BICENTENARIO LARRA  

JESÚS MIRANDA DE LARRA

"Larra prefería la verdad duradera del texto frente a la precipitación de la noticia diaria"

GUILLERMO BUSUTIL

Jesús Miranda de Larra (Madrid 1942) es autor de Larra. Biografía de un hombre desesperado, publicado por Aguilar. En sus páginas, el descendiente del periodista romántico, sigue con rigor los pasos del intelectual reformista que se rebeló en sus artículos contra la España que le tocó vivir.

En su libro deja claro que la muerte de Larra se debe más a la incomprensión de su trabajo que al despecho sentimental.

Él se sentía desilusionado con los diferentes gobiernos en los que había depositado la confianza de que llevasen a cabo la regeneración de España. Larra estaba comprometido, junto con Espronceda, con la salvación de la patria, con la idea de que el país dejase atrás el antiguo Régimen y saltase a la libertad y al progreso, siguiendo los modelos de Francia y de la Constitución de Estados Unidos. Al final la suma de sus fracasos emocionales y sobre todo la falta de respuestas políticas lo hicieron sentirse solo y la ruptura con Dolores Armijo fue la gota que colmó el vaso, pero no la razón de su suicidio. Llevaba razón Machado al afirmar que fue un acto de orgullo y de madurez, él no quería ser parte del desastre.

Su ideas de libertad y de progreso calaron antes en Hispanoamérica que en España, donde incluso la generación del 98 no llegó a entenderle del todo.

Claro, porque los países americanos buscaban la libertad y la justicia que él pretendía para España. Por eso en México, en Argentina, lo toman como un adalid aunque tampoco estudiaron en profundidad los mensajes de sus artículos. Y con la Generación del 98 pasa algo parecido: lo rescataron como un baluarte de rebeldía y que también hablaba de España como problema. Pero Galdós y Unamuno no le entendían, tan sólo lo consideraban realmente Ortega y Gasset, Machado y posteriormente Cernuda. Hubo que esperar algunos años más para que su obra y su personalidad fuesen estudiadas y reconocidas con mayor amplitud.

En su libro, usted trata los problemas de censura que tuvo en el periódico El Observador, a pesar de ser ya un reconocido articulista.

En El Observador le prohibieron siete artículos porque los terminaba con puntos suspensivos y aquello no le gustaba al director. En sus contratos, Larra tenía una cláusula sobre el número de artículos que debía escribir, sobre los temas, sobre la obligación de volver a escribir otros nuevos en caso de censura y de no ser así se les retraerían de su sueldo. Hoy día la censura es una autocensura, una adaptación a la línea editorial de los periódicos y a lo que el público quiere. Larra prefería el periodismo literario, la verdad duradera del texto, frente a la precipitación de la noticia diaria.

¿Está de acuerdo en que Larra convirtió un estado de ánimo, su escepticismo, su desarraigo y su espíritu reflexivo, en periodismo?

Sin duda. Su carácter pesimista e insatisfecho, igual que su desarraigo, heredados de Cervantes y de Quevedo, le hacían sentirse, como señaló Umbral, ni europeo en Europa ni madrileño en Madrid. Aún así sentía la obligación moral de tirar del carro y creía que el periódico era la mejor forma de llegar con efectividad al pueblo, aunque es cierto que entonces el ochenta por ciento era analfabeto y que por tanto Larra se dirigía a la clase dirigente, pero sin olvidar que la revolución debía partir del pueblo.

Otra contribución de su libro es la de presentar la faceta humana de Larra, su preocupación por su mujer, por sus hijos.

Cuando se suicidó muchos lo consideraron un canalla que había abandonado a su mujer y no se ocupa de su familia. Pero no es cierto, sus cartas muestran su afecto, su preocupación por las necesidades económicas de ella, por la educación de sus hijos, etc. Él se enamoró de Dolores Armijo porque era una mujer intelectual, más cercana a sus propias inquietudes, pero nunca rompió con el afecto ni con la obligación que sentía hacia su familia.