LAS INFIDELIDADES

"El adaptador de su propia novela debe estar separado para destruir mucho, no se trata de podar sino de arrasar."

ANTONIO SOLER*

No sé si se ha hablado ya todo lo que había que hablar sobre las adaptaciones literarias al cine. Al final, uno no tiene claro si cine y novela son un mismo monstruo con dos cabezas o dos animales completamente distintos. Lo que sí los une es el mismo afán. Contar historias. Caminos paralelos y con numerosos carriles de unión entre ambos. Mejor observar las semejanzas que las infinitas diferencias. Sobre todo si uno se dispone a escribir un guión basado en una obra literaria. Y quizá –y habla quien ha hecho lo contrario y no se arrepiente– lo aconsejable sería elegir a alguien distinto al autor de la novela para escribir el guión. Entre otras cosas porque el adaptador debe estar preparado para destruir mucho. Porque no se trata de podar, sino de arrasar.

Si el adaptador es el mismo escritor de la novela ha de tener unas ciertas dosis de autodestrucción o una paciencia de indio comanche. Porque lo primero que verá ante sí será su novela pulverizada. De los cascotes habrá de levantar otro edificio. Sobrarán muchos ladrillos, sobrarán habitaciones enteras, parte de ese mobiliario que compró en lugares lejanos y que él mismo pulió y barnizó con sus propias manos en distintas estaciones del año. Todo eso no tendrá cabida en el nuevo edificio. Y por el contrario habrá que ir en busca de nuevas solerías, tubos de plomo para las conducciones. Casi todas las ventanas estarán en otro sitio. Y sin embargo, nada más ver la nueva casa nos tendrá que recordar indefectiblemente aquella que se ha dinamitado.

Creo que toda adaptación en este sentido debe ser absolutamente libre en todo lo que al anecdotario del argumento se refiere. Y que, por el contrario, la adaptación debe estar anclada exactamente en las mismas raíces, en los mismos cimientos que la novela de la que proviene. Es el único modo de transmitir el espíritu de la obra de origen y de crear una nueva obra artística, no un engendro subsidiario y limitado por un corsé y unas reglas que no pertenecen a su medio natural ni a su propia identidad. En ese sentido, conocemos demasiados engendros disfrazados como para enrolarse en el más disparatado carnaval.

La creación es una ruptura y significa pisar tierra virgen. Nadie podrá ser creativo sin romper nada. Ni en el apartado de las adaptaciones ni en ningún otro. La fidelidad no se mide en las líneas de la novela que se respetan o en el número de diálogos que se reproducen, sino en la emoción, en la turbación, en las reflexiones, que una y otra obra dejan en aquel que se enfrenta a ellas. Y ahí no sólo deberá actuar el talento del guionista sino el de todo un equipo. Desde el productor hasta el montador. Y, cómo no, el director. El guionista trazará los ejes, el plano del edificio. Pero el tono, el ritmo, el estilo, lo imprimirá el director. Un guionista que quisiera reproducir un lenguaje literario poético estaría condenado de inmediato al fracaso si llenara las frases de su guión de lirismo. Lo poético deberá venir por otros conductos: fotografía, música o cadencia de las imágines. Las traducciones no pueden ser planas. Una traducción literal es una mala traducción, porque el significado está siendo alterado a pesar de lo estricto de la traslación. O precisamente por eso. Ese es el conflicto. La fidelidad sólo será posible gracias una multitud de infidelidades.


(*) Escritor y guionista de El camino de los ingleses, dirigida por Antonio Banderas.