LECTURAS POESÍA

POESÍA

Joan Margarit y José Manuel Caballero Bonald

  

DE LA FELICIDAD COMO POÉTICA

JESÚS AGUADO

Misteriosamente feliz
Joan Margarit
Visor
Precio: 20 €
Páginas: 177

En tres poemas de este libro usa Joan Margarit el título del mismo. En “Bandoneón”, en el que el autor baila un tango con la Desconocida, es decir, con la Muerte. En “Relato de madrugada”, en el que reescribe un relato de Chéjov cuyo protagonista, taxista ahora y cochero de carruaje en el autor ruso, le va contando a todos sus pasajeros que su hijo ha muerto. Y en “Almuerzo en Los Pinos”, en el que, recordando un restaurante donde de pequeño solía comer con su familia los domingos, aparece un “lobo con cáncer de garganta” pero también “el saxo sin prisas de Ben Webster”. Septuagenario, como él mismo se encarga de recordarnos en muchos de estos textos, a solas con sus recuerdos posibles (lo que le sucedió) e imposibles (lo que tuvo que haberle sucedido sin que jamás lo hiciera), Joan Margarit se declara “misteriosamente feliz”, en orden, preparado para escribir su propio final, libre “para caer como las hojas”, abierto a dialogar cara a cara, como hace en el poema más extenso del libro, con la Muerte y sus mensajeros. Una felicidad sin trampas que contagia a sus lectores (por su alegría sin embelesamientos ni beatitudes y por su serena aceptación de los múltiples tonos de la vida), y un misterio, el de esta felicidad de las postrimerías, el de esta felicidad contra pronóstico, que es también una implícita declaración de principios poéticos: es la poesía la que nos salva de la caída en la desesperación, la tristeza, la angustia o el abandono; es la poesía la que nos enseña a no empequeñecernos ante la enormidad (biológica, metafísica y existencial) de la desaparición, de la total extinción de lo que somos, ya que la poesía le otorga a quien la practica una estatura gracias a la cual puede enfrentarse la Muerte Desconocida en igualdad de condiciones. Quien sabe esto queda, “misteriosamente feliz”, disponible a lo que venga pero sobre todo disponible a lo que todavía es, este presente repleto de amores, recuerdos, viajes, paisajes o emociones con los que uno puede seguir construyéndose momentos habitables y claros. En este contexto son muy aclaratorios dos de los poemas en los que toma posición a favor y en contra de poetas y poéticas: en el primero, “Leer poesía”, condena la oscuridad y el miedo, para Margarit sinónimos, de Paul Celan, cuyos silencios y vacíos angelicales no son más que basura; en el segundo, “Orden”, escrito en memoria de Ángel Gozález, apuesta, como hizo éste, por el orden, la luminosidad y la limpieza como valores poéticos. Para Margarit la felicidad y el misterio de la vida y de la poesía necesitan lámparas encendidas y vientos enredándose en los árboles, y se asfixian hasta sucumbir en las habitaciones cerradas del hermetismo.

Joan Margarit ha escrito un libro que la Muerte, tan torpe todavía a pesar de los milenios que lleva ejerciendo su oficio, leerá para aprender un poco mejor su tarea (y mientras lo hace quizás se olvide del autor y de sus lectores) y que nosotros, tan desatentos a pesar de que sólo se nos dé una oportunidad de experimentar la vida, leeremos para mejorar ésta. Misteriosamente feliz es el gran libro de madurez de Joan Margarit; o quizás habría que decir los dos grandes libros, ya que las versiones catalana y castellana, ambas del autor, de vez en cuando difieren significativamente, hasta el punto de que entre una y otra puede haber varios versos de diferencia, como ocurre, por ejemplo, en “El último lugar desconocido”. Una poética bilingüe de la felicidad que duplicará, sin duda, los beneficios de la lectura.

 

LA PALABRA INSUMISA

IGNACIO F. GARMENDIA

La noche no tiene paredes
José Manuel Caballero Bonald
Seix Barral
Precio: 17 €
Páginas: 160

Hace apenas unos años que reunió por tercera vez su poesía completa, con el hermoso título de Somos el tiempo que nos queda, y desde entonces ha añadido dos nuevas entregas a una obra que tiene asegurado un lugar de privilegio en la lírica española contemporánea. Sobrepasada la barrera de los ochenta, José Manuel Caballero Bonald, que alguna vez afirmó que sus relaciones con la poesía no se han caracterizado por la tenacidad –y de hecho ha atravesado largos periodos sin publicar obra nueva–, muestra una vitalidad creativa tanto más notable cuanto que su producción reciente brilla a la altura de lo mejor de su propia trayectoria. Lejos de la complacencia epigonal que puede tentar a los autores veteranos, el único superviviente de la generación del medio siglo no se ha recreado en los logros alcanzados, y si reconocemos en su discurso poético, de siempre tan diferenciado del que practicaron sus compañeros de grupo, ciertas constantes temáticas y los rasgos propios de su singular estilo, los nuevos poemas de Caballero –casi un centenar, más depurados que nunca de ornamentos y ampulosidades– son toda una lección de renovado clasicismo.

Desde su propio título, “intencionadamente novelístico”, el libro revela su parentesco con el anterior Manual de infractores, pues que la disidencia y la libertad son dos maneras de designar una misma actitud ante la vida, central en la poética de Caballero. A modo de pórtico, el poeta recoge –junto con unos versos de Rimbaud, el rebelde por excelencia– una cita de Claudio Rodríguez, “Bienvenida la noche con su peligro hermoso”, que sugiere desde el principio que el ejercicio de la libertad puede ser la más bella de las opciones, aunque también conlleve sus riesgos. La noche es el territorio de lo desconocido, el refugio de los insumisos, un espacio propicio para la transgresión: “Nada de lo que ocurre de día es lo mismo de noche, / cuando los subrepticios módulos de la imaginación se vuelven más impredecibles / y no hay nada que permita distinguir los intervalos taciturnos de la claridad” (Pompas fúnebres). En efecto, la noche no tiene paredes, y en ella rigen otras reglas o no rige ninguna: “Cuando la noche acaba, acaba tu aventura” (Cuando la noche acaba).

Están aquí los temas habituales de la poesía de Caballero, el amor, el mar, el paisaje de Argónida, el paso del tiempo, el “eco funeral de la memoria” (Desaprendizaje) o lo que el propio autor llamaba, en su anterior poemario, “las exequias innobles de la edad”, retomado al comienzo mismo del libro: “La edad me ha ido dejando / sin venenos, malgasté en mala hora / esa fortuna / ¿qué más puedo perder? (Tiempo de los antídotos). Desde la conciencia del acabamiento, la voz del poeta se ha tornado más grave y melancólica –“Tristeza / de estar aquí acordándome de algo / que queda ya más lejos que el recuerdo” (Mala hora)–, y proclama la extrañeza de sí mismo –“Ya no te reconoces / sino a ratos perdidos” (Frente al espejo, la afanosa máscara)– sin renunciar a la ironía –“La única estrategia que puede más que el tiempo / es conseguir perderlo impunemente” (Pérdida de tiempo)– ni dejar de combatir “la falsa fiebre amarga de la abulia” (Sustancia del recuerdo) ni perder de vista una realidad que no resulta en modo alguno satisfactoria. Caballero practica un moralismo de ley que busca desenmascarar la retórica del poder –“El virtuoso cumple con sus pariguales / segregando monsergas y esgrimiendo / ese atroz manual del crimen por encargo” (El virtuoso)– y las añagazas del orden establecido, pero su posición dista mucho de ser autoindulgente. Celebra la nobleza y la decencia (El justo), pero no oculta la sensación “de haber vivido mucho / y haberlo incautamente malversado” (Todos los recuerdos). Se instala, al cabo, en el descreimiento –“la perentoria convicción de la duda” (Prestigio de la duda)–, porque en un mundo de verdades relativas, la muerte es la única certeza.

El discurso poético de Caballero es denso, complejo, absorbente, lleno de asociaciones desusadas, a veces enigmáticas que no revelan su sentido sino después de la relectura atenta. En esta última etapa de su obra, permanece el gusto neobarroco por el verso conceptista, pero su expresión se ha hecho más severa, meditativa y sentenciosa, como muestran los aforismos, a menudo paradójicos, que cierran algunos poemas: “Soy a la vez quien ama y aquello que yo amo” (Sinergia), “Vivir es ir dejando atrás la vida” (Recuento), “Quien mira el firmamento elige la locura” (Elogio de la locura), “Tu tiempo empieza cuando ya te has ido” (Cita incumplida), “La noche es un remedo veraz de insumisión” (Solución preferente) o “El fulgor del pasado enciende el porvenir” (Propiedad del prisma). Hay también una cierta deriva irracionalista, plasmada en imágenes visionarias de intenso sabor surrealista: “De noche los cuchillos / hieden a alcuza y hospital, sudan / copiosamente, compiten con los charcos / del suburbio y buscan / el cuerpo más análogo a la luna, ese lujo / viscoso de la sangre, esa querencia / tan pobre de la lluvia” (Clase de cuchillo). Es un discurso cifrado pero no indescifrable, hermético pero no intransitivo, que asume la complejidad del mundo y se aplica a su interpretación –desechando el mero retrato– por medio de un lenguaje extraordinariamente elaborado.
“El verdadero tema de la poesía de Caballero Bonald es el lenguaje, en la medida en que el lenguaje se revele susceptible de ser a la vez condición y vehículo de conocimiento”, ha escrito Pere Gimferrer. “Únicamente soy / mi libertad y mis palabras”, sentenció famosamente el poeta, que cita su hallazgo en otro poema memorable: “Vengo de una palabra y voy a otra / errática palabra y soy esas palabras / que mutuamente se desunen y soy / el tramo en que se juntan / como los bordes negros del relámpago / y soy también esas beligerancias de la vida / que proponen a veces una simulación de la verdad” (Vengo de una palabra). Poesía y verdad, pero no la verdad de la ortodoxia. Los años no han hecho más que fortalecer la vocación insurgente de Caballero, su apuesta por la libertad no exenta de ira. Lo dice una vez más en un poema reveladoramente titulado La intranquilidad del deber cumplido: “Dichoso aquel que un día desanduvo la vida / hasta alcanzar la paz de lo no aconsejable”.