BICENTENARIO LARRA
LARRA, PERSONAJE Y MÁSCARA
Los tres autores que han recreado mejor su figura son Buero Vallejo, Juan Eduardo Zúñiga y Francisco Nieva
GREGORIO TORRES NEBRERA*
Desde que Galdós hiciera comparecer el espectro de Larra, a poco de su muerte, en uno de los pasajes de su episodio La estafeta romántica, y preso de orgullo preguntara a Fernando Calpena por su fama de escritor, satisfaciéndole escuchar que había sido único, el periodista de mayor prestigio de todo el XIX, Larra, ha sido referente de otros muchos escritores del siglo XX, empezando por los del Noventayocho, que supieron ver en sus escritos un válido y veraz antecedente de sus inquietudes regeneracionistas. Azorín y Baroja eran los integrantes más famosos, entre otros, del grupo que fue a honrar el humilde y abandonado nicho larriano, en el desaparecido cementerio de San Nicolás, en el aniversario de su suicidio, ya en 1901. Se publicó un folleto-crónica con ese motivo, y fue referencia central en uno de los capítulos de la novela de 1902 La voluntad. Decía Baroja en aquel raro folleto que se acercaron hasta el recoleto cementerio con ramilletes de violetas y, cuando la portera del recinto preguntó por la relación del grupo de visitantes con el enterrado, les salió espontáneamente decir que el visitado era “uno de nosotros”. Así, junto a la tumba de Larra se puede decir, exagerando un poco y desempolvando la foto en sepia, que nació la Generación del 98, como junto a la memoria de Góngora surgió la del 27. Y hubo, en esta última, un poeta excepcional en tantas cosas, como Cernuda, que se identificó con los dos autores citados –Larra y Góngora–, y los recreó en sus versos. También el autor de La realidad y el deseo visitó la tumba de Larra con unas violetas en el centenario de su muerte, cuando España volvía a verse desgarrada en otra guerra civil, como la que había presenciado, y de la que se había dolido, el cronista madrileño. Y, en la estela de Larra, Cernuda pudo afirmar que “escribir en España no es llorar, es morir”.
Y es que Larra, que fue mediocre versificador de poemas ocasionales, ha sido recreado por algunos poetas de primerísima fila. Un diálogo post mortem, con el fallido amor en el fondo del cuadro, compuso Aleixandre en sus postrimerías creadoras para entender el camino que lleva a la verdad, la «lucidez helada», que en Larra tuvo forma de caja amarilla y dos pistolas abrazadas bajo el raso del estuche («La mano entonces tiene todo el/ conocimiento/. Y dispara» Y antes y después el suicidio larriano, el estado depresivo y visionario del escritor, fecundó versos de Gimferrer (“Mi amor, mi amor. Cómo me están doliendo/ con esta luz de atardecer los ojos”) o de García Montero (que, frente a los otros poetas, prefiere imaginar un Larra todavía con ganas de vivir, semanas antes de habitar la “casa del frío”). Pero en un reciente libro titulado Universo sonámbulo el poeta Ángel García López cambia el fatalismo de la historia, rescata al doliente escritor de la calle de Santa Clara, le hurta la amenazante trampa de la caja amarilla y lo convierte en un amante entre cínico y vitalista, que da el amor por acabado como una estación de paso: apechuga con el desamor, lo hace un lío, mezclándolo con su equipaje de fin de semana, y da el salto que conjura el hado que tan famosa ha hecho la biografía larriana. No hay disparo, sino paso adelante: «y me fui por la calle, tan alegre, cantando», como una máscara más de aquel 13 de febrero.
Pero los tres autores que han recreado mejor, hasta ahora, la figura de Larra son dos dramaturgos y un narrador. Empezaré por Juan Eduardo Zúñiga y su libro Flores de plomo. Un minucioso asedio desde diversas perspectivas al día señalado. Los inmediatos antecedentes y los efectos posteriores de aquel suicidio sentido como una piedra lanzada al centro mismo del estanque alterado y bullanguero que es Madrid en el carnaval de 1837. Acompañamos la inquietud, llena de alucinaciones premonitorias, del escritor que recibe de su colega Mesonero la mala nueva de la intención de ruptura por parte de Dolores, y a la misma Armijo exigirle la devolución de las cartas en el gabinete con el espejo-testigo y la caja de pistolas ejecutoras. Cuando las mujeres, amante y cuñada, están a punto de atravesar el zaguán de la casa de la calle Santa Clara, tienen tiempo de oír un disparo, como el resto de vecinos de los cuartos colindantes: los efectos estallan, y se multiplican, en la esposa infiel que ha sido ocasional amante del escritor, en el zapatero que le preparaba a don Mariano sus acharolados botines; incluso llega el eco lejos de Madrid, a la Valladolid en la que vive, retirado, el doctor Larra. Y más todavía. Zúñiga esboza un eco biográfico-identificativo entre dos escritores suicidas que se esforzaron, cada uno a su modo, en corregir costumbres: las últimas horas de Felipe Trigo empezaron el día en que, imagina Zúñiga, el novelista estuvo releyendo artículos del periodista, y como aquél en la tarde contada en el primer capítulo, también oye el irresistible reclamo de la Muerte.
De modo distinto, pero igualmente brillante, Larra ha sido reelaborado como personaje teatral por dos nombres señeros de nuestro teatro contemporáneo: Buero Vallejo y Francisco Nieva, y en el mismo año de 1976. El primero –autor de la “fantasía” La detonación– hace comparecer al escritor en el proscenio, y mientras lentamente aproxima la pistola a la sien, se reconstruirá lo que ha sido su vida, como amante y como periodista, sus contradicciones (puestas de manifiesto por el criado, pues Buero se apoya especialmente en el excelente artículo larriano “La nochebuena de 1836”) y la diaria lucha con la gran hipocresía de la política, de la literatura y de la sociedad. Haciendo signo escénico el aserto larriano “todo el mundo es máscaras”, Buero hace que todos los personajes con los que se relaciona el periodista lleven una máscara que oculta sus verdades, esas caretas que los artículos de Fígaro se esforzaron en arrancar. Y su lucha con la censura, haciendo posibilismo en un contexto de coerciones imposibilitadoras. Buero eleva el fatídico gesto del suicida al acto personal que debe despertar conciencias y compromisos. Nos lo dice con el personaje del criado en el ultílogo del drama: “Es curioso. Tantos disparos y cañonazos que he oído en mi vida, apenas los recuerdo. Y aquella detonación que casi no oí, no se me borra ¡Y se tiene que oír, y oír, aunque pasen los años! ¡Como un trueno…que nos despierte!”
Otro Larra algo más cínico y mordaz, hasta ponerse en su contra a un grupo de cómicos a los que tanto criticó en sus artículos sobre el teatro de su tiempo, es el que recrea Nieva en su muy particular adaptación de una comedia de costumbres, que a su vez el periodista había refundido de un vaudeville francés. Así surge Sombra y quimera de Larra. Sobre el siempre útil, recurso del teatro dentro del teatro, asistimos a la recreación, en un coliseo del XIX, de ese texto, y a la vez, somos testigos de los comentarios, disputas, ocurrencias y diferencias de los cómicos en sus camerinos y entre bastidores, sabiendo que el mismo Larra los mira, los juzga, los sentencia oculto en el palco más próximo al proscenio. El fondo de la comedieta que ha escrito el señor Larra tiene que ver con la ridiculización de una burguesía que fracasó en el protagonismo que se le tenía encomendado por fatua o por inculta (Galdós se encargó de acentuar este diagnóstico). Pero vamos advirtiendo que los defectos que los actores encarnan, referidos a sus personajes, son también achacables a ellos mismos, y encima están incapacitados para verlos y corregirlos. Y saben, y eso les irrita más, que la conciencia de Larra ha escrito aquella obra para ponerlos en evidencia. Pero saben también que el esfuerzo de Larra cae en baldío: una detonación es la que ahora, en el palco del teatro de la vida, terminará con la representación de los actores y de sus máscaras.
(*) Catedrático de Literatura Española de la Universidad de Extremadura.



