LA HUELLA DE LOS MAESTROS

Varios escritores españoles contestan a la pregunta: "¿Qué autor clásico le ha influido más y por qué?"


ANTONIO COLINAS

Difícil me resulta citar un solo nombre si, ante todo, recuerdo el de Antonio Machado. Tendría que citar, agradecido, a su lado, el de Juan Ramón Jiménez. Fueron los dos autores que encauzaron mi adolescencia poética, ese momento clave para el escritor que es el del nacimiento de su vocación. Han pasado cincuenta años desde que leí a estos autores, pero todavía hoy, como las dos caras de una moneda, unifican mi sentir y mi pensar poéticos. Quizá si tuviera que elegir a uno solo de ellos, me decidiría por Juan Ramón. La emoción y la intensidad de su palabra son únicas. Y, luego, esa pureza formal y ese afán de ir más allá que se da en sus libros últimos... En fin, si a esta reflexión añado los mejores libros de Pablo Neruda mi elección y mi universo poéticos quedarían mejor definidos.


VICTOR GÓMEZ PIN

El Estagirita supone un singularísimo momento de la historia de la cultura en el cual lo esencial a lo que se confronta el pensamiento parece quedar archivado y consignado. Si Aristóteles fue denominado “El Filósofo”, con toda justicia podría asimismo ser denominado “El Científico”, pues cabe decir que el concepto mismo de ciencia es en gran parte un legado aristotélico. Por otra parte la historia de los problemas dónde confluyen ciencia y filosofía es una historia de los problemas aristotélicos, ninguno de los cuales ha encontrado solución definitiva. Al decir esto, obviamente no ignoro que Darwin tiene una concepción de las especies antitética a la del pensador griego, ni que el cosmos, que Aristóteles considera finito y esférico, o bien no es tal, o de serlo, de ninguna manera tiene el centro que Aristóteles le asignaba y ni siquiera su eventual forma esférica coincide con la esfera clásica. No se trata de hacer propias en general las respuestas aristotélicas, por cierto en ocasiones perfectamente agudas, por ejemplo algunas de sus intuiciones “topológicas” y “cronológicas”, de una sorprendente contemporaneidad. De lo que se trata es de hacer propios los problemas aristotélicos, que, en algún caso, han quedado fertilizados por fascinantes debates filosóficos surgidos de la ciencia contemporánea.


EDUARDO LAGO

Kafka, Mann, Cervantes, Proust: todos han conseguido que sus obras detengan el transcurrir del tiempo. Para mí, más que ninguno, Joyce. En cuanto a los que he tenido la fortuna de tratar en vida dejaron una huella muy profunda Ashbery, Milosz y Edward Said. Hay más: Mailer, Roth, incluso Foster Wallace, fulminado sin haber podido madurar. Clásicos cuya voz me ha sido dado escuchar. Una impresión difícil de precisar: cómo su obra los desmarca de la muerte. De entre todos ellos, en quien más tangible es esta lucha, Don DeLillo. Escribir, me dijo ensimismado, es un intento de derrotar a la muerte. La idea nunca está demasiado lejos de lo que hago.


JAVIER MARÍAS

No me cabe duda de que el autor clásico que más me ha influido ha sido Laurence Sterne, por la aplastante razón de que, hacia mis veinticinco años, traduje al español su monumental Tristan Shandy, y lo que uno “reescribe” le influye aún más que lo que lee o relee.
A parte de ser el más genuino heredero de Cervantes (mucho más que cualquier autor español), Sterne me enseñó la libertad y la osadía, y que en ese flexible género llamado novela cabía todo, siempre que se hiciera con gracia (en el sentido más amplio de la palabra). También me enseñó a alargar o detener el tiempo, o, dicho de otra manera, a conseguir que en la novela exista ese tiempo que en la vida real nunca tiene tiempo de existir.


GUSTAVO MARTÍN GARZO

H.C. Andersen, Cuentos

Los personajes de Andersen suelen ser pequeños inadaptados que no logran vivir en el mundo de todos y que se ven expuestos al rechazo y a los castigos más injustificables, simbolizados por la pérdida de una parte de sí mismos (la niña de Las zapatillas rojas, los pies: La Sirenita, la facultad del canto; la protagonista de Los cisnes salvajes), a consecuencia de su ser distinto. Todos los cuentos de Andersen hablan del peligro a perder el contacto con lo real. Sus personajes son pequeñas criaturas a las que nadie quiere ni sabe reconocer, porque su verdadera naturaleza está escondida. Pero también doloridas heroínas que, como la niña de La pequeña cerillera o la sirenita, no se conforman con lo que la vida les da, y persiguen sueños que nunca verán realizados. Seres imaginativos, hipersensibles, en definitiva, que tienen la enfermedad de una imaginación demasiado despierta y corren el riesgo de ser devorados por el movimiento de su propio deseo. Todos añoran algo que no tienen, quieren ser más, vivir de otra manera, que lo real se eleve hasta lo verdadero.


EDUARDO MENDICUTTI

La vida de Lazarillo de Tormes y sus fortunas y adversidades. Cuando yo estaba en 4º o 5º del Bachillerato de mis tiempos, el profesor de Literatura, que era un fraile, nos hizo leer y comentar fragmentos del Lazarillo de Tormes. Naturalmente, no los episodios más anticlericales. Pero a mí la vida de ese muchacho me pareció envidiable: muy aventurera, muy sufrida, muy espabilada, muy divertida. Yo era ya un niño novelero y las vicisitudes de la vida errante y pedigüeña no me parecían penosas, o al menos las penalidades se me antojaron la mar de entretenidas. Más tarde, descubrí toda la malicia, toda la gracia y toda la desfachatez de un texto que se ceba con algunos de mis villanos favoritos, y que sirve de referencia inmortal para la literatura realista, para la literatura de humor, para la literatura insumisa. Exactamente la que a mí más me gusta frecuentar, como lector y como autor.


JOSÉ MARÍA MERINO

Desde que comencé a leer ficción, siendo todavía niño, he admirado y me he sentido conmovido por tantos escritores que elegir a uno solo sería como cegar una parte importante de las fuentes de mi imaginario. Me pasa igual cuando me piden que elija los diez libros que considero más importantes en mi vida. La última vez que lo hice seleccioné Las mil y una noches, los cuentos de Chéjov, los cuentos de Maupassant, las Rimas y leyendas de Bécquer, el Quijote cervantino, El Rojo y el negro de Stendhal, La trilogía de los Snopes de Faulkner, La montaña mágica de Mann, la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy y Ocampo y la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Díaz del Castillo. Pero pude comprobar que, con ocasión de una pregunta similar, había seleccionado La Odisea de Homero, La Celestina de Fernando de Rojas, La doncella de Orleans de Voltaire, y otros libros de Turguéniev, Dickens y Galdós, con La saga fuga de JB de Torrente, los cuentos de Julio Cortázar y los de fantasía científica de Fredric Brown. En fin, que no puedo pensar en un solo autor. Si tuviese que elegir un libro para llevármelo a una isla perdida, lo tendría demasiado complicado.


JUSTO NAVARRO

Leí las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, a los 12 años, en el colegio, y fue entonces cuando descubrí la música de la literatura, sus rimas, la literatura como llamada a la memoria y creación de un tiempo excepcional en el que cabían todos los tiempos. Allí se encontraban las personas que te eran más próximas y los héroes del pasado, los placeres, las hazañas y el dolor, los reyes y los pobres pastores de ganados. Y al final, como en una fiesta, una finalmusik, se encontraban los edificios maravillosos, los hombres espléndidos, las mujeres magníficas. Fue el descubrimiento del tiempo especial de la literatura: un tiempo en el que son simultáneos el pasado, el presente y el futuro que nos espera.


ÁLVARO POMBO

Mi clásico predilecto es Garcilaso de la Vega:
“Cuando me paro a contemplar mi ’stado
y a ver los pasos por do m’han traído,
hallo, según por do anduve perdido,
que a mayor mal pudiera haber llegado”
Por la belleza prosódica y rítmica del verso castellano. También, El lazarillo de Tormes.


CARMEN POSADAS

Sin duda el clásico que más me ha influenciado y al que le estoy más agradecida es Dickens. De él aprendí que se puede escribir un texto con dos niveles de escritura. Uno superficial que interese a un lector medio, y otro más profundo que llegue hasta ese lector culto, cómplice y exigente con el que todos soñamos. También aprendí muchos trucos útiles como crear personajes “redondos” y no planos, tramas de intriga que sirvan de coartada para lograr otros objetivos más literarios. Estos objetivos son por ejemplo hacer un estudio psicológico del ser humano, tejer una sátira de la sociedad así como elaborar un retrato de las miserias y también las grandezas que conviven en todos nosotros.


NATIVEL PRECIADO

Considero un clásico al egipcio Naguib Mahfuz, el único escritor en lengua árabe premiado con el Nobel de Literatura en 1988. La lectura de su obra, en especial Hijos de nuestro barrio, La epopeya de los miserables, El callejón de los milagros o su Trilogía, me dejó impresionada no sólo por indudable su calidad literaria o su estilo narrativo (es el escrito árabe más innovador), sino por su profundidad y su conocimiento de la vida. Sus historias, sus personajes y su descripción de El Cairo, me han llevado a visitar los barrios de la ciudad y a esperarle en el Café Al Fishawi, donde iba con frecuencia, antes de sufrir un grave atentado por parte de un terrorista “yihadista”. Fue, además, un escritor comprometido y valiente, pacifista, defensor del laicismo en el mundo árabe y de la convivencia de todas las culturas. Me parece un autor admirable.


FRANCISCO RICO

La Celestina. Comparto enteramente la imagen del mundo que se desprende de la Tragicomedia: “morada de fieras, mar de miserias, falsa alegría, verdadero dolor...” Comparto, sobre todo, la idea de que la vida es el peor de los males, de que propagarla es criminal y de que el único remedio es verla como un “juego de hombres que andan en corro” y tomársela a risa.


CLARA SÁNCHEZ

Kafka continúa siendo quien mejor ha expresado la rareza de este mundo. Todos somos el Gregorio Samsa de La Metamorfosis. Todos vivimos prisioneros en un cuerpo y en una situación y es muy difícil escapar. Hay que hacer un gran esfuerzo de imaginación para ver nuestras propias vidas desde otra perspectiva, que nos libere de la angustia. El caso es que para ver las cosas de otro modo, tendríamos que ser otro, ¿y si nos metamorfoseásemos? Antes que Kafka ya había soñado con esta posibilidad Apuleyo en su Asno de Oro y Ovidio en sus Metamorfosis, en que nadie muere para siempre.


FERNANDO SAVATER

Mi novela clásica favorita es Moby Dick de Hermann Melville (1851). Es el libro total, en el que se mezclan la narración de aventuras y la teología, la zoología y la filosofía existencial, el humor negro y la tragedia. Una reflexión completa sobre la desesperación y la esperanza de nuestro destino.


ÁNGELA VALLVEY

No es el que más me ha influenciado, pero sí uno de los que más ha conseguido conmoverme: Jorge Manrique, el de las Coplas a la muerte de su padre. Porque el tratamiento poético de la muerte que más me complace es el del Renacimiento. Por entonces vivió Jorge Manrique, soldado de los Reyes Católicos en lucha contra los partidarios de la Beltraneja, que murió tras ser herido por Pedro de Baeza a las puertas del castillo de Garci Muñoz, un 24 de abril de 1479. Jorge Manrique pasó su juventud luchando, escribiendo poemas de amor, dejándose querer por damas delicadas –también un poco histéricas–, y mirando de frente el rostro imposible, fascinante y libertino de la muerte, la misma de siempre, la que se cruzaba con él en la batalla y que un día le arrebató a su padre valiéndose de una terrible úlcera que le devoró la cara. Sus coplas son conmovedoras, y absolutamente intemporales: “Partimos cuando nacemos, / andamos mientras vivimos / y llegamos / al tiempo que fenecemos; / así es que cuando morimos / descansamos”. Versos sencillos, bellos y profundos. Universal e impecable.