CLÁSICO
HEMINGWAY,LA ESCRITURA DEL PÚGIL
“Todo en Hemingway es verdad sensorial, la palabra justa, la frase más exacta”.
JOAQUÍN PÉREZ AZAÚSTRE
Cada cumpleaños me regalo a mí mismo la lectura de algo de Ernest Hemingway. No importa lo que sea: puede ser una de esas novelas con las que se ha quebrantado felizmente la opinión del escritor y se han publicado tras su muerte, como París era una fiesta, una relectura o también el hallazgo de algún texto extrañamente no leído aún, como me ocurrió hace exactamente un año con Islas a la deriva. La tradición, comenzada hace aproximadamente una década, es para mí una liturgia que tiene algo de noche de San Juan desplazada en el tiempo, algo de un bautismo de ancestral fortaleza en las aguas sagradas de la literatura más vivida. Comenzar cada nuevo año, en mi caso a principios de verano, con la lectura de Hemingway, es una cita anual con la energía primera y pura, esa fascinación adolescente por el salvaje oficio de escribir y una pasión activa que viene bien recordar. No valen los libros sucedáneos: ni las biografías, ni las memorias de quienes le conocieron y trataron, ni sus rutas de bares por el mundo como el Harry`s Bar de Venecia o el Chicote en Madrid, ni los testimonios de algunas de sus cuatro mujeres y sus hijos o de quienes le acompañaron en sus interminables borracheras o en sus días de pesca y de aventura a bordo del Pilar, o jugando a pelota vasca en un frontón en San Francisco de Paula, en Cuba, antes de cenar en Finca Vigía.
Por no valer, no sirven ni siquiera las dos adaptaciones cinematográficas mejores de sus libros, ambas protagonizadas por su íntimo amigo Gary Cooper: Adiós a las armas y Por quién doblan las campanas, ni tampoco Tener o no tener, la adaptación que él prefería junto con Los asesinos, con Bogart y Burt Lancaster, respectivamente, y mucho menos la de El viejo y el mar, en la que Hemingway acabó a punto de golpear a Spencer Tracy, porque no aguantaba a alguien que no tuviera la entereza de soportar el alcohol. No, en este reto ya casi veterano y personal sólo sirve leer algo de Hemingway.
Y digo leer, y lo remarco, y lo pongo en cursiva, porque me he encontrado ya con no pocos escritores jóvenes españoles, algunos de cierta valía, que opinan de Ernest Hemingway sin haberlo leído. Se trata del discurso de Pierre Bayard en Cómo hablar de los libros que no se han leído, en el que se asevera que uno puede conocer una literatura sin haberse sumergido en ella, por poseer los referentes necesarios para poder apreciarla o denostarla; algo completamente inaplicable en el caso de Hemingway, porque opinar de Hem –de quien circula, por otra parte, un anecdotario tan variopinto como extremado suficiente como para atraer o alejar visceralmente a cualquiera que no haya abierto nunca ninguno de sus libros– sin haberlo leído, es como rechazar el vino sin olerlo o despreciar el sexo sin catarlo. Despreciar a Ernest Hemingway, sin leerlo, es despreciar la vida, es como renunciar a los sentidos, es como no querer escuchar la verdad.
Todo en Ernest Hemingway es verdad sensorial. Dejando a un lado los cuidados primerizos en París de Gertrude Stein, y antes de Sherwood Anderson, cuyos postulados principales ya había aprendido Hem en el decálogo del Kansas City Star y leyendo al cronista deportivo Ring Ladner, Hemingway es la palabra justa, la frase más exacta, la escritura del púgil. Luchó contra sí mismo hasta el final, hizo boxeo de sombra con sus miedos. Los periodistas destacaban sus andares de boxeador, pero no era cierto, porque siempre quiso andar como los indios que tanto frecuentó junto a su padre, cerca del lago Bear, sin poder ser oído ni seguido por nadie.



