LECTURAS ENSAYO

ENSAYO

Eduardo Arroyo, Virginia Woolf, Ian Gibson, Antonio Prieto y Julio Neira

 

EL PARAÍSO DE LAS MOSCAS

FÉLIX ROMEO

Minuta de un testamento. Memorias
Eduardo Arroyo
Taurus
Precio: 20 €
Páginas: 330

Sin duda, hay algo de testamento en estas memorias de Eduardo Arroyo (Madrid, 1937): expone lo que se debe hacer con sus bienes (fundamentalmente con sus obras, que no se deben exponer en un museo con su nombre, aunque también, por ejemplo, se pregunta qué hará con sus 5.000 libros de boxeo)... Pero esta minuta es muchísimo más que el relato de un hipotético reparto de bienes.

Es, desde luego, la historia de su vida: su infancia en la calle Argensola, su orfandad, su paso por el colegio francés, sus sesiones continuas de cine, su distanciamiento de la iglesia católica y de la familia de su padre, su exilio en Francia, su paso de la escritura a la pintura, sus estancias en Berlín o en Roma, su regreso a España...

Es, también, una estupenda reflexión sobre su trabajo de pintor y sobre el arte. Habla de lo sublime, como la sangre pintada por Caravaggio o como la pintura de Goya (y su lección: “Aún aprendo”), y también de lo más humillante, como las visitas de posibles compradores que nunca compran pero que devoran. Habla de sus estudios, “espacios íntimos”: “depósitos de cuadros no vendidos, de lienzos empaquetados y castigados contra la pared, de paquetes devueltos al remitente provenientes de exposiciones sin gloria”. Habla de Delvaux, de Ensor, de Ernst... Y expone una destilada reflexión, casi una sentencia: “El camino del arte es el contrario de un camino de rosas: es una impresionante carrera de obstáculos desde la primera obra hasta la última”.

Es, además, un libro sobre sus planteamientos políticos. Es un izquierdista sin referencia orgánica, aunque fue “compañero de viaje”, un liberal libertario, antinacionalista, que se atreve a pensar solo, la única manera en la que Orwell creía que se podía pensar. Un izquierdista que detesta el estalinismo, Cuba, Chávez, el pañuelo palestino y a los intelectuales “comprometidos”: a Rafael Alberti, “un cantamañanas”, a Rosa Regàs, que “tiene bula” y a José Saramago. Un izquierdista que resume con dos frases francesas su programa: “No consiento que nadie vaya contra mis intereses” y “No consiento que nadie impida a otro ganarse la vida”.

Es, y gratificantemente, un libro sobre sus amigos. Sobre los que conoció, como Octavio Paz, que le pedía que imitara a Marguerite Duras, como Antonio Saura, “quien dijo que la pintura sin ética no es nada”, como Antonioni, como Michaux, en su mundo particular, como Richard Lindner o como Giacometti, a quien nunca confesó que se dedicaba al mismo oficio que él. Y también sobre los que no conoció, como al krausista Gumersindo de Azcárate, a quien ha robado el título, Minuta de un testamento, y a quien se pega en ocasiones para avanzar en la urdimbre de estas memorias.

Es un libro sobre placeres. A la cabeza, quizá, los libros, pero seguidos muy de cerca por el boxeo, por el Justerini & Brooks en su justa medida y por los toros. Eduardo Arroyo se confiesa más feliz en una librería que en un museo, y habla con pasión de Joyce, de Jean Amèry...

Es una impecable galería de retratos: seres reales que podrían formar parte de las vidas imaginarias de Marcel Schwob. Quizá el que más me gusta es el de Kid Tunero, con cuya “vida”, cuatro álbumes familiares”, se hizo Arroyo en los Encantes de Barcelona: fotografías de boda, fotografías con Franco y con Hemingway, que hizo que el boxeador se instalara en La Habana...

Es, y aquí termina esta reseña-lista que podría ser más larga, un libro contra el olvido. Escribe Eduardo Arroyo al final de esta minuta: “Me acuerdo. Je me souviens. Mi ricordo”.

 

LA ATRACCIÓN PERPETUA

TONI MONTESINOS

El lector común
Virginia Woolf
Lumen
Precio: 21,90 €
Páginas: 288

Aunque Virginia Woolf sólo publicó en vida dos libros de ensayos, The common reader (con el mismo título, en 1925 y 1932), como explicó Miguel Martínez-Lage en la selección que hizo de ellos en Horas en una biblioteca (El Aleph, 2005), lo cierto es que su obra ensayística es abundante. La escritora publicó multitud de artículos en la prensa londinense y neoyorquina y prologó diversas obras de autores admirados; y buena prueba de ello es este El lector común, traducido por Daniel Nisa.

Nada tiene de común Woolf como lectora. Es extraordinaria. Muy pocos narradores tienen una sensibilidad como ella para analizar a sus colegas, tanto a los contemporáneos como a los del pasado o aun a los poetas de la Antigüedad. Al escribir de unos u otros, el ejercicio de literatura comparada que realiza Woolf resulta asombroso: hablando de Esquilo, Sófocles y Eurípides, encuentra la manera de enfatizar las emociones en la obra de Proust, de contrastar la búsqueda del conjunto del dramaturgo de aquella época con la pretensión del detalle de los novelistas del siglo XIX (en el ensayo “Acerca de no conocer el griego”).

Sin considerarse crítico literario –“recensores tenemos, pero no un crítico”, dice en el maravilloso “Cómo le choca a un coetáneo” con respecto a la dificultad de enjuiciar obras del presente–, Woolf va más allá que cualquier profesional de tal ámbito: conoce a fondo cada obra comentada – Middlemarch, Cumbres borrascosas, Jane Eyre, Aurora Leigh– y, en su análisis, resultan tan interesantes las virtudes como las imperfecciones. De este modo, comprendemos mejor la evolución de los personajes concebidos por Thomas Hardy –“poeta y realista” a partes iguales– o Daniel Defoe (Woolf revindica la relevancia de Moll Flanders y Roxana), e incluso en las páginas sobre Jane Austen, en relación con un relato escrito en la adolescencia, hallamos toda una teoría: “Las obras de segunda fila de un gran escritor merecen ser leídas porque brindan la mejor crítica de sus obras maestras”.

Según Woolf, el narrador desea engendrar orden a partir del caos –pensamiento expuesto en el texto acerca de las hermanas Brontë y en “Robinson Crusoe”– y sus mejores dotes parten de la “doble visión” que encuentra en un autor como Joseph Conrad, que gozó de una capacidad de observación para “estar a la vez dentro y fuera”, mirando al tiempo como un ser mundano –un capitán naval– y como “un analista sutil, refinado y crítico”. Un equilibrio este, desde luego, muy difícil de alcanzar: Laurence Sterne consiguió “el arte del contraste” en Tristam Shandy pero, en el Viaje sentimental, “en vez de humor, tenemos una farsa y, en vez de sentimiento, sensiblería”.

“¿Cómo debería leerse un libro?”, se pregunta Woolf en el último texto. Pues en libertad, siguiendo el instinto, aplicando el sentido común y sacando conclusiones propias. Así lo hizo la autora, y siempre fijándose en lo elemental, el lenguaje: en la puntación de Sterne, que “en sí es la del habla, no la de la escritura, y trae consigo el sonido y las asociaciones de la voz”; en el tono de la prosa de De Quincey, próxima a lo que produce la música, pues al leerle se conmueven “los sentidos más que el cerebro”; en la explosión de palabras de John Donne, su “capacidad de sorprender y subyugar al lector de repente”. Woolf tiene presente, de continuo, el nacimiento literario de la oralidad, en las obras griegas que son la base para todo, pues “el lenguaje es lo que nos tiene más esclavizados; el deseo de aquello que nos atrae perpetuamente”.

 

GARCÍA LORCA A UN PASO DEL FOSO DE LOS LEONES

EDUARDO CHAMORRO

Lorca y el mundo gay
Ian Gibson
Planeta
Precio: 21,50 €
Páginas: 319

Ahora casi todos tenemos un amigo o conocido homosexual. Es la normalidad desarrollada a lo largo de los últimos treinta años. Pero antes nunca fue así. Ni en los momentos más modernos de nuestra historia antigua ni en los mas contemporáneos de nuestra historia moderna. Ni desde el punto de vista de la Monarquía ni desde el de la República, ni para las derechas ni para las izquierdas entre republicanos y monárquicos en la paz como en la guerra. Es una de las cosas que Ian Gibson deja bien claras en las primeras páginas de su último libro, dedicado a Lorca y el mundo gay (Planeta. España Escrita), a cuyos lectores les serviría de

entretenido y curioso ejercicio previo la lectura de las páginas que el Diccionario Etimológico de Corominas y Pascual dedica a las palabras gay, gayo, gaya ciencia y arte gayoso o gayosa. Son términos que tienen que ver con la alegría y el amor cortés, con ciertos pájaros de dulce canto, como el arrendajo, y con el aire jovial y vistoso de los antiguos trovadores. Son rasgos y notas de difícil compostura en un país tan dispuesto a la severidad y el martirio como lo estaba España, y más en aquellos tiempos en que los festejos de la crispación estaban a punto de llamarse Guerra Civil.

Cuenta Gibson que en una de sus entrevistas con Vicente Aleixandre, el poeta le comentó las razones por las que al escribir, en junio de 1937, sobre los Sonetos de amor oscuro de Lorca, en la revista El Mono Azul, dirigida por Rafel Alberti y María Teresa León, no se atrevió ni siquiera a insinuar el “componente gay, torturado y angustiado, de aquellos sonetos”. Las muy sensatas razones para tan cauto silencio se las ofrecería el número de La Hora de España correspondiente a aquella misma fecha, junio de 1937, donde la gran revista cultural de la República Española publicaba una Elegía a un poeta muerto, de Luis Cernuda, con la desaparición de nueve versos dictado por la censura.

Años después, cuando se pudo resolver el hueco, la enmienda puso perfectamente en evidencia los motivos de la censura republicana. Las líneas desaparecidas decían así: “Aquí la primavera luce ahora. / Mira los radiantes mancebos / Que vivo tanto amaste / Efímeros pasar junto al fulgor del mar. / Desnudos cuerpos bellos que se llevan / Tras de sí los deseos / Con su exquisita forma, y solo encierran / Amargo zumo, que no alberga su espíritu / Un destello de amor ni de alto pensamiento”.

Gibson deja a continuación bien claro que la Republica no podía, y mucho menos en guerra, permitir la revelación de que “García Lorca amaba los desnudos cuerpos bellos de radiantes mancebos, y ello según un testigo de excepción que le había conocido personalmente, y que compartía su condición de gay que no podía vivir en libertad su vida”.

Tal es la condición y circunstancias bajo las que el desamparo, la soledad y la conciencia de una marginación rayana en la delincuencia civil y la sedición política fueron el correlato de una sensibilidad insólita no sólo por el talento con el que podía llegar a expresarse. La investigación de Gibson pone pelos, señales y nombre a los amores hétero y homosexuales del poeta sin que eso, que es importante y tiene su relevancia, sea lo fundamental de este libro en el que se acredita de qué modo y hasta qué punto el genio poético de García Lorca no fue sino la resonancia, trágica y póstuma, de los pasos que le llevaron al foso de los leones. A la fosa.

 

LA OTRA VIDA DE ANTONIO PRIETO

LUIS ALBERTO DE CUENCA

La sombra de Horacio
Antonio Prieto
el Sabio
Precio: 13 €
Páginas: 172

Somos lo que ocultamos ser. Hasta la aparición de La sombra de Horacio, el profesor y novelista Antonio Prieto nos había ocultado una de sus máscaras, acaso la que más pudiera parecerse a su auténtico rostro. Esa máscara es la que identifica al estudioso moderno con el poeta venusino (de Venusia, entre Lucania y Apulia, pero también de Venus, la diosa del amor) Quinto Horacio Flaco (65-8 antes de Cristo), uno de esos “extraordinarios hombres ordinarios” que, como Napoleón al decir de Goethe, enriquecen la Historia. Prieto acuñó en sus muchos ensayos universitarios un concepto, el de “fusión mítica”, que sirve a quien lo usa para adueñarse de un personaje, histórico o no, del pasado y “representarlo” de forma tan real que se diría vivo otra vez, por obra y magia de quien puede y quiere fundirse míticamente con él a través del conocimiento (eso que ahora escasea tanto en el mercado).

Antonio Prieto ama la obra de Horacio y, a través de ella, ha aprendido también a querer a su autor, de cuya biografía conoce cuanto se puede conocer, hasta el punto de que ha decidido prestarle su vida de sabio actual (y, al mismo tiempo, introducirse en la peripecia vital del poeta romano) por el método antes referido de la “fusión mítica”, ampliamente desarrollado por Antonio en libros como Ensayo semiológico de sistemas literarios (Barcelona, Planeta, 1972), de gratísimo recuerdo para quien suscribe estas líneas. Por el tiempo, remoto ya, en que Prieto acuñaba un concepto tan sugerente, o sea, en los primeros años 70 del siglo pasado, lo traté mucho como alumno (aunque no en las aulas), y él fue muy generoso conmigo, alentando mi vocación de poeta y de clasicista. No puedo dejar de aludir a aquellas épocas pretéritas, porque lo que Antonio Prieto me contaba entonces en cafeterías hoy desaparecidas tenía mucha relación con este recorrido autobiográfico por la existencia de Horacio, su alter ego, su Doppelgänger, su paredro cortazariano, la mitad de su alma (ya se sabe que Horacio, desde aquel dimidium animae meae con que definió a Virgilio, ha sido siempre amigo de compartir su espíritu con algún camarada de valor semejante al suyo).

En La sombra de Horacio Antonio Prieto nos habla de su yo cercano en el tiempo –un profesor de latín recientemente jubilado– y de su yo lejano en el tiempo –el poeta Quinto Horacio Flaco–, que a la postre resultan ser, no me pregunten cómo, las dos caras de un mismo Jano. En el fondo, se trata de una originalísima biografía horaciana, pero también de una novela, y de un larguísimo exemplum de “fusión mítica”, y de una apabullante lección de prosa castellana. Francisca Moya, catedrática de la Universidad de Murcia experta, entre otros temas, en Ovidio, ha redactado una “Carta al Autor” que figura en las páginas iniciales del libro y que sirve de inmejorable pórtico al mismo. En sus páginas, además de Octaviano Augusto, de Mecenas y de los mil y un nombres propios que acompañaron el vivir del poeta de Venusia, figuran otros nombres menos clásicos y más de nuestros días como Vicente Cristóbal, Tomás González Rolán, José Luis Moralejo o el cultísimo don Hilario, contertulio del protagonista en un café del barrio de Argüelles. Y unos y otros nombres propios se lo pasan en grande conviviendo, porque aquí, como en el motivo que ilustra la cubierta del tomo (obra de Francisco José Montalbán), lo clásico y lo moderno se compenetran a la perfección. Cosas del gran Antonio Prieto.

 

HEROICO ALTOLAGUIRRE

JUAN GAITÁN

Manuel Altolaguirre impresor y editor
Julio Neira
Universidad de Málga / Publicaciones de la Residencia de Estudiantes
Precio: 25 €
Páginas: 716

Algo me impulsaba a titular esta reseña crítica “en cada uno de los dos por completo” recordando así la frase de San Agustín “yo soy dos y estoy en cada uno de los dos por completo”, pero finalmente deseché la idea porque era un traje demasiado estrecho para Manuel Altolaguirre, que jamás fue dos, sino muchos, y en todos estuvo por completo.

Altolaguirre fue muchas cosas, algunas de ellas muy conocidas, como su faceta de poeta, sin duda la más profundamente estudiada (hasta ahora) y afortunadamente reivindicada después de décadas siendo considerado un poeta “menor” en la muy poblada galaxia del 27.

Sin embargo, se corría el riesgo de que sólo fuese admisible un aspecto, y que el poeta se comiera al impresor y editor, o al revés, cuando la defensa de su calidad poética no debe hacerse “a costa de entablar un debate entre ambas facetas de su personalidad artística para defender la una sobre la otra, porque ambas coexistieron en su biografía, y absurdo sería prescindir de cualquiera de ellas”. Desde ese presupuesto traza Julio Neira su estudio “Manuel Altolaguirre, impresor y editor”, un ensayo pormenorizado, rico, a ratos apasionante.

El libro es un trazado cronológico en el que se va desgranando desde el aprendizaje hasta la madurez editora e impresora de Altolaguirre, reflejando su reconocido altruismo y su gran capacidad de trabajo, pero también su proverbial incapacidad para la buena administración, los plazos y la organización.

Ejemplo de ese enorme altruismo lo encontramos cuando, en una carta al poeta mexicano Alfonso Reyes, acepta editarle su obra “5 casi sonetos”, al tiempo que le dice: “como soy muy pobre, no tiene para mí importancia el dinero. Si quiere ayudarme, cuando reciba la edición me hace el regalo de la cantidad que quiera. (…) Usted mejor que yo puede calcular el gasto y yo recibiré con agradecimiento la cantidad que sea”.

Otro de los importantes actos de justicia que hace Neira en la obra es la reivindicación de la figura de Concha Méndez, como impresora y editora en igualdad con su marido, y cómo su mano fue imprescindible para aportar un poco de cordura y administración a la caótica actividad del malagueño, ese “ángel” siempre más en las nubes que en la tierra que, sin embargo, gracias al acertado ensayo de Neira, vemos por fin como una pieza de indudable valor en la historia de la literatura del Siglo XX, con la clarividencia necesaria para (junto a Emilio Prados) dar su primera voz “al grupo poético que transformó la lírica contemporánea”; de “propiciar la convivencia estética entre generaciones” y “adelantar los caminos expresivos por los que debía discurrir la lírica española”. Y todo ello lo hizo heroicamente, casi siempre con pocos medios, incluso desde las trincheras, arruinándose una y otra vez, dejándose en ello la vida y hacienda.