no haber hecho. En una ocasión hablando con él me dijo: he hecho todas las películas que he querido y no lamento haber hecho seis más. Lo que lamento es no haber hecho seis menos y me enumeró aparte de La tentación, El vals del emperador, El espiritu de San Luis, Seven to dirch,boodie,boodie y Fedora.

Entre los grandes mitos del cine de Trueba encontramos a Buster Keaton, Chaplin, Woo­dy Allen, Hitchcock, y, por supuesto, François Truffaut. ¿Qué representa Truffaut para Trueba?


Yo lo veía como una especie de hermano mayor. Ese hermano que te descubre cosas, que te abre los ojos, que te hace ver una película o leer un libro de una determinada manera. Además era un gran divulgador, un gran profesor un gran descubridor de cosas que tenía una manera de mirar la vida que era muy honrada, muy original, que no se atenía a modas, y que aunque se equivocara, no seguía el dictado de nadie. Creo que Truffaut era un punto de referencia para muchos directores, incluso para algunos de su generación como Polansky, Forman, Pollack y el mismo Spielberg que veían en él una especie de autoridad estética.

Truffaut hace grandes las pequeñas historias ¿Pero hay alguna característica especial en su obra cinematográfica?


Su cine oscilaba entre algo muy personal, en primera persona, y un cine, digamos, de novela del siglo XIX, unas películas que veo como si estuviera leyendo a un clásico como Balzac. Podías ver Los cuatrocientos golpes y Las dos inglesas y el amor respondiendo a esas premisas y en medio una película como Dispara sobre el pianista en la que coincidimos Skármeta y yo en nuestra primera conversación. Yo la puse como referencia para hacer El baile de la victoria, y él me dijo que era una de sus películas favoritas. Hay comedia, drama, cine romántico. No es que hubiera que hacer una película como aquella pero si una película que respirara la misma libertad.

La antítesis de Truffaut para Trueba es Jean Luc Godard.


Es el gran inventor del tipo que hace cine para la criticos. ¿Sabes?, es perfecto. A los críticos les da el material para que trabajen su obra, no el material para el disfrute del espectador. Sus películas tienen una especie de pseudoanálisis y planteamientos pseudointelectuales. Es el perfecto idiota que hace el cine idiota para una época idiota. Ha despreciado a los espectadores y no ha hecho ni un plano para hacerte feliz.

Y eso lo dice una persona que ama el cine sobre todo. Entrar en la sala oscura, la pantalla, la linterna del acomodador, incluso, en ocasiones las palomitas. A Fernando Trueba le gustaba ir al cine por el mero hecho de sentarse en la sala. Lo que pasa, Fernando, es que esa comunión se está perdiendo.


Ha habido una mutación y veremos como acaba. Creo que el cine al final se va a trasladar a las casas. El home cinema que nos permite tener una mini sala en casa con las condiciones de calidad que nos permiten los nuevos tiempos. Hemos crecido amando el cine en las peores condiciones: copias rotas, rayadas, con los finales de rollo cortados, con pésimo sonido, hemos visto una porquería y aún así, aprendimos a amarlo e incluso algunos a hacer de ello nuestra vida. Lo que si voy a echar de menos es ver una comedia en un cine con mil personas y compartir sus risas. Lo he visto en la Filmoteca o cuando se reestrenaban, en cines llenos, las películas de Keaton, de Chaplin, las de los hermanos Marx. Esa comunión de mil carcajadas sonando al unísono es algo que no se si volveré a sentirlo alguna otra vez en mi vida, algo que pude experimentar cuando estrené mi primera película Opera prima y fue una experiencia maravillosa.

LA ARDIENTE PACIENCIA DE ANTONIO SKÁRMETA


Fernando Trueba tuvo un recibimiento inesperado. El autor de El baile de la victoria le esperaba en el aeropuerto de Santiago de Chile. Eran poco más de las seis de la mañana y allí estaba Antonio Skármeta. Lo que no resulta muy habitual es que el autor de la novela espere al director que va a adaptarla al cine. Pero Skármeta estaba deseando comenzar, eso sí, sin agobios, y tras preguntar al cineasta madrileño si estaba cansado y encontrar una respuesta negativa, le llevó al Club Hípico para que conociera a uno de los protagonistas de la película.


Se trataba de Milton, un caballo negro que no podía faltar en la novela en que Skármeta pasea nuevamente por las calles de Santiago, por ese centro de la ciudad que tiene una especial atracción para él, porque es el centro de su juventud que le fue hurtado durante muchos años, cuando el golpe del general Pinochet le sorprendió en Estados Unidos, donde era profesor de Literatura.


Las carreras de caballos apasionan a Skármeta tanto o más que su ciudad, Santiago de Chile que cobra vida propia en El baile de la victoria, y de alguna forma está presente de su literatura.


La narrativa de Skármeta se lee a ritmo de jazz, esa música que tanto le apasiona. Hay música y hay poesía y también humor e ironía. Son historias a los que no son ajenas la palabra melancolía, y en la que sus personajes, que forman parte de la vida cotidiana, pueden aparecer en cualquier parte o en cualquier lugar.


Durante su largo exilio en la República Federal Alemana, Antonio Skármeta miró para atrás desde el presente. Tanto en su narrativa como en sus películas como director o guionista hay una presencia permanente de Chile, de los exiliados, de la imposibilidad del regreso como se aprecia en sus cuentos “Tiro libre” o en sus novelas Soñé que la nieve ardía, No pasó nada o Ardiente paciencia. Ésta última parte de un guión radiofónico realizado en Alemania que después dio origen a una novela, una obra teatral y una película. Una primera cinta que, en España se estrenó en 1983, en el transcurso el festival de cine iberoamericano de Huelva, llevándose todos los premios y que posteriormente dirigió Michael Radford,en una nueva versión que se tituló El cartero y Pablo Neruda, y que fue un fenómeno internacional.


Ardiente paciencia reúne los principales elementos de la literatura de Skármeta. Los personajes populares, la historia de amistad entre el cartero y Neruda, el amor y el deseo por Beatriz; la literatura, muy en particular la poesía; la resistencia del pueblo chileno; Neruda cómo símbolo de libertad.


Es ardiente y al mismo tiempo paciente la situación de los protagonistas de esta novela cuyo titulo responde a un poema de Rimbaud al que Neruda hizo alusión cuando recibió el Nóbel: “y cuando llegue la aurora, armados de una ardiente paciencia, entremos en las espléndidas ciudades”.


Skármeta volvió a entrar en Santiago, donde sigue inventando historias que a veces le llevan a buscar sus raíces emigrantes (La boda del poeta, La chica del trombón) o recuperar las calles, las plazas, los parques, los hipódromos, los bares de esa ciudad perdida de su juventud (El baile de la victoria).


Hay ardiente paciencia en la vida y en la literatura de este escritor y cineasta que a veces es Neruda y otras el cartero, o el joven Angel Santiago o el maduro Vergara Grey, personajes centrales de El baile de la victoria.