BICENTENARIO LARRA
EL OBSERVADOR INSATISFECHO
La denuncia de las palabras vaciadas de sentido por el poder confieren a la obra de Larra su asombrosa modernidad
RICARDO SENABRE*
El mejor modo de calibrar las aportaciones de un escritor, una vez que el paso del tiempo nos permite contemplar su obra con la suficiente perspectiva, es dilucidar su origen y analizar los caminos que ha abierto, los modelos que ha ofrecido y otros autores que han podido desarrollarlos luego. En el caso de Larra, su perduración es evidente: continúa siendo el punto de arranque del periodismo moderno, sobre todo de lo que entendemos por periodismo de opinión: la atención crítica a los problemas acuciantes de la actualidad; la amplitud de sus intereses, desde las costumbres hasta los espectáculos –sin excluir temas como los toros, la caza o la pena de muerte–, hasta la política de su tiempo; la reducción de muchas de sus piezas, nacidas para imprimirse en esas publicaciones inestables que son los periódicos de la época, a textos breves, preludio de las actuales columnas, donde la precisión expresiva es el elemento esencial, son algunos de los rasgos que hacen de Larra un precursor, y de su obra un dechado en el que hallar los principios fundamentales del nuevo género. Pero lo más importantes, junto a la contextura formal de los escritos, es que todos ellos emanan de una persona moral y tienen como propósito –tal vez inalcanzable, como toda utopía– la reforma y la modernización de la sociedad.
Los artículos de Larra, donde con frecuencia se filtran indicios de una fuerte impregnación de Quevedo, coinciden en el tiempo con los cuadros costumbristas de Mesonero Romanos, y ambos autores son, a la vez, deudores de Jouy, fundador de la Gazzette de France y autor de L’Hermite de la Chaussée d’Antin, donde reside el origen del género. Pero basta examinar los ecos de Jouy en Larra para advertir las innovaciones radicales de éste con respeto a su modelo. Es cierto que muchos artículos de Larra tocan asuntos que ya había tratado Jouy, a veces con un título idéntico o similar: “El álbum”, “las casas nuevas”, “La educación de entonces” o “El día de los difuntos de 1836”, por ejemplo, se inspiran en trabajos análogos de Jouy, que también utiliza en ocasiones la ficción de la carta de un corresponsal que pregunta por las novedades de la Corte. La “Lettre d´un bourgeois du marais à l’hermite de la Chaussée d´Antin” anticipa el esquema constructivo de “Carta de Fígaro a un bachiller” de Larra. Pero, fuera de esta semejanza formal, hay pocas analogías. Si Jouy se detiene en la observación de las costumbres del día de difuntos, por ejemplo, Larra se despega del motivo y extiende su mirada hasta la contemplación alegórica de la vida y de la sociedad como un gran cementerio de ilusiones y esperanzas.
Hay en Larra un contemplador insatisfecho, un testigo invadido por cierta desazón ante la realidad circundante que lo segrega inmediatamente de los costumbristas coetáneos –incluido Mesonero Romanos–. La visión de Larra opera con dos planos –el de la realidad contemplada y el del mundo deseado–, y el escritor subraya sin cesar el desajuste, con un espíritu que anticipa claramente las posturas del regeneracionismo finisecular. La denuncia, a menudo irónica, de las continuas trabas impuestas por la censura gubernamental hace añorar la libertad de imprenta (en artículos como “Carta de Fígaro a un bachiller, su corresponsal”, “las antigüedades de Mérida”, “Lo que no se puede decir no se debe decir” y otros muchos); la administración raquítica y anquilosada repleta de funcionarios perezosos, muestra sobradamente el inmovilismo de la sociedad (“Vuelva usted mañana”, “¿Entre qué gente estamos?”). Dondequiera que Larra dirige la mirada sólo ve síntomas de una atroz incultura (“la vida de Madrid”, “Jardines públicos”). En general, la existencia española es átona, mortecina, carente de vivacidad, y se halla sumida en un “monótono y sepulcral silencio”, como se lee en “La fonda nueva”. Éstas son algunas de las preocupaciones de Larra, convertidas en motivos permanentes de sus escritos. Pero no olvidemos una de las armas de Larra, la ironía de estirpe cervantina, que puede planear sobre las cuestiones más serias, como esta misión de denuncia adoptada por quien ya podemos considerar un periodista moderno. En “Dos liberales”, o en “Lo que es entenderse”, un corresponsal, sin duda liberal y amante de su país, según sugiere Larra, envía al autor una carta llena de consejos: “Escribir nuestros mismos defectos para que los corrijamos es disparate, porque no por eso los hemos de corregir, debe alabarse todo lo que hagamos, siquiera para no dar que reír a nuestra costa a los carlistas”.
He ahí, enunciado a la pata llana y calificado burlonamente de “disparate”, el programa de Larra, el fundamento de su literatura: mirar hacia el pasado sólo para no enquistarse en él, dinamizar la sociedad, subrayar que los tiempos nuevos requieren pensamientos y conductas de nuevo cuño, advertir que el progreso exige siempre evolución en todo: en la mentalidad, en la educación, en la política, en las costumbres. Incluso en el lenguaje, lo que explica muy bien la postura de Larra ante los usos idiomáticos. A los diecinueve años arremete, en El Duende satírico del día, contra la publicación El correo literario y mercantil por su lenguaje lleno de incorrecciones gramaticales, galicismos y vulgarismos. En “Donde las dan, las toman” muestra igualmente una actitud purista y contraria a la adopción de extranjerismos innecesarios, pero reconoce que, en cuestiones idiomáticas, el uso convenido es “el único legislador de las lenguas” y que el vocabulario debe renovarse. En “El álbum”, y a propósito de esa palabra, se opone al rechazo purista, ya que “desde el momento en que por mutuo acuerdo una palabra se entiende, ya es buena”. Lo que censura Larra son las construcciones inertes y desgastadas. No hay que olvidar que el lenguaje es una convención social –y que a Larra nada social le es ajeno– y también, de manera inevitable, fiel trasunto del espíritu, la educación y la sensibilidad de individuos y pueblos. Por eso hay, según Larra –que remeda aquí burlonamente la mentalidad absolutista–, un vocabulario “malo”, donde figuran palabras como conspiración, libertad o imprenta, frente a un vocabulario “bueno”, constituido por voces “que no dicen nada por sí”, como prosperidad, justicia, progreso, responsabilidad o regeneración. Esta denuncia de las palabras vacías –o más bien vaciadas de sentido por el poder dominante– es uno de los múltiples pasajes que confieren a la obra de Larra su asombrosa modernidad, su actualidad permanente, apenas erosionada por el paso inclemente del tiempo.
(*) Catedrático de Teoría de la Literatura de la Universidad de Salamanca.



