ALMERÍA, TIERRA DULCE Y DURA
“La fuerza de lo mineral, abrupta e indómita”.
LOURDES ORTIZ
La mujer esbelta, rubia, cabalgando sobre un camello en las arenas de la playa. Una imagen de fábula, narrada una y otra vez, agrandada en el relato. Carboneras y el cine. El hotel “El Dorado” –lo que queda de él, de sus barrocos decorados– como recuerdo de aquellos días en que el humilde pueblo de pescadores recibió durante meses la visita sorprendente de todo un equipo de Hollywood, dispuesto a rodar en los arenales desérticos la epopeya de Lawrence de Arabia. Muchas anécdotas transmitidas después de padres a hijos y que ellos repiten todavía con una cierta envidia: mujeres hermosas, hombres aguerridos, actores imponentes, técnicos, diseñadores. Un pueblo entero –en aquellos años de pobreza y desaliento– convertido en escenario, en protagonista, compartiendo jornadas enteras con aquellos personajes que parecían salidos de otro planeta y de otro tiempo. Y luego la presencia viva, constante, generosa de Doña Bárbara, que eligió quedarse cuando las cámaras se apagaron, el rodaje terminó y el pueblo de pronto se quedó como vacío. Pero ella no. Doña Bárbara y su magnífico chalet. Una fortaleza, resguardada, pero asumida y compartida por todos, como quien guarda en secreto una preciada joya. Su dignidad, su elegancia, los invitados exóticos que de vez en cuando– sobre todo en los primeros tiempos– se dejaban caer. Cuando ella falleció ya mayor, muy mayor, el rumor se propagó al instante de un vecino a otro por las callejas: “Doña Bárbara ha muerto”. Algo así como la muerte de todo un símbolo: de aquellos años míticos, agrandados en la memoria y en la leyenda, cuando mujeres bellísimas, inalcanzables, paseaban en camello por las solitarias playas.
Hay muchas Almerías, muchas zonas distintas por sus costumbres y paisajes: la Almería alpujarreña, la Almería de la sierra de Filabres, la de Gádor, la de la sierra de la Alhamilla o la de sierra María. Pero está también la Almería turística y emprendedora de las playas de poniente o la Almería rica y ambiciosa, pletórica por sus muchas ganancias y su imparable desarrollo de los invernaderos. Y ¿cómo no? la Almería del cine, con ese parque temático que es ahora el desierto de Tabernas, donde tantas películas, tantos spaghetti western han sido rodados, reafirmando la vocación cinematográfica de la tierra que se hizo así, desde muy pronto, cosmopolita y acogedora. La que vio pasar por sus calles a Clint Eastwood, a Yul Brynner, a Brigitte Bardot, a Henry Fonda o a Sean Connery y a tantos otros, no sólo actores sino también directores, productores, maquilladores, hombres diestros en efectos especiales, extras y a tantos actores y técnicos españoles que hicieron allí, de la mano de los grandes, sus primeros pinitos en el cine, su sólido aprendizaje.
Almería es diversa. Tierra dura y dulce. De paisajes extremos, de civilizaciones superpuestas, desde aquellos primeros asentamientos del Paleolítico, del Neolítico o de la edad del bronce. Tierra de recepción, por donde pasaron fenicios, cartagineses romanos y donde durante mucho tiempo se asentaron los pueblos de tradición musulmana., que dejaron su huella no sólo en sus mezquitas o Alcazabas o en sus baños, sino también en sus costumbres, en sus complejos sistemas de regadío, que todavía se mantienen, o en la huella mudéjar de las posteriores iglesias cristianas. Almería fue tierra de resistencia, reducto final tras la conquista de Granada, pero también lugar donde más tarde los rebeldes moriscos se hicieron fuertes, convirtiéndose en refugio y último baluarte de las huestes que se negaban a someterse, conducidas por el legendario Aben Humeya.
Pero la Almería que yo amo, la que es ya mi segunda patria, es la Almería del levante, las de las blancas calas. Esa Almería abrupta y seca, tierra de corsarios, abandonada durante mucho tiempo de la mano de los dioses, aislada y cerrada sobre si misma. La Almería que se extiende desde el Cabo de Gata con esas playas que se van sucediendo como manchas de azul turquesa a lo largo del litoral: Mósul, Los Genoveses, las Negras, El playazo, La cala de Enmedio, Agua Amarga, la playa de los Muertos. Lugares donde el tiempo parece haberse detenido a pesar del turismo y el desarrollo, porque es la fuerza misma de la tierra, de lo mineral la que se expande, abrupta, indómita: siglos de fósiles acumulados en las laderas y las ramblas, hablando del movimiento de los mares o en las bocas de los volcanes extinguidos, en las montañas áridas, donde crecen los matojos ralos, la chumbera, el palmito, el esparto, o esas higueras olorosas en los valles y en las terrazas construidas en las laderas de las montañas. Un Almería tan fantástica como la Almería del cine, pero con la fuerza real de lo telúrico, con el misterio profundo, reflexivo de esa tierra inmóvil y cambiante que nos hace pequeños y un poco metafísicos. Soberana, distante y calma.



