EL RENOMBRADO ASOMBRO
La convivencia con los clásicos nos enriquece y en ocasiones nos salva
CARLOS PUJOL
En una entrevista de la televisión, cuando preguntaron a Borges cuál era el libro suyo que recomendaba, él contestó –con la mirada perdida en lo más alto, sin ver, y sonriendo enigmáticamente entre oracular e irónico– : “No me lean a mí, lean a los clásicos”. Un consejo de oro que nadie discutiría, pero que casi nadie sigue, por si acaso, no sabemos si por pereza mental o por miedo a acostumbrarse a la flor y nata de la literatura, lo cual debe de ser muy peligroso.
La palabra viene del latín “classicus”, que significaba ciudadano de primera categoría, y que ya en la antigüedad se aplicó a escritores ejemplares, que se pueden tomar como modelos. Es decir, los que son una enseñanza perenne, ésos para los que el tiempo no pasa. En cierto sentido son lo contrario de los “modernos”, los atados a unas modas que no tardarán en ser sustituidas por otras, ya que por definición una moda es algo efímero, pasajero, parece inconcebible que dure mucho.
Los clásicos son, pues, escritores que se perpetúan, que se eternizan, se suceden los siglos y a cada nueva generación se les descubre nuevos motivos de interés; son inagotables y también necesarios, uno comprende que sin ellos seríamos irremediablemente más pobres. Poseen el secreto de la eterna juventud, un mismo lector puede leer sus obras muchas veces, y en cada relectura encontrará en ellas, con renovado asombro, nuevas formas de verdad que se adaptan a cada uno de sus estados de ánimo.
El prototipo de los clásicos es naturalmente el viejo Homero, el más antiguo de la tradición occidental; pero a una distancia de veintiocho siglos, incluso leyéndolo en traducción, nos parece que como poeta ya lo había inventado todo, y que a menudo sus versos no admiten ser mejorados. Es posible que desde entonces hasta ahora hayamos venido a menos, el caso es que leyéndole seguimos congeniando con esta poesía que diríase que está hecha para cada uno de nosotros, para ahora mismo.
No obstante, es una solemne tontería, en la que ha incurrido el presuntuoso Harold Bloom (y no digamos los sabihondos del Ministerio de Educación, que imponen listas de libros obligatorios a nuestros adolescentes), establecer un canon literario. Cada cual tendría que elegir libremente con qué escritores congenia hasta el punto de hacer que le acompañen durante toda su vida. Cuando el asunto se convierte en un deber vamos por mal camino.
A cierta edad este repertorio personal podría incluir Los tres mosqueteros o Salgari, que a lo mejor luego se desechan; o no, por aquello de Pascal de que “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Ninguna nómina es un artículo de fe, si uno prefiere La isla del tesoro al Ulises de Joyce no pasa nada. Cada cual se apega a lo que le habla con mayor certidumbre, y se juzga a sí mismo según lo que elige leer y releer; en esta materia cualquier coacción es un error que se paga caro.
Como también acatar a ciegas juicios diríase que unánimes de excelsitud. El Quijote, que tardó siglos en tener ese estatus de novela por así decirlo sagrada, ahora tiene una reputación que estorba. No hay que pensar que si no gusta uno es un memo y un ignorante (que lo sea o no es otro asunto). Los clásicos no son un examen de listeza sino un repertorio de inmensas posibilidades que se pueden aprovechar o no, y entre las que cada cual escoge.
Escritores con los que compartimos nuestra lengua, que es su misma sustancia, y que nos hablan con palabras que resuenan íntimamente en nosotros. Poetas de ayer y de hoy, desde Berceo a los Machado, novelistas, gentes que han sabido decirnos lo que cada uno llevaba oculto en su interior y que ahora gracias a ellos podemos descubrir. Son los de la familia, a veces desagradablemente parecidos a nuestras peores tentaciones, pero al fin y al cabo de la parentela.
Aunque si nos quedamos en lo más próximo somos como alguien que se empeñase en no salir nunca de su casa. Hay un lugar en el que se vive y al que siempre se regresa, pero tenemos que ver mundo con la imaginación. Y ahí están los maravillosos viajes que nos agrandan por dentro infinitamente, y si es gracias a unos traductores, benditos sean. Quien no ha leído a Shakespeare o a Emily Dickinson, a Balzac, Baudelaire o Proust, a Dante, Leopardi o Dostoievski, sabe muy poco de sí mismo.
Hay momentos en los que es imprescindible leer Guerra y paz o las Memorias de ultratumba, casi nos va la vida en ello. Esta convivencia nos enriquece y en ocasiones nos salva, no sólo por lo que nos dice – por lo que oímos en medio del silencio, que muchas veces es como se oye mejor–, sino también por cómo nos lo dicen, maravillosamente bien, de una forma irresistible, persuasiva, deslumbrante.
¿Nombres todos antiguos? ¿Una colección de muertos? Muertos no, cualquiera que haga la experiencia de estas lecturas capitales comprenderá que no pueden estar más vivos. Algo antiguos sí, como medida de precaución, porque los contemporáneos fatalmente se equivocan, siempre ha ocurrido y sigue ocurriendo. Dentro de un siglo, ¿qué pensarán de nuestras glorias contemporáneas? Uno se atreve a suponerlo, pero se guarda mucho de proclamarlo urbi et orbe.
A comienzos del XIX, todos los españoles sabios y enterados estaban seguros de que Quintana era un poeta genial, quién lo diría. Y unas décadas después el mismo convencimiento señalaba a Campoamor y Núñez de Arce, y el propio Clarín ponía por las nubes Dolores, de un tal Balart. Y recordemos que en 1901 el primer premio Nobel de Literatura (empezamos bien) recayó en Sully-Prudhomme, la más completa y pomposa de las nulidades, justamente olvidado.
O sea que sin prisas, hay que dejar que se pose la polvareda de la actualidad, que impide ver claro, y eso lleva tiempo. Hay tanto para elegir que es una bobada precipitarse con la excusa de que hay que estar al día. Demos la razón a Borges, leamos a los clásicos y hagámoslo con libertad, arrebato y desenfado, sin temor reverencial, porque ellos escribían primordialmente para que alguien los leyese, alguien como nosotros. Y a ser posible, aunque eso ya es mucho pedir, con criterio y sensibilidad, que es lo que deberían enseñar en las escuelas.



