BICENTENARIO LARRA
OVIEDO. VETUSTA LA CRUEL
Paseo por la ciudad de La Regenta de Clarín.
ÁNGELES CASO
Desde que se publicara la primera parte de La Regenta en 1884, quedó claro para todos los lectores –e incluso para quienes se negaron a leerla por inmoral– que aquella ciudad de Vetusta en la que transcurrían los hechos, todo aquel triángulo de amores y rechazos entre Ana Ozores, Fermín de Pas y el Magistral, toda aquella historia de pasiones reprimidas e hipocresías ardientes, era en realidad Oviedo. La mismísima capital de Asturias en cuya Universidad enseñaba Clarín, por cuyas calles lluviosas paseaba de camino hacia las tertulias en los cafés o el juego del tresillo en el Casino.
Una ciudad de provincias dormida y acurrucada sobre sí misma, lejos ya los esplendores guerreros y religiosos del pasado, cuando era la sede del trono de quienes se enfrentaban a los árabes conquistadores, y por ella pasaban decenas de peregrinos de toda Europa, camino de Santiago, para venerar sus santas reliquias. Una ciudad de viejas iglesias cubiertas de líquenes y caserones de señores con olor a alcanfor, y también casuchas bamboleantes en las que se hacinaban obreros y dependientes y modistillas. Ventanas entrecerradas tras las cuales todos vigilaban a todos, observando con suspicacia el paso cauteloso entre los charcos, las miradas orgullosas o modestas, el porte altivo de aquellos a quienes la vida les sonreía o el deslabazado de quienes parecían haberse quedado incrustados en un pozo de sombras.
Desde lo alto de la torre de la catedral, el Magistral dirigía sin contemplaciones su catalejo hacia las calles y los jardines de los palacios, espiando no sólo el alma de sus feligreses, sino también sus gestos. Ahí se alza todavía ahora esa torre, dominando con su altura y su peso el conjunto de una ciudad que, sin embargo, ha ido creciendo cada vez más lejos de ella, huyendo del viejo control de siglos, abriéndose paso hacia los montes cercanos a la vez que escapaba del mea culpa y los tedeums. Las lacerías tardogóticas relucen más que nunca en los largos días de lluvia, como si el agua fuera su elemento natural, y adquieren un tono dorado y profundo que se difumina en el aire. Abajo, al pie de las bóvedas, el enlosado blanco y negro recubre ese inmenso espacio que los habitantes de Vetusta llenaban de penas y rezos sinceros, pero también de hipócritas genuflexiones y fingidos ojos en blanco, mientras los canónigos agitaban orgullosamente los manteos, dueños y señores de las vidas de sus fieles entregados. Los cristos sangran, las hermosas santas de los altares de la girola depositan su destino en manos de Dios, los ancianos reyes de Asturias descansan eternamente, observando acaso atónitos el imparable paso de los tiempos, la banalidad moderna de los turistas que no oran, ni creen en milagros, ni enarbolan espadas contra ningún enemigo.
Alrededor de la catedral –esa catedral incompleta por falta de dinero, con su única torre, símbolo de una ciudad que quiso y no pudo– se extienden las viejas calles del casco histórico. Por ellas caminarían, de compras, de visitas o en busca del imprescindible confesor, las damas cursis, los oscuros caballeros graves que iban a reunirse en el Casino o tal vez, muy a escondidas, a visitar algún prostíbulo del arrabal, los obreros agotados cargando las tarteras de la comida, las criadas dicharacheras en su visita matinal al mercado. Todavía se levantan en ellas los palacios medievales o barrocos, con sus jardines secretos –¿en cuál de ellos viviría Ana Ozores?–, y también las modestas casas decimonónicas que el tiempo y las modas han remozado y coloreado. Faltan en cambio los cafés, las mercerías con sus cintas de colores y sus botones de rico nácar, las tiendas de telas que importaban, decían, las últimas modas de París.
Si paseo por ese casco antiguo, desde la catedral hasta la alegre Plaza del Fontán, con su magnífico mercado y sus bares ruidosos, justo allí donde se alzaba el antiguo teatro de los tiempos de Vetusta, si recorro las calles tranquilas que unen Santa María la Real de la Corte con el Campo San Francisco, que fuera aún en tiempos clarinianos huerta del convento franciscano, en el punto donde comienza el moderno ensanche burgués de finales del XIX, no puedo a veces evitar sentir, en medio de ese espacio preservado tal y como era hace más de un siglo, el sonido remoto de cascos de caballos que trasladan a algún petimetre a una casa donde tratará quizá de seducir a una señorita inocente, los latidos dolorosos del corazón de alguien que ama en pecado y jamás podrá aceptarlo, las toses tuberculosas de alguna miserable trabajadora desmadejada, los susurros impíos de quienes vigilan y controlan y juzgan, coartando tantas vidas. Y el lamento silencioso de Ana Ozores, que añora desesperadamente la libertad de los inteligentes en medio de esa cruel ciudad llamada Vetusta.



