BICENTENARIO LARRA  

LA FUERZA DE UN GOYA DE LA PALABRA

Es el Larra artista el que acredita al pensador y satírico

FRANCISCO NIEVA*

De vuelta de mi largo exilio en el extranjero, por los años 63 o 65, ya guardaba entre mis papeles los espectáculos titulados “Pelo de Tormenta” y de “Nosferatu”, obras estrenadas treinta y tantos años después de escritos. ¡Que ya es esperar! Pero mi éxito, como escenógrafo, fue más bien un impedimento para darme a conocer como autor de una copiosa producción al margen del sistema político y social. Sólo al final de aquel largo periodo aproveché la oferta de realizar los decorados y la adaptación de “No más mostrador”, de Larra, para desahogarme como autor, y haciendo “otra cosa”, que se llamaba “Sombra y Quimera de Larra”, ante las dudas y reparos de su director. Pero tan inequívoco éxito, me situó definitivamente.

¿Cómo se explica tal acierto? Porque Larra me acompañó, desde mi infancia republicana, a través de una selección de sus artículos, en una versión “para niños”, que me regalaron en la escuela. “Educación para la ciudadanía” que, a su modo, también promovía aquel régimen “ilustrado y librepensador”. Aquellos artículos me fascinaron por su colorido costumbrista, su gracia mordaz, a veces su melancolía pesimista. Y fue, para mí, el descubridor de toda una época, el auténtico meollo del Romanticismo español. Con Larra, ya tenía bastante para comprenderlo, más por lo derecho que a través de ningún otro escritor contemporáneo o posterior. Se celebran los 200 años de su nacimiento. Releamos de nuevo a Larra, porque nos vamos a estremecer, como si el tiempo no hubiera pasado. Esto es un clásico, este perpetuo renacer.

Mi larga relación con Larra está llena de emoción y poesía juvenil. Después de leerle con la mayor aplicación, en una fastuosa edición catalana, ilustrada por Apel. les Mestre; después de empaparme del libro que le dedicó Carmen de Burgos, me trasladaron a Madrid y fuimos a vivir en proximidad con las ruinas de aquel que fue “Cementerio de la Puerta de Fuencarral”, donde lo enterraron (por primera vez). En aquellas ruinas –escenario del heroico “frente de Madrid”– vivían familias de gitanos, que hacían habitáculo de los nichos, horadándolos y comunicándolos entre sí, de tal modo, que se podía ver a una joven gitana, con clavel en el moño, asomada a uno de ellos, como a una macabra ventana, mirando aquel mundo de desolación con indiferencia de esfinge. Un espacio removido por las pasadas trincheras, lleno de abrojos y cardos gigantes. Un escenario de Buñuel. En aquellas luctuosas soledades y en el más siniestro rincón, besé por primera vez a la persona amada. La misma que, un día, apareció con una sortija preciosa, perteneciente a Dolores Armijo, involuntaria inductora del suicidio, que le había regalado una descendiente de aquella. Calculen así, cuál pudo ser mi preparación sentimental.

Cuando me hicieron aquel encargo, casi me puse a delirar, dibujaba escenarios que para nada se necesitaban, una visión fantástica y crepuscular de aquel cementerio en ruinas, porque me acordaba del artículo “Día de Difuntos”; interiores burgueses destartalados, porque me acordaba de “El castellano viejo”. Me guiaba el pincel y la pluma del fantasma entrañable de Larra, sentido y “llorado” como si yo mismo endosara su piel. No sólo me consagró como dramaturgo, sino que me legó la visión acerba y melancólica de una España –siempre y en muchos aspectos– en retraso con lo que se ha llamado “modernidad”.

Porque, finalmente, aquello que yo sentía casi de niño y lo que luego me confirmó el conjunto de su obra entera, es que Larra, principalmente es un artista. Larra insufla vida y emoción en cualquier lector de ahora mismo y es el resucitador documental de un tiempo pintoresco y trágico, con la fuerza de un Goya de la palabra. Una palabra que graba al aguafuerte cada visión, cada emoción y sentimiento, superados y elevados afectivamente de categoría por obra de un artista. El secreto está aquí. Es el gran artista el que acredita al pensador y satírico, la belleza de la forma, su extrema depuración estética. ¿Qué hace que, esa pobre España romántica, cobre un imponderable valor artístico, al aparecer fantasmagóricamente sublimada por el arte, como una bella estampa, miniada e iluminada con primor, como una joya intemporal? Ha dejado de ser miserable, bajo el hechizo de una pluma, que la ha vuelto tan biensonante, tan bonita, pimpante y atractiva como una rapsodia musical. Una pieza maestra de orquestación sintáctica. Es el Larra artista, quien ha conquistado la inmortalidad.

(*) Dramaturgo, Académico y Premio Príncipe de Asturias.

[Texto leído el 23 de marzo de 2009 en el Ateneo de Madrid]