NARRATIVA

B. Traven, Julio Cortázar, Sloan Wilson, Mauricio Wiesenthal, Günther Grass, Lobo Antunes.

 

LECTURAS NARRATIVA

 

EN BUSCA DEL TESORO

LUIS ALBERTO DE CUENCA

El tesoro de la tierra madre
B.Traven
Acantilado
Precio: 22 €
Páginas: 352


Caramba con Traven. Lo único que sabemos con certeza de él es que murió en México el 26 de marzo de 1969. Él decía que había nacido en Chicago, Illinois, en 1890, pero vaya usted a saber si era verdad. Hay quien dice, con bastantes visos de ser cierto, que vino al mundo en algún lugar de Alemania y en 1882 (el 25 de febrero, para ser exactos). Sabemos, sí, con seguridad que su novela El tesoro de Sierra Madre fue publicada por primera vez en 1927, tres años después de que su autor se estableciera en México, su país de adopción. En el Distrito Federal, y teniendo en cuenta que su ideología era abiertamente izquierdista, frecuentó el círculo en que se movían los fotógrafos comunistas Tina Modotti y Edward Weston, la indescriptible pareja formada por Diego Rivera y Frida Kahlo y gente por el estilo. Esperanza López Mateos, hermana del presidente mexicano Adolfo López Mateos y prima del director cinematográfico Gabriel Figueroa, tradujo a Traven al español, publicándose en 1971 unas Obras escogidas del misterioso escritor en dos volúmenes mexicanos en papel biblia (Aguilar). Figuraba también como co-traductora de esos tomos Rosa Elena Luján, esposa de Traven desde 1957 y heredera universal de sus derechos de autor.

El hecho es que a Traven, como a J. D. Salinger, no le gustaba nada eso de aparecer en la fotografía que suele figurar en la solapa o en la contracubierta de los libros, de modo que decidió convertir su existencia en un arcano, juzgando que el autor no debe interferir en la vida de sus creaciones literarias, y que éstas deben ser autónomas e independientes por encima de todo. Eso huele a maquiavélica operación de marketing, pero también a manía personal que debe ser respetada. En El barco de los muertos, de próxima aparición en Acantilado, dejó escrito el escurridizo Traven: “¿Cuál es mi patria? Aquel lugar en el que estoy y en el que nadie quiere saber quién soy, ni qué estoy haciendo, ni de dónde soy: ésa es mi verdadera patria.” En fin, el tipo de sandeces que contribuyen a forjar una leyenda.

El tesoro de Sierra Madre es una novela magnífica. Todos nos acordamos de la película homónima de John Huston (1948), en la que Humphrey Bogart encarnaba a Fred Dobbs, uno de sus tres protagonistas. Pero el conocimiento del film no exime del de la novela, pues ésta constituye un relato brioso y palpitante como ha habido pocos en la narrativa del siglo pasado, y la tensión extrema a que Traven somete a sus personajes se transmite al lector en oleadas de frescura expresiva no exenta de verdad, de esa verdad con que se guisan los mitos literarios de siempre. La búsqueda del oro, ese grial de nuestro tiempo (o quizá de todos los tiempos), en una mina de Sierra Madre a la que hay que arrancar su (relativa) riqueza a base de sudor y de esfuerzo, hará que Dobbs, Curtin y Howard “entreveren los impulsos más viles y mezquinos con los arrebatos más nobles, en mezcolanza indisociable” (Juan Manuel de Prada scripsit). De las miserias y grandezas que se dan cita en cada uno de nosotros cuando las circunstancias biográficas se hacen insostenibles –o sea, casi siempre– nos habla esta soberbia novela de B. Traven, en la que no falta, por desgracia, algún detalle de manido y trivial progresismo a cuenta de episodios históricos tan controvertidos y complejos como la rebelión de los cristeros, a los que nuestro autor considera, erróneamente, meros bandidos que asesinan al grito de “¡Viva Cristo Rey!”.

CUENTOS DE PELÍCULA

IGNACIO F. GARMENDÍA

El perseguidor y otros cuentos de cine
Julio Cortázar
RBA
Precio: 16 €
Páginas: 176


Un simple rastreo por internet permite comprobar que han sido numerosas las versiones cinematográficas inspiradas en los extraordinarios relatos de Julio Cortázar, uno de los grandes maestros del género en lengua española. Dejando fuera las adaptaciones al teatro, los cortos y los espectáculos musicales, pueden contabilizarse más de una docena de largometrajes cuyos guiones parten de las narraciones del argentino, entre ellos los muy tempranos de su compatriota Manuel Antín, que rodó tres versiones de los cuentos de Cortázar a comienzos de los sesenta: La cifra impar (1962, basada en “Cartas de mamá”), Circe (1963, basada en el relato homónimo, con la participación del propio Cortázar en el guión) e Intimidad de los parques (1964, basada en “Continuidad de los parques” y “El ídolo de las Cícladas”).

El volumen ahora titulado El perseguidor y otros cuentos de cine no es sino la reedición del antes llamado Cuentos de película, publicado por la misma editorial hace sólo un par de años. Como entonces, el libro incluye cuatro relatos de Cortázar: “Los buenos servicios”, “Las babas del diablo”, “El perseguidor” (los tres incluidos en Las armas secretas, 1959) y “La autopista del sur” (Todos los fuegos el fuego, 1966). El primero de ellos inspiró Monsieur Bébé (1974) de Claude Chabrol, primera entrega de una serie de Histoires insolites que constaba de doce episodios y fue emitida por la televisión francesa a mediados de los setenta. El segundo fue adaptado por Michelangelo Antonioni en su célebre y controvertida Blow up (1966), juzgada por algunos una obra maestra y por otros un encantador disparate de época. El tercero, que ha sido considerado uno de los mejores relatos de Cortázar y de la literatura en español del siglo XX, dicen los editores que “comparte núcleo argumental” con la excelente Bird (1988) de Clint Eastwood, aunque no consta que el cineasta norteamericano tuviera en cuenta el relato de Cortázar a la hora de rodar su película. El cuarto, en fin, inspiró en parte la desconcertante Week-end (1967) de Jean-Luc Godard y asimismo El gran atasco (1978) de Luigi Comencini.

Los cuentos, desde luego, son maravillosos. Es un placer leerlos o releerlos, ahora que el antaño gigantesco ascendiente de Cortázar se ha visto algo disminuido, para comprobar por qué el narrador argentino marcó toda una época. La extraña peripecia de una mujer que es contratada para cuidar de unos perros durante una fiesta y luego como figurante en el entierro de uno de los invitados, el fantástico hallazgo de un fotógrafo que descubre o imagina cómo las figuras apresadas en una fotografía cobran vida amenazante, la decadencia y muerte del más grande saxofonista –trasunto de Charlie Parker– contadas por un testigo de sus postrimerías, las vidas entrelazadas de los automovilistas en un embotellamiento que se prolonga por espacio de varios días… Historias ya clásicas de un autor ineludible.

Siempre será oportuno divulgar los relatos del autor de “Casa tomada” entre los lectores menos familiarizados con su obra, pero no está muy clara la necesidad de un volumen que ni comprende todas las historias de Cortázar que han sido llevadas al cine ni ofrece nada más que los propios relatos, cuando la comparación de los originales y las adaptaciones –los citados filmes de Chabrol y Antonioni, que son los más directamente deudores de las ficciones del argentino, amplían o trascienden la trama concebida por éste– podría ofrecer valiosas reflexiones tanto al lector como al espectador. Lo cierto es que el libro no pasa de ser, pese a la indudable calidad de los relatos elegidos, una brevísima antología, demasiado sabida para los devotos de Cortázar y acaso insuficiente para los afortunados que tienen pendiente su lectura.

BLANCO SOBRE NEGRO

JESÚS MARTÍNEZ GÓMEZ

El hombre del traje gris
Sloan Wilson
Libros del Asteroide
Precio: 21,95 €
Páginas: 375


En no pocas ocasiones, la industria editorial resucita ciertas obras cuyo apacible descanso debiera ser, en verdad, eterno y no perturbarse jamás, pero de vez en cuando aparece alguna que vivifica el presente, recordándonos algunos de los más elementales mandamientos narrativos y arrojando una fresca bocanada de la mejor literatura. Es el caso de El hombre del traje gris, de Sloan Wilson (1920-2003), que ya desde su publicación en 1955, lograría atraer un enorme interés que no ha dejado de crecer, al describir con exacta precisión la angustia de una juventud, aturdida aún por el horror de la guerra y las sombras del pasado, y enfrentada a un futuro incierto e inescrutable. Quizás, por ello, transcendiera con tal rapidez los márgenes de la literatura y provocara un alud de interpretaciones tan diversas, incluyendo la adaptación cinematográfica dirigida por N. Johnson e interpretada por G. Peck .

Y es que Tom Rath, el protagonista, el hombre del traje gris, refleja como nadie a esa clase media alta de los cincuenta que dormita en las afueras de las grandes urbes y cada día toma el mismo tren, cumple su horario y vuelve a la calidez del hogar, donde le aguarda su familia. Pero tras esa máscara de superficialidad, se esconde una historia llena de aristas, de vivencias intensas y reveladoras, la de un esposo y padre de familia que dejará a los suyos para luchar como soldado en Europa, sin saber si amanecerá, o dónde lo hará, cada jornada. Y un hombre que, convertido ya en héroe de guerra, cargará con el negro sobrepeso de las bajas causadas y una corta e intensa relación sentimental en Roma, de la que nacerá un hijo al que no llegará a conocer. Al regresar a casa, Tom cubrirá con un espeso silencio ese período, retomando una vida presidida por la falta de ambición y una rutina adormecedora, que se romperá al querer progresar con un nuevo trabajo y aparecer un antiguo compañero de armas, conocedor de lo sucedido, y al exigirle su esposa, Betsy, una vuelta a la autenticidad y sinceridad olvidadas por el camino.

Sobre el rumbo que adquiere la historia y su desenlace, es obvio que no vamos a adelantar nada, pero sí sobre la habilidad con la que Wilson hace avanzar la trama, sin sobresaltos y de forma contenida, dejando crecer a los personajes y haciendo del lector un avezado espectador del drama humano que siempre acomete a cualquier sociedad sacudida por un conflicto bélico de esa magnitud. A ello deberíamos sumarle la eficaz disposición narrativa, la sencillez y naturalidad en el manejo del diálogo, y la capacidad del autor para ahondar de manera genial bajo la piel de una sociedad herida, hurgando sin esfuerzo aparente en sus demonios más íntimos.

Por todo lo cual, esta obra calificada por J. Franzen en un espléndido prólogo como “una suerte de consigna del conformismo de los años cincuenta” en su primera mitad, es un claro anuncio, en la segunda, de esa nueva sensibilidad, de esa tranquila rebelión que en los sesenta exigirá cambios y acción, constituyendo, sin duda, una dosis extra de nostalgia, una exaltación de los valores que más y mejor identifican el modo de vida americano, y una apuesta sin dobleces por los finales dorados. Al cabo, Tom Rath, no es sino la encarnación de ese hombre del traje gris que todos llevamos dentro, educado y exquisito por fuera, airado y emotivo, por dentro, al que el propio Wilson, en el epílogo que acompaña esta edición, confiesa alegrarse de haberle concedido algunos triunfos instantáneos. Porque no nos engañemos. Cambian los tiempos, pero no las emociones y los sentimientos. Quizá, por ello, se lea con esa rara sensación de actualidad y esté considerada esta novela generacional como una obra maestra de la narrativa norteamericana contemporánea.

UN HUMANISTA EUROPEO

EVA DÍAZ PÉREZ

Luz de Vísperas
Mauricio Wiesenthal
Edhasa
Precio: 34,50 €
Páginas: 1.134


Si en este país no se confundiera literatura con éxito editorial, los buenos libros tendrían su espacio en las librerías y en los medios. Pero aquí la hojarasca suele eclipsar las joyas que de vez en cuando, y discretamente, aparecen entre las novedades. Ésta debe de ser la razón por la que Luz de vísperas, uno de los más interesantes libros publicados en España, ha pasado desapercibido, fascinando sólo a una camarilla de incondicionales que va aumentando día a día. Conozco a varios lectores que al descubrir algún libro de Mauricio Wiesenthal –Libro de réquiems, El esnobismo de las golondrinas o su novela última, Luz de vísperas– se han sorprendido por no haber tenido noticia antes de un autor tan completo.

Mauricio Wiesenthal (Bar­celona, 1943) nada tiene que ver con las modernas técnicas de propaganda y marketing que engatusan a lectores poco avisados y hacen que un libro ‘muera’ a las pocas semanas de haberse publicado. Con Luz de vísperas (Edhasa), Wiesenthal confirma que es un autor de raza, un escritor que entronca con los grandes del siglo XX y, precisamente, ese siglo atroz y fascinante es el eje argumental de este novelón –no sólo por su extensión, 1.134 páginas, sino por su ambición literaria– en el que narra la vida del escritor Gustav Mayer, un símbolo de la literatura de la Mitteleuropa.

Mayer podría ser el trasunto de muchos de los escritores del siglo, de esos autores que a fuerza de guerras, exilios y muerte convirtieron sus vidas en la más estremecedora de sus novelas. Incluso algunos de ellos aparecen como personajes literarios en el libro: Stefan Zweig, Thomas Mann, Rilke, Tolstoi o Romain Rolland.

La reivindicación de humanismo europeo que despliega Wiesenthal en Luz de vísperas es también un toque de advertencia, una reivindicación para esta época en la que Europa se está olvidando a sí misma, quizás embobada por lo nuevo, moderno y superficial que a veces tiene la cultura norteamericana.

Wiesenthal confiesa que durante toda su vida ha buscado el rastro de la Europa desaparecida, pero que él intuía escondida en los libros, en los óleos de los grandes museos, en las partituras estremecedoras y en rincones aún salvados del tiempo donde se podía intuir algo del pasado. Todo ese imaginario que aún palpita refugiado en alguna parte de nosotros.

Y como vivimos una época en la que quien se atreve a hacer algo ambicioso y culturalista tiene que explicarse, justificarse por no haber sido más frívolo, ligero y fácil de leer, habría que añadir que Luz de vísperas es una novela de agilísima lectura donde no falta la construcción narrativa animada por el suspense y una acción contenida. ¿Puede haber algo más atrayente que la historia de un personaje que vive las dos guerras mundiales, que conoce a los grandes de su siglo y que recorre las más importantes ciudades europeas? Pues eso es Luz de vísperas.

Pero además, la novela de Wiesenthal no se queda en el argumento atractivo. Por algo el autor admite que comenzó a escribirla en 1975 y a imaginarla mucho antes. Luz de vísperas es una novela de pensamiento, enraizada y nutrida por un gran conocimiento de la historia de las mentalidades, eso que deberían frecuentar más los narradores que se sumergen en pasajes del pasado para no caer así en las habituales fragilidades del género. El siglo XX recreado por Wiesenthal no es una impostura ni un decorado artificioso de cartón piedra. Es una historia verdadera nutrida de cultura vivida y leída.

NOTARIO DEL DESCONCIERTO

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

Algo que contarte
Hanif Kureishi
Anagrama
Precio: 21,50 €
Páginas: 496


Jamal Khan trabaja de psicoanalista, bucea en los secretos de los demás y es, sobre todo y ante todo, una persona que vive de escuchar las miserias ajenas. Sin embargo, Jamal Khan anda sobrado de miserias propias. Porque Jamal Khan toma viagra con vodka, asiste a orgías multitudinarias en lugares llamados Kama Sutra y frecuenta a putas que responden al propicio nombre de Diosa. Porque Jamal Khan está separado de su esposa Josephine aunque la sigue amando desesperadamente, con un miedo atroz a confesarse sus propios deseos y al hecho de que envejecer al lado de un cuerpo conocido quizá no sea la peor de las expectativas. Porque Jamal Khan tiene un hijo de doce años llamado Rafi con quien comparte la pasión por el Manchester United, el hip hop y las sudaderas con capucha, pero al que teme perder de un día para otro en las procelosas aguas de la adolescencia, allí donde los lenguajes de los padres y los hijos se separan como vinagre y aceite. Porque Jamal Khan lleva sobre su conciencia el asesinato de quien prometía ser su futuro suegro y es sabido que puede que nosotros hayamos roto con el pasado, pero el pasado no ha roto con nosotros, y esa es una certidumbre tan dolorosa como temible. Porque Jamal Khan cree seguir enamorado torpe y absurdamente de su primer amor, Ajita, que un día, tras la muerte del suegro in pectore, cogió sus bártulos, se fue a India y se evaporó en las nieblas de una maternidad indeseada. Porque Jamal Khan tiene una hermana con cinco hijos de hombres distintos que ahora, por un azar imposible de los relojes y la promiscuidad, se ha enamorado de su mejor amigo, un reputado director teatral que tiene tantas o más miserias ocultas que Jamal Khan, además de mucho dinero, un infarto en su historial médico y una mujer que colecciona dibujos de Ingres. Y porque así, y hasta la náusea, la vida de Jamal Khan se parece demasiado a un disparate o a un esperpento o a un sainete de mal gusto.

En un Londres conmovido por los atentados del 7 de julio del año 2005 y cautivo de las mentiras irresponsables de Tony Blair, uno de los chacales europeos del infausto George Walter Bush, a quien la Historia confunda, Jamal Khan y sus colegas de promoción, gente que se hizo adulta y afirmó sus fortunas durante los tiempos duros del thatcherismo, está descubriendo que la estación de llegada a los sueños de la edad madura apesta y está llena de mierda: el Partido Laborista es una sentina de vanidades, la gente se muere de cáncer y sida, charlar después de un concierto con Mick Jagger no alcanza para salvar la autoestima.

Algo que contarte, la última novela de Hanif Kureishi, lúcido notario del desconcierto en que Inglaterra lleva sumida desde la conversión del punk en ideología hasta el imperio hortera y siliconado que las Spice Girls representan, significa el testimonio de una generación hastiada, que ha flirteado con el lujo y la tragedia, y a la que el sexo se le presenta como la única alternativa para saberse viva y en paz, si no con el espíritu, al menos con el cuerpo. Menos inspirada que la extraordinaria Intimidad, tan diáfana y alocada como El buda de los suburbios, fresca y ágil como toda su literatura, quizá Algo que contarte no sea el mejor libro de Kureishi ni el más memorable, pero limpia, fija y da esplendor al sinsentido de un mundo que, a la conquista de la felicidad, se olvidó de que ésta no es un deber, sino un derecho, y de que el camino que conduce del triunfo al fracaso es corto, obscenamente corto.

LA RELIGIÓN DEL LOBO

EUGENIO FUENTES

El filósofo y el lobo
Mark Rowlands
Seix Barral
Precio: 18,50 €
Páginas: 288


Uno de los inconvenientes de vivir con un lobo es que no se lo puede dejar solo en casa porque la destroza. El filósofo galés Mark Rowlands (1962) se pasó largas temporadas llevando consigo a Brenin, el lobo con el que convivió once años, a las aulas donde impartía sus clases y, pese a todo, nunca consiguió mantener indemne su vivienda. En cuanto a sus alumnos, pronto comprobaron que el único peligro de un animal bien adiestrado era que les robase la comida si se dejaban abiertas las mochilas.

Conocido por sus estudios sobre el estatuto moral de los animales, Rowlands ha hecho también relevantes aportaciones a la teoría de la mente ampliada, en la que se sostiene que buena parte de la actividad mental humana se desarrolla en el exterior del cerebro mediante la manipulación de estructuras del entorno. Es, sin embargo, dudoso que cualquiera de sus estudios académicos le otorgue ni la décima parte de popularidad que El filósofo y el lobo, una curiosa, estimulante y entrañable reflexión crítica sobre la naturaleza del hombre.

Rowlands anuncia su hipótesis desde las primeras páginas del libro: en el alma humana “y el filósofo aparca cualquier debate sobre la naturaleza del alma” hay un estrato, posterior al reptiliano pero muy anterior a nuestra transformación en simios, que se encuentra oculto en las historias que contamos sobre nosotros mismos. Oculto, pero susceptible de ser descubierto. Y aquí es donde entra en juego el lobo, concebido como un reflector que, proyectado sobre el hombre, genera una zona de sombra donde yacen los elementos que han de ser revelados.

Es fácil intuir ya que el subtítulo del volumen, Lecciones sobre el amor y la felicidad, resulta engañoso con su sonoridad de manual de autoayuda. El filósofo y el lobo es ante todo una esclarecedora reflexión en la que, al hilo de la relación amor entre Rowlands y Brenin, y apoyándose en Nietzsche, Heidegger o Camus, se extraen llamativas claves para entender el cerebro símico a la luz del cerebro lupino.

Para Rowlands, una de las esencias del cerebro de los simios es la visión del mundo en términos instrumentales: las cosas valen para el simio aquello que pueden hacer por él. De ahí que la evaluación y el cálculo de posibilidades y probabilidades domine la actividad de unos seres ­“nosotros”, que, en rigor, no tienen amigos sino aliados y que, aunque parezcan mirarse, tan sólo aguardan el momento de sacar partido. Todo lo cual confluye en hacer del simio un individuo que pasa la mayor parte de su tiempo entre el recuerdo y la proyección, situado como un segmento sobre una línea de temporalidad, una flecha que lleva del pasado al futuro.

Pues bien, sostiene Rowlands, esa actitud hace que el cerebro símico tienda a un comportamiento neurótico que le hace atravesar los momentos sin vivirlos, concibiéndolos como puentes hacia objetivos “la felicidad, el éxito, la comprensión del sentido de la vida” que siempre se encuentran más allá, inalcanzables, aplazados. El lobo, en cambio, ajeno al cálculo, sí vive los momentos, completos en sí mismos. El lobo, añade Rowlands, nos revela lo tosco de los valores del simio, al poner de manifiesto que lo importante no es lo que se tiene, sino lo que no se tiene, lo que queda cuando todos los cálculos se desploman, cuando la vida nos coloca contra las cuerdas. Y eso, concluye Rowlands, ocurre en momentos que sí son vividos y resultan los más importantes. Porque son, y aquí el filósofo desvela al fin el objetivo moral de su viaje, momentos de rebeldía.

RETRATO DE FAMILIA CON GRASS AL FONDO

JORGE EDUARDO BENAVIDES

La caja de los deseos
Günter Grass
Seix Barral
Precio: 18,50 € 
Páginas: 288


Sin lugar a dudas, uno de los escritores con mayor peso específico en la literatura contemporánea es el alemán Günter Grass. Y lo es no sólo por la honda complejidad de su obra novelística –poderosa y unívoca– sino por la capacidad de generar polémicas y poner el dedo en la llaga de tanto en tanto en nuestros convulsos tiempos. Controvertidas y a veces feroces, sus opiniones, su amargas reflexiones, su lucidez de intelectual comprometido lo han colocado siempre, desde la temprana aparición de El tambor de Hojalata en 1959, en el punto de mira de propios y extraños.

Pero también, como elemento indisoluble de su posicionamiento ideológico y de su vasta obra narrativa, en Grass encontramos trenzada una constante vital, una álgida pulsión autobiográfica que nos ofrece en muchos libros como el autorretrato de un ser vulnerable, caótico, a veces sentimental y otras hosco como un oso enfurruñado: esa faceta personal también ha generado revuelos y distanciamientos, acusaciones y pronunciamientos a favor y en contra. La más reciente de ella la encontramos en el volumen autobiográfico Pelando la cebolla, (2006) donde el nobel alemán desvela un secreto guardado celosamente durante casi toda su vida y que estalló en el horizonte mediático y cultural con la potencia y sorpresa de una mina enterrada largamente: la pertenencia, durante su juventud, a las temidas SS hitlerianas.

Pues bien, en La caja de los deseos (Alfaguara, 2009) continúa Grass pergeñando su retrato familiar con viejas confesiones, con un sentimiento y un ardor lleno de nostalgia al posar una mirada reflexiva sobre sus ocho hijos (cuatro de los cuales son hijastros) y a contarnos con un tono lleno de intimidad, cómo ven ellos al padre. Se trata de un recurso engañoso –en el sentido literario de la palabra– con el que el novelista cambia el ángulo de su visión para proponerse como retratado por las voces de sus vástagos y también, como de soslayo, por la cámara fotográfica de una vieja amiga de la familia, Mariechen, quien registra con acuciante minucia el trasfondo de esa relación familiar y que actúa como contrapeso al vigor de las voces –esta es una novela de voces, no de imágenes– con la que los hijos van desgranando la vida familiar. Si en Pelando la cebolla era, por así decirlo, Günter Grass quien observaba el mundo, ahora él es parte de ese mundo observado.

Por ello, para entender y disfrutar cabalmente de este libro no hay que perder de vista que se trata de literatura autobiográfica y no de mera autobiografía. Teniendo en cuenta este detalle no menor, podemos disfrutar y entender La caja de los deseos como un segundo volumen de memorias que también enlaza con aquella otra estampa intimista que es El rodaballo, donde Grass convoca, al calor de una cena, a su primera y segunda mujer. Al igual que en estos dos libros, La caja de los deseos posee la solvencia de un intelectual que no acusa ningún temor a la hora de mirar dentro de sí, consciente de que el peso de la vida es parte indisoluble de su obra y que ahora era necesario apelar a ese recurso técnico de ser retratado antes que retratista, como si estuviera buscando un ángulo distinto, completamente ajeno al pudor y a la salvaguarda de su imagen propia, para ofrecernos un retrato de familia tierno y al mismo tiempo salpicado de acíbar, aunque no tanta como para no dejarnos entrever el poderoso cauce que dejan los vínculos familiares más fuertes.

LOS DEMONIOS DEL DESARRAIGO

JUAN GAITÁN

Mi nombre es legión
Antonio Lobo Antunes
Mondadori
Precio: 22,90 €
Páginas: 384


Un agente está redactando un árido informe policial y, de pronto, como una luz que se enciende, como esas “estaciones de servicio iluminadas por la noche al borde del camino que hacen que me sienta menos desdichado y solo”, irrumpe la literatura llenándolo todo. Así es António Lobo Antunes, capaz de transformar lo estéril en fecundo, y así comienza su última novela, Mi nombre es Legión, en la que vuelve a dejar claro que es uno de los grandes, de los muy grandes.

El texto es un reflejo del pensamiento, un pensamiento algo desquiciado (como si se transcribieran textualmente confesiones de divan, siempre se recuerda que Lobo Antunes ha sido psiquiatra durante años), fluctuante, con altibajos, cambiante, desconcertante y con vacíos que habrá de rellenar el lector, porque en esto, como en otras muchas cosas, Lobo Antunes no hace ningún tipo de concesiones y exige un alto nivel de esfuerzo, un elevado compromiso con la obra.

Empleando una literatura de torrente, sin tregua, con una peculiar forma de puntuación en la que no hay puntos y seguido y muy pocas comas, el relato se convierte en una permutación de obsesiones de la que lentamente van emergiendo las historias de un puñado de personajes.

Como casi todos los textos de António Lobo Antunes, al principio parece un desvarío, pero a medida que avanza uno en la lectura y se va impregnando, asimilando, de pronto se da cuenta de que sabe la historia, de que conoce los detalles, de que comprende, y la densa literatura que ha ido recorriendo como una selva impenetrable de pronto queda iluminada, diáfana.

Lobo Antunes comparte algunas cosas con algunos de los grandes autores del siglo XX. Con William Faulkner, un claro sentido del territorio y, especialmente, los personajes-demonio (si bien él tiene más piedad con sus criaturas que el viejo sureño). También comparte con Juan Carlos Onetti la absoluta carencia de esperanza. Los personajes de Mi nombre es Legión no tienen raíces, se desenvuelven en un ambiente de inmigrantes de otro continente, de otra cultura, de otro universo, gente que no pertenecen ya a ningún sitio, que no tienen futuro y que sólo encuentran como medio de expresión la violencia extrema. El libro se convierte así, entre otras cosas, en una meditación moral sobre el bien y el mal a través de un diálogo de monólogos deslumbrantes, complementarios, con toques de altísimo nivel, poderosamente descriptivos y evocadores a pesar de utilizar una gran economía de medios, como al final de la página 141: “una flecha que decía Pinhel, iba uno a ver y Pinhel insignificante, granito, terneros y una niña descalza abrazada a un cántaro”, y otras cargadas de intención poética, como en la página 152: “…si estuviese con ellos cavaría un hoyo en la arena y en el fondo de la arena más arena y en el fondo de la más arena aún más arena de la misma forma que en el fondo del miedo más miedo y en el fondo del más miedo una voz Hace siglos que te estoy esperando”. En estos y en otros párrafos, como el de la página 227 “…al final del pasillo un aparador que cruje, vivo rodeado de enemigos ecos murmullos la crueldad de una gota en qué grifo díganme, los recorro uno a uno y ellos inocentes con sus picos cromados Yo no he sido” António Lobo Antunes se desnuda como el deslumbrante, inmenso, extraordinario escritor que es, y de cuya hondura y esplendor podemos disfrutar sus lectores en castellano gracias a la impagable traducción de Mario Merlino.

LA NORMALIDAD ES SÓLO EPIDERMIS

ANTONIO GARRIDO

Todos los cuentos
Cristina Fernánedz Cubas
Tusquets
Precio: 24 €
Páginas: 506


El joven llega al jardín de su casa, acaba de volver de Inglaterra y la familia ha ido a recogerlo, al llegar al jardín, empalidece, se abate, una expresión de miedo lo ocupa, nada será lo mismo desde ese instante en el que ha visto lo que le rodea desde un nuevo ángulo, desde la perspectiva del horror; aquí está la clave, en esa, permítaseme el juego, otra vuelta de tuerca que singulariza el momento desde la normalidad de lo cotidiano, desde la rutina de las acciones repetidas.

Cristina Fernández Cubas es una cuentista clásica, una escritora de culto con muchos lectores, una escritora clave para explicar el renacimiento del cuento y de la novela breve en la literatura española desde que en 1980 publicó Mi hermana Elba, que arranca con el extraordinario Lúnula y Violeta, dos mujeres, dos amigas, dos temperamentos opuestos, una casa en el campo, las diferencias…, el efecto único, no es imprescindible pero tiene el efecto fulminante de la estocada narrativa en todo lo alto.

Los cinco volúmenes publicados hasta 2006, veintiún textos articulan un corpus de calidad más que contrastada. Se ha afirmado que escribir sobre los libros de cuentos es tarea poco menos que imposible, no estoy de acuerdo; es cierto que plantea dificultades pero es muy gratificante porque exige un análisis más meditado y mayores reflexiones ante la aparente heterogeneidad del material. Es complicado reducir la variedad a principios generales, no es necesario hacerlo porque se cae, en la mayoría de los casos, en la simplificación, pero en el caso de Fernández Cubas me atreveré. Sus cuentos exploran el lado oculto de cada cual, que es la sombra de todos nosotros, explican hasta dejar sin explicación, resuelven la historia con el horizonte abierto. ¿Cómo puede desaparecer un cadáver y aparecer a pocos metros con una chaqueta de buen precio y muy perfumado?

El lado oculto es un elemento activo más que un lugar, un agente apenas perceptible, que se introduce en la normalidad aparente de la llamada lógica aristotélica; se trata de romper la secuencia causa-efecto para que el segundo sea causa de sí mismo, o efecto de otro efecto, o causa del absurdo; todo, dentro de una lógica aplastante. Es muy difícil conseguirlo y la autora alcanza la meta con esa aparente facilidad que tanto exaspera a quien no la tiene, la inmensa mayoría.

Todo es materia del cuento o de la novela corta, no es cuestión de entrar ahora en disquisiciones teóricas, cualquier espacio, cualquier situación, todo sirve para el desconcierto y la incertidumbre, desde el deslumbramiento súbito hasta la rendija por la que escrutamos con dificultades la habitación del horror; todo, a la postre, es conocimiento del secreto que nunca se desvela pero que juega al escondite con los pliegues de la acción, con sus laberintos. Se trata, en suma, de explorar los territorios de la vida, de la muerte, de la experiencia, de los sueños, de los anhelos, del ser y del no ser, de la paradoja que es la esencia de todas las cosas, siempre, como he afirmado antes, con una lógica implacable y con el tiempo y la memoria como aliados y también como enemigos.

Fernández Cubas es maestra de lo que bautizaré como indefinición consciente, se trata de una técnica narrativa en la que todos los elementos del texto son inestables, empezando por el narrador. Las piezas del cuento no encuentran nunca su encaje perfecto, se acoplan por ciertas reglas de similitud aproximada, quedan leves espacios entre unas y otras, huecos donde se esconde la inquietud aunque la superficie sea nítida, coherente. Es la voluntad de la autora, su estilo, ya antológico.

EL HOMBRE SIN REMORDIMIENTOS

FÉLIX PALMA

El orden de la memoria
Salvador Gutiérrez Solís
Destino
Precio: 18,50 € 
Páginas: 304


Frente a esos autores que irrumpen súbita y atronadoramente en los escaparates con una novela superventas cuyo éxito en la mayoría de los casos no podrán volver a reproducir, y de los que uno tiende a desconfiar porque parece que la vocación de escribir les vino dada con la compra del ordenador, se encuentran los escritores de fondo, que fermentan parsimoniosamente en la barrica de su universo literario, explorando el territorio de sus obsesiones y lecturas con cada obra que publican. Gutiérrez Solís pertenece a este último bando de escritores que cosechan sus adeptos novela tras novela, otorgándoles el privilegio de seguir su evolución y festejar cada nueva publicación.

Tras probar distintos registros, el escritor cordobés parece haber encontrado el tono en el que se siente más cómodo y más puede ofrecer, como comprobará todo aquel que se aventure en las excelentes páginas de El orden de la memoria, novela protagonizada por Eloy Granero, presidente de la cadena de Almacenes Granero, imperio que dirige con una mezcla de cautela y apatía, limitándose a velar el negocio heredado de su padre, sin arriesgar nunca. Dicho talante, que también reproduce en el plano personal, sorprende al lector en un principio, logrando que el personaje nos resulte francamente antipático, pero la escritura del autor, salpicada de ironía y un deliberado desapego, y su modo casi sádico de cincelar a su criatura, enseguida consigue que nuestro rechazo inicial mude en simpatía. Finalmente, a medida que las piezas del puzzle se van ensamblando, nos descubrimos entendiendo a la perfección su comportamiento, ese dejarse llevar por los días sin ofrecer resistencia, ese actuar por inercia, como un avión que surca el cielo en piloto automático hacia un destino establecido de ante mano. Eloy Granero es incapaz de disfrutar del mundo porque un suceso de su pasado lo ha convertido en una suerte de autómata que, pese a carecer de remordimientos, no puede conquistar la paz del olvido.

Muchas son las virtudes de esta novela, como la primorosa construcción de cada uno de los integrantes de su nutrido corro de personajes, especialmente Matías, el talismán del protagonista, al que reserva la escena más tarantiniana de la novela, o su primo Rafa y su amigo Taylor, dos modelos diferentes de una misma rabia interior. Pero sin duda la más llamativa de sus bondades es su originalísima estructura, que redime la sencillez de una trama que probablemente haya sido escogida por el autor en base a esa misma sobriedad, pues le permite poder desbaratar su cronología y presentarnos la narración con sus elementos desordenados, para luego reordenarla en el tramo final como quien realiza un truco de magia, estableciendo un acertado paralelismo entre arquitectura y trama que delata la habilidad con la que Gutiérrez Solís elabora cada una de sus obras.

BOMBONES

ANTONIO OREJUDO

Quédate donde estás
Miguel Ángel Muñoz
Páginas de Espuma
Precio: 14 €
Páginas: 160


El síndrome Chejov (2006), que fue el primer libro de Miguel Ángel Muñoz (Almería, 1970), se abría con una reivindicación no de las colecciones sino de las recolecciones de cuentos, es decir de aquellos libros de relatos que como las buenas cajas de bombones ofrecen un variado surtido de formas y sabores. Esa unidad que se le exige siempre a las colecciones de piezas breves es para Muñoz una manifestación más de la dictadura que la novela y sus consumidores ejercen sobre los libros de cuentos. “Un libro de relatos –decía Muñoz– no ha de tener necesariamente un novelístico tono general (…). Las colecciones de relatos pueden ser (…) sucesivas historias (…) que el lector puede ir leyendo en el modo en que mejor le plazca o convenga”. Miguel Ángel Muñoz aplicó de manera radical esta idea tan cervantina a su primera recolección y ha seguido fiel a ella, aunque de modo menos radical, en esta su segunda caja de delicados bombones.

Quédate donde estás es una recolección de trece piezas, variadas en tamaño, forma y sabor, que no parecen escritas, al contrario de lo que sucedía con El síndrome Chejov, por trece autores diferentes. Como mucho, por siete u ocho. Lo que quiero decir es que hay en este libro más unidad que en el primero. Y una voluntad de que así sea. Por ejemplo: en esa regular alternancia de relatos breves y relatos largos que se van sucediendo como los capítulos de una novela. Salvo este detalle, su retórica del surtido variado sigue presente como ideal compositivo. De hecho, más que cuentos las piezas de Muñoz son ensayos en el sentido literal de la palabra: intentos, sugerencias, pruebas de voz.

Hay siete relatos cortos, casi micorrelatos, y seis piezas de mayor recorrido que se van alternando. El libro se abre con una voz poderosa, oral y directa. “Quiero ser Salinger” recuerda por su función dentro del libro al prólogo de El síndrome Chejov: es una tarjeta de presentación y una declaración de intenciones mucho más breve y sobre todo mucho más irónica que la introducción teórica que abría el primer libro. Entre los cuentos breves me han gustado “Las dos hermanas” y “Vaivén”, narraciones protagonizadas por escritores célebres, un tipo de relato al que Muñoz acude con frecuencia y que ya había ensayado en la pieza “Antón Chéjov, médico”, de su anterior libro. Volverá sobre el asunto al final, en “Hacer feliz a Franz”, protagonizado por Kafka, Max Brod y su hermano Jakob, que no sé si existió. Destaca también “Ácaros”, un singular ejercicio de crítica literaria a partir del polvo que se almacena en los libros. Los demás relatos breves funcionan menos como piezas independientes y más como contrapuntos a los cuentos largos entre los que se van intercalando.

Las seis narraciones más extensas son muy diferentes entre sí. Las hay casi experimentales, polifónicas, muy vargallosianas de la primera época como la que da título a toda la recolección, “Quédate donde estás”, sobre la aterradora naturalidad de la muerte. Las hay kafkianas como “Vitrubio”, la historia de un hombre que se implanta tres pares de brazos para aprovechar el tiempo y dedicarlo a la escritura. Las hay más intimistas como “El reino químico”, que habla de los demonios familiares con una voz que recuerda en ocasiones a la que usa Fernández Cubas en sus mejores cuentos. Y las hay portentosas, inquietantes y complejas como “Los niños hundidos”, el cuento que más me ha gustado, sí, pero también el que mejor resume la obra de Muñoz: exigencia narrativa sin estridencias infantiles ni moderneces baratas.

CABEZA DE PUENTE DE LA ESPAÑA PEREGRINA

SANTOS SANZ VILLANUEVA

Correspondencia con el exilio
Camilo José Cela
Destino
Precio: 30 € 
Páginas: 896


Todavía no está dicha la última palabra sobre Camilo José Cela y aún habrá de pasar tiempo, creo, para que un personaje tan controvertido logre la valoración ecuánime. La semblanza cabal de Cela tanto en lo literario como en lo político y lo privado requiere ponderar factores incluso incompatibles, pues así fue su compleja personalidad, generosa y mezquina, seria y apicarada. Frente a la imagen presente poco positiva, allá por el medio siglo de la pasada centuria fue respetado y admirado.

La gruesa Correspondencia con el exilio saca a relucir la cara buena, la mejor, y admirable con pocas reservas, del escritor gallego. Ni rastro hay del personaje desagradable, arrogante y materialista en este copioso epistolario con trece corresponsales en el exilio, todos de la diáspora republicana menos uno (Arrabal). Cela se rebaja, celebra las obras de todos ellos, se nombra su cónsul en la patria imposible, les invita a su propia casa mallorquina, les abre sin ninguna condición las páginas de Papeles de Son Armadans y les pide originales para la naciente editorial familiar Alfaguara.

Estas noticias, valiosas para la biografía menuda del escritor, trascienden ese alcance hasta el punto de convertirse en material imprescindible para reconstruir un jalón de la historia intelectual y moral bajo el franquismo. El epistolario dibuja nada menos que el camino de una particular disidencia interior a partir de la cual Cela, con un planteamiento cívico liberal, quiere propiciar el diálogo y reconciliación de las dos Españas y una alternativa cultural a la tosca dictadura de los militares y de sus allegados eclesiásticos. Un proyecto, en suma, de insertar al país en su tradición proscrita y de trazar surcos de apertura en el rígido sistema político.

Al servicio de semejante empeño liberalizador de signo cultural amplio, y no de carácter político expreso, Cela fundó Papeles..., y la correspondencia tiene su origen en las invitaciones a colaborar que hizo a trasterrados de actitudes tan distintas como las de Américo Castro, Guillén, Alberti o Cernuda. Sería inocente pensar en un completo altruismo por parte del gallego, pero, obviando peligrosos juicios de intenciones, la correspondencia revela la firmeza y claridad de su propósito, la que manifiesta a Ayala al declararle la “patriótica pretensión de dar a conocer los españoles a los españoles” o a Cernuda con la inequívoca afirmación: “me he impuesto la tarea, no siempre grata, de ser la cabeza de puente –y a veces la cabeza de turco– de lo que creo más auténtico y sano de los españoles de nuestro amargo tiempo”.

839 cartas en su mayor parte enjundiosas piden amplias comentarios imposibles en la medida de esta nota. A la fuerza me contento con unos apuntes más. Siendo grande el interés del epistolario por el remitente no lo es menor por los destinatarios. Por la pasión con que detalla el engreído Américo Castro su reescritura del pasado nacional. Por la repetida añoranza española que confiesan varios corresponsables, quienes desnudan el drama del exilio en la confidencialidad epistolar. Por el resquemor que muestra algún exilado, causa remota del bronco desenlace de la relación con Sender. Por confirmar, si hiciera falta, el carácter imposible del amargo Cernuda. En fin, por la calidad humana –desvelada con enorme fuerza expresiva– de las conmovedoras y excepcionales cartas de Emilio Prados.

El conjunto de razones señaladas avalan la primerísima importancia de Correspondencia con el exilio para la historia intelectual cercana de nuestro país.

NOVELA A TRES

FÉLIX ROMEO

Correspondencia
Julio Cortázar, Carol Dunlop y Silvia Monrés-Stojakovic
Alpha Decay
Precio: 12 € 
Páginas: 100


No quiero engañar a nadie: en este libro, apenas hay una docena de páginas escritas por Cortázar. Y aunque algunas están teñidas de un profundo desconsuelo, lo cierto es que no aportan nada al Cortázar escritor, al autor de Bestiario, y un poco más a su biografía.

Comienzos de los años 80 del siglo pasado. Silvia Monrós-Stojakovic, argentina de raíces catalanas y residente en Belgrado, desea invitar a Cortázar a Yugoslavia y, al mismo tiempo, traducir Rayuela al serbocroata. Al segundo intento, Cortázar se muestra correcto con ella pero, ocupado como está, y enfermo, delega la relación con Silvia a su pareja, Carol Dunlop, estadounidense del 46, escritora, traductora y fotógrafa. Entre Silvia y Carol surge una corriente de empatía, y establecen una relación epistolar de gran intimidad. Las cartas entre Silvia y Carol son la parte central del libro.

Los muy interesados en Cortázar encontrarán en esta Correspondencia un retrato íntimo del escritor argentino, y en uno de sus momentos más duros: una enfermedad difícil que los médicos no atajan. Se le escucha en las cartas de Carol: escribiendo, junto a ella, en su casa de París; invitándola a hacer una pausa y tomar una copa; viajando por medio mundo a toda velocidad y por las autopistas francesas con toda la lentitud posible; disfrutando de la revolución nicaragüense, que tanto apoyó; haciendo de padre; fotografiándola... y también diciéndole “sí quiero”.

Pero las cartas entre Silvia y Carol no se ocupan sólo de ese niño grande al que no conviene contar toda la verdad, por si se asusta: hay un intercambio intelectual y un intercambio emocional. Silvia explica la situación de su país, y cómo tras la muerte de Tito, en mayo de 1980, poco antes del comienzo de esta historia epistolar, empezaban a aparecer las fisuras. Silvia escribe del problema de Kosovo, de los albaneses, de los nacionalistas y de la estúpida burocracia. Silvia habla también de los escritores de su país que le interesan: Danilo Kis y Milorad Pavic. Y de su deseo de lograr una traducción lo mejor posible.

Carol cuenta a Silvia, en su particular castellano, cómo realiza con Cortázar un viaje robinsoniano por las autopistas francesas, que luego sería Los autonautas de la cosmopista: “Estamos felices, locos, hemos por fin entrado en un espacio que nos da tiempo”. Y le cuenta cómo está realizando una novela epistolar con una amiga y cómo sería divertido escribir “una novela a tres”, entre ellas y Cortázar.

La sombra de la enfermedad recorre el libro. Carol se la toma muy en serio cuando afecta a su amado, pero la menosprecia cuando le afecta a ella. Sus hemorragias, principio de cáncer, le parecen asuntos sin importancia que no pueden detener la agenda repletísima de Cortázar.

La enfermedad acabó antes con Carol. Cortázar le escribe a Silvia el 29 de noviembre de 1982, en una de las cartas más tristes y emocionantes del libro: “Carol murió el 2 de este mes, después de dos meses en el hospital donde nada pudieron hacer para salvarla. No puedo agregar nada, salvo que ella te quería mucho y se alegraba con cada una de tus cartas. Estoy en un pozo negro y sin fondo. Pero no pienses en mí, piensa en ella, luminosa y tan querida, y guárdala en tu corazón”.

Carol, Julio y Silvia no pudieron escribir una novela a tres, pero quizá esta Correspondencia es una novela, o al menos contiene todos los elementos de una novela: amor, muerte, viajes, política, deseos...