CLÁSICO
EL HOMBRE QUE SE SABÍA EL CATECISMO
“Chesterton nos descubrió que el sentido común no está en lo que todos repiten, sino en lo que nadie se atreve a formular”
JUAN MANUEL DE PRADA
Un escritor tan dotado para la paradoja como G. K. Chesterton no podía tener otro destino que no fuese paradójico. Y sobremanera paradójico resulta, en efecto, que una época empeñada en descreer de todo aquello en lo que Chesterton fervorosamente creía se haya empeñado también en tributar su veneración a Chesterton. El escepticismo disolvente de nuestra época no ha podido con el talento en tromba de Chesterton, con su sentido común de tonelada, con la rozagante buena salud de sus argumentaciones y el esplendor de su estilo, que se derramó en todos los géneros, llenándolos de esa rara alegría rareza de la fe, que es, antes que nada, alegría de vivir a todo trapo.
A Chesterton le gustaba convencer disputando. No era un mero polemista o espadachín de los argumentos; era, sobre todo, un catequista que amaba la profundidad y belleza de sus argumentos, pero también la dignidad de sus contrincantes, que mohínos ante el vigor paradójico de sus razonamientos no podían sin embargo dejar de reír, y hasta de aplaudir, su gracioso denuedo. En Chesterton, las peleas dialécticas resultan tan caritativas y sinceras, tan impregnadas de humana simpatía, que no nos queda otro remedio que divertirnos terriblemente con ellas, aun cuando no nos adhiramos a ellas por completo. En Chesterton conviven la sabiduría de la vejez, la cordura de la madurez, el ardor de la juventud y la risa del niño; y todo ello galvanizado, abrillantado por la mirada asombrada y cordial de la fe. A través de setenta volúmenes esplendorosos que componen una pantagruélica sinfonía de divinas y humanas comedias, Chesterton se dedicó a glosar las verdades del catecismo; pero no lo hizo al modo polvoriento de tantos apologetas, que se envaran cuando suben al púlpito, sino al modo malabar y jocundo de un artista circense. En los libros de Chesterton, las verdades del catecismo se ponen a hacer cabriolas, se pasean por el mundo como si estuvieran borrachas, llenando cada plaza de ese fenomenal escándalo que nos produciría ver a un señor en camisón o a una damisela con bombín; y de esta aparente incongruencia que surge de la lógica cuando se hace la loca brota ese chispazo persuasivo y exultante que provoca en nosotros un cielo sin nubes. Un cielo en el que, a poco que nos esforcemos, siempre vemos a Dios, invitando a un banquete eterno en el que no falta el vino.
Pedía Baudelaire que nos emborrachásemos de vino, virtud o poesía. Chesterton se emborrachó de las tres cosas; pero no lo hizo para espantar una pena, sino para abrazar la inmensa, multiforme, sensatísima alegría de vivir. Se pasó la vida refutando todos los tópicos, hasta descubrirnos que el sentido común no está en lo que todos repiten, sino en lo que nadie se atreve a formular; y lo hizo despatarrando las convenciones, divirtiéndose como un niño que destripa un reloj y luego lo recompone cambiando todas las piezas, para demostrarnos que no debemos preocuparnos por medir el tiempo, pues dentro de nosotros habita la eternidad. Los locos paradójicos que transitan por sus novelas pueden entretenerse en trasladar casa por casa el letrero de una taberna, como las piruetas de su pensamiento se entretienen en las delicias del estilo, pero al final del camino siempre nos topamos con ese asombro franciscano, calurosamente honrado del hombre que descubre que el mundo sólo puede entenderse, en su íntima complejidad, con la mirada del recién nacido, que es también la mirada del Dios del Génesis. Y así logra hacer del catecismo algo tan hermoso y ameno como los bosques encantados de los cuentos de hadas.



