HUELVA, SALVO EL CREPÚSCULO
"Luces y aguas. Nebuloso espacio tartésico".
JUAN COBOS WILKINS
Sólido no, el recuerdo primero que guardo de Huelva es líquido y azul: olas rompiendo en los resbaladizos peldaños –espuma contra la piedra con algas– que me llevaban al barco, a la canoa –así la nombra el onubense–, ya en marcha el motor, rumbo a Punta Umbría. Virginal playa entonces, moteada por bungalows de madera construidos por la Río Tinto Company, las casas de los ingleses, en donde transcurrieron, tan mágicos, muy densos, los veranos. Memoria inicial que me conduce, imantada, a la busca del tiempo proustiano y al territorio de Neverland de Barrie. Aquel muelle, si cambiado, aún permanece, como continúa esa luz de occidente que, reverberada en el Atlántico, nos hace creer que, en verdad, todo es humo –y más con el cercano Polo Químico– y polvo –y más con los fosfoyesos– y sombra y nada. Todo, salvo el crepúsculo.
Luces y aguas. Nebuloso espacio tartésico. Leyenda. Pues la ciudad nace donde mueren los cauces de dos ríos que crean un plácido estuario, Odiel y Tinto. Allí, en su final, se abrazan por fin, como ancianos enamorados en los tiempos del cólera, y sus aguas dulces se amartelan y funden con la salobre del Atlántico. Tienen de pétreo testigo la escultura a la Fe Descubridora (para todos, Colón) de miss Gertrude Vanderbilt Whitney. Próximo también, en la ría que las fábricas –nocturno paisaje de ciencia ficción, contaminada realidad– usurparon hace ya demasiados años, se extiende el muelle de Riotinto, 1.165 metros adentrándose en ella, columna vertebral de un imposible dinosaurio metálico. Ahí, un día de lluvia, una noche de tormenta con relámpagos y rayos amarillos electrizando el horizonte –la del rodaje de una escalofriante escena de El corazón de la tierra–; cómo no sentir, llegado al vértigo de su corte al vacío, ya solos tú y el mar, que surgen en tu espalda una alas de olas, que te crecen unas alas de espuma y puedes volar hasta el lugar que cantó Cernuda en su elegía A un muchacho andaluz. El Conquero. Se alza allí el instituto La Rábida, en sus pupitres se sentó Juan Ramón Jiménez. Y ahí, en ese cabezo estriado, vive el atardecer. Una visión de marismas, un espejo palpitante y turbador como el que reflejó la imagen de Luzbel antes de pronunciar su “Non serviam.” Y caer, grávido ya, al mundo.
El mundo está abajo: en los bloques con ropa tendida y bombona de butano en el balcón, en la estación de autobuses llena de emigrantes, en las humildes barriadas de casas bajas, en la misteriosa iglesia de San Pedro con luna, en la universitaria Plaza de la Merced... en la bulliciosa calle Concepción, desfiladero acristalado de comercios por el que llegar al mercado del Carmen (de prisa, de prisa, tiene los días contados), un tótum revolútum de vida: puestos de chocos, de la mejor gamba blanca, de coquinas que se dirían ojos orientales, de espadas de las que crece –oh, prodigio– un pez... y del estallido rojo de las fresas tal si cientos de bocas de artistas de los años cuarenta, pintaditas de intenso carmín, se hubiesen ido amontonando hasta formar una pirámide. Para mí, es esta vieja plaza de abastos el órgano más vivo del cuerpo de una ciudad que, castigada por el terremoto de 1755 y por seísmos especulativos, tiene su cuerpo mutilado. Un cuerpo anfibio, pues pareciese que Huelva, surgida del agua, reptó por tierra y, lo que el hombre no pudo destruir, se hizo lo que siempre fue y es: luz. Geométrica luz cubista en Vázquez Díaz, surrealista y esférica en José Caballero.
Para reposo de la fiesta sensorial hay una isla perdida en el corazón mismo de la ciudad y un sereno jardín en su centro: la Casa Colón. Fue hotel fastuoso, la Company desembolsó setenta mil libras esterlinas de entonces para que compitiese con los más lujosos hoteles del viejo continente. A touch of class. Sirvió de marco a los actos del IV Centenario del Descubrimiento y es hoy sede del Festival de Cine Iberoamericano. En un banco, junto a la fuente adornada de tritones y garzas, bajo palmeras y araucarias, es grato sentarse a escuchar el gorgoteo y los pájaros. Un respiro antes de saludar a alguna divinidad fenicia en el Museo y subir las escaleras del barrio Obrero –Reina Victoria–, casas de impronta exótica en el sur: ninguna igual en un conjunto armónico de elementos británicos, coloniales, mudéjares con toque nórdico... Qué raro ahí un fandango de Toronjo. Pero sí. Y más. Amalgama. Fusión. Porque de nuevo, desde ese otero, al fondo, están y son: las luces, las aguas ayuntadas.



