FIRMA INVITADA
LOS DUEÑOS DE LA LITERATURA
Grandes errores de los comités de lectura
LORENZO SILVA
El 11 de Enero de 1914 André Gide le escribía a Marcel Proust una famosa y muy significativa carta. En ella, le ofrecía sus disculpas por haber sido determinante en el rechazo por parte de Gallimard del manuscrito de la primera novela de la Recherche, que abocó a Proust a publicarla a sus expensas con Grasset, y que despojó a la editorial de la que a la sazón Gide era asesor del honor de inaugurar ante el público el ciclo narrativo más influyente de la literatura francesa del siglo XX. Las razones de aquella misiva bien merecen una pequeña cita: “Para mí, usted seguía siendo aquel que frecuentaba a Madame X o Y, y aquel que escribía en Le Figaro. Le tenía por un esnob, un mundano amateur, es decir, algo que no podía ser más inoportuno para nuestra revista”. Según la versión que daría años más tarde el editor Gaston Gallimard, la negativa a publicar Por el camino de Swann se fraguó en casa de otro de los miembros del consejo asesor de la editorial, Schlumberger, quien resumió la novela ante un distraído Gide que hojeaba con desgana el manuscrito como una historia en la que “salían muchas duquesas”.
La actitud de este involuntariamente célebre comité de lectura ejemplifica bien cierto talante que viene de atrás y que se prolonga hasta nuestros días: el de aquellos que se sienten en posesión de la verdad literaria, hasta tal extremo que ni siquiera precisan de verdaderos argumentos para expedir o negar permisos de residencia en una república de las letras que bajo su escrutinio pasa a ser despótica autocracia. Basta con la conversión de sus personales prejuicios en piedra de toque para decidir la consistencia o inconsistencia de la creación ajena. Cual aprendices de Calígula, parecen disfrutar tanto al nombrar cónsules a los rocines que son de su agrado como al hacer ejecutar a los ciudadanos honrados que por cualquier motivo, incluso espurio, les resultan incómodos o irritantes.
Dentro de esta especie, hay un grupo especialmente nocivo, que es el compuesto por aquellos que alguna vez, pongamos por caso, perpetraron una novela, cuyo círculo de lectores no consiguió expandirse más allá de sus amigos, familiares y turiferarios movidos por el interés. O que incluso llegaron a algunos más, pero siempre por debajo de sus formidables expectativas. A éstos se refería Raymond Chandler en su memorable y demoledor sarcasmo sobre cierto mediano novelista y temible crítico: “El problema de lo que es literatura trascendente se lo dejo a pelmas gordos como Edmund Wilson, un hombre de muchos méritos, entre los que personalmente me inclino con mayor reverencia ante el de haber logrado hacer de un coito algo tan aburrido como un horario de ferrocarriles”. Con la perspectiva del tiempo transcurrido y de dónde ha colocado a cada uno, bien le asistía a Chandler el derecho a usar de su acerada ironía para repeler el desprecio de que Wilson le hiciera objeto. Pero no es ésta la respuesta que un servidor considera aconsejable para estas personas que, al fin y al cabo, aunque no sepan respetar a los demás, son lectores cuyo criterio merece ser tenido en cuenta.
Y es que entrar a refutar o ridiculizar sus juicios categóricos es hacerse tan vanamente dogmático como ellos. A los inquisidores convencidos de poseer la verdad, inevitables en cualquier comunidad humana, no es preciso combatirlos; basta con negarles la autoridad para celebrar autos de fe. Sin ella, se convierten en portadores, y en su caso portavoces, de una lectura entre tantas de la realidad, y que incluso contribuye a enriquecerla. Como Marcel Proust, el verdadero creador sabe que su contrato lo concluye consigo mismo y con los lectores. Y que el André Gide de turno, con todos sus aspavientos, no pasa de sostener una opinión más. Que puede ser, a veces, la menos fundada.



