NARRATIVA
Jean de la Ville, Ermanno Olmi, Lionel Tran, Ford Madox Ford, Goran Petrovic, José Ángel Cilleruelo, Guillermo Fadanelli, Martín Casariego, Cristina Cerezales.
LECTURAS NARRATIVA
ENTRE BARTLEBY Y HOUELLEBECQ
LUIS ALBERTO DE CUENCA
Los domingos de Jean Dézert
Jean de La Ville de Mirmont
Impedimenta
Precio: 15,60 €
Páginas: 128
No había leído nada hasta el momento, y bien que me pesa confesarlo, de Jean de La Ville de Mirmont (1886-1914), un escritor bordelés que moriría antes de cumplir sus primeros veintiocho años, víctima de un obús, en los compases iniciales de la Primera Guerra Mundial. Al contrario que Larra (1809-1837), quien vivió también veintisiete años largos, pero escribió más que el Tostado, Jean de La Ville no fue muy prolífico. Además de Les dimanches de Jean Dézert, la nouvelle o novela corta que tengo en las manos y que vio la luz pocos meses antes de que su autor se alistara en el ejército, De La Ville de Mirmont es autor de dos poemarios publicados póstumamente, L’Horizon chimérique (al que puso música el célebre compositor Gabriel Fauré) y Les cahiers rouges, y de una colección, también póstuma, de Contes que estoy deseando leer (acabo de comprar, por vía cibernética, sus Oeuvres complètes, que incluyen sus poemas, sus relatos y su correspondencia y que vieron la luz en 1992).
Los domingos de Jean Dézert es, pues, el único libro que publicó en vida. Debo decir de él, sin ningún tipo de ambages ni circunloquios, que es una auténtica obra maestra, dotada de una calidad y una intensidad de escritura tales que bastan por sí solas para inscribir a De La Ville en el cuadro de honor de las letras francesas del siglo pasado. Sirviéndose de su propia experiencia como funcionario en la Prefectura del Sena parisiense, Jean de La Ville se saca de la manga un alter ego, Jean Dézert (casi homófono de dessert, ‘desierto’), que deja pequeñito al mismísimo Bartleby el escribiente de Melville en punto a indefensión ante la vida, a aburrimiento letal, a desencanto, a melancolía sin límites. El talento con que está dibujado el personaje; la inimitable gracia con que se describen sus relaciones con Elvire, la chica de la saga; la maestría con que se nos cuenta cómo pasa Dézert los domingos, siguiendo los consejos de los folletos publicitarios que le entregan por la calle: todo, en fin, rebosa inteligencia creativa, originalidad y frescura estilística en dosis extraordinarias, haciendo de la lectura de las poco más de cien páginas de que consta la novela una fiesta difícil de olvidar. El gran Michel Houellebecq, maestro indiscutible de la narrativa francesa actual, dijo de Jean Dézert en Le Nouvel Observateur: “Es, para mí, como un hermano, por esa capacidad de sobrevivir a la desesperación ante el vacío.”
El escritor católico y premio Nobel de literatura François Mauriac compartió infancia con Jean de La Ville de Mirmont en Burdeos, reencontrándose con él en París y convirtiéndose en su amigo íntimo. Dice de él en el valioso prólogo que precede a Los domingos… que Jean había dejado, al partir para el frente de batalla, un último poema que hablaba del gran viaje que estaba a punto de emprender, un viaje del que no sabía cuándo iba a regresar. Al final, nunca regresó, dejando huérfana de su genio a la literatura francesa contemporánea. Pero nos dejó Los domingos de Jean Dézert, un libro dotado de una modernidad sorprendente que se lee, casi un siglo después, como si hubiese aparecido hoy, porque lo que refiere en él De La Ville es la historia de un hombre que es, a la vez, todos los hombres, de cualquier época o condición. El novelista y traductor catalán Lluís Maria Todó ha trasladado al castellano con exactitud y buen gusto una novela en la que pueden leerse frases como ésta: “La vida es una sala de espera para viajeros de tercera clase.” ¡Ahí queda eso!
HOMENAJE A MILÁN
PAUL VIEJO
Chico de barrio
Ermanno Olmi
Libros del Asteroide
Precio: 14,95 €
Páginas: 184
Bovisa es el nombre que recibe uno de los barrios históricos de Milán, una amplia zona industrial que ha sabido mantenerse periférica, pese a haberse desdibujado los límites entre el centro de la ciudad y el contorno que lo rodea, como en cualquier gran urbe. Pero periférica no tanto por su situación física, porque aunque se encuentre atrapada a un lado de los gruesos nudos de vías ferroviarias la realidad es que al fin y al cabo está a un tiro de tram del centro milanés, sino por haber logrado mantener unas diferencias esenciales respecto al resto de la ciudad. “La Bovisa” continua siendo, aún hoy al menos en cierto grado, un suburbio de pequeños comercios, de vida en la calle, una colonia vecinal con niños que juegan en la aceras, un lugar que capaz de acoger con facilidad a los recién llegados a la ciudad. Casi como podía ser hace setenta años –y que, desde luego, ya no es en otras zonas– una Italia que no existe más.
Esa Italia que ya no existe y ese Milán suyo de los años 40 son los que tuvo presente el director de cine italiano Ermanno Olmi (Bérgamo, 1931) cuando escribió ese homenaje al barrio de su infancia que en el original lleva precisamente el título explícito de Ragazzo della Bovisa. El libro, que es el recuerdo infantil de los años de la guerra, surgió inicialmente como un proyecto diferente. Olmi iba a filmar, en los años 80, un documental para la RAI sobre la ciudad, pero una enfermedad lo postró en cama, haciendo que la producción se viniera abajo. Sin embargo, la manera de trabajar del director logró que el proyecto acabara siendo el libro que ahora podemos leer. Alguna vez ha declarado que los guiones de sus películas son siempre antes historias narradas de principio a fin que después se convierten en escenas, y después en planos, y después en líneas. Pues así, gracias a eso, unos años después veía la luz esa historia que escribió y que no pudo llegar a filmar. Una narración prácticamente autobiográfica que comienza justo con una radio encendida de la que se escapa la voz de Mussolini mientras anuncia que Italia entrará en guerra, y que sigue con las alarmas en las calles y los refugios antiaéreos, con los planes de evacuación, con los desfiles y las resistencias ciudadanas.
Pero pese a todo el trasunto histórico, que obviamente tiene un peso fuerte, lo que Olmi ha escrito no es sino un hermoso espejo de esos años, vistos por un niño, que quizá más que para retratar sirvan para preguntar por unas cuantas cuestiones. ¿Cómo ve un niño una guerra? ¿Cómo asume que una guerra se vuelva un asunto cotidiano? ¿Cómo mezcla un niño esa cotidianidad bélica con sus juegos inocentes en las calles de la Bovisa? Y las conclusiones a las que llega, si es que las hay, serán que ese chico de barrio, que en su vejez se ha puesto a recordar, en medio de tanto desastre y tanto dolor lo que rememora es justo el descubrimiento de todo lo que le ha hecho apreciar la vida: el amor adolescente, el descubrimiento del sexo, el paso a una madurez que habría que vivir con una urgencia irrefrenable. Todos esos elementos se conjugan en Chico de barrio con una naturalidad exquisita (gracias también a la precisa traducción de Carlos Manzano) que tiene la capacidad de transportar al lector, sea éste de dónde sea, hasta Milán, hasta el barrio de Bovisa, que acabará convirtiéndose sin duda en el protagonista principal del libro. O también, por qué no, de ese documental nunca filmado en el que su autor había pasado la infancia.
ABISMO GENERACIONAL
ALEJANDRO LUQUE
Sida mental
Lionel Tran
Periférica
Precio: 15 €
Páginas: 120
Mientras leía el debut en español de Lionel Tran (Lyon, 1971), no podía quitarme de la cabeza las imágenes de El odio, el filme de Kassovitz ambientado en un suburbio de París. En esta novela el escenario es también el extrarradio de una gran ciudad francesa, y similar la desolación que transmite: el catastrófico naufragio de una cultura republicana que garantizó en su día la igualdad de derechos y oportunidades de sus ciudadanos, y cuyo declive arrastró consigo valores y esperanzas, exponiendo a sus jóvenes a lo que el periodista Louis Pauwels llamó Sida mental: la absoluta porosidad de los chavales a cualquier agente corruptor del pensamiento y la moral.
Forjado en el cómic, Tran estructura su relato a modo de viñetas, con capítulos breves y rotundos como golpes y continuos saltos temporales, de los años 70 a los 90. Entre los impulsos asesinos y las masturbaciones compulsivas del protagonista discurre este retrato feroz –y al parecer autobiográfico– de una generación, la de los hijos del 68, que no encuentran otro modo de afirmarse en la realidad que equipararse a ella en fealdad, grosería y violencia.
A pesar de su brevedad, Sida mental contiene abundantes pasajes realmente estremecedores, como el de la tortura y agonía de un pez raya, de insuperable sadismo. No obstante, estos capítulos, como algunas sentencias rimbombantes (“mato a gente en mi cabeza”), tienen algo de efectismo cinematográfico encaminado a epatar al burgués. La novedad y trascendencia de este texto pasa, en cambio, por poner sobre la mesa la misma idea que Baricco, a su manera, ensayara en Los bárbaros: aquellos progres que propugnaban la necesidad de matar al padre no eran en el fondo tan diferentes a éstos, comparado con el abismo que les separa ahora de sus hijos.
LA GUERRA DENTRO Y FUERA DE CASA
JUAN CARLOS PALMA
El final del desfile
Ford Madox Ford
Lumen
Precio: 35 €
Páginas: 1.056
El final del desfile surgió en realidad como una trilogía de novelas –Hay quien no…, No más desfiles, Se podría estar de pie– publicadas entre 1924 y 1926, y habría que esperar dos años más, en 1928, para que El toque de retreta la convirtiera en una tetralogía que, a tenor de las palabras del traductor de la presente y primera edición en castellano, Miguel Temprano, nunca estuvo muy clara en la cabeza Ford Maddox Ford. De hecho, como relata Temprano, el propio Graham Greene dejó de lado la última novela de la serie cuando le encargaron la edición de las obras completas del autor británico al considerarla inferior a las otras tres.
Soslayando estas dudas en la concepción, es innegable que nos encontramos ante uno de los monumentos literarios del siglo XX, reconocida unánimemente como una de las mejores novelas sobre la Primera Guerra Mundial junto a, quizás, Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque; si bien, en mi opinión, habría que ampliar este juicio considerándola como una de las mejores creaciones literarias sobre la descomposición de un matrimonio –sólo recuerdo una novela equiparable, Dodsworth, de Sinclair Lewis, llevada al cine por William Wyler–, el formado por Sylvia y Christopher Tietjens, ella una mujer caprichosa que rechaza las convenciones sociales a su modo, y él, un cerebro privilegiado ultraconservador cuyo organizado mundo se tambalea al conocer a una joven feminista de ideas muy avanzadas. Ford se demora en el retrato psicológico de los personajes y la descripción de una sociedad en la que, a medida que avanzamos, ya se intuyen los cambios que estaban a la vuelta de la esquina. Se diría que el autor de El buen soldado no quiso dejar ningún cabo suelto, y vaya si lo consiguió.
ITINERARIOS POR LA FICCIÓN
EVA DÍAZ PÉREZ
Atlas descrito por el cielo
Goran Petrovic
Sexto Piso
Precio: 19 €
Páginas: 244
Hay libros que tienen la virtud de ser mundos propios, de invitar al lector desde la primera página –en este caso incluso desde la página de agradecimientos– a habitar un territorio singular, insólito y personalísimo. El autor serbio Gora Petrovic (Kraljevo, 1961) demuestra que la literatura no se agota sino que se reinventa continuamente por mucho que quieran matarla los que condenan las audacias. Ya se sabe cómo en estos tiempos se premia mucho más a lo simple y correcto que a las obras ambiciosas.
Atlas descrito por el cielo (Sexto Piso) es la última novela traducida al castellano de este interesante autor de obras como El cerco de la iglesia de la Santa Salvación y La mano de la buena fortuna. Lo primero que habría que destacar de Atlas descrito por el cielo es que se trata de un viaje por un mundo absolutamente literario. La obra es un triunfo de la ficción, de la imaginación, del relato fabulado. Se tiene la sensación de que se leen tratados antiguos, viejas crónicas de cosmografía, leyendas seculares o enciclopedias de mitología, pero, al mismo tiempo, asistimos a una obra posmoderna, reveladoramente nueva.
Varias cosas hacen que Atlas descrito por el cielo se pueda plantear como una novela muy contemporánea. Por un lado, la acción con la que arranca el relato: unos personajes deciden pintar de azul el techo de su casa con toda una metáfora de la transgresión, quitarlo para poder ver el cielo. Este gesto de rebeldía ante los vecinos y autoridades se convierte en el leitmotiv de la novela, porque todos los protagonistas se caracterizan por su deliciosa y disparatada singularidad. Son imprevisibles.
Por otro lado, la novela está planteada con una ‘ordenada’ fragmentariedad a modo de puzzle o inventario de relatos cuidadosamente hilvanados. Leemos cartas al director, fragmentos de periódicos, de enciclopedias, incluso cuadros, como si en una novela, además de leer palabras, pudiéramos contemplar imágenes, lienzos narrados, un artificio que aspira a un sugerente mestizaje de discursos. Y un dato más, la novela cuenta con notas a pie de página que llevan a otros niveles del discurso que no distraen ni complican la lectura sino que aportan elementos paratextuales que refuerzan la verosimilitud de cosas fantásticas, eso que podríamos llamar la verdad de la ficción y que tan bien demostraron autores como Max Aub.
La literatura como juego, así podría definirse esta obra fascinante. A veces su lectura nos recuerda un relato borgiano –hay multitud de guiños al maestro argentino–, la simbología de Ítalo Calvino, la descripción de un gabinete de curiosidades del siglo XVI o una escena de Los libros de Próspero, de Peter Greenaway, como ocurre con La Serpentiana, una enciclopedia de entradas infinitas.
Repasemos a modo de ejemplo algunas de las historias de este curioso libro en el que tampoco faltan el humor y la parodia, tan posmodernas: la búsqueda de alguien que aún no ha nacido, porque vive en una dimensión diferente donde un árbol crece en una noche; el difunto señor Polovski que envía cartas desde el más allá esperando que le devuelvan sus pensamientos; la casa donde sucede la historia y que posee el Espejo Septentrional por el que se aparece la tía Despina o el Oriental, en el que desaparecen cosas –a pie de página el autor nos detalla el origen de estos objetos, la apócrifa Galería de los Espejos de Ginebra–, o los cartógrafos que caminan por sueños. En resumen, un libro ameno y valioso que demuestra la excelente y prometedora salud de la nueva literatura europea.
LA MEMORIA BORRADA
GUILLERMO BUSUTIL
Al Oeste de Varsovia
José Ángel Cilleruelo
Fundación Jose Manuel Lara
Premio Málaga de novela
Precio: 18 €
Páginas: 176
En 1939 los alemanes ocupan un pueblo polaco y en el patio del instituto asesinan a un profesor de literatura. Su fría ejecución supone una advertencia para los que se niegan a colaborar con el ejército invasor. Esta muerte también es el detonante del pacto de silencio con el que sus compañeros se conjuran para ocultar su cobardía y secundar la decisión del director de disfrazar la pérdida del profesor con un permiso de vacaciones. Tres generaciones después, la exnovia del nieto de este profesor poeta y autor de un único libro llamado Astro desterrado visita el viejo instituto, convertido en símbolo de la resistencia polaca, representada por la memoria heroica del bedel que defendió el centro de enseñanza. Este es el arranque de Al oeste de Varsovia, libro ganador de la IV edición del Premio Málaga de novela, y en cuyas páginas José Ángel Cilleruelo construye dos relatos paralelos centrados en la vida del profesor Cezary Cieslak, en tiempo presente, y en la búsqueda de los restos de su memoria que lleva a cabo la protagonista de la historia. Una investigación con la que la narradora protagonista no pretende desvelar qué ocurrió realmente ni por qué la burocracia administrativa niega la existencia de cualquier rastro relacionado con la víctima, eligiendo en cambio como héroe a un hombre que en realidad no lo fue. Sus pesquisas, en las que será ayudada por una amiga prostituta, van encaminadas a entender su propio pasado, víctima del egoísmo de su pareja, un embarazo y del rodaje de una película porno. De este modo si la narradora encuentra a Cieslak se encontrará a sí misma y por tanto el fantasma del profesor asesinado se convierte, en esta parte sustancial de la trama, en el fantasma sentimental del propio pasado de la protagonista. Ella necesita resolver ambos enigmas encontrando paz para la víctima que no existe en los archivos de la Historia y encontrando la paz para sí misma.
José Ángel Cilleruelo va más allá de esta interesante relación especular que hilvana la historia con otros aspectos más actuales. Su principal propósito literario es indagar, al igual que Iréne Némirovsky en Suite francesa y Vercovs en El silencio del mar, en la indolencia moral, en la crueldad y colaboracionismo de los sometidos al ocultar el cadáver de su vergüenza, en como la memoria es un espacio en el que cada cual encaja los hechos según sus intereses y según el significado que le da a lo que recuerda. Lo consigue y de paso abre un cuestionamiento acerca de la ideologización de la memoria, hasta el punto que uno de los personajes afirma, al ser interrogado sobre la restitución de la figura de Cieslak, que la historia es lo que fue, no lo que ahora nos conviene; en alusión a la parte contemporánea de la narración que transcurre en el momento del ingreso de Polonia en la Unión Europea. Esta es la clave de una novela de excelentes atmósferas (la permanente presencia de la lluvia en los dos tiempos equidistantes de la historia, la del Café Silesia), definida también por el esbozo psicológico de los personajes secundarios y sus acciones. Pero el hecho de que sean esbozos no quiere decir que sean insustanciales ya que Cilleruelo los construye con una sencilla precisión y una poesía atenta al detalle que los hace más humanos, más emotivos y cargados de significados. Tampoco pretende Cilleruelo enjuiciar la moral ni la cobardía ni como la utilización del miedo le otorga poder a quién decide ocultar la muerte del profesor. El escritor lo que hace es desnudar los hechos, presentarlos, dejar que sean los personajes y la propia historia los responsables de mostrar el mal y la manipulación de la memoria. Cuestiones con las que los seres humanos no han olvidado jugar a su antojo.
QUEMAR LAS NAVES
RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
Lodo
Guillermo Fadanelli
Anagrama
Precio: 17,50 €
Páginas: 304
En el párrafo final de Lodo, Guillermo Fadanelli nos informa con ejemplar concisión de qué trata su novela: «Una adolescente roba un minisúper y escapa con el dinero de la caja. El saldo del delito son dos hombres muertos y un profesor de filosofía en la cárcel». La palabra con la que se cierra Lodo resume además, de modo certero, el estado de ánimo del lector al llegar a este punto y echar la vista atrás sobre la peripecia contada: «Carajo».
Benito Torrentera, un profesor de filosofía que trabaja en Ciudad de México, y que está a punto de traspasar la frontera del medio siglo de vida, resulta, por descontado, un chollo como antihéroe. Claro que hay que saber contar sus anhelos y miserias, y a fe que Fadanelli lo consigue. ¿Cómo? Regalando a Benito una compañera adecuada (una belleza explosiva, que atiende al imposible nombre de Flor Eduarda, y que va levantando pasiones allá por donde pasa) y compañeros de fatigas a la altura de la pareja protagonista (el notable dúo compuesto por los Bolaños: Artemio y Copelia, bibliófilo él, danzarina ella, borrachos amables ambos, más el hermano priísta de Benito, el licenciado Esteban, un familiar que –por lo visto– cualquier mexicano que se precie ha de tener en la vida real), todo ello servido a través de una estructura narrativa que se mueve entre la road movie (Lodo cuenta, básicamente, una huida) y la buddy movie (los personajes se construyen, indefectiblemente, sobre la disparidad de caracteres, cuando no, abiertamente, sobre un antagonismo irreconciliable).
Repartidos los naipes, Fadanelli juega con talento la partida. Advertidos desde el principio de que sólo lo moral separa al hombre del resto de animales, nuestro descenso a los infiernos de la mano de Benito nunca nos abrasa del todo. Por mucho que a Benito le sucedan cosas terribles (y, desde luego, le suceden), no podemos sentir que sea un hombre perdido sin remedio. ¿Los motivos? Adivino dos: el primero, el humor; el segundo, la propia disciplina de Benito, la filosofía.
El humor desempeña en la mejor y más reciente literatura mexicana (Bellatin en El Gran Vidrio; Enrigue en El cementerio de sillas; Villoro en Los culpables) un papel desmitificador, algo así como una estrategia consoladora frente a los desmanes de la vida. Los escritores mexicanos parecen haber hecho suyo el célebre juicio de Beckett: «Cuando la mierda te llega al cuello, lo único que puedes hacer es cantar». A su lado, por ejemplo, los escritores españoles parecemos austriacos atenazados por la náusea existencial. Lodo no es en ese sentido una excepción. El humor se articula en ella como un alegato contra la vulgaridad de la vida. Si no puedes controlar a tus demonios, parece insinuar Fadanelli, vete con ellos de viaje, mételos en tu cama, convídalos a beber.
Por otro lado, la filosofía, a la que Benito detesta como disciplina académica, pero en la cual se refugia como diálogo entre inteligencias, permite al narrador moverse a placer por un mundo devastado por los deseos. Benito (nombre cristiano, no lo olvidemos, del filósofo por antonomasia de la modernidad y de la inmanencia: el judío Baruch Spinoza) lo resume en un párrafo magnífico: «Abandonar una vida apacible para ir a la búsqueda del objeto deseado, saber que a cambio de la posesión uno será capaz de traicionar las reglas morales más ortodoxas. Percibir, desear para luego justificar las pasiones por medio de la razón: ¿no es ésta acaso la historia del mundo?»
Sin duda. Lean Lodo, carajo. No se arrepentirán.
LA VIOLENCIA Y LA VIDA
PEDRO M. DOMENE
La jauría y la niebla
Martín Casariego
Algaida
II Premio Logroño de novela
Precio: 20 €
Páginas: 320
A menudo el azar elige a sus víctimas por esa caprichosa concatenación que suponen los acontecimientos cotidianos, o quizá porque el miedo reina en nuestras vidas y finge un haz de sombras sobre nosotros. Una jauría es, en ocasiones, esa violencia que tenemos que soportar, y la niebla esa otra muestra de nuestra existencia con la que, por extensión, perdemos la inocencia, ha señalado Martín Casariego (Madrid, 1962), a propósito de su novela La jauría y la niebla (II Premio de Novela Logroño, 2009), una crónica de tan solo veinticuatro horas, donde reproduce las tres edades por las que pasa el hombre: la niñez, la adolescencia y la ancianidad; en realidad, Casariego nos ofrece una magnífica visión sobre la pérdida de la inocencia, las dificultades de los adolescentes para enfrentarse a la vida, o incluso el sentido de la misma, desde una visión más agónica, la de un hombre mayor. La historia de los tres personajes queda unida por esos sutiles hilos que tejen los sentimientos, por la casualidad de sus acciones y, aún más, por el peso de la memoria que el hombre ejerce sobre sus propios semejantes.
Como cada mañana el adolescente Ander se enfrenta a uno de los momentos más duros de su existencia: ir al instituto y entrar en clase; al mismo tiempo, a Leandro, su hermano pequeño, uno de sus amigos, le desvela el secreto de los Reyes Magos, y es así como comienza a desmoronarse la más hermosa de las inocencias; y, en un tercer plano, la historia de Ignacio Mayor, un escritor de 68 años, que acude al lugar para realizar un encuentro y hablar de sus libros, aunque, de alguna manera, resume con esa visita parte de una vida y, sobre todo, trata de recomponer fragmentos de su pasado. Martín Casariego novela, audazmente, los efectos colaterales de quienes sufren algún tipo de daño y arriesga llevando al papel algunos de los temas de actualidad: el acoso y sus devastadoras consecuencias, el miedo como ese sentido unitario que nos caracteriza, la libertad o el sentimiento de prosperidad en una sociedad democrática, y quizá por eso en este relato no hay demasiadas concesiones y se apela a la inteligencia y a la imaginación del lector cuando alguien es capaz de condensar la historia en apenas unas horas, con ese buen ritmo con que alterna la visión del mundo de Ander, sus vivencias cotidianas tan circunstanciales, sin apenas posibilidad de escape, o casi imaginamos el futuro de Leandro tras sus indagaciones infantiles y, por encima de todo, nos asomamos a la figura de Iñaki, de quien ignoramos casi todo, pero observamos cómo descubre que pese a sus flaquezas, el mundo sigue y la vida no se acaba nunca.
El propósito de Casariego, ambientar su novela en un pequeño pueblo del País Vasco, obedece quizá a que la sociedad en aquel lugar se siente, más que en ningún otro sitio, amenazada y aún hoy no se puede hablar con libertad: las pinceladas son más que suficientes para constatar dicha intención, la madre que abofetea a su hijo porque se despide de ella en castellano, el profesor que interroga a los alumnos acerca del idioma que hablan en su casa o el caso de un barrendero con escolta. Frente a la dureza y el dolor, Ander, Leandro e Ignacio descubren el amor en Ainhoa, Leyre e Irene, respectivamente, como ese sentimiento o esa capacidad que no se destruye, sino que se transforma. El paisaje, el ambiente asfixiante, el txirimiri que agujerea el aire, esa mezcolanza con que conviven estos personajes, refuerza buena parte de la historia central: el acoso sufrido por el adolescente y la dureza de su existencia. El cuidado con que Casariego ensaya sus historias supone una voluntad experimental que ya habíamos descubierto en Campos enteros llenos de flores (2001), donde diversas historias convergen en una estructura fracturada hasta conseguir una composición única y magistral, como ocurre en La jauría y la niebla, con ese final que no sorprende porque desde sus primeras páginas se nos advierte de su desenlace, y muestra así la habilidad del escritor para engarzar las piezas de esas tres vidas en un único y válido mensaje.
UNA MÚSICA EXTRAÑA
JESÚS MARTÍNEZ GÓMEZ
Música blanca
Cristina Cerezales Laforet
Destino
Precio: 19 €
Páginas: 256
Con Carmen Laforet comparto la afirmación de que la literatura es una búsqueda constante, y también el convencimiento de que sólo en ella hallarán autor y lector el rastro que conduce al encuentro con la verdad o gozarán, por el contrario, las mieles de la derrota y el vacío más absolutos. Desconozco si en este caso se cumple, una vez más, ese hallazgo revelador o si, por el contrario, será enajenado el lector sin contemplaciones Pero de lo que no me cabe duda es de que Cristina Cerezales Laforet (Madrid, 1948), tras De oca en oca (2000) y Por el camino de las grullas (2009), ha logrado recuperar con Música blanca (2009), su tercera novela, una voz privilegiada de la literatura española de posguerra, superada por la rotundidad de un éxito sin precedentes –tan sólo veintitrés años–, y las dudas personales y literarias que a partir de ese instante asaltarían a la joven novelista.
Conviene recordar que la obtención del Premio Nadal en 1944 con Nada, convertiría a Carmen Laforet en una narradora de culto y a su novela en el mejor exponente de la vaciedad física y moral de toda una sociedad vencida, desesperanzada y rota, pero también en una mujer que habrá de compaginar el elogio unánime de crítica y público con las tempranas obligaciones derivadas del matrimonio con el periodista y editor Manuel Cerezales, con quien tendrá cinco hijos y formará pareja hasta el año 71. Desde entonces, y hasta casi el final de su vida, apenas publicará un par de títulos que se verán empequeñecidos por la alargada sombra de su opera prima, mientras se aleja cada vez más de la escena literaria y atraviesa por duras circunstancias personales para las que no hallará mejor bálsamo que sus hijos y el silencio, sólo sonoro para sus amigos más próximos.
No es de extrañar, pues, que haya sido su hija Cristina, quien se haya decidido a acompañarla en el largo camino de vuelta que, antes de la partida definitiva, conduce siempre a los orígenes. Un recorrido más arduo aún por la enfermedad degenerativa de la protagonista y para el que la autora utilizará un álbum de fotos familiar que poco a poco, y siempre desde el presente hacia el pasado, logrará el milagro de hacer que suene la música blanca, una melodía sólo avistable y audible en los ojos y en el corazón de algunos elegidos, un lenguaje sordo e íntimo con el que madre e hija desandan el tiempo y marchan en pos de la vida que es la verdad más duradera.
Será un viaje desconocido y nuevo, una biografía novelada, para la que Cristina Cerezales hará acopio, utilizando dos voces narrativas, de todos los materiales que ha podido reunir sobre su madre, de sus vivencias y recuerdos, y en especial de la intensa convivencia junto a ella en la residencia donde pasará sus tres últimos años. Un trayecto olvidado, pero aún reconocible en los rostros de familiares y amigos, en los objetos, en los paisajes por los que han transitado, en los viajes por una geografía habitable ante los que la protagonista reacciona desnudando sueños, emociones y retazos de su existencia que parecían perdidos para siempre y cobran vida junto al amigo, junto al lector.
Música blanca es un sentido homenaje, un lúcido y poético acercamiento a una novelista excepcional, una respuesta necesaria a algunos interrogantes sin contestar y un tierno, inteligente y hermoso canto a la bonhomía de una escritora, mujer y madre, cuyo único y más notable error quizás haya sido el de adelantarse a su tiempo y no someterse a él. Y el gran mérito de Cristina Cerezales, el de dar sonora y amorosa voz al silencio de quien si calló durante tanto tiempo, acaso fuera por no querer decir nada que quebrara el frágil equilibrio que otorga una felicidad provisional o perdurable.
PROFUNDA Y ELEGANTE
SALVADOR GUTIÉRREZ SOLÍS
La casa en París
Elizabeth Bowen
Pre-Textos
Precio: 25 €
Páginas: 336
En gran medida, el mundo adulto es en la percepción del niño un espacio extraño y desconcertante, una permanente exploración –desde la inocencia–. Elizabeth Bowen, a través de los inquietos ojos de los pequeños Leopold y Henrietta, recorre los pasadizos tenebrosos que separan a la infancia de la edad adulta. Un viaje introspectivo y clarividente que nos empuja a revisitar, desde la niñez tal vez olvidada, un camino por el que todos transitamos en algún momento de nuestras vidas.
La escritora irlandesa Elizabeth Bowen, en La casa en París, exhibe con elegancia y pulcritud todos los registros y habilidades que la elevaron a la cima de la Literatura Anglosajona del Siglo XX. La sugerencia no forzada, la psicología como microscopio que disecciona las personalidades, y una mirada oblicua que abarca todos los ángulos posibles, incluso aquellos que no se suelen ver. Elizabeth Bowen inyecta en cada pequeño gesto o diálogo un cargamento de información que ilumina toda la narración. No hay elementos ocasionales o gratuitos en La casa en París, todos forman parte de un orden que traza milimétricamente el desarrollo de la novela.
Magistral e impecable, nuevamente, la labor traductora de Silvia Barbero. Despliega toda su sensibilidad / destreza para literaturizar en nuestro idioma, de manera encomiable, el texto de Bowen, sin que su particular estilo decaiga en ningún instante. Un estilo que durante décadas quisieron situar a la sombra de grandes nombres cercanos en el tiempo, pero que hoy, gracias a la recuperación de algunas de sus obras maestras, como La casa en París, la sitúan en un personal, privilegiado y merecido lugar. La novela ideal para resucitar al niño que se esconde entre nuestros huesos.
RAZÓN Y FE
JUAN GAITÁN
El corazón de la materia
Ignacio García-Valiño
Plaza y Janes
Precio: 19 €
Páginas: 272
Algo tienen las novelas narradas en primera persona que las hace distintas. Será ese tono de intimidad que las impregna, como si fuese una historia contada sólo para nosotros, en exclusiva, susurrada al oído. Este es el modo que ha elegido Ignacio García-Valiño para su última novela, El corazón de la materia, título que en una primera impresión podría recordarnos al celebérrimo relato de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas. Y tal vez, como en aquel, El corazón de la materia también sea un viaje a lo más oscuro del ser humano.
Porque, en definitiva, la narración de García-Valiño viene a plantear el eterno e irresoluto debate entre la razón y la fe, la diferencia que existe entre espiritualidad y superstición y la fina línea que separa la superstición y la locura.
Y todo ello no sólo desde la perspectiva de las creencias, sin también desde el escepticismo científico y, además, desde la mezcla de ambos conceptos: “En el fondo de lo invisible subyace algo que aún no conocemos. Algo que no es simplemente una subpartícula indivisible. Tal vez el vacío. O tal vez un campo de fuerzas. O una fuerza de la que emanan todas las demás”, dice unos de los personajes, y ahí es donde está el quid de la cuestión, en qué hay en el fondo, si el vacío o una gran energía, si Dios o la nada.
La novela se articula en torno a un misterio (y nada anima más una novela que un buen misterio). El juego detectivesco que inicia Lucas Frías (un joven científico especialista en quarks, las partículas subatómicas que forman toda la materia), tras la extraña muerte de su novia Elena, una arqueóloga muy espiritual que de pronto abandona una excavación para reunirse con él, nos lleva a una reflexión sobre los límites de la ciencia y sobre la verdad y la mentira de los fenómenos paranormales. Y, a través de ese juego detectivesco, nos hará caer en la cuenta de que, en realidad, no conocemos a nadie y que es muy posible que todo cuanto damos por cierto en nuestra vida no sea más que un burdo engaño.
La búsqueda del protagonista de El corazón de la materia le hará realizar un viaje revelador que le llevará de Madrid a París, de París al desierto de Atacama, en Chile, y le hará pasar de tratar con científicos en famosos laboratorios de Ginebra y Nueva York a una inquietante relación con videntes, mentalistas y embaucadores.
García-Valiño tiene la gran habilidad de entrar en un campo científico de enorme complejidad utilizando un léxico asequible, haciendo comprensible para los no iniciados los conceptos que va manejando. Para ello se vale de un lenguaje esencial (que no básico) y pone en marcha sus buenas maneras de narrador, logrando un relato ágil que el lector, ansioso por descubrir la verdad, no tiene más remedio que beberse a largos tragos.



