FIRMA INVITADA

LOS OASIS PERDIDOS

El efecto de la lectura sobre los sueños. 

SUSANA FORTES

Hay escritores que nacieron leyendo a Borges y antes de llegar al uso de razón ya sabían que el suyo iba a ser un destino literario. Desde luego no es mi caso. Llegué a esto por error, como a casi todo en la vida.

La cosa empezó con una confusión inicial de aquí te espero y todo por culpa de Herodes. Mis hermanos acostumbraban a jugar en el Belén de Navidad, apostando sus indios y vaqueros entre las dunas del desierto por el que avanzaban a duras penas los Reyes Magos, de modo que a mí no me quedaba otro remedio que parapetarme en el castillo de aquel rey asesino de niños, como si fuera el fuerte del Álamo. Normal que acabara confundiendo los tuaregs con los Sioux. Por aquel entonces todos soñábamos con tener una gorra de pieles de Tennessee igual que David Crocket, pero se ve que mis padres consideraron más apropiado unos gorros de lana de colores y con pon-pon, para más inri. De esa guisa nos hicieron posar en una fotografía a los cinco, como los Hollyster, al lado de un Belén comanche, con cara de pocos amigos. Un trago peliagudo.

Ahí empezaron mis problemas narrativos, pero la cosa fue a más porque pasábamos los veranos en una aldea de montaña que era el territorio primordial de los grandes mitos de la aventura. Allí con siete u ocho años construimos una balsa de troncos a lo Tom Sawyer y con ella nos convertimos en los forajidos de Jackson´s Island, siguiendo al pie de la letra las instrucciones de Mark Twain. Parece mentira pero aquella frágil embarcación nos llevó algo más tarde hasta la isla de Pitcairn con Fletcher Christian y los amotinados de La Bounty. Así fue como desde los ríos de la infancia llegamos al ancho mar de la Polinesia, que es el morir. Hubo otros barcos, claro, La Hispaniola, el Patna, el Terra Nova en el que el capitán Scott emprendió su fatídica expedición al Polo Sur, o un drakkar vikingo ardiendo en alta mar con un perro a los pies mientras suena una trompeta melancólica, como en Beau Geste. Cada vez que veo un fuerte en el desierto me acuerdo del mar.

Como podrán imaginar, con semejantes antecedentes sólo podía estudiar una carrera de esas que no sirven para nada, pero gracias a ella he pasado momentos inolvidables con Heródoto y Jenofonte, reproduciendo la batalla de Salamina en la alfombra de casa, o recorriendo el Gilf Kebir, otro de mis territorios míticos. Ahí conocí a algunos de mis mejores amigos, me ena­moré del coronel Lawrence y de Lazslo Almàsy a la vez, que ya es perversión, y fui feliz soñando con el oasis de Siwa.

Supongo que algo tuvo que ver también la biblioteca familiar y el hecho de que mi padre fuera un apasionado de Las cuatro plumas, una película sobre el coraje y el honor que representaba para él la cumbre de la elegancia de espíritu, como diría Ortega. El Sudán del Royal North Surrey no tenía secretos para nosotros. Librábamos verdaderas batallas campales en la playa que como desierto daba bastante el pego y nos pillaba un poco más cerca que Jartum. Al igual que Harry Faversham necesitábamos probar nuestro valor, lo que no era moco de pavo, especialmente para mí que siempre he tenido un miedo patológico a la oscuridad. Debió de ser entonces cuando, en fin, para bien o para mal, se forjó mi endiablado carácter.

Hay una edad en que el efecto de la lectura sobre los sueños se mide en esos términos, luego viene la vida y Harold Bloom a hacernos pasar por el canon. Pero ahí siguen los libros de entonces como viejos guerreros, alineados en la biblioteca en perfecta formación, para recordarnos el sueño de los oasis perdidos, aquellos días azules y aquel sol de la infancia.