LOS PREMIOS CERVANTES 1975 - 2008
Dieciocho escritores españoles y dieciséis escritores hispanoamericanos han conseguido este "Nobel" español.
JAVIER LOSTALÉ
La convocatoria por el ministerio de Cultura en 1975 de la primera edición del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, con el objetivo reconocer cada año la labor creadora de escritores españoles e hispanoamericanos fue un acontecimiento que, a través del tiempo, ha desbordado el brillo de un galardón considerado como el Nobel español, para transformarse en espejo de una comunidad de pueblos unidos por el mismo idioma, manifestado en su máxima tensión: la de la creación literaria. Ha servido también para, desde lo esencial humano revelado por la poesía, el pensamiento de los ensayos y el reino de libertad donde se alumbran las novelas, fundamentar la geografía física y espiritual de la diferencia, contraria a la idea de unidad como homogeneización. Asimismo el Cervantes ha constituido un testimonio único de la significación de un libro como el Quijote, tan contemporáneo, en el que el lenguaje vibra con alma universal y la realidad y la ficción se articulan desobedientes a cualquier principio o ley. Testimonio ofrecido, desde distintos enfoques, en sus discursos de agradecimiento por los 34 autores de uno y otro lado del mar ganadores de este premio. A lo que todavía debemos añadir la implicación en su fallo de la academia, de la universidad y de diferentes instituciones y estamentos de nuestra sociedad, con el acento puesto, a partir de la última reforma del jurado propuesta por el actual ministro de Cultura César Antonio Molina, más en el mundo de las letras y de la cultura en general que en las instituciones dependientes del Gobierno español. Aspectos todos que adquieren en su conjunto su máxima potencialidad por ser en estos momentos el español la lengua materna de cerca de cuatrocientos cincuenta millones de personas, la lengua oficial de más de veinte países y la segunda en Estados Unidos, así como el segundo idioma más estudiado después del inglés, con un ritmo de crecimiento anual de los hispanohablantes del diez por ciento.
El Premio Cervantes, que el 23 de este mes de abril recibirá en su treinta y cuatro edición el escritor Juan Marsé, está dotado en la actualidad con noventa mil euros. La fecha coincide con el día de la muerte de Miguel de Cervantes y la ceremonia de entrega, presidida por los Reyes de España, acompañados por el presidente del Gobierno y el titular de Cultura, se celebra en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, localidad donde nació en 1547 el más ilustre iluminador del castellano. Dieciocho escritores españoles y dieciséis hispanoamericanos han conseguido hasta ahora el Nobel español, entre los cuales sólo hay dos mujeres: María Zambrano y la cubana Dulce María Loynaz. Una de las principales figuras del 27, Jorge Guillén, fue el primero en recibirlo en 1976, al que después acompañaron otros tres miembros de su generación: Dámaso Alonso, Gerardo Diego y Rafael Alberti. El 36 está representado por Luis Rosales; la poesía de posguerra por José Hierro y José García Nieto, y la del 50 ( aunque huye de adscripciones) por Antonio Gamoneda. A ellos se unen los nombres de Gonzalo Torrente Ballester, Antonio Buero Vallejo, Francisco Ayala, Miguel Delibes, Cela, Francisco Umbral, José Jiménez Lozano y Rafael Sánchez Ferlosio, y este año, como dijimos, Juan Marsé. Y entre los de la otra orilla son también astros que nos envían su luz cervantina Alejo Carpentier, Borges, que lo compartió ex aequo con Gerardo Diego, Onetti, Octavio Paz, Sábato, Carlos Fuentes, Augusto Roa Bastos, Adolfo Bioy Casares, Vargas Llosa (que posee la doble nacionalidad, peruana y española), Guillermo Cabrera Infante, Jorge Edwards, Álvaro Mutis, Sergio Pitol y en 2007 Juan Gelman. Sólo dos entre los 34 galardonados no pronunciaron el discurso debido a su delicado estado de salud: José García Nieto, cuyo texto preparó y leyó el poeta Joaquín Benito de Lucas, y María Zambrano encarnada por la voz de la actriz Berta Riaza, que leyó un texto acorde con el pensamiento de la filósofa y ensayista, en cuya redacción colaboraron los escritores Jesús Moreno y José Miguel Ullán.
A lo largo de estos años sólo excepcionalmente se ha alterado la norma de la alternancia en el otorgamiento del Cervantes, y en la memoria de todos hay nombres, todos ellos ya desaparecidos, igualmente merecedores de tan alto reconocimiento: pensamos en los españoles Juan Gil-Albert, Aleixandre, Blas de Otero, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente o Ángel González, y entre los latinoamericanos Juan Rulfo, Olga Orozco o Roberto Juarroz. En cuanto a los vivos son claros candidatos: Ana María Matute, Mario Benedetti, Francisco Brines, José Manuel Caballero Bonald, José Emilio Pacheco, Rafael Cadenas, Francisco Nieva, Tomás Segovia, Pablo García Baena o Pere Gimferrer.
ELOGIOS A CERVANTES
La ya citada Universidad de Alcalá de Henares, fundada por el Cardenal Cisneros a finales del siglo XV, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998, por cuyas aulas pasaron Lebrija, autor de la primera gramática castellana, Lope de Vega, San Juan de la Cruz o Quevedo, y la ciudad de Cervantes donde la palabra es semilla y luz del espíritu, son un ámbito imprescindible para que los escritores galardonados sientan, hasta físicamente, l a universalidad de nuestra lengua, intensificada mediante el acto de la creación, y para que en sus discursos de agradecimiento pronunciados en el Paraninfo, de principios del XVI, con artesonado mudéjar, reflexionen sobre su propia vida y obra acudiendo al venero inagotable de las criaturas cervantinas. Así, Antonio Gamoneda se refirió a la “cultura de la pobreza”, en la que se formó y que le proporcionó una interiorización de la realidad exterior muy distinta a la procedente de una situación de bienestar y ausencia de problemas existenciales. Algo que, salvando las distancias, también le sucedió a Cervantes, quien tuvo que vender su sangre para permanecer en la vida, no sabía latín ni cursó en la universidad y quizá hubo de mirarse a sí mismo con dolor o con desprecio en razón de alguna negra personería y del escondido comercio que de su cuerpo habían de hacer sus hermanas. Juan Gelman, que tuvo que fracturar la lengua para expresar en su total sentido los daños imborrables producidos por la dictadura argentina, encontró en el Quijote manantiales de consuelo, porque desde el dolor escribió Cervantes con verdadero goce, e instalado en un supuesto pasado de nobleza e hidalguía criticó las injusticias de su época que son las mismas de hoy: la pobreza, la opresión, la corrupción arriba y la impotencia abajo. Rafael Alberti modelado, como tantos, por el exilio, encarnaba en el cautiverio de Argel sufrido por el autor alcalaíno el dolor de los perdedores de la guerra civil, su obligada ausencia de España: Allí en Argel se le agudiza a Cervantes, esclavo, siempre con cadenas y casi desnudo, hasta hacérsele insufrible, como a nosotros –y ahora aquí me refiero solamente a los españoles de la guerra perdida– la inquietante llegada a tierras desconocidas, ajenas, con la tremenda prisa por continuar, seguir viviendo, a ser posible cada uno en lo suyo, en lo que era. Carlos Fuentes o el esplendor de la palabra, aludía a la radical modernidad de Cervantes y a la fuerza de su imaginación: A partir de la imaginación los hispanoamericanos estamos intentando llenar todos abismos de nuestra historia con ideas y con actos, con palabras y con organización mejores, a fin de crear en el Nuevo Mundo hispánico, un mundo nuevo, otorgándole un valor específico al arte de nombrar y al arte de dar voz. Son apenas unas pinceladas de esa hora del alba o sueño de la libertad, en palabras de María Zambrano, que se renueva cada año en la Universidad de Alcalá, de esa sinergia entre lengua y creación que se produce durante la entrega de este premio panhispánico, donde hondo y solidario canta único el ser.



