MARSÉ Y EL GRUPO CATALÁN DE LOS 50

Reivindicación de la obra literaria de la fundadora de la revista argentina Sur.

CARME RIERA

La relación de Juan Marsé con el grupo de escritores que Barral denomino “La Escuela de Barcelona” tuvo que ver en principio mucho más con coincidencias casuales marcadas por el azar, que con la voluntad del por entonces joven Marsé de acercarse a ellos, entre otras cosas porque en 1960, que es cuando les conoce, apenas han publicado, aunque comiencen a tener poder literario. En efecto, es en este año cuando organizan una operación de lanzamiento generacional que les llevará a constituir un frente común de publicaciones, con la Antología veinte años de poesía española que firmará Castellet, con la creación de la colección Colliure y con la inclusión en el catálogo de Seix Barral de novelistas que apuesten por el realismo crítico entonces en boga. Marsé, toma pues contacto con ellos en el momento justo para despertar su interés. No sólo porque escribe bien y sus novelas pueden ser consideradas hasta sociales, sino porque se trata de un escritor obrero, algo de mucho mérito y sobre todo muy del gusto de la mala conciencia de aquellos señoritos de nacimiento.

En cuanto descubran a Marsé tratarán de hacerle sitio en sus tertulias, con mayor o menor curiosidad y / o simpatía. Y eso ocurre la misma mañana en que Marsé, que entonces trabaja en un taller de joyería, acude a las oficinas de la editorial Seix Barral. Tal vez lleva el manuscrito de Encerrados con un solo juguete bajo el brazo para entregárselo al por entonces editor más internacional del país, Carlos Barral o pretende solamente saludar a Joan Petit, una persona clave de la casa, con quien ha trabado relación. Debe de ser la hora del aperitivo porque por allí, por la llamada “Casa Oscura” y en el “Cuarto de los sabios”, donde trabaja Petit, andan Miguel Barceló, por entonces poeta y hoy catedrático de Historia en la Univesidad Autónoma de Barcelona y su tío apócrifo, Jaime Gil de Biedma, probablemente el autor del grupo catalán de los cincuenta que más y mejor habría de influir en Juan Marsé.

No sabemos si de aquel primer encuentro surgiría ya “la hermosa amistad” entre Jaime Gil y Marsé, inmediata, espontánea y de película ( para muestra, el final de Casablanca) o si para que llegaran a intimar habrían de suceder muchas más cosas. A saber: 1. Frecuentes copas en Boliche, Cristal City, Jamboree, L’ Etoil, El Pastis. 2. Tertulias en el “Sotano más negro que mi reputación” que Jaime Gil tenía entonces en la calle Muntaner de Barcelona, junto al mítico Bocaccio, y donde el joven obrero llamado Marsé traba relación con escritores –los Goytisolo, Ferrater, Helena Valentí– con otros amigos del anfitrión –Jaime Salinas, Luis Marquesán, Bel Gil Moreno de Mora– y conecta con la gauche divine. Pero lo cierto es que Jaime Gil de Biedma (que se merecía un Cervantes como una catedral y nunca le dieron ningún premio) fue fundamental para Marsé, mucho más que Barral, pese a ser su editor o que José Agustín Goytisolo o Gabriel Ferrater por citar otros miembros del grupo catalán de los cincuenta.

Por consejo de Gil de Biedma, Marsé se marcha a París en 1961. Poner tierra de por medio entre las tristes gabardinas aún a la deriva bajo el viento de España y la libertad europea era importante. París constituía por entonces un punto de referencia fundamental incluso para un meteco. El joven Marsé, que aún no prefiere pasar de largo de si mismo, como asegurará mucho más tarde, ni le molesta todavía saludar al espejo mañanero, trabaja en París de mozo de laboratorio y da clases a una muchacha llamada Teresa. A la vuelta se trae el Pijoaparte, nombre que un amigo le regala y escribe Últimas tardes con Teresa, por cuyas páginas se pasean algunos tertulianos de del sótano de Jaime Gil convertidos –a los ojos del Pijoaparte, ¿o será del narrador?– en “señoritos de mierda.”

Dicen que Gil de Biedma, atento a cuanto está escribiendo su amigo, le corrige el manuscrito de Últimas tardes con Teresa, que le regala las citas librescas con las que se abren los capítulos, algo entonces de moda, y que Marsé, en justa correspondencia, deja caer aquí y allá versos de Jaime. Teresa, en la barra de un bar, lleva la indumentaria de la niña Isabel del poema “A una dama muy joven, separada”. Manolo sabe de las habilidades del afilador, que saca de otro poema: Como un operario que pule una pieza, / como un afilador / fornicar poco a poco mordiéndose los labios ( “Nostalgie de la boue”).

Los juegos intertextuales sobre la poesía de Jaime Gil son en Últimas tardes con Teresa muchísimos. Se trata de juegos privados que remiten a una época ya ida, a las conversaciones y a las copas en noches que se desearon infinitas, compartidas muy a menudo también con Barral, García Hortelano o Ángel González, de paso por Barcelona. Y por eso todos ellos, de palabra y obra, denostaron siempre el alba bobalicona, impertinente y hostil que interrumpía sus conversaciones y les recordaba que el día se imponía, implacable, con sus obligaciones y horarios, que el paraíso nocturno no era más que un simulacro, ante las transacciones con la cotidianeidad mezquina. Recordando esas horas felices, algunas también diurnas, escribirá Gil de Biedma uno de sus mejores poemas, en el que, tras considerarse “salvado” después de su propia muerte literaria, al modo de Manuel Machado, recordará los nombres de los amigos que le han acompañado en el “ último verano de su juventud,” pasado en la finca familiar de Nava de la Asunción. Entre ellos, destacará a un tal Juan, (“Fue un verano feliz… / El último verano / de nuestra juventud, dijiste a Juan / en Barcelona / al regresar / nostálgicos,) que no es otro que Marsé, sin duda el amigo que por entonces parece sentir más cercano en su mundo de afectos, complicidades y guiños: ¿ o acaso no hay algo de alusión a la sacra última cena en esa referencia al último verano, antes de la muerte del poeta… por mucho que Jaime no sea Cristo y Juan no sea San Juan?