BICENTENARIO LARRA

UN PERIODISTA INSOBORNABLE 

El vigor y la coherencia de sus artículos no fueron superados por los otros géneros que cultivó

Mª DEL PILAR PALOMO

En 1822, Shelley se ahoga en el golfo de Spezia y sus cenizas son incineradas en la playa en presencia de Byron; éste muere en Grecia, en 1824, mientras colabora en la independencia del país; en 1837 se suicida Larra en Madrid; en 1842 fallece Espronceda, que ha llorado ante la muerte de Fígaro…Ninguno ha alcanzado los cuarenta años de edad. ¿Símbolos del Romanticismo europeo? Sin duda alguna lo son, como lo fue Werther, el trágico personaje de Goethe, que propició los numerosos suicidios que protagonizó la juventud europea en el exaltado Romanticismo que le sucedió. Pero pienso que Larra es algo más complejo que un símbolo del movimiento romántico, pese a su suicidio aparentemente motivado por el fracaso de una pasión amorosa. Es incuestionable, por histórico, que el pistoletazo que puso fin a su vida, a los veintiocho años de edad, resonó minutos después de la salida del domicilio del escritor de Dolores Armijo, que ha ido a él para romper, definitivamente, con su amante. Y Larra es, no podemos olvidarlo, el autor de la novela El doncel de don Enrique el Doliente y del drama Macías. Ambas obras se publican en 1834, tras el estreno del drama el 24 de septiembre. Y Larra, en ellas, se inserta en la larguísima tradición literaria que se detuvo en la legendaria historia del trovador gallego que ha sido símbolo español del amante de destino trágico. Desde sus escasos poemas insertos en el Cancionero de Baena, su figura aparece casi obligadamente en los “infiernos de enamorados” de la poesía del XV y Juan de Mena le da su espaldarazo poético cuando el desgraciado amante advierte de los peligros de una desatinada pasión amorosa desde las bellísimas estrofas del Laberinto al Fortuna, “amores me dieron corona de amores…” Santillana, Rodríguez del Padrón, Argote de Molina, Lope de Vega… Incluso llegará a la desmitificación barroca de Quevedo cuando contempla en el Sueño de la Muerte, a los amantes –“con muy poquito seso”– que desde la Antigüedad rodean a Macías, en cecina. Todo ello llegaría a Larra, que diversifica el argumento en la novela y el drama y ambos sobre el mismo personaje. Pero Larra añade a la historia dos notas personales, bien destacadas por la crítica actual, su fusión mítica con ese amante legendario, que le lleva, incluso, a la reveladora identidad física entre Macías-Larra y Elvira-Dolores. Pero, sobre todo, que la figura del trovador aparezca, sutilmente, como un desafío a la sociedad, lo que evidencia, junto a la fusión con Larra, un frente de libertad. En Macías, según el prólogo puesto por su autor a la edición, éste se propuso, únicamente “retratar a un hombre” que estuvo sometido “al frenesí de su loca pasión” ¿Solo romanticismo? En Larra siempre vislumbramos algo más: su insobornable oposición a lo establecido, cuando la norma social se ha convertido en imposición, incultura, atraso, tiranía…

Pero era oposición, solo muy sutilmente añadida a su novela y su drama, tuvo en sus artículos de prensa el lugar idóneo: el periodismo, al que le llevó una tempranísima y vehemente vocación, que declara al rememorar cómo se le iban “los ojos tras cada periódico y era un pío mañana y noche” antes de su paso a la total profesionalidad en 1833, tal como declara en el célebre artículo “Ya soy redactor”.

Pero antes de su participación en La Revista Española –y en las numerosas publicaciones en que colaboró– el jovencísimo Larra ha comenzado su tarea de articulista en dos revista unipersonales: los cinco fascículos o folletos de El Duende Satírico del Día (1828) y El Pobrecito Hablador, con los catorce números de este último que van apareciendo desde agosto de 1832 a febrero de 1833. Son, naturalmente –sobre todo en la segunda publicación– donde Larra ha publicado sus artículos costumbristas más famosos, como “El castellano viejo”. Pero el costumbrismo de Larra, está cargado, desde el principio, de una intención satírica y hasta reformadora. Así, cuando publica en El Duende su artículo “El café”, resuena en él, muy intencionadamente, la expresión “¡Pobre España!” que, al igual que otras varias, pasaron al uso lingüístico del español como testimonio de una actitud de crítica social y política: pensemos en articulos como “En este país”, o en el popularísimo “Vuelva usted mañana”. Son títulos, evidentemente, que van más allá del costumbrismo, lo que vieron muy claro sus contemporáneos, que le conceptuaron como escritor satírico más que como impasible retratista del espejo social. No es casualidad, por tanto la adopción de su más célebre seudónimo, Fígaro, el personaje de Beaumarchais, prototipo del escritor revolucionario, tal como se entendió en el XVIII.

Pero antes que Fígaro está el Duende y el Bachiller Pérez de Munguía, el supuesto autor de los escritos del Pobrecito Hablador, que a su vez, al tiempo que el nombre de la publicación, es el seudónimo del personaje. A través de los catorce números de la revista, el Bachiller escribe cartas a Andrés Niporesas, su corresponsal en Madrid –que le contesta– porque Pérez de Munguía, el Bachiller, está retirado en un espacio, real, pero literaturizado, que Larra eleva a símbolo de España: las Batuecas. Espacio de una bastante larga trayectoria literaria –recordemos a Lope– pero que Larra convierte en mito. Los batuecos son los españoles y cuando el Bachiller tropieza con uno, es un batueco el que discurre por un escenario que puede ser Madrid o, amplificando espacios, cualquier lugar de España. La región salmantina de las Batuecas había transitado por la Historia de espaldas a la modernidad. Y partiendo de ello, Larra parece establecer una sarcástica regla de tres: las Batuecas son a España lo que España es a Europa. No creo necesario anotar el triunfo popular de esta utilización larriana (recordemos en pleno siglo XX, las nuevas Cartas Batuecas de Jaime Campmany).

Así pues, en El Pobrecito Hablador, el extraordinario periodista profesional que firmará Fígaro, ha mostrado ya su evolución posterior: el crítico y mordaz satírico de todo lo que en España está necesitado de reforma. Porque en el drama y la novela romántica su afán de reforma se diluía, pero sus artículos serán la plataforma de su actitud ante España. Una preocupación que le enlaza –hasta en la forma, recordemos a Cadalso– con los ilustrados del XVIII y le lleva a convertirse en símbolo de los escritores del 98, que llevaron a su tumba las flores simbólicas de su reconocimiento.

(*) Catedrática de Literatura Española de la Universidad Complutense.