LA LINTERNA DEL ACOMODADOR

Entre el cine y literatura siempre existió greña y amor, bodas y divorcios.

JUAN COBOS WILKINS*

Aquel día en que el niño llegó tarde al cine y descorridas las pesadas cortinas granate quedó inmóvil, paralizado en la oscuridad hasta que una lejana luz fue acercándosele y, abriendo con su haz las sombras, le condujo a una butaca desde la que aún sus pies no tocaban el suelo, ese día, decidió responder a la enojosa y estúpida preguntita “¿y tú qué quieres ser de mayor?”, con un rotundo: acomodador de cine. Aquella linterna era un luminoso ojo de Cíclope, era el faro de Alejandría, rayo de Zeus, meteorito que acababa con los dinosaurios, nave alienígena, flecha encendida de sioux... era Campanilla volando hacia Nerverland. La película que el chico iba a ver y el libro que tenía en su mesita de noche compartían el título, contaban la misma historia. De hecho, las primeras cintas que llenaron sus ojos de imágenes y asombro estaban basadas o inspiradas en libros que había leído o que, motivado por la peli, buscaría después: Ben-Hur, Ivanhoe, Viaje al centro de la tierra, La isla del tesoro, Grandes esperanzas, Moby Dick, Jasón y los argonautas, El ladrón de Bagdad...

Quizás esta iniciación en la que literatura y cine llegaron independientes y, a la par y de forma natural, de la mano, tal pareja de hecho, sea la que me ha permitido disfrutar tanto de sus maridajes como de sus divorcios. Entre cine y literatura siempre me pareció que existe una relación similar a la de Elizabeth Taylor y Richard Burton, bodas y divorcios, greña y amor. En el dúo Página y Fotograma hay algo de mantis religiosa devorando al fecundador. Aunque sea la pantalla la que suele hacer de voraz insecto neóptero, verdad es que los papeles no son invariables, mudan, se invierten y la letra impresa también se beneficia del abrazo, no siempre letal. Mas por justicia y goce no debe establecerse ni comparanza ni competencia entre artes. Precisamente un director de cine, socarrón, fue quien me contó el cuento de dos ratones que están zampándose una cinta de celuloide y uno pregunta al otro, “¿te gusta?”, y éste responde: “sí, pero estaba mejor el libro.”

En un principio fue el verbo, es decir, la literatura, la que influyó en el séptimo arte estableciendo para su forma narrativa un canon ajeno, aunque emparentado, y una dependencia que de no soltar amarras, de no hallar arriesgados precursores, exploradores aventureros, habría anclado la busca de lenguaje propio. No será banal recordar a pioneros como Méliès y su Cenicienta, o Griffith, bebedor en las fuentes de la novela decimonónica. El director de El nacimiento de una nación, ante la crítica de unos directivos, cita a Dickens y añade: “yo hago novelas en cuadros”. Lo que nos lleva directamente a un ensayo de los años treinta de Eisenstein titulado Dickens, Griffith y el cine actual.

En el binomio cine y literatura, ésta suele estar representada básicamente por un sólo género. Si hacemos la prueba, si preguntamos, la encuesta arroja abrumadoramente este resultado: novela. Acaso la definición que de ella da Galdós sirva para acercarnos a su particular relación con el cine, dijo el escritor: “imagen de la vida es la novela”. Y su otra cara, su envés, sería: vida en imágenes es el cine. Imágenes en movimiento como uno de los grandes símbolos del existir: el río. El río, la hermosa cinta de Jean Renoir. El río que nos lleva, basada en la novela de José Luis Sampedro. Y el arte como un puente (sobre el río Kwai) para sobrevivir. Con todas sus ramificaciones, negra, aventuras, ciencia-ficción, histórica, misterio... y cuento, biografía, cómic... ciertamente es la gran nodriza, pero injusto sería olvidar el teatro, desde aquellos primeros cuadros escénicos filmados a miradas contemporáneas. Con derecho y honor, surgen de inmediato los nombres de Shakespeare y de Olivier, guionista, director y actor en obras magistrales, Enrique V, Ricardo III, Hamlet. Y hasta el teatro como sustancia, radiografía humana, resistencia: Damas del teatro, Eva al desnudo, Ser o no ser... Geográficamente más cercano que el sir, Neville va de Madrid a Hollywood, un baile diferente al de otra espléndida adaptación cinematográfica, el suntuoso vals de Lancaster y la Cardinale en El Gatopardo, de Lampedusa, rodada por Visconti en 1963, director que sirve de oportuno ejemplo al aunar cine, novela, teatro. A veces, y para grata sorpresa, una obra de nuestro Siglo de Oro, en verso, como El perro del hortelano, de Lope de Vega, alcanza el favor popular y siete premios Goya. “Los ingleses hacen Shakespeare en su cine, los franceses su Cyrano con todos sus versos... ¿por qué nosotros no vamos a hacer nuestros clásicos?”, reivindicó Pilar Miró, su directora. Con motivo del cincuentenario de la muerte de Valle-Inclán, el Ministerio de Cultura publicó Valle Inclán y el cine, relación que inició Bardem en 1959 con las Sonatas y que a día de hoy cierra Esperpentos, adaptación de la trilogía Martes de Carnaval, con participación en el guión de Azcona, su último trabajo antes del adiós.

No han escapado tampoco los poetas al imán del cine. Nuestra Generación del 27 es buen exponente de ello. Cernuda gusta de la quimera que en blanco lienzo vertical cristaliza imposibles deseos frente a la realidad, y poemas suyos tienen, trascendida, una raíz cinematográfica. Evidente es el caso de Alberti (“yo nací –¡respetadme!– con el cine”), su libro Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, rinde homenaje a los actores de cine mudo, versos de lirismo inocente y surrealista que se adecua en ritmo, en forma, en lenguaje, en musicalidad, al personaje elegido, pues la mirada del poeta no es mera copia y traslación al papel, ahonda en el alma de los cómicos. Además, con su esposa María Teresa León acompañó a Buñuel a Las Hurdes para el rodaje del ya clásico documental. Y Lorca: El paseo de Buster Keaton, su malestar con Buñuel y Dalí por Un perro andaluz, joya del cine surrealista, y que Federico consideró un envenenado dardo contra él, más doloroso cuanto que provenía de amigos, de compañeros de la Resi, de su imposible amor catalán. García Lorca incluso dejó escrito un sorprendente guión cinematográfico, Viaje a la Luna, fraguado en su estancia americana y emparentado con el magma de insomnio y delirio de Poeta en Nueva York. Por imposibilidad comprensible, nombro no más que algunos autores españoles, pero cómo no mentar al menos a Cocteau y Pasolini, que aúnan poesía, novela, teatro, cine.... o recordar el tándem Carné / Prévert y su poético realismo.

Poetas y cine. Sí. Mas algo hay que ya no es la cuantificable relación expuesta, algo inefable, la, llamémosla, atmósfera poética. Indefinible, misteriosa, perturba y conmueve, prende la retina y detiene el tiempo. Un hálito poético –cito sólo cuatro películas con literatura en su base– que palpita en La noche del cazador (Charles Laughton / Davis Grubb), El Sur (Víctor Erice / Adelaida García Morales), Blade Runner (Ridley Scott / Philip K. Dick), Cielo sobre Berlín (Wim Wenders / Peter Handke) Y aunque no provenga de una novela, imposible olvidar la magia de Fanny y Alexander, de Bergman. La magia. He ahí de nuevo la linterna del acomodador, la luz avanzando entre las sombras para ofrecerte un lugar en pares o impares del edén. La misma luz –de otra linterna– que a altas horas, en la cama, me permitía la furtiva lectura hasta llegar, ya los ojos cerrados, al sitio de donde provenía con los ojos abiertos: la imaginación, los sueños... Anoche soñé que había regresado a...

(*) Juan Cobos Wilkins es poeta y novelista. Su novela El corazón de la tierra fue llevada al cine en 2007 por Antonio Cuadri.