LUIS SEPÚLVEDA

"La literatura tiene el privilegio de poder contar la historia como tendría que haber sido"

TOMÁS VAL

Hay años, épocas, que quedan guardadas en nuestra vida como un paraíso en el que la felicidad se vendía en las esquinas. Más tarde, al ser expulsados, nos convertimos en La sombra de lo que fuimos, en personajes que tienen que recurrir constantemente a la memoria para soportar las inclemencias de la vida.

La sombra de lo que fuimos es la última novela del chileno Luis Sepúlveda –Premio Primavera 2009 publicado por Espasa– y sus protagonistas pueden fechar fielmente ese periodo en el que estuvieron tan vivos que ni la muerte pudo matarlos: 1968-1973. El Paraíso, para ellos, se cerró el 11 de septiembre de 1973, fecha del golpe de Estado que derrocó a Allende.

Con humor, con escepticismo, con la ironía y la lucidez que proporciona la derrota, el autor de Un viejo que leía novelas de amor y Patagonia Express, realiza un ejercicio de justicia; proporciona a las víctimas un momento de gloria –y hasta de revancha–, después de más de treinta años de fracaso, y que deja un agradable agridulce sabor en el paladar lector.

Una de las mejores cosas que tiene la literatura es que practica la justicia poética, que le enmienda la plana a la vida, que arregla sus errores y La Sombra de lo que fuimos, la última novela de Luis Sepúlveda, hace ese ejercicio.

La literatura existe porque la vida no es como tendría que ser; la literatura cuenta la Historia como tendría que haber sido. Es el privilegio de los escritores, hacerlo todo más divertido y no con el carácter patético que suelen tener los acontecimientos. En esta novela quería contar un día en la vida de cuatro tipos que se reúnen y van reconstruyendo sus vidas. Pero ha pasado tanto tiempo, han pasado tantas cosas; aquellas monsergas políticas que antes repitieron casi con un carácter militar, ahora las ven con otra mirada, con otro tono y con otro humor.

El humor del perdedor, de aquel que ha aceptado su derrota, como dice en algún momento de la novela. Sus protagonistas, como ellos confiesan, quedaron “atrapados” en un momento entre el 68 y el 73, el 11 de septiembre de 1973, fecha en la que cayó Allende en Chile. ¿Aquella época fue realmente buena o simplemente se trató de que entonces tenían veinte años?

Para loas chilenos fue algo muy especial, fue la mejor época de nuestras vidas. A mí me tocó vivir los años más intensos; entre marzo del 68 y septiembre del 73 sucedió una cadena de hechos ininterrumpidos. Fue un tiempo de gran agitación, de discusión, de conquistas sociales, de llevar a la Presidencia a Salvador Allende… Se empezó a construir un socialismo de nuevo cuño y todo terminó con un golpe de Estado. Tuvimos una vida muy intensa, lo intentamos y no resultó no por nuestra voluntad, sino por otros factores. Y todo eso fue construyendo una especie de país de la memoria, un país muy fuerte de la memoria en el que todo era posible y que, de alguna manera, supuso también una lápida en la confrontación de la vida que siguió, un proceso salvador para soportar los terrores que vinieron. Volver a la memoria era un recurso frente a la realidad.

“La memoria siempre está de nuestra parte”, dice uno de sus personajes. No hay que fiarse mucho de ella; es una gran falsaria.

No es cuestión de que sea verdad o mentira. No existiría la literatura si no estuviera la mirada particular del autor. El lector se acercará a este libro y tiene que saber que está leyendo una novela: la otra verdad que es la Literatura.

Esta novela nos habla de la épica del fracaso, de la belleza de la derrota. ¿Qué tiene el fracaso que a la literatura siempre le resulta más atractivo que el triunfo?

La historia verdaderamente interesante es la de la derrota. Los vencedores suelen ser aburridos, no tienen nada que contar: la victoria está ahí y nada más.

El triunfo como único argumento.

Eso es. En cambio, los derrotados pueden contarnos en qué se convirtieron y qué perdieron. Los perdedores ilustres, los que saben por qué perdieron, los que no aceptan la derrota justificándola por el azar o por la mano de Dios, sino porque saben que su enemigo era más fuerte, suelen ser personajes muy interesantes por toda la carga que tienen detrás. Hay una ética y una estética del perdedor que lo convierten en una figura muy sugerente. No hay perdedor más grande que El Quijote, un perdedor maravilloso, hasta el punto de que quienes verdaderamente pierden son los otros, los que queman sus libros.

La derrota vale para escribir novelas, pero no para vivir.

Exacto. La derrota tiene un peso enorme y deja, además, un complejo de culpa, un sentimiento de no haber todo lo necesario. El complejo de culpa es mucho más agobiante en las víctimas que en los verdugos y por eso son muchos más los suicidas entre aquéllas que entre éstos.

La Santiago que Sepúlveda nos presenta en La Sombra de lo que fuimos es una ciudad lluviosa, oscura, fría y mortecina, hasta el punto de que hay una mujer que añora el clima de Berlín.

Esa es una metáfora que vino apareciendo en mí desde 1973. En Santiago la primavera suele empezar gradualmente, cada día es más largo, más luminoso y en septiembre estaba a punto de empezar esa primavera. Pero, de alguna manera, toda la dictadura chilena está marcada por esa maldita lluvia que caía el día 11 de septiembre del 73. No era la lluvia que añoran algunos personajes, no era la lluvia de Bilbao, de Gijón o de Berlín que es poco más que una excusa para iniciar una conversación con un desconocido en un bar. Aquella era una lluvia maldita, disgregadora, que mojaba no de humedad, sino de otra cosa, de miedo, de incertidumbre, de todo lo peor… Llovía miedo e incertidumbre sobre Santiago aquel día.

Hay un momento en el que los muertos que cayeron aquel día se aparecen, en Galicia, en una especie de Santa Compaña. Y todos son jóvenes, hermosos y rían. Los héroes, en la memoria, siempre son bellos.

Las cosas siempre se dulcifican en la memoria. Algunos murieron de una forma horrible, les prolongaron la agonía todo lo que pudieron, hasta les cortaron las manos… Pero en la memoria están completos, tienen las manos, siguen tocando la guitarra. De lo contrario, la memoria sería una cosa muy lacerante y no te dejaría vivir.

En la novela, que participa del género negro, aparecen dos policías: uno ya mayor, a punto de jubilarse, orgulloso de no haber disparado nunca un tiro; la otra, joven, sin pasado y sin memoria. Da la impresión de que esa pareja tendrá continuidad en nuevas historias.

Absolutamente. Me gustaron muchísimo desde el principio. Ella, la chica, nace de un hecho real. Hace tres años, visitando una cárcel donde mucha gente había sido torturada y asesinada, una joven policía se acercó a mi mujer y le dijo que le quería pedir perdón por todo lo que habían sufrido. Había nacido en 1973, no era responsable de nada, tenía las manos limpias. Esa es la policía de la novela y en esas manos es donde hay que confiar el futuro de Chile.

¿Ha hecho Chile, sus habitantes, el análisis interno y personal de aquella época?

Se está haciendo a pasos acelerados, aunque hay un cosa que se hace necesario cambiar. La Constitución del país es la Constitución de la dictadura. Pero a partir de que Bachelet llega a la presidencia hay una vuelta de tuerca. Empiezan los juicios rápidos contra los criminales contra los Derechos Humanos, se imponen penas bastante severas… Eso ha permitido abrir las esclusas de la memoria y empezar a trabajar. Creo que la catarsis será rápida y aunque las heridas no están cerradas, van por muy buen camino. En ese sentido, el gobierno de Bachelet es ejemplar, el mejor gobierno de la historia republicana de Chile, junto con el de Allende.